Lorenzo Silva y Juan Bonilla, entre otros (Utopías)

Lorenzo Silva
LA BIBLIOTECA UNIVERSAL
Quiero creer que un día encontraremos la manera de decirle a todo el mundo que existe un tesoro inagotable que está a disposición de cualquiera, un camino hacia la dignidad y la belleza que no exige peajes, ni la pertenencia a una clase, una nación o una religión determinada. Quiero creer que todo el mundo estará preparado para escuchar este mensaje, porque en lugar de los esfuerzos y los recursos que actualmente se destinan a tratar de hacer de las personas seres esencialmente inconscientes y manipulables, a efectos de mejor utilizarlas (como consumidores, como mano de obra o, en el pero de los casos, carne de cañón), nos aplicaremos de verdad a la tarea de hacerlas conscientes, autosuficientes y libres. Y también porque habrán desaparecido aquellos que, desde lo alto o desde lo bajo del escalafón, sostienen la necia creencia de que apropiándose lo de otro, o negando lo que es de ley, cabe alguna clase de medro que no sea digno de conmiseración o desprecio.
Quiero decir, sí, que un día el conocimiento será realmente un camino de redención abierto a todos, y no sólo a los privilegiados, y que cualquiera podrá surtirse del único caudal que no se gasta, no se detrae y crece  y se multiplica en nueva riqueza que otros han de compartir. Que habrá una verdadera biblioteca universal, y no ese remedo que hoy por hoy exhibimos como su presunta aproximación: una Red movida por pícaros (con corbata o con parche pirata de pacotilla) que ignoran que el altruismo no es sino compartir lo propio y que para colmo no llega más que a una minoría de la Humanidad. Esa que, sin dejar de llenarse la boca de buenos propósitos, sigue dando la espalda, vilmente, a la tragedia en que permanece sumida la mayoría.
Que todos puedan saber. Y que todos seamos responsables.


Juan Bonilla
UTOPÍA SIN GRANDILOCUENCIA
Todas las utopías de la que tenemos noticias -las de ficción, tan entretenidas, y las reales, tan pesadilleras- fracasaron por una misma cosa: su inasumible grandilocuencia. Era como si la utopía en la que fundamentan unos sueños no pudiera detenerse nunca y por lo tanto, como el propio Universo, necesitara expandirse para seguir siendo, necesitaba conquistar más espacios -espacios privados y públicos hasta convertirse todo espacio en espacio utópico- en una carrera que encontraba finalmente el abismo: "1984" de Orwell, "Un mundo feliz" de Huxley, "Nosotros" de Zamiatin, "Barra Siniestra" de Nabokov. Todas la utopías ahí expresadas comparten un mismo sentido: el sentido totalitario que las hacía viajar del suelo a la pesadilla como quien va de A a B sin darse cuenta de que B es todo lo contrario de lo que se plateaba en A.
En cuanto a las utopías reales, qué decir, si fueron fuentes de inspiración para las ficticias. De donde no sea osado suponer que para que pensemos en términos utópicos hoy, no queda más remedio que subvertir la condición principal de las utopías que se vinieron gestando y fracasaron durante el siglo XX (y mucho antes, no se olvide que el Imperio romano era también utopía). La utopía debió funcionar, antes de que la insensatez se hiciera cargo de las decisiones de las autoridades, como mero punto de referencia, como el Horizonte: un lugar inalcanzables hacia el que es imposible no dirigirse aunque sepamos que no lo vamos a alcanzar nunca. Pero el algún momento siempre dejaba de parecer inalcanzable, y el sueño se tornaba pesadilla, y el punto de referencia inalcanzable en meta al alcance de la mano. De ahí que el término utopía se haya contaminado insaciablemente por los resultados obtenidos por todos los que la utilizaron [...]

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