Rais Busom (Posglobalismo) Cómo reconstruir la civilización desde el borde del abismo global
Miguel Ángel Quintana Paz (Cosas que he aprendido de gente interesante) Filosofía, Política y Religión
Alguna vez lo he mencionado ya, con tono medio (pero sólo medio) jocoso; que, dado que los economistas fueron incapaces de predecir la última gran crisis económica, y los politólogos no vieron venir casi ninguna de las convulsiones electorales de los últimos tiempos, es el momento en que se nos dé una oportunidad a otros profesionales, a menudo postergados: los filósofos. De hecho, alguien que hubiera seguido con atención los últimos cuarenta años de filosofía no se habría sorprendido demasiado por el éxito que ha cobrado últimamente el términos posverdad, declarado incluso «Palabra del año» por los diccionarios Oxford en 2016.
Ahora bien, igual que internet contribuye a poner rápidamente de moda palabras como ésa, parece exigirnos también entenderlas rápidamente. Y por ello me temo que la mayor parte de los que leen de nuevas la palabra posverdad se sienten obligados a darle de inmediato un significado. Y razonan (más o menos) así: si la posverdad está claro que no es la verdad, y lo contrario de la verdad es la mentira, apresurémonos a concluir que «posverdad» no es sino un nuevo rótulo para las mentiras de la toda la vida. Que a saber por qué oscuros motivos no reciben ya ese nombre de siempre. Fernando Savater, sin ir más lejos, fue un filósofo que durante años desprecio la noción de posverdad.
Yerran, sin embargo, al razonar así. La filosofía exige pausada reflexión y lo cierto es que no, que la posverdad no es lo mismo que la mentira. Pensadores tan distintos como Gianni Vattimo, Mario Perniola o Harry Frankfurt llevan lustros advirtiéndonos de que esto iba a pasar (con distintos lenguajes, pues cada uno pertenece a una tradición filosófica distinta; con diferente sensación de grado frente a ello; pues cada uno repara en unas u otras de sus consecuencias). Pero ninguno ha banalizado las cosas hasta el punto de afirmar que, simplemente, lo que iba a pasarnos es que la gente iba a prodigarse (aún más) en el mentir.
¿Qué es, pues la posverdad, si no se limita a un prosaico «engañar»? Harry Frankfurt, profesor en Yale, escribió hacia 1986 un definitivo texto sobre ella. Demasiado adelantado a su tiempo, no será sin embargo hasta diecinueve años más tarde cuando tal ensayo se haría famoso en forma de pequeño libro, bajo un sencillo título: On bullshit. Es decir, algo traducible por "Acerca de las chorradas" o "las milongas". Hoy diríamos: «Acerca de la posverdad».
La idea de Frankfurt en esa orbita era doble: en primer lugar (a pesar de los reacios que suelen ser los filósofos anglosajones a emitir juicios generales sobre nuestra cultura) empezaba diciendo que vivimos momentos en que el bullshit, la posverdad, prolifera por doquier, vigorosa. En segundo lugar, distinguía esta posverdad o bullshit de la mentira: mientras que a un mentiroso le interesa la verdad, justo para transmitir la idea contraria (su mentira), en tiempos de posverdad lo que le ocurre a la verdad es que simplemente ha dejado de interesar. No importa que lo que digas sea verdadero. Tampoco, como al mentiroso, te interesa convencer de algo falso (y beneficioso para ti). Simplemente te interesa hablar con una total indiferencia hacía cómo son las cosas en realidad. y que tu audiencia, claro, también le dé igual qué sea o no sea verdad.
