Jean-Luc Nancy & Adèle Van Reeth (El goce)

Prólogo
Prohibido (no) gozar


Confieso que el término que da título a este libro durante mucho tiempo me resultó extraño, ajeno, incómodo exótico. No me sorprendería que esto significase que no he gozado nada en esta vida, o que si lo he hecho ha sido sin enterarme de que estaba gozando, aunque tampoco me sorprendería que esto último (gozar sin enterarse uno de que lo está haciendo) fuera una condición para el goce. La primera vez que fijé mi atención en la palabra, que desde luego no formaba parte de mi vocabulario, fue en la lectura de los místicos de los siglos de oro, creo que durante mis años de colegio. No tenía ni idea de lo que podía significar ese «goce», pero estaba obligado, por el contexto, a identificarlo con el éxtasis religioso. Seguramente yo era en aquel momento incapaz de separar lo religioso de lo eclesial, y también incapaz de renunciar a un anticlericalismo militante y visceral que formaba parte de mi señas de identidad familiares y sociales, así que no tenía más remedio que considerarlo como algo sospechoso. Más tarde, desde luego, leí a Bataille, empezando por las cosas que decía sobre la Santa Teresa de Bernini. Me hizo bastante ilusión la idea de descubrir el goce sexual bajo la cobertura del goce místico, algo así como descubrir «la verdad» bajo «la mentira», porque el sexo era en aquellos tiempos uno de los signos inequívocos de la verdad o, quizás mejor, de la autenticidad, de lo que no se puede disimular por mucho que se intente (una creencia debida, supongo, a la influencia ambiental del psicoanálisis y de la «liberación sexual», ambas cosas probablemente en sus versiones más vulgares y menos refinadas); pero, por decirlo en los términos de Jean-Luc Nancy, seguramente yo no era (cultural o visceralmente) tan «católico» como Bataille y, justamente por estar bajo la potestad de la consigna sesentayochesca «gozad sin trabas», no me complacía demasiado retener las ideas de «pecado», «prohibición», «culpa» o «transgresión», ni siquiera aunque fuese con la perversa intención e conservar con ellas las esencias del goce, porque —en la medida en que el goce me seguía pareciendo un «estado superior» que sólo podía alcanzarse a través de aquellas «trabas»—continuaba sin saber muy bien lo que significaba.

«Orgasmo» —la palabra que encuentro más obscena en castellano, porque es la única que conserva plenamente su insoportable indecencia sin dejar de ser un término técnico y ajeno al argot popular, sin un adarme de guiño pícaro—, si era eso lo que había que adivinar en el gesto extraviado de la escultura de Bernini, era un vocablo que había adquirido para mí, por culpa de Wilhelm Reich, una connotación higiénica (la liberación de una carga cuya represión podía tener graves efectos sobre la salud física y psíquica de las personas) que la excluía por completo del ámbito, no ya de lo placentero, sino incluso de la excitante o lo atractivo. Como tuve ocasión de explicar en un librito titulado La Banalidad, desde muy pronto me resistí a admitir cualquier cosa que significase en la vida un «nivel último de resolución», ya fuera la lucha de clases o la pulsión sexual, y nunca comulgué con la idea de que la clave para entender Muerte en Venecia (la película de Visconti y el libro de Mann) fuera convertida en un hardcore gay, o con la de que el criterio para considerar «buena una canción fuese que en su letra se hiciese una explícita defensa de los explotados contra los explotadores; y ello precisamente porque me tomo muy en serio los derechos de los homosexuales y la lucha contra la explotación, pero también la literatura, el cine y la música. Y la verdad es que aquello del «goce» me sonaba demasiado a «solución final» [...]


 Del beneficio al consumo: ¿se puede gozar de todo?

Adèle Van Reeth: Usted habla del lugar que ocupa el «yo» en el seno de un conjunto más grande en el que se inscribe y que lo sobrepasa ampliamente. Es algo que se puede observar en Occidente, dada la distancia que separa al sujeto del colectivo. Pero la recuperación colectiva del goce puede transformarlo en un eslogan, en una reivindicación que parece completamente desvinculada de la experiencia del goce. Pienso, por ejemplo, en la fórmula «gozad sin trabas» que estaba escrita en las paredes en el 68. Aquella era una dimensión colectiva muy diferente de la que usted acaba de mencionar al referirse al cristianismo.


Jen-Luc Nancy: ¡Claro que no! La idea de colectividad o de comunidad, aparece con el judaísmo. La Antigüedad, sin embargo, la había perdido: a Platón no le interesa demasiado, a Aristóteles un poco más, pero limitando lo colectivo ala política, es decir, a las cuestiones relativas a la organización de la ciudad. Sin embargo, el cristianismo se funda, de entrada, alrededor de una comunidad. Mayo del 68 se inscribe en una perspectiva más amplia. Se desencadena como consecuencia de una explosión social, pero también fue el resultado de un desajuste entre un cierto estado de la enseñanza universitaria y el estado real del desarrollo económico y técnico de la sociedad en aquellos momentos. A eso se añadía lo que yo considero el motivo principal: el hastío que provocaba el gran proyecto comunista. La palabra comunismo surge con el cristianismo. Desde finales del siglo XVIII, el término comenzó a expresar una cierta demanda, una exigencia nacida en pleno derrumbe del cristianismo como organización del conjunto de la sociedad: la cristiandad era una comunidad, lo vemos claramente en el mundo feudal. Más tarde, la monarquía y la aparición del Estado moderno van a organizar a los individuos de forma diferente, hasta la invención del capitalismo que introducirá a los sujetos individuales en el circuito de un nuevo goce: ya no se trata de gozar del exceso, sino de la acumulación y la inversión. Y a eso ya no se le puede llamar goce.

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