Rais Busom (Posglobalismo) Cómo reconstruir la civilización desde el borde del abismo global

EL PUNTO DE INFLEXIÓN: LA AUTODETERMINACIÓN MONETARIA

LA DESARTICULACIÓN DE LA SOBERANÍA

El globalismo necesita debilitar y manipular a los Estados nacionales para expandir su poder y crecer económicamente. Se cambian las legislaciones en el mundo y se implementan nuevas regulaciones que permitan operar de manera más favorable. El objetivo es privatizar los Estados lo máximo posible, para gestionar el poder político y extraer riqueza. Las organizaciones mundiales promulgan recomendaciones legislativas que luego los políticos se ven obligados a poner en marcha en sus países. Los organismos internacionales como la ONU o la OMS sancionan políticas con su aureola de neutralidad burocrática, para que se implementen en todo el mundo. El expresidente de Estados Unidos Donald Trump en 2020 decidió no seguir financiando a la OMS. Según afirmó a los medios:

              Si la OMS hubiera hecho su trabajo de enviar expertos médicos a China para calibrar la situación de forma objetiva en el terreno y criticar la falta de transparencia de China, el brote se podría haber contenido en el foco con muy pocas muertes.

Los 194 Estados miembros de la OMS realizan su contribuciones obligatorias, pero además existen aportaciones voluntarias estatales y privadas. Estados Unidos en 2019 fue el mayor contribuyente neto, con 553 millones de dólares; el segundo fue la Fundación Gates, con 367 millones de dólares, y el tercero la Alianza GAVI (la autodenominada «Alianza para las vacunas»), con 316 millones de dólares, también liderada por la Bill & Melinda Gates Foundation, ya que son su principal donante privado, con 1808 millones de dólares. Sumadas ambas aportaciones superan al mayor contribuyente. Comparando estas instituciones, la OMS, que tiene un presupuesto de 5600 millones de dólares, está a merced de la poderosa y gigantesca Alianza GAVI, que cuenta con 21.598 millones de dólares para su operativa. Este es un pequeño ejemplo del funcionamiento de la influencia discreta en muchas instituciones internacionales globalistas. 

En su primera fase, el globalismo se encargó de conseguir el poder económico global a través del totalitarismo monetario y de prácticas de colonialismo encubierto. muy agresivas, pero en una segunda fase se está dedicando a conseguir el control social. Es imprescindible el control social para gestionar la transición a un nuevo modelo económico y para frenar los desafíos de los contendientes contra el imperio del dólar, como son los BRIC+

Hasta ahora, el globalismo había aplastado cualquier desafío al dólar. En el año 2000, Saddam Hussein insistió en que el petróleo iraquí se cotizara en euros, una decisión política que mejoró los ingresos iraquíes al alza del euro respeto al dólar. No fue u desafío monetariamente importante, pero EE.UU. no se lo podía permitir y decidió abatir el régimen del partido Baaz. Otro ejemplo fue Muammar al-Gadafi. Su última propuesta fue plantear un banco panafricano que unificara a todas las naciones del continente y las dotara de una moneda única, soportada por las reserva de oro de Libia: el dinar de oro. Al final, crear una comunidad económica africana similar a la Unión Europea. Incluso habló de tener satélites de comunicación africanos. Todos sabemos cómo acabó la historia. Gadafi fue asesinado en 2011. Las imágenes de televisión de Hillary Clinton riéndose en directo por su muerte aún resuenan en nuestra memoria, como si de una psicópata se tratara: «llegamos, vimos, él murió». Años más tarde, las filtraciones de los e-mails de la secretaria de Estado por WikiLeaks revelaron la intencionalidad de la OTAN de acabar con el presidente de Libia: «es hora de que Gadafi se vaya». El mismo Gadafi pronunció en 2009 un histórico discurso en la ONU, donde criticó fuertemente la arbitrariedad en los incumplimientos de sus normas y resoluciones. Se refirió a la violación permanente del derecho internacional por parte de las grandes potencias y fue premonitorio en varias cuestiones, como las vacunas o su propio futuro.

             El futuro de la humanidad está en juego. No podemos quedarnos en silencio. ¿Cómo podemos sentirnos seguros? ¿Cómo podemos ser complacientes? Este es el futuro del mundo y nosotros, que estamos en la Asamblea General de las Naciones Unidas, debemos asegurarnos de que este tipo de guerras no repitan en el futuro. 

La soberanía política del Estado, hoy en día, es tan solo un relato convincente para los ciudadanos de la mayoría de los países dependientes, pero la soberanía económica no tiene patria. La soberanía nacional ha sido sustituida por la soberanía global del imperio del dólar que ejerce su poder a través del totalitarismo monetarista. Las élites del imperio han construido una compleja gobernanza internacional con instituciones de prestigio como la ONU o la UNESCO, que representan una ideal regulativo para la humanidad que también se llenaron de funcionarios de primera línea comprometidos con sus ideales, pero que han sido intervenidas, infiltradas y manipuladas de la misma manera que los Estados nacionales. Detrás de esa estructura de poder formal, a todas luces ineficiente y arbitraria —pensemos en el Consejo de Seguridad de la ONU—, existe una infraestructura de poder subterránea, a veces secreta, o simplemente desconocida, o difícil de rastrear que se dedica a imponer la agenda globalista. Los excedentes monetarios, cuyos receptores primarios son las entidades financieras y las grandes corporaciones, al final acaban donando una parte de sus beneficios a las fundaciones que implementan la agenda globalista en la sociedad y en la política, mediante sobresueldos a gobernantes y a políticos, con inyecciones de dinero para medios de comunicación y agencias de influencia. Se trabaja por agendas y proyectos, lo cual desconcierta a los ciudadanos, porque ese poder es extremadamente rápido y dinámico, y busca la mejor alianza para cada caso y el discurso más conveniente. A veces hay proyectos contradictorios u opuestos, no siempre está claro cuál es la mejor estrategia para conseguir un fin determinado, pero nunca ponen en peligro a la presunta estabilidad monetaria. El globalismo no tiene principios, o muy pocos. Tiene agendas y se basa en resultados. Funciona o no funciona. Se optimiza o se abandona, y se construyen otras nuevas. Se abren y cierran iniciativas como si fueran empresas. Hay centenares funcionando al mismo tiempo dependiendo del país y del ámbito de actuación. Compiten entre sí para comprobar cuán funciona mejor. Muchos políticos ya han sido entrenados para imponer las agendas políticas no votadas que les transmiten estas organizaciones discretas. El globalismo tiene sus propios medios secretos transnacionales, a veces dentro de los mismos servicios nacionales. Digámoslo así, ¿cómo una sociedad secreta no va a atener servicios secretos? No es fácil entender cómo funciona el poder no represivo, esa microfísica del poder generadora de sociedades. Zygmunt Bauman lo define con claridad:

             Las tres patas del «trípode de soberanía» han sufrido roturas irreparables, La autosuficiencia militar, económica y cultural, incluso la sustentabilidad del Estado —de cualquiera de ellos— dejó de ser una perspectiva viable. A fin de conservar su poder de policía para imponer la ley y el orden, los Estados tuvieron que buscar alianzas y ceder porciones crecientes de soberanía. Y cuando por fin se desgarró el telón, apareció un escenario desconocido, poblado de personajes extravagantes.

No es que volver a un Estado nacional no sea una cosa deseable, el problema es que, si un solo país lucha por independizarse del imperio, siempre estará en inferioridad de condiciones. Deberían ser varios países al mismo tiempo, pero eso tampoco es fácil. Quizá la única alternativa sea otro globalismo, pero de diferente tipo. Asistimos a la decadencia del imperio globalista actual. El monetarismo se enfrenta a desafíos imposibles y es difícil saber cómo evolucionará, pero va a haber oportunidades de hacer cosas diferentes. Nadie lo ha explicado mejor de Bauman:

             Dentro de su área de soberanía, los Estados nacionales se convierten cada vez más en ejecutores y plenipotenciarios de fuerzas sobre las cuales no tienen la menor esperanza de ejercer algún control. En la filosa opinión de un analista político latinoamericano de izquierdas, gracias a la nueva «porosidad» de las economías presuntamente «nacionales», los mercados financieros globales, en virtud der carácter esquivo y extraterritorial del espacio en que operan, «imponen sus leyes y preceptos sobre el planeta. La "globalización" no es sino una extensión totalitaria de su lógica a todos los aspectos de la vida». Los Estados carecen de los recursos o el margen de maniobra para soportar la presión, por la mera razón de que «unos minutos bastan para que se derrumben empresas e incluso Estados».

Miguel Ángel Quintana Paz (Cosas que he aprendido de gente interesante) Filosofía, Política y Religión

Harry Frankfurt, o por qué la
posverdad no es lo mismo que las
mentiras de toda la vida 

Alguna vez lo he mencionado ya, con tono medio (pero sólo medio) jocoso; que, dado que los economistas fueron incapaces de predecir la última gran crisis económica, y los politólogos no vieron venir casi ninguna de las convulsiones electorales de los últimos tiempos, es el momento en que se nos dé una oportunidad a otros profesionales, a menudo postergados: los filósofos. De hecho, alguien que hubiera seguido con atención los últimos cuarenta años de filosofía no se habría sorprendido demasiado por el éxito que ha cobrado últimamente el términos posverdad, declarado incluso «Palabra del año» por los diccionarios Oxford en 2016.

