Alain Finkielkraut (La humanidad perdida) Ensayo sobre el siglo XX

¿Y el hombre que cree en la superioridad intrínseca de las clases superiores? ¿El hombre que toma el orden convencional por un orden divino? El que confunde al personaje con la persona y que, viendo el más allá en el boato, experimenta un sentimiento de respeto religioso ante la ostentación de los nobles, la magnificencia de la Iglesia y la pompa del Poder. Este hombre es sin duda menos antipático que el bárbaro civilizado descrito y ridicularizado por Las Casas, Montaigne, Montesquieu y Lévi-Strauss, pues, es vez de excluir al Otro de lo humano, se excluye a sí mismo de la humanidad cabal: jamás, como diría Groucho Marx, aceptaría formar parte de un club que le admitiera como socio. Pero al margen de que estas dos actitudes puedan cohabitar perfectamente en el mismo individuo, un mecanismo idéntico opera en la humildad de los <<inferiores>> y en la altivez de los conquistadores. El primero en demostrarlo es Pascal: en una tierra abandonada por la voz divina, donde sólo resuena un <<silencio eterno>>, sólo mediante la virtud de la imaginación, ese <<maestro de error y de falsedad>>, las diferencias de rango entre hombres adquieren una dimensión metafísica. <<¿Quién otorga la fama? ¿Quién confiere el respeto y la veneración a las personas, a las obras, a las leyes, a los grandes si no esta facultad imaginativa? ¡Cuán insuficientes son todas las riquezas de la tierra sin su concurso!>>
Inscrito en el orden de las cosas cuando el mundo era un cosmos, el principio jerárquico se vincula al sortilegio y a la hipnosis a partir del momento en que el cielo deja de ser un techo protector. La presencia de lo sobrenatural ha dejado de ser un dato de la experiencia, compete ahora en exclusiva al ámbito de la ilusión. La evidencia se transforma en trampa: la manifestación terrestre de lo divino se convierte en una ficción grandiosa repleta de efectos especiales. Lo que sostiene el edificio social ya no es la fe, sino la credulidad. En suma, una vez el Todopoderoso ha abandonado el escenario, el espejismo sustituye al milagro, el imperio de la ilusión óptica reemplaza el Esplendor de la Verdad y la Divina Comedia se esfuma en beneficio de la gran comedia humana: <<Nuestros magistrados conocen perfectamente este misterio. Sus togas rojas, los mantos de armiño en lo que se envuelven, los palacios donde juzgan, las flores de lis, todo este augusto boato era muy necesario>>.
D este modo, Pascal, se empeña en no dejar que subsista nada, en la religión que profesa, de la fe en la esencia divina del orden social: <<El título mediante el cual poseéis vuestro bien no es un título de naturaleza, sino de creación humana>>, escribe sin reboso, pensando en los Grandes que podrían sentirse tentados a caer en la superstición de la que son objeto y de creerse realmente superiores al común de los hombres. Hay por supuesto diversas condiciones sociales pero la única condición humana, dice Pascal, que prosigue en estos despiadados términos la cura de desintoxicación de la aristocracia: <<vuestra alma y vuestro cuerpo son en sí mismos indiferentes al estado del banquero o al estado de duque; no hay ningún lazo natural que los vincule más a una condición que a otra>>.

* Alain Finkielkraut (La ingratitud) Conversaciones sobre nuestro tiempo

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