En esos mismos años ochenta en que Frankfurt definía así las cosas desde Connecticut, a miles de kilómetros de distancia, en Turín, el italiano Gianni Vattimo redactaba La sociedad transparente, donde trabajaba sobre la misma idea. Aunque en su caso lo hacía con un lenguaje que echaba mano de Nietzsche y Heidegger y, diferencia de Frankfurt, no se arredraba a la hora de decirnos por qué iba a triunfar la posverdad. Para Vattimo los grandes responsables (¿los grandes villanos?) iban a ser los medios de comunicación. A medida que cada cual pudiese leer periódicos (o los digitales) que sólo un grupito más de afines leyese; a medidad que cada cual pudiera ver las televisiones (o los canales de YouTube) que más le dieran la razón; si cada cual iba a escuchar la radio (o los pódcast) de su preferencia; entonces acabaríamos compartiendo cada vez menos referencias comunes. Cada cual terminaría (ha terminado) por vivir en un mundo diferente. La verdad común no importará ya a nadie, sólo el sustituto que cada camarilla tenga como posverdad. Vattimo escribía antes de internet, pero parecía estar describiéndola, así como lo que hoy llamamos «ciberguetos» (esos grupos de personas que sólo consumen los medios que saben ya por anticipado que les darán la razón. Es decir, grupos a los que quizá pertenecemos ya todos nosotros).
Acaso lo más irónico de Vattimo es que en los años ochenta contemplaban todo esto con ojos gozosos: un. mundo en que cada cual pudiese elegir las verdades que más le gustaran le parecía el culmen de la libertad. No obstante, en cuanto inició a ver las consecuencias de lo que él mismo había predicho, la cosa empezó a no complacerle tanto. Así, en el año 2000 escribió un prólogo a una nueva edición de ese mismo libro. Allí reconocía que, si ese poder de los medios de comunicación para crear realidades alternativa había terminado aupando al poder en Italia a su odiado Silvio Berlusconi, es que las cosas no eran tan optimistas como se las prometía años atrás.
El caso de Vattimo es significativo. Pues no es el único intelectual izquierdista que empieza cantando ditirambos al hecho de que nos olvidemos de la verdad más, en cuanto comprueba que eso puede beneficiar también a los políticos de derechas, recoge velas y empieza a añorar... justo esa verdad que poco antes denostaba. Como ha notado el filósofo español Óscar Monsalvo, contamos con ejemplos de ese mismo género también en el marco español. La misma profesora madrileña, Márian Martínez-Bascuñán, que en octubre de 2026 (es decir, antes de la victoria de Trump) menospreciaba en El País el valor de la verdad en política y la acusaba ¡incluso! de totalitaria (véase su artículo «Sacerdotes implacables»), apenas elegido ese presidente norteamericano, en un artículo de enero de 2017 (titulado «Fascismo 3.0»), se reconvirtió en aguerida paladina de las verdades de siempre, acongojada por cómo se aprovechaba éste (según ella) de la posverdad. Los amores y desamores, cariños seguidos de menosprecios, por parte de cierta izquierda divagante (el término es de Gustavo Bueno) hacia la verdad tal vez darían para una de las novelas románticas de Corín Tellado, que humildemente yo propondría titular Una malquerida a la que llamaban Verdad.
En este sentido, el último filósofo que cité antes, Mario Perniola, mantuvo sin duda una coherencia mayor. Pertenecen a la década de los ochenta también los primeros textos en que aventuraba lo que nos veía encima. Y, al igual que Vattimo, fue capaz de verlo antes de que siquiera nos enterásemos de qué significaba la palabra internet.
Ahora bien, Perniola, a diferencia de Vattimo, siempre contempló sin frivolidad alguna el duro reto al que nos estamos enfrentando: un mundo donde la verdad ya no importa. Donde nos fiamos ya apenas de los medios de comunicación. Donde los propios periodistas a veces afirman que lo que nos dicen no es objetivo —socavando así, sin darse cuenta, los pobres, cualquier interés que pudiera quedarnos en lo que nos cuenten (y ¡ay! en pagar por ello)—. Un mundo, en suma, donde incluso los medios que publican mentiras ya no pretenden que nos las creamos, sino sólo que, aturdido por su ruido, acabemos desconfiando de todo y de todos —estrategia típica de la propaganda hodierna, que no aspira tanto a que nos fiemos de ella, sino a que dejemos de hacerlo de los nuestros—.