Ahora bien, igual que internet contribuye a poner rápidamente de moda palabras como ésa, parece exigirnos también entenderlas rápidamente. Y por ello me temo que la mayor parte de los que leen de nuevas la palabra posverdad se sienten obligados a darle de inmediato un significado. Y razonan (más o menos) así: si la posverdad está claro que no es la verdad, y lo contrario de la verdad es la mentira, apresurémonos a concluir que «posverdad» no es sino un nuevo rótulo para las mentiras de la toda la vida. Que a saber por qué oscuros motivos no reciben ya ese nombre de siempre. Fernando Savater, sin ir más lejos, fue un filósofo que durante años desprecio la noción de posverdad. 

Yerran, sin embargo, al razonar así. La filosofía exige pausada reflexión y lo cierto es que no, que la posverdad no es lo mismo que la mentira. Pensadores tan distintos como Gianni Vattimo, Mario Perniola o Harry Frankfurt llevan lustros advirtiéndonos de que esto iba a pasar (con distintos lenguajes, pues cada uno pertenece a una tradición filosófica distinta; con diferente sensación de grado frente a ello; pues cada uno repara en unas u otras de sus consecuencias). Pero ninguno ha banalizado las cosas hasta el punto de afirmar que, simplemente, lo que iba a pasarnos es que la gente iba a prodigarse (aún más) en el mentir.

¿Qué es, pues la posverdad, si no se limita a un prosaico «engañar»? Harry Frankfurt, profesor en Yale, escribió hacia 1986 un definitivo texto sobre ella. Demasiado adelantado a su tiempo, no será sin embargo hasta diecinueve años más tarde cuando tal ensayo se haría famoso en forma de pequeño libro, bajo un sencillo título: On bullshit. Es decir, algo traducible por "Acerca de las chorradas" o "las milongas". Hoy diríamos: «Acerca de la posverdad». 

La idea de Frankfurt en esa orbita era doble: en primer lugar (a pesar de los reacios que suelen ser los filósofos anglosajones a emitir juicios generales sobre nuestra cultura) empezaba diciendo que vivimos momentos en que el bullshit, la posverdad, prolifera por doquier, vigorosa. En segundo lugar, distinguía esta posverdad o bullshit de la mentira: mientras que a un mentiroso le interesa la verdad, justo para transmitir la idea contraria (su mentira), en tiempos de posverdad lo que le ocurre a la verdad es que simplemente ha dejado de interesar. No importa que lo que digas sea verdadero. Tampoco, como al mentiroso, te interesa convencer de algo falso (y beneficioso para ti). Simplemente te interesa hablar con una total indiferencia hacía cómo son las cosas en realidad. y que tu audiencia, claro, también le dé igual qué sea o no sea verdad. 

En esos mismos años ochenta en que Frankfurt definía así las cosas desde Connecticut, a miles de kilómetros de distancia, en Turín, el italiano Gianni Vattimo redactaba La sociedad transparente, donde trabajaba sobre la misma idea. Aunque en su caso lo hacía con un lenguaje que echaba mano de Nietzsche y Heidegger y, diferencia de Frankfurt,  no se arredraba a la hora de decirnos por qué iba a triunfar la posverdad. Para Vattimo los grandes responsables (¿los grandes villanos?) iban a ser los medios de comunicación. A medida que cada cual pudiese leer periódicos (o los digitales) que sólo un grupito más de afines leyese; a medidad que cada cual pudiera ver las televisiones (o los canales de YouTube) que más le dieran la razón; si cada cual iba a escuchar la radio (o los pódcast) de su preferencia; entonces acabaríamos compartiendo cada vez menos referencias comunes. Cada cual terminaría (ha terminado) por vivir en un mundo diferente. La verdad común no importará ya a nadie, sólo el sustituto que cada camarilla tenga como posverdad. Vattimo escribía antes de internet, pero parecía estar describiéndola, así como lo que hoy llamamos «ciberguetos» (esos grupos de personas que sólo consumen los medios que saben ya por anticipado que les darán la razón. Es decir, grupos a los que quizá pertenecemos ya todos nosotros).

Acaso lo más irónico de Vattimo es que en los años ochenta contemplaban todo esto con ojos gozosos: un. mundo en que cada cual pudiese elegir las verdades que más le gustaran le parecía el culmen de la libertad. No obstante, en cuanto inició a ver las consecuencias de lo que él mismo había predicho, la cosa empezó a no complacerle tanto. Así, en el año 2000 escribió un prólogo a una nueva edición de ese mismo libro. Allí reconocía que, si ese poder de los medios de comunicación para crear realidades alternativa había terminado aupando al poder en Italia a su odiado Silvio Berlusconi, es que las cosas no eran tan optimistas como se las prometía años atrás. 

El caso de Vattimo es significativo. Pues no es el único intelectual izquierdista que empieza cantando ditirambos al hecho de que nos olvidemos de la verdad más, en cuanto comprueba que eso puede beneficiar también a los políticos de derechas, recoge velas y empieza a añorar... justo esa verdad que poco antes denostaba. Como ha notado el filósofo español Óscar Monsalvo, contamos con ejemplos de ese mismo género también en el marco español. La misma profesora madrileña, Márian Martínez-Bascuñán, que en octubre de 2026 (es decir, antes de la victoria de Trump) menospreciaba en El País el valor de la verdad en política y la acusaba ¡incluso! de totalitaria (véase su artículo «Sacerdotes implacables»), apenas elegido ese presidente norteamericano, en un artículo de enero de 2017 (titulado «Fascismo 3.0»), se reconvirtió en aguerida paladina de las verdades de siempre, acongojada por cómo se aprovechaba éste (según ella) de la posverdad. Los amores y desamores, cariños seguidos de menosprecios, por parte de cierta izquierda divagante (el término es de Gustavo Bueno) hacia la verdad tal vez darían para una de las novelas románticas de Corín Tellado, que humildemente yo propondría titular Una malquerida a la que llamaban Verdad. 

En este sentido, el último filósofo que cité antes, Mario Perniola, mantuvo sin duda una coherencia mayor. Pertenecen a la década de los ochenta también los primeros textos en que aventuraba lo que nos veía encima. Y, al igual que Vattimo, fue capaz de verlo antes de que siquiera nos enterásemos de qué significaba la palabra internet

Ahora bien, Perniola, a diferencia de Vattimo, siempre contempló sin frivolidad alguna el duro reto al que nos estamos enfrentando: un mundo donde la verdad ya no importa. Donde nos fiamos ya apenas de los medios de comunicación. Donde los propios periodistas a veces afirman que lo que nos dicen no es objetivo —socavando así, sin darse cuenta, los pobres, cualquier interés que pudiera quedarnos en lo que nos cuenten (y ¡ay! en pagar por ello)—. Un mundo, en suma, donde incluso los medios que publican mentiras ya no pretenden que nos las creamos, sino sólo que, aturdido por su ruido, acabemos desconfiando de todo y de todos —estrategia típica de la propaganda hodierna, que no aspira tanto a que nos fiemos de ella, sino a que dejemos de hacerlo de los nuestros—.

¿Queda sitio en este mundo, brave new world, para los que seguimos estando encaprichados con la verdad a secas? ¿Tendremos que reunirnos para traficar en secreto con ella, ahora que ya ni a los políticos ni a los periodistas parece interesarles tanto? ¿Se convertirá la exigencia de que te cuenten la verdad en una nueva impertinencia social, mirada con mohín despreciativo en las reuniones de la sociedad por parte de la gente respetable? A menudo he tenido la sensación, cuando le he pedido verdades (y no meras opiniones) a alguien, de que las cosas acabarían siendo pronto así. Pero reconozcamos que no tenemos certeza alguna sobre lo que nos ocurrirá en ese futuro, o posfuturo. De modo que nuestro propio aprecio por la verdad nos obliga, llegados en este punto, a reconocer que hemos de callar.

Omri Boehm (Universalismo radical) Más allá de la identidad

 «¿Qué es la Ilustración?». El ensayo comienza con las famosas frases:

La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración. 

La idea de una minoría de edad o inmadurez «autoculpable» es el eje en torno al cual gira la revolución de Kant. En los animales, la madurez es el resultado de un desarrollo natural. Un pájaro aprende a volar de forma inevitable, un guepardo adquiere velocidad, y así ocurre con todos los animales: mientras no se lo impidan influjos externos, crecen de manera natural hasta convertirse en representantes maduros de su especie. En cambio, para los seres humanos, la madurez tiene otro significado. En su caso, va ligada a asumir responsabilidades, un logro que depende de la capacidad de pensar de forma independiente y que no es en absoluto evidente en sí mismo. Los adultos sanos, a aveces, fracasan en este sentido. Las sociedades pueden fomentar o dificultar que las personas piensen por sí mismas. Desarrollar las propias capacidades humanas no es una consecuencia natural de la existencia humana, sino una tarea tanto individual como colectiva. 

Al situar el concepto de mayoría de edad en el centro del ensayo de 1784, Kant convirtió la pregunta «¿Qué es el hombre?» en la clave para responder a la pregunta «¿Qué es la Ilustración?». Y al demostrar que la mayoría de edad humana depende de la responsabilidad, no nos dijo realmente qué son las personas, sino, sobre todo, qué no son. No son criaturas de la naturaleza. El ser humano no puede entenderse como especie biológica ni como concepto zoológico, histórico, antropológico o sociológico. Y ni siquiera la ciencia darwiniana reduciría a la humanidad a una evolución ciega; creer que podría hacerlo es malinterpretar el concepto como biológico. La humanidad solo puede ser un concepto moral.

