Antonio Valdecantos (El saldo del espíritu)

Toda crisis del capitalismo implica una perturbación de la relación entre el orden y la transgresión. Y lo peculiar de la presente crisis (que, repitámoslo, quizá sea la definitiva, pero no porque vaya a romper nada para siempre, sino porque con seguridad está llamada a perpetuarse) en los países occidentales prósperos es que surgió en un momento en que el equilibrio entre orden y transgresión se había vencido por el segundo lado. El capitalismo entre los siglos XX y XXI (eso que tanto llegó a celebrarse como un <<capitalismo cognitivo>> era escandalosamente revoltoso y solicitaba con toda franqueza una ideología de la transgresión, en la que la producción de bienes culturales desempeñaba la función principal.

Para este capitalismo lúdico, festivo y experimental, cualquier gasto en cultura era una inversión de las más rentables. Lo que Rafael Sánchez Ferlosio ponía en 1984 en boca del político progresista ("en cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador") no es ni muchísimo menos un chiste, y muy a menudo tenía que tomarse al pie de la letra. El ocio cultural proporcionaba el modelo de negocio económico, y este no podía de ningún modo permitirse el lujo de prescindir de aquel. Cuando se afirma con propósitos penitenciales que la crisis de 2008 fue el resultado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades no se dice ninguna mentira. En efecto, el capitalismo de la transgresión se salió de madre y descuidó de manera insensata (por creerlo superfluo) un reequilibrio con el capitalismo disciplinario. La crisis se ha encargado de procurar tal reajuste, solo que con un violento vuelco. Lo más característico del momento presente consiste en un retorno lúgubre a la disciplina, y aun al ascetismo, en unas condiciones en las que la población no parecía preparada para ese sometimiento. A un carnaval que parecía que iba a durar siempre le ha seguido un tenebroso miércoles de ceniza, anunciador de una cuaresma interminable. A la producción y el consumo culturales no parece aguardarles un destino muy próspero en la larga fase de severo capitalismo disciplinario que apenas está en sus inicios. Podría tenerse la impresión de que la cultura servirá tan solo (aunque no sería poca sosa) como pasatiempo dominical o como honesto opio de las desmanteladas clases medias, y quizá como un rasgo de distinción que sustituya a otros, ya inasequibles. Pero se engañaría quien creyera que el capitalismo puede sobrevivir en Occidente con una faz exclusivamente disciplinaria. Están por inventarse todavía ( aunque lo harán, no quepa duda, y esto ocurrirá en la esfera cultural) los modos de transgresión que la interminable cuaresma venidera habrá de consentir, y aun de hacer necesario y obligatorio. El yo capitalista occidental tiene que transgredirse constantemente para seguir viviendo, esto es, para poder ser descrito, por los otros y pos sí mismo, como una muestra de vida. Lo que puede conjeturarse es un tanto siniestro, y quizás convenga empezar a hacerse cargo de que ya no veremos otra cosa: el yo del súbdito contemporáneo habrá de acostumbrarse a un ascetismo muy severo, pero deberá tomarlo como un juego y como una fiesta si quiere sobrevivir. O ese es, por lo menos, el único destino que en el momento presente puede avizorarse.

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La tercera clase corresponde a los consumidores culturales, un público compuesto de clientes a menudo muy exquisitos (aunque a veces vergonzantes o reticentes: la cultura no es, se dirá, un bien de consumo, sino un derecho), de proveedores de bienes culturales (de espectáculos públicos y de la lectura privada, más las consabidas mezclas) y también de <<beneficiarios>> de los correspondientes <<derechos>>. El consumidor cultural exquisito disfrutará mucho con la gratuidad de la cultura y se sentirá orgulloso, por ejemplo, de que no haya que pagar por la entrada a un espectáculo o evento para cuya recta intelección no sólo ha sido necesario un gasto ingente y continuo durante varios lustros, sino también la posesión de ciertos hábitos reñidos con el modo de vida popular. Tal consumidor estará dispuesto, de hecho, a gastar en cultura, aunque preferirá no hacerlo, y no por nada relacionado con la avaricia, sino porque la dispensación gratis le hará creer en la posibilidad de un consumo cultural universal. Debe señalarse que el consumo cultural no produce juicio y hasta puede que lo atrofie. Al producto cultural exquisito no se lo juzga: se lo convierte en objeto de oportuna mención y referencia, y con eso basta. Sería un novicio o un advenedizo quien tomara los objetos culturales como algo respecto de lo que cabe decir (salvo de manera jocosa y paródica) <<me gusta>> o <<no me gusta>>, <<es buena>> o <<es mala>>, <<merece la pena>> o <<es desechable>>. Lo apropiado será, mas bien, una glosa oblicua que señale ciertas propiedades del objeto poco aptas para ser advertidas por quien no esté iniciados en el juego del consumo cultural. Adjetivos a primera vista banales, como <<divertido>>, <<interesante>>, <<intrigante>>, <<fresco>> o <<rotundo>>, serán términos estimativos mucho más apropiados que los tradicionales. El primer supuesto del consumo cultural es que ningún producto de cultura está en condiciones de alterar gran cosa las creencias y prejuicios del consumidor (al revés: lo normal es que los confirme y les dé brillo), y el segundo que la cultura es lo más importante de la vida y hay que proclamarla constantemente como tal, en bloque y sin distingos. Una vez emitido el juicio de que lo que más importa es la cultura, ya no hay más pronunciamientos que hacer; este es el último y definitivo, y el que serviría de juicio final si el concepto de este último no contradijera del todo la idea misma de cultura, fundada en que nada es firme ni compromete a nada posterior.

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