¿Queda sitio en este mundo, brave new world, para los que seguimos estando encaprichados con la verdad a secas? ¿Tendremos que reunirnos para traficar en secreto con ella, ahora que ya ni a los políticos ni a los periodistas parece interesarles tanto? ¿Se convertirá la exigencia de que te cuenten la verdad en una nueva impertinencia social, mirada con mohín despreciativo en las reuniones de la sociedad por parte de la gente respetable? A menudo he tenido la sensación, cuando le he pedido verdades (y no meras opiniones) a alguien, de que las cosas acabarían siendo pronto así. Pero reconozcamos que no tenemos certeza alguna sobre lo que nos ocurrirá en ese futuro, o posfuturo. De modo que nuestro propio aprecio por la verdad nos obliga, llegados en este punto, a reconocer que hemos de callar.
Omri Boehm (Universalismo radical) Más allá de la identidad
La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración.
La idea de una minoría de edad o inmadurez «autoculpable» es el eje en torno al cual gira la revolución de Kant. En los animales, la madurez es el resultado de un desarrollo natural. Un pájaro aprende a volar de forma inevitable, un guepardo adquiere velocidad, y así ocurre con todos los animales: mientras no se lo impidan influjos externos, crecen de manera natural hasta convertirse en representantes maduros de su especie. En cambio, para los seres humanos, la madurez tiene otro significado. En su caso, va ligada a asumir responsabilidades, un logro que depende de la capacidad de pensar de forma independiente y que no es en absoluto evidente en sí mismo. Los adultos sanos, a aveces, fracasan en este sentido. Las sociedades pueden fomentar o dificultar que las personas piensen por sí mismas. Desarrollar las propias capacidades humanas no es una consecuencia natural de la existencia humana, sino una tarea tanto individual como colectiva.
Al situar el concepto de mayoría de edad en el centro del ensayo de 1784, Kant convirtió la pregunta «¿Qué es el hombre?» en la clave para responder a la pregunta «¿Qué es la Ilustración?». Y al demostrar que la mayoría de edad humana depende de la responsabilidad, no nos dijo realmente qué son las personas, sino, sobre todo, qué no son. No son criaturas de la naturaleza. El ser humano no puede entenderse como especie biológica ni como concepto zoológico, histórico, antropológico o sociológico. Y ni siquiera la ciencia darwiniana reduciría a la humanidad a una evolución ciega; creer que podría hacerlo es malinterpretar el concepto como biológico. La humanidad solo puede ser un concepto moral.
Decir que la humanidad solo puede ser un concepto moral equivale a insistir en que depende de una sola cualidad: la libertad. Mientras que las especies animales se definen por los rasgos biológicos de sus cuerpos y las capacidades potenciales de los animales maduros pueden reconocen mediante la exploración empírica de lo que son capaces de hacer, los seres humanos se definen por algo más que hechos concretos que determinan su identidad y sus acciones. Son libres porque su comportamiento puede estar determinado no solo por causas, sino también por razones y justificaciones. No solo sus intereses, sino también su criterio moral puede impulsarlos a emprender una acción. Su humanidad consiste en que, a diferencia de las especies naturales, la cuestión de quiénes son no puede reducirse a la de qué son. No depende de lo que hagan o de cómo vivan, sino de que estén dispuestos a escuchar la llamada de lo deberían hacer. Actualmente se habla mucho de los derechos de los animales, aunque no se parte de la elevación de los animales a la categoría de sujetos, sino a la reducción antikantiana de los seres humanos a la categoría de animales. Sin embargo, aunque se ha vuelto aceptable hablar de los derechos de los animales, no tiene ningún sentido hablar de los deberes de los animales.