Decir que la humanidad solo puede ser un concepto moral equivale a insistir en que depende de una sola cualidad: la libertad. Mientras que las especies animales se definen por los rasgos biológicos de sus cuerpos y las capacidades potenciales de los animales maduros pueden reconocen mediante la exploración empírica de lo que son capaces de hacer, los seres humanos se definen por algo más que hechos concretos que determinan su identidad y sus acciones. Son libres porque su comportamiento puede estar determinado no solo por causas, sino también por razones y justificaciones. No solo sus intereses, sino también su criterio moral puede impulsarlos a emprender una acción. Su humanidad consiste en que, a diferencia de las especies naturales, la cuestión de quiénes son no puede reducirse a la de qué son. No depende de lo que hagan o de cómo vivan, sino de que estén dispuestos a escuchar la llamada de lo deberían hacer. Actualmente se habla mucho de los derechos de los animales, aunque no se parte de la elevación de los animales a la categoría de sujetos, sino a la reducción antikantiana de los seres humanos a la categoría de animales. Sin embargo, aunque se ha vuelto aceptable hablar de los derechos de los animales, no tiene ningún sentido hablar de los deberes de los animales.

Es de sobra conocida la distinción kantiana entre ser y deber, y aun así la malinterpretamos con frecuencia. Los amigos de Kant también contribuyeron a este malentendido en muchos casos, ya que era más fácil hacer propaganda a favor de su pensamiento minimizando la fuerte metafísica que subyace en él. Solo la idea abstracta de una humanidad independiente de la naturaleza da a las personas el respeto que aspiran. A diferencia de los animales, que pertenecen a una naturaleza sin propósito, los humanos son libres de perseguir fines morales. Por esta razón, ellos mismos deben ser tratados categóricamente como fines y nunca como simples medios. No solo tiene un valor, como lo pueden adquirir las cosas al ser utilizadas. Más bien, tienen dignidad que está «por encima de todo precio», es decir, absoluta. Como explica Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres:

[T] odo [tiene] o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad

[...]

La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser un fin en sí mismo, porque solo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que esta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad.

La esclavitud es la violación paradigmática de este principio absoluto, porque se basa en la reducción sistemática de los seres humanos a meros medios. Tolerar esta institución en nombre de cualquier circunstancia o valor (como bienestar, el orden, la paz o consenso democrático) no solo normaliza una injusticia, sino que destruye la base de la justicia. Ninguna constitución, legislación o orden político que proteja la esclavitud puede disponer de autoridad legítima, ya que anula la premisa de todos los valores y, por tanto, el fundamento de toda autoridad. Así, no es de extrañar que Kant asuma en el párrafo anterior citado un rechazo de la esclavitud —las personas no pueden tener un «precio»— como consecuencia directa del imperativo categórico. 

Si se entiende el argumento de Kant, este muestra que la dignidad, la abstracción, el universalismo y la autoridad están entrelazados. La dignidad depende de la libertad, que es la capacidad de no estar determinado por hechos concretos. Por tanto, solo puede ser abstracta. Puesto que es abstracta, su ámbito de aplicación es universal e incluye a todas las personas. Por la misma razón, es asimismo categórica, es decir, de autoridad universal: ninguna circunstancia ni consideración puede perponerse a ella o socavarla. Cuando Kant ancla el universalismo en el concepto abstracto de la humanidad lo que hace es recuperar el compromiso con un principio superior de justicia. Las normas universales se refieren a las personas, pero van más allá de cualquier autoridad humana. 

[...] Las cadenas y los verdugos son los burdos instrumentos de que antaño ser sirvió la tiranía; hoy la civilización ha perfeccionado hasta el despotismo mismo [...] Los príncipes habían, por así decirlo, materializado la violencia; las repúblicas democráticas del presente la han transformado en una violencia tan intelectual como la voluntad que quieren contener. Bajo la autocracia irrestricta, el despotismo golpeaba brutalmente el cuerpo para llegar al alma [...]; en las repúblicas democráticas, sin embargo, la tiranía no procede de esta manera; esta pasa por alto el cuerpo y apunta directamente al alma.

Emerson y Thoreau sabían muy bien que en estados Unidos no se «pasaban por alto» los cuerpos en absoluto cuando se escribieron estas líneas. Millones de esclavos fueron sometidos no solo por el poder del látigo, sino por unas normas y un Estado de derecho que extraían su legitimidad del conformismo.

¿Y qué ocurre en la realidad política, filosófica y sociológica actual? ¿Cómo se aplica la doctrina de la «igualdad de los espíritus» sino privatizando la verdad? ¿En qué consiste la tiranía de la mayoría si no en la idea de que la justicia se sustituye por un «consenso parcial», mientras que una justicia independiente queda excluida por ser «metafísica» y, por tanto, inadecuada para las «sociedades democráticas modernas». Tras décadas de dominio unionista sobre el pensamiento liberal, los factores sociales que, según Tocqueville, conducen al espíritu estadounidense a la tiranía de la mayoría ya han entrado en la filosofía, aunque solo sea gracias al método de Rawls [...]

Mario Perniola (Berlusconi o el 68 realizado)

Proceso de civilización en China y de barbarización en Italia 

Me parece que la idea de calidad (suzhi) es la aportación teórica más relevante de la victoria del confucianismo. Según Luigi Tomba, sinólogo australiano muy atento a la complejidad de la sociedad china actual, el término no debe entenderse como un eslogan ideológico más, sino como la noción en torno a la cual gira un vasto proceso civilizatorio que contiene a todos los aspectos de la vida material y espiritual. Comparecen nociones esencialmente estéticas como estilo de vida, educación en civismo, bondad, magnanimidad, etc. En otras palabras, en China se está creando algo parecido a lo que el sociólogo alemán Norbert Elias (1897-1990) definió, haciendo referencia al nacimiento de la modernidad occidental, como civilización de las «buenas maneras». No se trata de algo superficial ni convencional, más bien implica un largo y difícil camino de refinamiento y perfección interior, basado en el control de las emociones y el dominio de los códigos formales y simbólicos. La imagen del llamado «ciudadano chino de calidad» sigue el modelo del nacimiento de la burguesía a partir del Renacimiento. Los manuales de «autocultivo» recuerdan la etiqueta europea de los siglos XVI y XVII.

Llegamos así a la raíz del pensamiento de Confucio, que se refiere al estrecho vínculo entre la perfección del ser humano y el sentido del ritual. La naturaleza humana es tal que siempre es susceptible de aprender, mejorar y perfeccionarse infinitamente: el ejercicio de autocualificación concierne a todos, no a una determinada clase o estrato. «Mi enseñanza —dice Confucio— se dirige a todos sin distinción» (Diálogos XV, 38). La excelencia es un valor moral que implica la relación con los demás, que se rige y se mantiene a través del espíritu ritual. Aunque nada tiene que ver con mero conformismo estereotipado, sino que implica una participación y una energía emocional profunda. En otras palabras, el «ciudadano de calidad» no es otro que el «hombre de valor» confuciano. Así queda inmunizada de la inclinación hacia el subjetivismo, provinente de la influencia euroamericana, que entraña el peligro de deriva que la lleva hacia la disolución de los vínculos sociales y la desintegración del Estado. La famosa frase confuciana «superar el propio ego, recurrir a los rituales» significa, precisamente, disciplinarse estableciendo una relación armoniosa con los demás. En Italia ocurre lo contrario. Cualquier intento de introducir calidad en lugar de cantidad en el discurso cultural es tildado de elitista, antidemocrático o incluso aristocrático. Yo, por ejemplo, por el mero hecho de haber escrito que en Italia hoy tenemos un gobierno de los peores (ojo, no dije de los pésimos, como fue el caso de Camboya bajo los Jemenez Rojos y todavía en muchos lugares),  ¡me tildaron de «aristócrata»! Si esta palabra se entiende en sentido literal como el gobierno de los mejores, no tengo dificultad en reconocerme el el término: pero ¿quién no se reconocería? No sé si hay alguien que teorice la legitimidad del gobierno de los peores como tal, ni siquiera los seguidores de Mandeville (1670-1733) (para quien no recuerde es el autor de La fábula de las abejas, en la que el vicio privado es condición para la prosperidad económica de los Estados). Y esto también es mérito de los partidarios de Berlusconi, que se definen a sí mismos como «buenos»: de hecho, la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Sin embargo, si nos referimos a la nobleza, que a los largo de los siglos se ha apropiado indebidamente de este término, tengo mala opinión de la nobleza italiana en su conjunto y creo que su posible gobierno sería peor que los actuales. Pero cuando me tildan de «aristócrata» hacen referencia a una tercera cosa: el hecho de que siempre he sido partidario de la autoridad del conocimiento. ¿Habrían sido, por tanto, «aristócratas» los fundadores de la ciencia moderna, los ilustrados, los ideólogos, los idealistas, los marxistas, los positivistas, los teóricos del pensamiento crítico, etc.? Se trata, no obstante, de sutilezas para el oscurantismo comunicativo y demagógico que lo mete todo el el mismo saco, cosa que no podría hacer de otro modo dada su ignorancia, que le impide distinguir entre pensadores de izquierda, de centro o de derecha, progresistas o reaccionarios... ¡Precisamente porque es alérgico a la existencia misma de los «pensadores»! Por supuesto, es necesario poner algunas etiquetas políticas, aunque en última instancia todo se reduce a una sola: ¡reformismo! La desaparición de los conservadores me parece embarazosa para la actual clase política italiana: todos se definen a sí mismo como «reformistas», sin darse cuenta de que la mayoría de los italianos tienen mucho miedo a las innovaciones, dado que estas parecen esconder casi siempre algún dispositivo de empeoramiento de la situación existente a favor de los intereses de quienes promueven tales «reformas». A estas alturas, llamarme «conservador» es incluso pero que llamarme «revolucionario». De hecho, se ha realizado la identificación de los «revolucionarios» con Black Bloc, con los «terroristas» y sus partidarios, mientras que para los conservadores no hay más que desprecio y lástima. Nada tranquiliza más a los defensores de la comunicación, de lo efímero, del presentismo, que la falta de toda calidad, sobre todo si va acompañada de cierto éxito, demostrando que estudiar no sirve de nada y que los mejores de la clase son los últimos en la vida, Quién sabe, por tanto, por qué las universidades siguen estando tan pobladas y los periódicos dan cifras elaborando ranking que distinguen productividad (¿qué significa?), docencia e investigación, a menudo entrando en mayor detalles al distinguir servicios (está claro lo que significa), gasto en becas y otras invenciones (cuáles), estructuras (¿está todavía de moda el estructuralismo?), web, internacionalización. Quien crea la nada tras de sí, encuentra la nada frente a él; en otras palabras, si realmente se quiere construir un futuro, es necesario repensar el pasado. Esta es la enseñanza fundamental del eterno retorno del que habla Nietzsche. La tradición (y más generalmente el estudio) no es algo que pueda reducirse a un slogan. Por ejemplo, hay un partido político en Italia que pretende construir su mito fundacional remontándose a la Edad Media. Algunos habrían esperado ingenuamente un florecimiento de los estudios medievales, sin embargo, no me parece que para ser admitido en este partido se requiera ningún conocimiento sobre el período histórico o que se corra el riesgo de ser expulsado por no haber estudiado filosofía escolástica o el pensamiento de Gianfranco Miglio (1918-2001). De hecho, se dice —aunque no sé hasta qué punto es cierto el rumor— que en ese partido el conocimiento no se valora en absoluto y, de hecho, se considera uno de los «cuatro viejos» de los que debemos liberarnos. Los otros tres —relata refero— serían la buena educación, la moderación y el espíritu nacional.

