Raffaele Simone (La Tercera Fase) Formas de saber que estamos perdiendo

LA SOCIEDAD DE LA TERCERA FASE

Si nos trasladamos al otro escenario, a la sociedad de las Tercera Fase, nos encontraremos con que han cambiado casi todos los parámetros vigentes en la sociedad tradicional para la creación y difusión de los conocimientos. Ante todo, el volumen de conocimientos en circulación es, como ya he dicho antes, infinitamente mayor. El difícil documentar este hecho con cifras y datos, pues los conocimientos (por una singular paradoja suya) no se dejan contar. Pero si consideramos el libro como un satisfactorio emblema material del conocimiento, tenemos un ejemplo elocuente: los libros que se publican actualmente en Europa en un solo año son tan numerosos como los que se publicaron en todo el siglo XVII. La misma consideración se podría hacer si tomásemos como emblema del conocimiento y de su acumulación al ordenador: la extraordinaria difusión de este instrumento representa con la máxima evidencia posible la importancia del conocimiento en la actualidad.

De este modo, se hace cada vez más numerosos los "bancos del conocimiento", es decir, los lugares físicos en los que se acumulan informaciones para poderlas encontrar cuando es necesario, con el resultado de dar por fin un carácter estable (por lo menos por la redundancia que se crea) al capital de conocimiento disponible. Para hacernos una idea de estos bancos, pensemos en los "santuarios" en los que actualmente se conserva el saber: archivos, bibliotecas, bancos de datos, etcétera. Internet, junto a una vocación comercial que llega a ser descartada, tiene una fuerte propensión a cumplir esta función: utilizar en cualquier momento (incluso cuando las bibliotecas físicas están cerradas o los periódicos están en huelga) y desde cualquier parte del planeta. 

La difusión de estos "santuarios" (ya se trate de aquellos materiales o físicos o de aquellos otros inmateriales propios de la telemática y la información) es tal, que en la actualidad la destrucción de la biblioteca de Alejandría ya no sería posible. Ya no hay solamente una biblioteca de Alejandría.

Los conocimientos que nos hacen falta ya no tienen que ser "conservados en la mente", sino que podemos dejarlos dormir en soportes externos y despertarlos sólo cuando los necesitamos. Lo esencial es que el banco de datos esté disponible, que su usuario sepa que existe y, sobre todo, que sea capaz de utilizarlo.

Además, el conocimiento se ha hecho mucho más controlable: las instancias de control de su calidad, la verificación de las fuentes, la exaltación del enfoque experimental, hacen que el saber de dudosa calidad tenga hoy en día una vida más difícil que en el pasado. En cierto sentido éste es el efecto benéfico de la difusión de esa actitud que podemos denominar en sentido lato científica: ante una información nueva se ha hecho ya natural preguntarse "¿de dónde viene?", y "¿cómo se ha conseguido?". Y si la actitud científica no es en absoluto universal, incluso en el Occidente que la ha elaborado y definido, no cabe duda de que prevalece sobre lo no-científico en la valoración de la mayoría de las personas cultas.

Pero la difusión del conocimiento todavía no ha llegado a producir todos los frutos: por ejemplo, no ha acabado con los conocimientos aproximativos y genéricos. De una buena parte de conocimientos sólo tenemos el record, una especie de "ficha" mental que contiene el "nombre" de la información y alguna nota genérica sobre ella. Pero a menudo no sabemos ir más allá de esto: ante muchos conocimientos genéricos, no somos capaces de valorarlos o controlarlos. Poseer el record de un determinado conocimiento no equivale en absoluto a disponer completamente de él.

Además de esto, los lugares de producción de los conocimientos se han reproducido y se reproducen ilimitadamente, hasta llegar a pulverizarse. Un emblema típico de este proceso lo constituye la multiplicación de páginas de Internet, de las cuales hasta el momento nadie parece tener la lista completa. Muchas de las cosas que sabemos o en las que creemos no proceden de lugares exactamente identificables, sino del mundo que nos rodea, de la cultura difusa. Esta pulverización es tan sutil que no sabríamos indicar las fuentes de muchas de las cosas que sabemos o decimos: las fuentes son demasiado numerosas y están ramificadas y combinadas entre ellas.

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