Es de sobra conocida la distinción kantiana entre ser y deber, y aun así la malinterpretamos con frecuencia. Los amigos de Kant también contribuyeron a este malentendido en muchos casos, ya que era más fácil hacer propaganda a favor de su pensamiento minimizando la fuerte metafísica que subyace en él. Solo la idea abstracta de una humanidad independiente de la naturaleza da a las personas el respeto que aspiran. A diferencia de los animales, que pertenecen a una naturaleza sin propósito, los humanos son libres de perseguir fines morales. Por esta razón, ellos mismos deben ser tratados categóricamente como fines y nunca como simples medios. No solo tiene un valor, como lo pueden adquirir las cosas al ser utilizadas. Más bien, tienen dignidad que está «por encima de todo precio», es decir, absoluta. Como explica Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres:
[T] odo [tiene] o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.
[...]
La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser un fin en sí mismo, porque solo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que esta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad.
La esclavitud es la violación paradigmática de este principio absoluto, porque se basa en la reducción sistemática de los seres humanos a meros medios. Tolerar esta institución en nombre de cualquier circunstancia o valor (como bienestar, el orden, la paz o consenso democrático) no solo normaliza una injusticia, sino que destruye la base de la justicia. Ninguna constitución, legislación o orden político que proteja la esclavitud puede disponer de autoridad legítima, ya que anula la premisa de todos los valores y, por tanto, el fundamento de toda autoridad. Así, no es de extrañar que Kant asuma en el párrafo anterior citado un rechazo de la esclavitud —las personas no pueden tener un «precio»— como consecuencia directa del imperativo categórico.
Si se entiende el argumento de Kant, este muestra que la dignidad, la abstracción, el universalismo y la autoridad están entrelazados. La dignidad depende de la libertad, que es la capacidad de no estar determinado por hechos concretos. Por tanto, solo puede ser abstracta. Puesto que es abstracta, su ámbito de aplicación es universal e incluye a todas las personas. Por la misma razón, es asimismo categórica, es decir, de autoridad universal: ninguna circunstancia ni consideración puede perponerse a ella o socavarla. Cuando Kant ancla el universalismo en el concepto abstracto de la humanidad lo que hace es recuperar el compromiso con un principio superior de justicia. Las normas universales se refieren a las personas, pero van más allá de cualquier autoridad humana.
[...] Las cadenas y los verdugos son los burdos instrumentos de que antaño ser sirvió la tiranía; hoy la civilización ha perfeccionado hasta el despotismo mismo [...] Los príncipes habían, por así decirlo, materializado la violencia; las repúblicas democráticas del presente la han transformado en una violencia tan intelectual como la voluntad que quieren contener. Bajo la autocracia irrestricta, el despotismo golpeaba brutalmente el cuerpo para llegar al alma [...]; en las repúblicas democráticas, sin embargo, la tiranía no procede de esta manera; esta pasa por alto el cuerpo y apunta directamente al alma.
Emerson y Thoreau sabían muy bien que en estados Unidos no se «pasaban por alto» los cuerpos en absoluto cuando se escribieron estas líneas. Millones de esclavos fueron sometidos no solo por el poder del látigo, sino por unas normas y un Estado de derecho que extraían su legitimidad del conformismo.
¿Y qué ocurre en la realidad política, filosófica y sociológica actual? ¿Cómo se aplica la doctrina de la «igualdad de los espíritus» sino privatizando la verdad? ¿En qué consiste la tiranía de la mayoría si no en la idea de que la justicia se sustituye por un «consenso parcial», mientras que una justicia independiente queda excluida por ser «metafísica» y, por tanto, inadecuada para las «sociedades democráticas modernas». Tras décadas de dominio unionista sobre el pensamiento liberal, los factores sociales que, según Tocqueville, conducen al espíritu estadounidense a la tiranía de la mayoría ya han entrado en la filosofía, aunque solo sea gracias al método de Rawls [...]