Perniola, Mario (Del sentir)

Isolde Charim (La miseria del narcisismo) Ensayo sobre la sumisión voluntaria

La «moral» narcisista
 
La ética narcisista

En el capítulo anterior nos hemos encontrado con el superyó. Hemos visto todo lo que implica su mandato: el dominio de una ley que emite prohibiciones y mandamientos. Un dominio en el que el superyó actúa simultáneamente como juez, censor y vigilante observador que juzga nuestras acciones —también nuestros propósitos—. Freud señaló explícitamente que esto sucede tanto a los individuos como a los grupos: también las comunidades, incluso las épocas marcadas por un determinado patrón cultural, producen su propio superyó con esas mismas funciones. En este caso, al superyó lo llamamos «moral».

Sin embargo, se sabe que desde hace tiempo este dominio se encuentra en declive. ¿Qué consecuencias tiene este debilitamiento del superyó? ¿Qué implica para el individuo y para la sociedad? ¿Hemos conseguido librarnos de un amo despótico para disfrutar libres y sin inhibiciones?

De hecho, el régimen del superyó ha sido reemplazado por otra instancia, a la que hoy estamos sometidos: el ideal del yo. Se trata de un dominio muy particular. La diferencia entre el régimen del superyó y el del ideal del yo puede ser planteada como la diferencia entre moral y ética.

Foucault ha sabido nombrar con precisión todo lo que implica esta diferencia. seguiremos su modo de presentarla.

Para Foucault la moral es el conjunto de reglas y valores de una sociedad (o de un grupo) que tiene carácter de ley. Fija el marco de la acción: determina qué está permitido y que prohibido. El cumplimiento de estas normas se vigila estrictamente y toda violación es castigada. Por eso, la moral siempre está unida a una instancia de autoridad, que impone y controla tanto el aprendizaje como la observación de las leyes. En este sentido, la moral se corresponde con lo que hemos denominado «superyó social».

Es relevante desde nuestra perspectiva que Foucault contrapone su concepto de ética a esta concepción de la moral. La ética implica producción de sujetos éticos que siguen máximas éticas al actuar. De modo que tanto las máximas como los sujetos son éticos.

Por lo que concierne a las máximas, resulta crucial que no sean leyes sino reglas. La oposición entre ley y regla es de una enorme importancia. Implica distintos modos de obligación y acatamiento. Así, Foucault nombra con extrema precisión la diferencia fundamental que se da entre el dominio del superyó y el régimen del ideal del yo. A diferencia de lo que ocurre con la ley, que demanda obediencia, las reglas nos guía en los modos concretos de vivir. Las reglas apuntan al sujeto ético como «perfeccionamiento de sí mismo». Para alcanzar esta finalidad, para perfeccionarse, cada individuo actúa sobre sí. Se busca alcanzar el ideal. Está claro. Pero, ¿cómo podemos operar sobre nosotros mismos?

Valiéndose de eso que, desde Foucault, se conoce comúnmente como «tecnologías del yo», como cuidado a uno mismo. Apareció en el capítulo 3. Se trata de técnicas y procedimientos que usamos para cambiarnos, elaborarnos, transformarnos.

Y ya estamos de nuevo aquí: en este modo de concebir la ética como un conjunto de reglas para conducir la propia vida, impulsados por el cuidado de sí. No solo tenemos múltiples formas de vida y un sinfín de reglas que abarcan desde la alimentación hasta la estética. Una obsesión que penetra en todos los estratos sociales. La pregunta siempre es la misma: ¿cómo alcanzo mi ideal? ¿Mediante qué modo de vivir, qué tecnologías del yo, que técnicas narcisistas?

Vivimos en sociedades que no solo nos permiten cuidar de nosotros mismos, incluso nos lo exige.

Recordemos: a diferencia del dominio del superyó en el terreno de la moral, hoy nos encontramos en un régimen ético marcado por el ideal del yo. Aunque nunca queda claro qué es lo que nos exige esta ilimitada demanda de cuidados de sí que tenemos que combinar con la «herencia de una tradición moral cristiana». Una tradición que encuentra en la abnegación la condición de la salvación, como señala Foucault. De modo que el cuidado del sí resulta sospechoso, pues toda forma de amor propio se nos presenta como inmoral. 
*

La contraposición entre cuidado de uno mismo y abnegación tiene una larga historia. Al abordarla no seguimos una cronología histórica, lo haremos comparando a los autores que se han dedicado con más atención a intentar comprender las formas esenciales de esta contraposición, es decir, dos modos esenciales de tratar con las tecnologías del yo: Max Weber y Michael Foucault.

Para ambos, los monasterios cristianos constituyen el negativo de lo que intentan delimitar. 

Por un lado, los monasterios eran lugares dedicados plenamente al trabajo sobre uno mismo, a través de sofisticadas prácticas que desarrollaban las órdenes monásticas. Por otro lado, estas prácticas no tenían nada que ver con el cuidado de sí. Más bien se dirigían en la dirección contraria. Las técnicas monacales de contemplación, obediencia o examen de conciencia, iban dirigidas a la renuncia al yo. Cada una de las rigurosas reglamentaciones de la vida diaria, desde el control del sueño y la vigilia hasta el constante examen de los pecados, tenían como objeto la disolución del yo.

Fuera de los muros del monasterio quedaba la moralidad secular que hacía del altruismo su principal exigencia. 

Fue precisamente el protestantismo el que transformó el modo secular de relacionarse con uno mismo, transformando radicalmente este tipo de altruismo. Max Weber explicó en qué consiste este cambio en su famoso estudio sobre la «ética protestante»

Según Weber, el capitalismo surge en sus inicios de lo que denominó «ética protestante». Esta habría conseguido formar a los sujetos económicos que aquel necesitaba. Asimismo, habría producido en los individuos las características  que aquel demandaba, eliminando los obstáculos de modos económicos precapitalistas. 

La expresión «ética protestante» denota para Weber una seria y pormenorizada reglamentación de la vida que lega a penetrar en todos los ámbitos. Weber nos presenta, por ejemplo, la imagen de trabajadoras tradicionales, reunetes a abandonar las formas de producción aprendidas, comparándolas con las muchachas «de origen pietista», con su disposición a concentrarse y calcular, con su sobrio autocontrol, su fría modestia, su mesura —todos ellos atributos que incrementan «enormemente el rendimiento»—. Se valen para ello del autocontrol constante, utilizando cuadernillos en los que anotan los pecados, registros pormenorizados de los progresos, una estricta regulación del tiempo.

Estamos ante una «racionalización» del modo de vida, en dos sentidos distintos, por un lado es racional por dirigiese contra afectos y pasiones, contra las pulsiones, contra el «hombre natural». Por otro lado, no se trata de lidiar con aspectos específicos, sino de una conformación sistemática de la vida entera, de modo que es racional por atender metódicamente a la totalidad de la persona mediante el autocontrol constante. La vida se ve reglamentada y sistematizada [...]

Jano García (El triunfo de la estupidez) Por qué la ignorancia es más peligrosa que la maldad

¿ES POSIBLE ALCANZAR LA IGUALDAD QUE TANTO ANHELA EL ENVIDIOSO Y QUE CON TANTO ÍMPETU LE PROMETE EL IGUALITARIO?

