Helena Béjar (El mal samaritano) El altruismo en tiempos del escepticismo

La tentación de la inocencia es una enfermedad infantil del individualismo. Consiste en tratar de burlar las consecuencias de los propios actos y así gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus costes. Las dos estrategias de la irresponsabilidad son el <<peterpanismo>>, el deseo de instalarse en un estado permanente de juventud, y la victimación, que se encarna en la figura del mártir autoproclamado. La segunda estrategia es la que exhiben desde hace dos decenios los grupos de la llamada política de la diferencia (mujeres, homosexuales, lesbianas, grupos étnicos, obesos, enfermos de tabaquismo y un largo etcétera que se define como descriminado). Dicha política de vergonzante resentimiento grupal es la versión fraudulenta del privilegio. Así, esboza una suerte de sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza a las ventajas de la cuna. La víctima actual se sitúa en un estado continuo de reclamación, de demanda de derechos que encubren una cada vez más extendida afición a la asistencia. Pero ahora me interesa más la primera, estrategia, el peterpanismo, porque es parte de la retórica de los voluntarios jóvenes, como se vio en el capitulo anterior.

Declarar que nunca se es culpable significa que nunca se es capaz. La negación de la propia acción que uno comete cuando ésta provoca daño conlleva el vaciar moralmente la propia identidad. Rechazar que mis acciones u omisiones tienen efectos sobre otros es negar la deuda que tengo para con ellos, la parte de responsabilidad que me incumbe sobre su condición y su destino. En una palabra, implica eliminar el deber moral. Nada que ver con la asunción de la responsabilidad que tengo con el prójimo desasistido. Culpa y responsabilidad reaparecen en el ejercicio del cuidado organizado.

El alivio que supone para un familiar emplear a un voluntario que cuide a un enfermo de Alzheimer está mezclado con la culpa de abandonar, aunque sea durante unas horas, a un ser querido. Los voluntarios sienten invariablemente la quiebra de las familias a las que prestan sus servicios y los rencores cruzados que se agudizan con su presencia. Por una parte el voluntario es un intruso que viene a inmiscuirse en un problema que los más próximos quisieran poder solucionar; por otra parte es un salvavidas para una situación que se hace cada día más insostenible. Tal ambivalencia moral redunda en una acrecida fortaleza en el voluntariado, que ve cómo su ayuda se redobla: se cuida al enfermo y se libera de los familiares, que siguen presos de esa mixtura entre la necesidad del desprenderse del enfermo y la llamada de la culpa por hacerlo.

Deuda y culpa se expresan en un relato. Ya vimos cómo José Ignacio contaba su experiencia en un asilo de curas y su conexión entre un viejo agonizante y la anticipación de su propia muerte. Su dedicación allí contrasta con la indiferencia que sentía por su abuela paterna, <<que fue a su casa prácticamente para morir>>. Durante un año su terrible enfermedad casi se <<lleva por delante>> a su madre. A pesar de que nunca se quisieron, la madre demostró en el cuidado por su suegra <<una actitud verdaderamente cristiana>>: la atendió con tesón, fuerza e intensidad. Con todo, al final la tuvieron que llevar a una residencia, donde murió dos semanas después y la madre hubo de ser ingresada en un hospital, aquejada por una crisis nerviosa. Él vio todo aquello <<como un espectador>>, pero al entrar en el asilo para cumplir la prestación social revivió aquella pesadilla: <<Yo no ayudé a mi abuela teniéndola en casa y sin embargo ahora me voy a hacer la PSS a tomar por culo de Madrid a atender a gente que ni conozco>>. Tras superar el miedo inicial de enfrentarse con la cara más dura de la vejez, se hace cargo de la tarea a cumplir: <<Me dije, bueno, pues ya estoy aquí y vamos a ver lo que se puede hacer>>. Y la conjunción entre la determinación personal y la asunción del pago de una antigua deuda le brinda el descubrimiento de la compasión: <<Me di cuenta de lo sencillo que es tener un poco de humanidad: parece tremebundo limpiar la caca a un anciano, pero ¡joder!, todos cagamos>>. El reconocimiento de la humanidad común desplaza el umbral de la sensibilidad, en este caso del asco. La familiaridad con los viejos pone en evidencia la inmensa deuda con los ancestros, y ésta es precisamente una de las acepciones de piété que recoge la Enciclopedia de Diderot y d´Alembert: la piedad es la devoción, el amor y el respeto consagrado a los padres. A la donación de un bien que es impagable, la vida, se corresponde con otro bien, la ayuda. 

Y es que <<tratamos a nuestros abuelos como si fueran una plasta y no nos damos cuenta de que gracias a ellos vivimos y de que algún día estaremos como ellos>>. Frente a la imagen tipificada por los medios de una juventud del <<no limits>>, que no es sino <<un estado virtual que nos quieren meter en la cabeza>>, se afirma que hay que sacrificarse por los ancianos. La actitud progresivamente irresponsable de todos, añadida al descenso del cuidado que tradicionalmente ejercían las mujeres en la familia, continúa José Ignacio, es escapista y absurda porque, se quiera o no, <<los ancianos están ahí>>. Diríase que son tan reales en su exterioridad y coacción como los hechos sociales de los que hablaba Émile Durkheim. El futuro se presenta problemático si se piensa que dentro de unos años uno tendrá que cuidar de sus padres. ¿Cómo hacerlo en una sociedad que exige largas jornadas de trabajo? Es necesario y urgente una drástica inversión de valores con relación al trabajo y la supuesta autorrealización que éste conlleva: <<Hay que trabajar lo justo para poder vivir y tener tiempo para cuidar de los tuyos. Lo importante es no perder de vista nuestra propia humanidad>>. José Ignacio opone el egoísmo circundante a la necesidad de cuidado. En su relato la sensiblería y el sentimentalismo que los diccionarios asocian a conceptos como la lástima, la condolencia, la conmiseración o la misericordia -en orden de intensidad creciente- se volatilizan. La asunción de la deuda y el reconocimiento de la culpa, unidos a una perspectiva responsable al prójimo y a la sociedad en general, deshacen los tópicos de la compasión como una emoción blanda y paternalista. Nada más lejos. La piedad es una virtud personalmente transformadora y colectivamente capacitante. La práctica del amor da sus frutos.

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