Mario Perniola (Berlusconi o el 68 realizado)
Isolde Charim (La miseria del narcisismo) Ensayo sobre la sumisión voluntaria
Jano García (El triunfo de la estupidez) Por qué la ignorancia es más peligrosa que la maldad
Manuel Martínez-Sellés (Verdades incómodas para personas autónomas)
EL VALOR INTRÍNSECO de la vida no debería cuestionarse nunca. Sin embargo, lo hacemos a diario: abortos, eutanasia, suicidios y pena de muerte. El principio básico de respeto a la vida es una de las claves más fundamentales de cualquier sociedad civilizada, de las principales religiones y de casi todas las culturas. El valor de la vida humana ha sido reconocido desde la antigüedad y el concepto de que cada ser humano es un fin en sí mismo y no debe ser tratado como un medio tiene (o debería tener) plena vigencia hoy en día.
Esta perspectiva es la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que justifica rechazar la discriminación basada en capacidades, sexo, raza, edad (desde la concepción hasta la muerte) o situación (social, económica, de salud/discapacidad/enfermedad). De hecho, la protección de la vida es uno de los principales objetivos de nuestra organización social. Los gobiernos y las leyes no pueden quitar la vida a otros impunemente.
Como hemos visto en el capítulo anterior, la ciencia biológica respalda la idea de que cada vida humana es única e irrepetible desde el momento de la concepción. Cada ser humano es único y tiene un ADN y unas características que lo distinguen de los demás. La idea de que todos los seres humanos tenemos derecho a vivir crea una base para la convivencia pacífica y nos asegura también protección a nosotros mismos. Si negamos este derecho a otros, por muy pequeños (o ancianos/enfermos) que sean, también estamos poniendo en riesgo nuestra propia seguridad, presente y futura. La regla de tratar a los demás como nos gustaría que nos traten es un pilar de la ética y la moral que debemos respetar y que fundamente la cultura de la vida. Elegir la vida, incluso en circunstancias difíciles, es un acto de valentía, pero también de esperanza. Al respetar la vida de cada ser humano, afirmamos nuestra propia humanidad y construimos una sociedad donde la dignidad y la paz pueden florecer.
La cultura de la muerte, que justifica la violencia más o menos evidente, de terminar intencionadamente con la vida de un ser humano, acaba teniendo un impacto negativo en la sociedad. Genera más dolor y sufrimiento, es un caldo de cultivo de miedo y desconfianza, y erosiona o incluso destruye los lazos familiares, sociales y la relación médico-paciente. Al poner en causa el derecho a la vida, se cuestionan todos los demás, ya que sin vida no pueden ejercerse. La cultura de la muerte es particularmente peligrosa para los más vulnerables, los que no tienen quién los defienda, los que generan gasto si viven y beneficio si mueren.
Una visión utilitarista que se olvida del valor intrínseco de la vida humana pone en jaque a los no nacidos, los ancianos, los enfermos, las personas con discapacidades y los condenados a pena de muerte. A estos últimos, además, una vez ejecutados se les priva para siempre de la posibilidad de demostrar su inocencia, algo que no es tan infrecuente.
¿Y no hay excepciones a la regla de no matar? Salvo en autodefensa, crea que tenemos que ser categóricos y no permitir la muerte intencionada de nuestros conciudadanos. Además, las experiencias, tanto en aborto como en eutanasia, muestran bien lo que se ha llamado pendiente resbaladiza o plano inclinado. Si nos engañan a aceptar algunas excepciones en caos extremos, rápidamente se van extendiendo estas prácticas a muchas otras situaciones. En el fondo, abrir un rendija de una ventana en toda una pared que debería resguardarnos de quienes no respetan la vida de los demás. Poco a poco se va destruyendo el pilar esencial que garantiza una sociedad justa y compasiva.
No existe una matar bueno, por mucho que se intente confundir con expresiones como muerte digna o llamar al homicidio supuestamente compasivo de la eutanasia prestación de ayuda para morir. Consagrar el principio de autodeterminación por encima de todo es peligros, y da pie a la promoción del suicidio, que ya es la primera causa de muerte en algunos rangos de edad. Tambien es peligroso, incluso más, someter al criterio de terceros, más o menos expertos, quién merece seguir viviendo. Además, en la inmensa mayoría de los casos el deseo de eutanasia o de suicidio no es consecuencia de daños corporales y dolores extremos, sino de un sentimiento de abandono. Me remito aquí al capítulo sobre la soledad.