Ya hemos visto que la envidia es un sentimiento de pura maldad sin ningún atisbo de benignidad, que se duele de la felicidad ajena y que solo queda saciada a través de la desgracia del prójimo. Pero la envidia avanza y sus deseos han impulsado una clase política que en el juego democrático ha tenido que recurrir a ella para poder gobernar. Pareciera que si un político no incluye la palabra «igualdad» en un discurso automáticamente un rayo lo fulmina. La malignidad absoluta de la envidia no puede ser confesada públicamente, por lo que ha sido sustituida por otra palabra mucho más comercial: la igualdad. Que si igualdad de esto y aquello, que si igualdad de opinión, igualdad de derechos, igualdad de oportunidades, igual de género y un sinfín de absurdas coletillas diseminadas en la prensa, la televisión, las redes sociales, los colegios, las universidades, etc. ¡El objetivo es conseguir la igualdad real porque todos somos iguales! [...]

[...] No es una enfermedad reciente la que padece el pueblo, aunque la democracia de masas la haya extendido e intensificado. La envidia igualitaria ha estado presente desde los orígenes de la especie humana. Sin embargo, los demagogos han conseguido que los anhelos igualitarios lleguen incluso a las almas más lejanas a través del progreso tecnológico. El hombre actual está sometido a ingente cantidad de información y mientras antes envidiaba al vecino, al cacique local o al noble de turno, ahora envidia y desea el mal de personas que ni siquiera conoce. Así, grupos abstractos nunca definidos como «las grandes fortunas» o «los ricos» son el objetivo a batir de un grupo de indeseables que desatan su ira contra el envidiado sin rostro. El envidioso igualitario es incapaz de disfrutar la experiencia de la vida, pues sus actos no van destinados a realizar acciones positivas, sino sus actos negativos, y los ideológicos igualitarios se encargan de esparcir la falsa e irrealizable promesa de la igualdad señalando a los mejores para que estos sean destruidos. No fueron estas las políticas que permitieron el florecimiento de una clase media, sino la emulación del mejor y el respeto a la jerarquía natural del ser humano las que lograron un desarrollo económico sin precedentes en Occidente. 

Decía Castellani: «¡Igualdad!, oigo al jorobado Fontova. Y me pongo a preguntar. Querrá verse sin joroba o nos querrá jorobar». Resulta cuasi imposible descifrar los deseos individuales de cada ser humano. A diferencia de los animales, el hombre no simplemente «es», sino que «quiere ser», y para alcanzar ese deseo de querer ser debe decidir con sus acciones el camino para, al menos, intentar lograrlo. Evidentemente, cada individuo está condicionado por sus talentos innatos, sus capacidades físicas, su inteligencia y su lugar de nacimiento. No tendrá las mismas oportunidades el niño nacido en Sudán del Sur que el que lo haga en Singapur, pero ambos querrán ser algo. Los envidiosos, lejos de emular un buen ejemplo, realizan el ejercicio contrario, es decir, desean que los mejores emulen sus fracasos, por lo que es probable que el jorobado Fontova quisiera que todos tuvieran joroba para ser iguales.  

La evolución humana, el enriquecimiento de las sociedades, los avances médicos, los progresos tecnológicos y el conocimiento heredado responden a un pequeño puñado de hombres. Bastarían un par de folios para poder rellenar los nombres de aquellos que con sus descubrimientos permitieron un salto en la evolución del ser humano. El progreso humano corresponde a una minoría superior que, posteriormente, permite a una mayoría inferior aprovecharse de su ingenio y talento. Pero lejos de mostrar gratitud por esos grandes hombres, el ciudadano medio exhibe una envidia desaforada hacia ellos. Las sociedades como la española que muestran un elevado anhelo igualitario son al mismo tiempo las más pobres. El vez de celebrar la llegada de hombres superdotados, exitosos, ingenioso y triunfadores, maldicen su existencia y tratan de acabar con ellos a través de legislaciones empobrecedoras, impuestos confiscatorios y un sinfín de trabas y desincentivos generados por el oscuro igualitarismo.

En España se realizan numeroso diagnósticos sobre los problemas que nos rodean, pero nunca se señala el mayor de todos la envidia. El hostigamiento al que se enfrenta el hombre superior creador de riqueza y progreso genera un empobrecimiento generalizado que, trágicamente, queda asumido y estimulado por el coro envidioso que prefiere la igualdad en la miseria que la desigualdad en la riqueza. La igualdad entre los hombres solo puede darse en la pobreza global y, para ello, es necesario acabar con el pequeño puñado de hombres estelares.

La enfermedad crónica espiritual del igualitarismo no tiene cura, pues siempre habrá alguien al que despojar, aunque sean unas migajas. Esto genera una sociedad indeseable que exalta la mentira, la difamación y la humillación del virtuoso para poder construir una distopía igualitaria que sirva para consolarse en la igualdad de todos. Y es que el igualitarismo es la afirmación de una idea injusta, inmoral y contraria a la naturaleza humana que se ha convertido en un imperativo moral que se debe llevar a cabo cueste lo que cueste. Sus defensores han conquistado Occidente dejando un reguero de desgracias que se dejan sentir todos los días. El mundo contemporáneo es el mundo del igualitarismo. Nos hallamos ante una cuestión trascendental, de enorme relevancia y poderosa vigencia, pues la igualdad es la idea central que mueve todos los movimientos sociales de nuestra era. 

García, Jano (El rebaño) Cómo Occidente a sucumbido a la tiranía...
García, Jano (Contra la mayoría) 

Manuel Martínez-Sellés (Verdades incómodas para personas autónomas)

NO DEBEMOS MATAR A UN SER HUMANO

EL VALOR INTRÍNSECO de la vida no debería cuestionarse nunca. Sin embargo, lo hacemos a diario: abortos, eutanasia, suicidios y pena de muerte. El principio básico de respeto a la vida es una de las claves más fundamentales de cualquier sociedad civilizada, de las principales religiones y de casi todas las culturas. El valor de la vida humana ha sido reconocido desde la antigüedad y el concepto de que cada ser humano es un fin en sí mismo y no debe ser tratado como un medio tiene (o debería tener) plena vigencia hoy en día. 

Esta perspectiva es la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que justifica rechazar la discriminación basada en capacidades, sexo, raza, edad (desde la concepción hasta la muerte) o situación (social, económica, de salud/discapacidad/enfermedad). De hecho, la protección de la vida es uno de los principales objetivos de nuestra organización social. Los gobiernos y las leyes no pueden quitar la vida a otros impunemente.

Como hemos visto en el capítulo anterior, la ciencia biológica respalda la idea de que cada vida humana es única e irrepetible desde el momento de la concepción. Cada ser humano es único y tiene un ADN y unas características que lo distinguen de los demás. La idea de que todos los seres humanos tenemos derecho a vivir crea una base para la convivencia pacífica y nos asegura también protección a nosotros mismos. Si negamos este derecho a otros, por muy pequeños (o ancianos/enfermos) que sean, también estamos poniendo en riesgo nuestra propia seguridad, presente y futura. La regla de tratar a los demás como nos gustaría que nos traten es un pilar de la ética y la moral que debemos respetar y que fundamente la cultura de la vida. Elegir la vida, incluso en circunstancias difíciles, es un acto de valentía, pero también de esperanza. Al respetar la vida de cada ser humano, afirmamos nuestra propia humanidad y construimos una sociedad donde la dignidad y la paz pueden florecer.

La cultura de la muerte, que justifica la violencia más o menos evidente, de terminar intencionadamente con la vida de un ser humano, acaba teniendo un impacto negativo en la sociedad. Genera más dolor y sufrimiento, es un caldo de cultivo de miedo y desconfianza, y erosiona o incluso destruye los lazos familiares, sociales y la relación médico-paciente. Al poner en causa el derecho a la vida, se cuestionan todos los demás, ya que sin vida no pueden ejercerse. La cultura de la muerte es particularmente peligrosa para los más vulnerables, los que no tienen quién los defienda, los que generan gasto si viven y beneficio si mueren.

Una visión utilitarista que se olvida del valor intrínseco de la vida humana pone en jaque a los no nacidos, los ancianos, los enfermos, las personas con discapacidades y los condenados a pena de muerte. A estos últimos, además, una vez ejecutados se les priva para siempre de la posibilidad de demostrar su inocencia, algo que no es tan infrecuente.

¿Y no hay excepciones a la regla de no matar? Salvo en autodefensa, crea que tenemos que ser categóricos y no permitir la muerte intencionada de nuestros conciudadanos. Además, las experiencias, tanto en aborto como en eutanasia, muestran bien lo que se ha llamado pendiente resbaladiza o plano inclinado. Si nos engañan a aceptar algunas excepciones en caos extremos, rápidamente se van extendiendo estas prácticas a muchas otras situaciones. En el fondo, abrir un rendija de una ventana en toda una pared que debería resguardarnos de quienes no respetan la vida de los demás. Poco a poco se va destruyendo el pilar esencial que garantiza una sociedad justa y compasiva.

No existe una matar bueno, por mucho que se intente confundir con expresiones como muerte digna o llamar al homicidio supuestamente compasivo de la eutanasia prestación de ayuda para morir. Consagrar el principio de autodeterminación por encima de todo es peligros, y da pie a la promoción del suicidio, que ya es la primera causa de muerte en algunos rangos de edad. Tambien es peligroso, incluso más, someter al criterio de terceros, más o menos expertos, quién merece seguir viviendo. Además, en la inmensa mayoría de los casos el deseo de eutanasia o de suicidio no es consecuencia de daños corporales y dolores extremos, sino de un sentimiento de abandono. Me remito aquí al capítulo sobre la soledad.

