Luc Ferry (Familia y amor)

A finales del XX, la deconstrucción iniciada por Nietzsche y proseguida el parte por Heidegger accede así, gracias a su relanzamiento desde el poderoso satélite norteamericano, al rango de pensamiento dominante, no sujeto a crítica y, por otra parte, de hecho poco criticado. En lo sucesivo, se hace de rigor la genuflexión ante algunos de sus representantes (tanto de izquierdas como de derechas), y su endiosamiento se torna una amenaza -incluso a pesar de que el mensaje de fondo ha dejado de inspirar cualquier tipo de revuelta o innovación-. Del mismo modo que las vanguardias ya no son creativas, empezamos a darnos cuenta de que la repetición indefinida de los clichés antimetafísicos, antirreligiosos y antihumanistas, sin negar la parte de verdad que antaño pudieran encerrar, no puede ser un fin en sí y de que es hora de pasar a otra cosa. ¿A qué? Ésta es la cuestión, y no parece de gran ayuda decir simplemente que a la hora de responder las opiniones son divergentes. Pero, al menos, una cosa está clara: la política no podrá ahorrarse por mucho más tiempo la reflexión en torno al significado de estos enormes cambios en la cultura y el pensamiento contemporáneos. En lo que a mí respecta, sigo siendo muy crítico con el <<pensamiento del 68>> y, de forma más genérica, con el vanguardismo en su fase terminal. Sin embargo, nunca he hecho como si no existieran, jamás he pretendido que nada hubiera cambiado o que basta con mirar la vista atrás para <<arreglarlo todo>>. Y, por el contrario, me parece increíble que nuestros políticos no se hayan dado cuenta, o lo hayan hecho muy superficialmente, de los seísmos que han provocado estas revoluciones en el pensamiento y la cultura contemporáneos, y que ni siquiera perciban la dimensión de las convulsiones paralelas provocadas de rechazo en el ámbito de la sociedad civil y la esfera privada.

Creo que ha llegado el momento, también para los políticos, de medir el grado de profunda erosión que la deconstrucción en todas sus formas ha llevado a cabo en nuestros ideales republicanos, comparable a la ejercida por el arte moderno sobre la forma tradicional. Y, al igual que no se puede componer hoy como si Schöberg no hubiera existido o pintar como si el cubismo y la abstracción no hubieran tenido lugar, tampoco podemos refugiarnos en la tradición ilustrada, o a la buena república de antaño con sus connotaciones de soberanismo <<a la francesa>>, como si aquí no hubiera pasado nada. Esto explica que, muy a menudo, los discursos políticos al uso, basados en expresiones a menudo compuestas y trasnochadas como <<prosperidad>>, <<justicia social>>, <<igualdad de oportunidades>> y otras fórmulas vacuas, den la impresión de no hacer referencia a nada, como si fueran conchas vacías con el marisco muerto en su interior. A finales del Antiguo Régimen, sin duda todas estas expresiones estaban cargadas de sentido y de esperanza: abrían las puertas a una auténtica revolución, hoy en parte hecha realidad. Pero en lo mucho que resta por hacer, sabemos perfectamente que no es con palabras como vamos a conseguir avanzar. 

De manera que nos hallamos en una situación incómoda, que podría resumirse como sigue: ni podemos seguir deconstruyendo indefinidamente, ni tampoco permanecer en los buenos viejos tiempos de los ídolos de la naciente república y de la Ilustración. No tenemos más remedio que reemprender la marcha, pero sin saber a ciencia cierta en qué dirección. Creo que de ahí viene la muy particular angustia, a veces arrogante, que transmite nuestro desencantado universo. Angustia tanto mayor cuanto que, como ya he señalado al principio, se complementa con un enorme sentimiento de desposesión en lo que a la evolución del mundo respecta.

* Luc Ferry  (El Hombre-Dios)

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