La eutanasia en el Tercer Reich muestra cómo se puede llegar a justificar, por un supuesto interés de la persona enferma o discapacitada cuya vida, se supone, carece de valor. La Alemania nazi consiguió la aceptación progresiva de la eutanasia por parte de una sociedad que previamente la rechazaba. Se hizo con la película Yo acuso y una propaganda cuidadosamente diseñada, que incluía cartelería detallando el coste que el tratamiento de un discapacitado suponía para el estado alemán. Joseph Goebels consiguió la aceptación del programa de aniquilamiento y que el homicidio por compasión se viera como un acto de amor, como ayuda a un morir digno. La excelente película alemana Niebla en agosto dirigida por Kai Wessel y basada en la novela homónima escrita por Robert Domes muestra bien la historia de esta macro-manipulación que desencadenó más de 300 000 eutanasias.
«Comenzaron con la idea, que es fundamental en el movimiento a favor de la eutanasia, de que existen estados que hay que considerar como ya no dignos de ser vividos. En su primera face esta actitud se refería sólo a los enfermos graves y crónicos. Paulatinamente se fue ampliando el campo de quienes entraban dentro de esa categoría y se fueron añadiendo también a los socialmente improductivos y a los de ideología o razas no deseadas. Sin embargo, es decisivo advertir que la actitud hacia los enfermos incurables fue el diminuto desencadenante que tuvo como consecuencia ese total cambio de actitud».
La tendencia, cada vez más arraigada, de que divertirse y sentirse bien es la meta suprema del ser humano, lleva a concluir que el sufrimiento ha de ser eliminado a cualquier precio. Y cuando no puede ser eliminado de otra forma que mediante la eliminación del que sufre, se hace, aún sin saber si al matar al que sufre terminamos realmente con su sufrimiento. Se parte del supuesto derecho a matarse a uno mismo para llegar al derecho a hacerse matar o matar. Pero ni suicidio es un derecho ni existe ningún derecho a matar, o a ser matado por otro [...]
Alain Finkielkraut (Pescador de perlas)
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«El hombre moderno ha terminado por sentirse culpable de todo lo que es dado, incluso su propia existencia, por sentirse culpable incluso del hecho mismo de no ser su propio creador, ni creador del universo. En ese resentimiento fundamental, se niega a percibir explicación plausible alguna en el mundo dado. Todas las leyes que simplemente se le han dado suscitan su resentimiento; proclama abiertamente que todo está permitido y cree secretamente que todo es posible [...] La alternativa a tal resentimiento [...] sería una gratitud fundamental por las pocas cosas elementales que nos son verdadera e invariablemente dadas, como la vida misma, la existencia del hombre y del mundo..»
El trans —es decir, la persona que no se reconoce en su sexo biológico y se propone cambiarlo mediante los medios engorrosos de la cirugía o simplemente declarándolo— es la figura emblemática del tercer milenio.
El trans marca el camino. El trans encarna el cumplimiento de la historia. Con el trans, el proceso de emancipación llega a su fin. Ya no es un individuo más entre otros, es nuestra vanguardia e incluso nuestra redención. Ya no es un problema marginal, es un inmenso progreso. Ya no es una anomalía dolorosa; es el tribunal ante el cual comparece la norma. En resumen, ya no es una excepción que pide ser escuchada, ayudada y acompañada lo mejor posible, es, desde la infancia, un ejemplo al que, si no es de mente estrecha. o de alma malvada, debe rendírsele homenaje. La única respuesta ante el fenómeno es el entusiasmo y la admiración. La preocupación esta prohibida, y la propia prudencia depende del perjuicio. No ha lugar al matiz, la complejidad, la perplejidad o el cuestionamiento. Apología o barbarie, fervor o fobia, adhesión sin reservas u oscurantismo retrógrado: tal es la única elección posible. Al despedir a la biología, la disforia de género se inscribe en el registro épico de la gesta revolucionaria. Quien, como si no hubiera pasado nada, sigue apegado a la diferencia de sexos o la declara insuperable está traicionando su nostalgia por el Antiguo Régimen. Es, a imagen de Claude Habib, J.K. Rowling o Caroline Eliacheff, un retrógrado, un pasadista, un antiguo. El trans es el Mesías del yo.