La eutanasia en el Tercer Reich muestra cómo se puede llegar a justificar, por un supuesto interés de la persona enferma o discapacitada cuya vida, se supone, carece de valor. La Alemania nazi consiguió la aceptación progresiva de la eutanasia por parte de una sociedad que previamente la rechazaba. Se hizo con la película Yo acuso y una propaganda cuidadosamente diseñada, que incluía cartelería detallando el coste que el tratamiento de un discapacitado suponía para el estado alemán. Joseph Goebels consiguió la aceptación del programa de aniquilamiento y que el homicidio por compasión se viera como un acto de amor, como ayuda a un morir digno. La excelente película alemana Niebla en agosto dirigida por Kai Wessel y basada en la novela homónima escrita por Robert Domes muestra bien la historia de esta macro-manipulación que desencadenó más de 300 000 eutanasias. 

«Comenzaron con la idea, que es fundamental en el movimiento a favor de la eutanasia, de que existen estados que hay que considerar como ya no dignos de ser vividos. En su primera face esta actitud se refería sólo a los enfermos graves y crónicos. Paulatinamente se fue ampliando el campo de quienes entraban dentro de esa categoría y se fueron añadiendo también a los socialmente improductivos y a los de ideología o razas no deseadas. Sin embargo, es decisivo advertir que la actitud hacia los enfermos incurables fue el diminuto desencadenante que tuvo como consecuencia ese total cambio de actitud».

La tendencia, cada vez más arraigada, de que divertirse y sentirse bien es la meta suprema del ser humano, lleva a concluir que el sufrimiento ha de ser eliminado a cualquier precio. Y cuando no puede ser eliminado de otra forma que mediante la eliminación del que sufre, se hace, aún sin saber si al matar al que sufre terminamos realmente con su sufrimiento. Se parte del supuesto derecho a matarse a uno mismo para llegar al derecho a hacerse matar o matar. Pero ni suicidio es un derecho ni existe ningún derecho a matar, o a ser matado por otro [...]

Alain Finkielkraut (Pescador de perlas)

«Cuando el ciudadano ecologista se atreve a plantear la cuestión que cree más molesta preguntando: "¿Qué mundo vamos a dejarles a nuestros hijos?", en realidad está evitando plantear otra realmente inquietante: ¿"A qué hijos vamos a dejarles nuestro mundo?"». (Jaime Semprún).

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«El hombre moderno ha terminado por sentirse culpable de todo lo que es dado, incluso su propia existencia, por sentirse culpable incluso del hecho mismo de no ser su propio creador, ni creador del universo. En ese resentimiento fundamental, se niega a percibir explicación plausible alguna en el mundo dado. Todas las leyes que simplemente se le han dado suscitan su resentimiento; proclama abiertamente que todo está permitido y cree secretamente que todo es posible [...] La alternativa a tal resentimiento [...] sería una gratitud fundamental por las pocas cosas elementales que nos son verdadera e invariablemente dadas, como la vida misma, la existencia del hombre y del mundo..»

Hannah Arendt

El trans —es decir, la persona que no se reconoce en su sexo biológico y se propone cambiarlo mediante los medios engorrosos de la cirugía o simplemente declarándolo— es la figura emblemática del tercer milenio.

El trans marca el camino. El trans encarna el cumplimiento de la historia. Con el trans, el proceso de emancipación llega a su fin. Ya no es un individuo más entre otros, es nuestra vanguardia e incluso nuestra redención. Ya no es un problema marginal, es un inmenso progreso. Ya no es una anomalía dolorosa; es el tribunal ante el cual comparece la norma. En resumen, ya no es una excepción que pide ser escuchada, ayudada y acompañada lo mejor posible, es, desde la infancia, un ejemplo al que, si no es de mente estrecha. o de alma malvada, debe rendírsele homenaje. La única respuesta ante el fenómeno es el entusiasmo y la admiración. La preocupación esta prohibida, y la propia prudencia depende del perjuicio. No ha lugar al matiz, la complejidad, la perplejidad o el cuestionamiento. Apología o barbarie, fervor o fobia, adhesión sin reservas u oscurantismo retrógrado: tal es la única elección posible. Al despedir a la biología, la disforia de género se inscribe en el registro épico de la gesta revolucionaria. Quien, como si no hubiera pasado nada, sigue apegado a la diferencia de sexos o la declara insuperable está traicionando su nostalgia por el Antiguo Régimen. Es, a imagen de Claude Habib, J.K. Rowling o Caroline Eliacheff, un retrógrado, un pasadista, un antiguo. El trans es el Mesías del yo

Al erigirse en sujeto, el ser humano, ciertamente, había conquistado y consolidado su autonomía desde los albores de los tiempos modernos. Había dejado de recibir órdenes de arriba. Al traer la autoridad del Cielo a la Tierra, obedecía leyes que él mismo había promulgado. Era su propio prescriptor, pero no era su propio creador. No escogía el masculino o el femenino. Por muchos derechos que acumulara, continuaba heredando su ser, su libertad seguía hipotecada por su nacimiento. El escándalo se acaba. La humanidad, al salir definitivamente de la alienación, rechaza ese dominio inmemorial. Siguiendo el ejemplo de los trans, cada uno está invitado a reapropiarse de sus orígenes y, al hacerlo, emanciparse de la condición humana. «Nada en mí me precede» es la máxima suprema de la libertad. 

La experiencia del cambio de sexo sigue siendo, desde luego, muy minoritaria, pero gracias a ella se quiebra el orden binario. Nadie está ya condenado a ser lo que le ha tocado ser. La gravedad se supera, la finitud está vencida, la fluidez puede por fin prevalecer. Junto al il («él») y elle («ella»), iel («elle) ha irrumpido en la lengua oficial. Una boina arcoíris corona el viejo diccionario: iel («elle») es el pronombre dedicado al rechazo de los roles de género. Abolición de la fatalidad, despido de lo dado, condonación de la deuda original: la naturaleza, conocida aguafiestas, ya no tiene ni voz ni voto. Ahora todo es cultural, y la cultura está abierta a todas las manipulaciones. El «yo quiero» entiende que reina absolutamente sobre lo que se consideraba indisponible desde tiempo inmemorial. Nada de lo ya existente puede oponerse a lo que uno mismo elige. Lo que se siente dicta su ley, la subjetividad se afirma como soberana: lo real, en su integridad, se presenta como un catálogo. «Andrógino, transexual, bigénero, hermafrodita, hombre o mujer: En Facebook, puedo hacer clic en más de cincuenta y seis identidades sexuales para definirme», según me he enterado leyendo a Eugénie Bastié. Nada está fuera del alcance, todo puede encargarse, y no existe un solo articulo que no pueda encontrase en los anaqueles del supermercado planetario. 

Conque cada uno se hace la compra, cada uno se hace el rancho. Hacer ya no es arreglarse con lo que hay. Nadie está, podría decirse, «bajo arresto domiciliario» en ninguna identidad, sea la que sea. A guisa de mundo según el sistema hetereonormativo y los estereotipos de género, estamos inaugurando con gran alharaca la era del abordaje ilimitado y del consumo universal. Así, el resentimiento le gana la mano a la gratitud, la alteridad desaparece en intercambiabilidad, un nuevo gran relato se propaga en las redes sociales y el pensamiento de la técnica ejerce su hegemonía bajo la gloriosa apariencia del triunfo de la libertad.

Ironía de la historia: con el zar del Kremlin declarándole la guerra al «nazismo» LGBT» del Occidente decadente, el trans ha pasado a ser, frente al eje totalitario, el marcador por excelencia de la democracia. 

Finkielkraut, Alain (La humanidad perdida) Ensayo sobre el siglo XX
Finkielkraut, Alain (La ingratitud) Conversaciones sobre nuestro tiempo
Finkielkraut, Alain (Lo único exacto)
Finkielkraut, Alain (La posliteratura)

George Monbiot & Peter Hutchison (La doctrina invisible) La historia secreta del neoliberalismo

George Monbiot

La ideología anónima

Imaginemos que los habitantes de la Unión Soviética nunca hubieran oído hablar del comunismo. Más o menos así es como nos encontramos nosotros en estos momentos: la ideología dominante de nuestro tiempo, que afecta a casi todos los aspectos de nuestras vidas, para la mayoría de nosotros carece de nombre. Si lo mencionas, es probable que la gente te ignore, o bien que reaccione con una mezcla de perplejidad y desdén: <<¿Qué quieres decir?. ¿Eso qué es?>>. Incluso a quienes han escuchado alguna vez el concepto les cueste mucho definirlo.

Este anonimato es a la vez síntoma y causa de su poder: ha causado o contribuido a la mayoría de las crisis a las que ahora nos enfrentamos: aumento de la desigualdad; pobreza infantil galopante; una pandemia de las <<enfermedades de la desesperación>>; deslocalización industrial y erosión de la recaudación fiscal; la lenta degradación de la sanidad, la educación y otros servicios públicos; deterioro de las infraestructuras; retroceso democrático; el crac financiero de 2008; el ascenso al poder de demagogos, como Viktor Orbán, Narendra Modi, Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, crisis ecológicas y desastres medioambientales. 

Nos enfrentamos a estos desafíos como si estuvieran ocurriendo de forma aislada. Las crisis se suceden, pero no comprendemos sus raíces comunes. No logramos reconocer que todos estos desastres surgen o se van agravando por la misma ideología cogerente, una ideología que tiene, o al menos tenía, un nombre. 

Neoliberalismo. ¿Sabes lo que es?

El neoliberalismo se ha vuelto tan omnipresente que ya ni siquiera lo reconocemos como una ideología. Lo vemos como una especie de <<ley natural>>, como la selección natural darwiniana, la termodinámica o incluso la gravedad: un hecho inmutable, una realidad innegociable. ¿Qué mayor poder puede haber que operar sin nombre?

Pero el neoliberalismo ni es inevitable ni es inmutable. Al contrario, fue concebido y fomentado como un instrumento deliberado para cambiar la naturaleza del poder.

Peter Hutchinson
El <<libre>> mercado

¿Qué es el neoliberalismo? Es una ideología cuya creencia central es que la competencia sería la característica que define a la humanidad. Nos dice que somos codiciosos y egoístas, pero que la codicia y el egoísmo iluminan el camino hacia la mejora de la sociedad, generando la riqueza que acabará por enriquecernos a todos. 

El neoliberalismo nos presenta como consumidores, y no tanto como ciudadanos. Pretende convencernos que la mejor forma de alcanzar nuestro bienestar no es mediante la elección política, sino mediante la elección económica, en concreto, comprando y vendiendo. Nos promete que comprando y vendiendo podemos descubrir una jerarquía meritocrática de ganadores y perdedores.

El <<mercado>>, nos asegura, determinará -si se le deja a su albedrío- quién triunfa y quién no. Quienes tenga talento y trabajen duro triunfarán, mientras que los débiles, incapaces e incompetentes fracasarán. La riqueza que generan los ganadores se filtrará hacia abajo para enriquecer al resto.

Por otra parte, los neoliberales sostienen que cuando el Estado intente cambiar los resultados sociales a través del gasto público y de los programas sociales, se recompensa el fracaso, se alimenta la dependencia y se subvenciona a los perdedores. Crea una sociedad poco emprendedora, dirigida por burócratas, que ahoga la innovación y desalienta la asunción de riesgos, Cualquier intento de interferir en la asignación de recompensas por parte del mercado -para distribuir la riqueza y mejorar la condición de los pobres mediante la acción política- impide la aparición del orden natural, en el que la iniciativa empresarial y la creatividad son recompensadas como corresponde. 

El papel de los Gobiernos, afirman los neoliberales, debe ser eliminar los obstáculos que impiden el descubrimiento de la jerarquía natural. Deben reducir los impuestos, eliminar toda regulación, privatizar los servicios públicos, restringir el derecho de protesta, disminuir el poder de los sindicatos y borrara del mapa la negociación colectiva. Deben hacer que el Estado se reduzca y debilitar la acción política. Al hacerlo, liberarán el mercado, permitiendo que los empresarios generen riqueza que mejorará la vida de todos. Una vez que el mercado se haya desembarazado de las restricciones políticas, sus beneficios se distribuirán entre todos por medio de lo que el filósofo Adam Smith llamo la <<mano invisible>>. Los ricos, afirmaba,

son conducidos por una mano invisible a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiera estado repartida en porciones iguales entre todos  sus habitantes, y entonces sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad.

Cabe decir que no ha sido exentamente así. En los últimos cuarenta años, durante los cuales el neoliberalismo ha imperado tanto ideológica como políticamente, la riqueza, lejos de filtrarse hacia abajo, se ha concentrado cada vez más en manos de quienes ya la poseían. A medida que los ricos se han vuelto más ricos, los pobres se han ido empobreciendo, y la pobreza extrema y la indigencia asolan ahora incluso los países más ricos. Y aunque el Estado haya desregulado las finanzas y otros sectores comerciales, proporcionando a sus dirigentes más libertad para actuar a su antojo, ha reafirmado su control sobre los demás ciudadanos, inmiscuyéndose cada vez más en nuestras vidas al tiempo que reprime la protesta y restringe el alcance de la democracia.

Como demostrará este libro, el neoliberalismo, incluso según sus propios parámetros, ha fracasado, y ha fracasado estrepitosamente. También ha infligido daños devastadores tanto a la sociedad como al planeta, daños de los que corremos el riesgo de no recuperarnos nunca. Sin embargo, en lo que respecta a la difusión y propagación de su visión del mundo, el neoliberalismo ha tenido un éxito asombroso.

A lo largo de los años, hemos interiorizado y reproducido los dogmas del neoliberalismo. Los ricos han terminado por creer que han obtenido su riqueza gracias a su propia iniciativa y virtud, pasando cómodamente por alto sus privilegios de nacimiento, educación, herencia, raza y clase. Los pobres también han interiorizado esta doctrina y han empezado a culparse a sí mismo de su situación. Terminan siendo vistos, tanto por sí mismos como desde fuera, como perdedores.

Así, el desempleo estructural es lo de menos: si no tienes trabajo es porque no tienes espíritu emprendedor. El prohibitivo precio de los alquileres es lo de menos: si tu tarjeta de crédito está al límite es porque eres un incompetente y un irresponsable. Que el colegio de tu hijo no tenga patio o que no tenga acceso a comida saludable es lo de menos: si tu hijo está gordo es porque eres mal padre.  

La culpa del fracaso sistémico acaba recayendo en el individuo, y absorbemos esta filosofía hasta convertirnos en nuestros propios verdugos. Quizá no sea una coincidencia que estemos asistiendo a una creciente epidemia de autolesiones y otras formas de angustia, soledad, alienación y enfermedades mentales.

Ahora todos somos neoliberales.

Karl Gustav Jung (Lo inconsciente)

Los dominantes del inconsciente colectivo

[...] El período de la Ilustración se cerró, como es sabido, con los horrores de la Revolución Francesa. Actualmente volvermos a experimentar esta rebelión de las fuerzas inconscientes, destructoras, de la psique colectiva. El efecto fue una matanza en masa. Esto era, precisamente, lo que lo inconsciente buscaba. Su posición se había reforzado antes desmesuradamente por el racionalismo de la vida moderna, que desprecia todo lo irracional; con lo cual la función de lo irracional se hundió en lo inconsciente. Pero una vez que la función se encuentra en lo inconsciente, obra desde allí devastadora e irresistiblemente, como una enfermedad incurable, cuyo foco no puede ser extirpado, porque es invisible. Tanto el individuo como el pueblo tiene entonces que vivir, a la fuerza, lo irracional; y no tiene más remedio que aplicar su más alto ideal y su mejor ingenio a dar la forma más perfecta posible a la extravagancia de lo irracional. En pequeño, lo vemos en nuestra enferma. Esta rehuía una posibilidad de vida (señora X) que le parecía irracional, para vivir esa vida misma en forma patológica, con el mayor sacrificio, en un objeto inadecuado. 

No hay otra posibilidad sino reconocer lo irracional como una función psicológica necesaria, puesto que siempre está presente, y tomar sus contenidos no como realidades concretas (esto sería un retroceso), sino como realidades psicológicas; realidades, porque son cosas activas, es decir, efectividades. Lo inconsciente colectivo es el sedimento de la experiencia universal de todos los tiempos, y, por lo tanto, una imagen del mundo que se ha formado desde hace muchos eones. En esta imagen se han inscrito a través del tiempo determinadas líneas, llamadas dominantes. Estas dominantes son las potestades, los dioses, es decir, imágenes de leyes y principios dominadores de regularidades promediadas en el curso de las representaciones seculares. Por cuanto las imágenes depositadas en el cerebro son copias relativamente fieles de los acaecimientos psíquicos, corresponden sus dominantes (es decir, sus rasgos generales, acusados por acumulación de experiencia (idéntica), a ciertos rasgos generales. Por eso es posible trasladar directamente cierta imágenes inconscientes, como conceptos intuitivos, al mundo físico; así por ejemplo, el éter, la materia sutil o anímica primitiva, que está representada, por decirlo así, en las concepciones de toda la tierra; así también la energía, esa fuerza mágica cuya intuición también está difundida universalmente.

Por su parentesco con las cosas físicas, aparecen las dominantes proyectadas con frecuencia; y, cuando las proyecciones son inconscientes, recaen sobre personas del círculo próximo y, por lo regular, en forma de depreciaciones o sublimaciones anormales, que provocan errores, disputas, misticismo y locuras de toda índole. Así se dice "uno tiene  a otro por Dios", o que "Fulano es la bestia negra de Mengano". De aquí surgen también las modernas formas del mito, es decir, fantásticos rumores, desconfianzas y prejuicios. Las dominantes del inconsciente colectivo son, por lo tanto, cosas sumamente importantes y de importante efecto, a las cuales ha de prestarle la mayor atención. Las dominantes no se han de ahogar simplemente, sino que que se han de someter a cuidadosa ponderación. Como suelen presentarse en forma de proyecciones, y las proyecciones (por el parentesco de las imágenes inconscientes con el objeto) sólo se hieren allí donde existe una ocasión externa para ello, resulta difícil su estudio. Por lo tanto,  cuando alguien proyecta la dominante "diablo" sobre un prójimo es porque este prójimo tiene algo en sí que hace posible la fijación de la dominante diabólica, Con esto no quiero decir, de ningún modo, que este hombre sea también, por decirlo así, un diablo; antes por el contrario, puede ser un hombre singularmente bueno pero incompatible con el proyecto y, por consiguiente, existe entre ambos un "efecto diabólico". Tampoco el proyectante necesita ser un diablo, aun cuando tenga que reconocer que lleva en sí lo diabólico y que ha incurrido en ello, por cuanto lo proyecta; pero no por eso es "diabólico", sino que puede ser un hombre tan correcto como el otro. La presencia de la dominante diabólica, en un caso semejante, se interpreta así: ambos hombres son incompatibles (para el presente y para el futuro próximo), por lo cual lo inconsciente los disocia y separa. 