Al erigirse en sujeto, el ser humano, ciertamente, había conquistado y consolidado su autonomía desde los albores de los tiempos modernos. Había dejado de recibir órdenes de arriba. Al traer la autoridad del Cielo a la Tierra, obedecía leyes que él mismo había promulgado. Era su propio prescriptor, pero no era su propio creador. No escogía el masculino o el femenino. Por muchos derechos que acumulara, continuaba heredando su ser, su libertad seguía hipotecada por su nacimiento. El escándalo se acaba. La humanidad, al salir definitivamente de la alienación, rechaza ese dominio inmemorial. Siguiendo el ejemplo de los trans, cada uno está invitado a reapropiarse de sus orígenes y, al hacerlo, emanciparse de la condición humana. «Nada en mí me precede» es la máxima suprema de la libertad.
La experiencia del cambio de sexo sigue siendo, desde luego, muy minoritaria, pero gracias a ella se quiebra el orden binario. Nadie está ya condenado a ser lo que le ha tocado ser. La gravedad se supera, la finitud está vencida, la fluidez puede por fin prevalecer. Junto al il («él») y elle («ella»), iel («elle) ha irrumpido en la lengua oficial. Una boina arcoíris corona el viejo diccionario: iel («elle») es el pronombre dedicado al rechazo de los roles de género. Abolición de la fatalidad, despido de lo dado, condonación de la deuda original: la naturaleza, conocida aguafiestas, ya no tiene ni voz ni voto. Ahora todo es cultural, y la cultura está abierta a todas las manipulaciones. El «yo quiero» entiende que reina absolutamente sobre lo que se consideraba indisponible desde tiempo inmemorial. Nada de lo ya existente puede oponerse a lo que uno mismo elige. Lo que se siente dicta su ley, la subjetividad se afirma como soberana: lo real, en su integridad, se presenta como un catálogo. «Andrógino, transexual, bigénero, hermafrodita, hombre o mujer: En Facebook, puedo hacer clic en más de cincuenta y seis identidades sexuales para definirme», según me he enterado leyendo a Eugénie Bastié. Nada está fuera del alcance, todo puede encargarse, y no existe un solo articulo que no pueda encontrase en los anaqueles del supermercado planetario.
Conque cada uno se hace la compra, cada uno se hace el rancho. Hacer ya no es arreglarse con lo que hay. Nadie está, podría decirse, «bajo arresto domiciliario» en ninguna identidad, sea la que sea. A guisa de mundo según el sistema hetereonormativo y los estereotipos de género, estamos inaugurando con gran alharaca la era del abordaje ilimitado y del consumo universal. Así, el resentimiento le gana la mano a la gratitud, la alteridad desaparece en intercambiabilidad, un nuevo gran relato se propaga en las redes sociales y el pensamiento de la técnica ejerce su hegemonía bajo la gloriosa apariencia del triunfo de la libertad.
Ironía de la historia: con el zar del Kremlin declarándole la guerra al «nazismo» LGBT» del Occidente decadente, el trans ha pasado a ser, frente al eje totalitario, el marcador por excelencia de la democracia.
* Finkielkraut, Alain (La ingratitud) Conversaciones sobre nuestro tiempo
* Finkielkraut, Alain (Lo único exacto)
George Monbiot & Peter Hutchison (La doctrina invisible) La historia secreta del neoliberalismo
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