Una de las dominantes, que se encuentra casi regularmente en el análisis de las proyecciones con contenidos colectivos inconscientes, es el "demonio mago", de efecto eminentemente inquietante. Un buen ejemplo es el Golem, de Meyrink, como también el mago tibetano en los Murciélagos de Meyrink, que desencadena mágicamente la guerra universal. Naturalmente, Meyrink no lo ha aprendido de mí, sino que lo ha formado libremente de su inconsciente, comunicando a semejante sentimiento, forma y palabra, como la enferma lo había proyectado sobre mí. La dominante mágica se presenta también en Zaratrtusta; y en Fausto es, por así decirlo, el héroe mismo. 

La imagen de este demonio es el grado más bajo y más antiguo del concepto de Dios. Es la dominante del primitivo mago o curandero de la tribu, personalidad de singulares dotes, cargada de fuerza mágica. Esta figura aparece en lo inconsciente de mi enferma muy frecuentemente con piel morena y tipo mongólico. (Advierto que estas cosas eran conocidas por mí mucho antes de que Meyrink las escribiera). 

Con el conocimiento de las dominantes del inconsciente colectivo, hemos dado un gran paso. El efecto mágico diabólico del prójimo desaparecerá tan pronto como el sentimiento inquietante quede relegado a una magnitud definitiva del inconsciente colectivo. Pero, en cambio, tenemos ahora ante nosotros un problema de en qué forma pueda el Yo entrar en tratos con este no-Yo psicológico. ¿Cabe contentarse con la comprobación de la existencia activa de las dominantes inconscientes y abandonar luego la cuestión a sí misma? 

Con esto se produciría un estado de constante disociación, una desavenencia entre la psique individual y la psique colectiva en el sujeto. Por una parte tendríamos el Yo diferenciado y moderno; por otra, una especie de cultura de negros, un estado enteramente primitivo. Con lo cual percibiríamos separado y clara lo que efectivamente sucede ahora, a saber: que la corteza de la civilización cubre una bestia de piel oscura. Semejante disociación, exige, empero, inmediata síntesis y desarrollo de lo no desarrollado. Hay que armonizar estos dos extremos. 

Benjamin Costant (La libertad de los antiguos frente a la de los modernos) Seguida de La libertad de pensamiento

SOBRE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO

«A las leyes», dice Montesquieu, «solo les corresponde castigar las acciones externas». Se trata de una verdad que parece innecesario demostrar y, sin embargo, la autoridad a menudo lo ha ignorado.

En ocasiones, dicha autoridad ha querido sojuzgar el pensamiento mismo. Las dragonnades de Luis XIV, las leyes insensatas del implacable Parlamento de Carlos II de Inglaterra, la furia de nuestro revolucionarios no tenían otro objetivo.

Otras veces, la autoridad, renunciando a esa pretensión ridícula, ocultó su renuncia bajo el disfraz de una concesión voluntaria y una tolerancia encomiable. Curioso mérito el de conceder aquello que es imposible negar y el de tolerar lo que no se conoce.

Para percibir lo absurdo de toda tentativa, por parte de la sociedad, de controlar la opinión interna de sus miembros, de controlar unas pocas palabras sobre la posibilidad y los medios de hacerlo.

La posibilidad no existe. La naturaleza ha dado al pensamiento del hombre un refugio inexpugnable. Ha creado para él un santuario impenetrable a todo poder. 

En cuanto a los medios, son siempre los mismos. Hasta tal punto es así que, al narrar lo que se hizo hace dos siglos, parece que estamos hablando de lo que ha ocurrido no hace mucho ante nuestros ojos. Y esos medios que son siempre los mismo van siempre contra su propio objetivo.

Contra la opinión muda, se pueden desplegar todos los recursos de la curiosidad inquisitorial. Es posible indagar sobre las conciencias, imponer juramento tras juramento, con la esperanza de que aquel cuya conciencia no se ha indignado ante un primer acto se rebele ante un segundo o un tercero.  Los escrúpulos pueden ser sacudidos con un rigor desmedido, al tiempo que se contempla la obediencia con una desconfianza inflexible. Es posible perseguir a los hombres orgullosos y honestos, dejando a paz de mala gana a los espíritus flexibles y complacientes. Se puede ser incapaz tanto de respetar la resistencia como creer en la sumisión. Es posible tender trampas a los ciudadanos, inventar fórmulas rebuscadas para declarar rebelde a todo un pueblo, ponerlo fuera del alcance de las leyes sin que haya hecho nada, castigarlo sin que haya cometido delitos, privarlo del derecho mismo al silencio; es posible, en fin, perseguir a los hombres hasta en los dolores de la agonía y en la hora solemne de la muerte. 

¿Qué ocurre entonces? Los hombres honestos se indignan, los débiles se degradan, todos sufren, nadie está satisfecho. Los juramentos impuestos como órdenes son una invitación a la hipocresía. Solo logran lo que es criminal lograr: afectar a la franqueza y la integridad. Exigir asentimiento es hacer que este se marchite. Apuntalar una opinión con amenazas es invitar al coraje de desafiarla; intentar conducir a alguien a la obediencia presentándole motivos seductores hace que la imparcialidad se vea obligada a ofrecer resistencia.

Veintiocho años después de todas las vejaciones inventadas por los Estuardo como salvaguardia, los Estados fueron expulsados. Un siglo después de los ataques contra los protestantes bajo Luis XIV, los protestantes contribuyeron al derrocamiento de los descendientes de dicho rey. Apenas diez años nos separan de los gobiernos revolucionarios que se decían republicanos y, por una confusión funesta pero natural, la propia denominación que ellos profanaron solo se pronuncia hoy hoy con horror. 


SOBRE LA MANIFESYACIÓN DEL PENSAMIENTO

Los hombres tienen dos formas de manifestar su pensamiento: la palabra y la escritura. 

Hubo un tiempo que la palabra parecía merecer completa vigilancia por parte de la autoridad. En efecto, si se consideraba que la palabra es el instrumento indispensable de todas las conspiraciones, la precursora necesaria de todos los crímenes, el medio de comunicación de todas las intenciones perversas, vendrá en que sería deseable circunscribir su uso, para eliminar así sus inconvenientes y conservar su utilidad.

¿Por qué, entonces, se ha renunciado a todo esfuerzo para alcanzar ese objetivo tan deseable? Porque la experiencia ha demostrado que las medidas apropiadas para conseguirlo producían males mayores que aquellos que querían remediar. Espionaje, corrupción, delaciones, calumnias, abusos de confianza, traición, sospechas entre parientes, disensiones entre amigos, enemistad entre conocidos, mentira, perjurio,  arbitrariedad: esos eran los elementos de los que se componía la acción de la autoridad sobre la palabra. Se pensó que aquello era comprar demasiado cara la ventaja de la vigilancia; además, se comprendió que significaba dar importancia a lo que no debía tenerla; que el llevar un registro de las imprudencias estas se convertían en hostilidad, que al detener al vuelo palabras fugaces, estas se veían seguidas de acciones temerarias, y que, al tiempo que se reprimía severamente los hechos que las palabras pudieran desencadenar, más valía dejar que se evaporara lo que no producía resultados. En consecuencia, con excepción de algunas raras circunstancias, de ciertas épocas claramente desastrosas o de gobiernos siniestros que no disimulaban su tiranía, la sociedad ha comenzado a hacer distinciones que permiten que su jurisdicción sobre la palabra sea más suave y más legítima. La manifestación de la opinión puede producir, en un caso concreto, un efecto tan infalible que debe ser considerada como una acción. Entonces, si esas acción es punible, la palabra debe ser castigada. Y lo mismo ocurre con la escritura. Los escritos, como la palabra,  como los movimientos más sencillo, pueden formar parte de ella si es criminal. Pero si no forman parte de ninguna acción, debe gozar, como la palabra, de completa libertad. 

Esto da respuesta, por un lado,  a quienes en nuestros tiempos ha prescrito la necesidad de que rodaran ciertas cabezas que ellos mismos señalaban, y se han justificado diciendo que, al fin y al cabo, lo único que ellos hacían era emitir opinión; y, por otro lado, da respuesta a quienes deseaban aprovechar este delirio para someter la manifestación de cualquier opinión a la jurisdicción de la autoridad. 

Si se admite la necesidad de reprimir la manifestación de opiniones, o bien que la autoridad se arrogue facultades policiales que la eximan de recurrir a la vía judicial. En el primer caso, las leyes serán burladas: nada es más fácil para una opinión que presentarse bajo formas tan variadas que ninguna ley concreta pueda alcanzarla. En el segundo caso, al autorizar al gobierno a tomar medidas enérgicas contra las opiniones, sean estas cuales fueren, se le otorga el derecho a interpretar el pensamiento y extraer conclusiones, en suma, a razonar y colocar sus razonamientos en lugar de los hechos, que son los únicos contra los que debe actuar la autoridad. ¿Qué opinión no puede atraer el castigo de su autor? Se le concede al gobierno la facultad  de obrar mal, siempre y cuando se cuide de razonar mal. Es imposible escapar de este círculo. Los hombres a quienes se confía el derecho de juzgar las opiniones son tan susceptibles como los demás de estar equivocados o corrompidos, y el poder arbitrario que se les ha concedido puede emplearse tanto contra las verdades más necesarias como contra los errores más funestos. 

Cuando no se considera más que un aspecto de las cuestiones morales y políticas, es fácil trazar un cuadro terrible del abuso de nuestras facultades. Pero cuando se contemplan estas cuestiones desde todos los puntos de vista, el cuadro de las desgracias causadas por la autoridad social al limitar tales facultades es, a mi juicio, igualmente aterrador.

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