Jesús Ibañez (El delirio del capitalismo)

El ocio, el tiempo de libertad, es programado de lo contrario, estallaríamos (a no ser que hiciéramos estallar el sistema). Pero no se programa el ocio por el mero cuidado de mantenernos vivos, de permitirnos soñar que lo estamos, como nosotros necesitamos que esté programado, el sistema necesita programar nuestro ocio. Así como el capitalismo de producción rendíamos trabajando (produciendo plusvalía), en el capitalismo de consumo rendimos consumiendo y divirtiéndonos. El ocio es el equivalente funcional del trabajo (antes "trabajábamos" trabajando, ahora "trabajamos" no-trabajando.

Cuantitativamente, el consumo tira de la producción: el sistema produce -mediante la publicidad- necesidades, y en un segundo momento, bienes y servicios. El sistema nos explota cuantitativamente, la plusvalía -que nos explota en cuanto a trabajadores- y la inflación -que nos explota en cuanto a consumidores-. Las industrias del ocio programado son una de las fuerzas privilegiadas de beneficio.

Cualitativamente, la explotación es dominación: mientras el trabajo es producto estamos en presencia de una dominación -para- algo, pero la dominación del ocio es una dominación -para- nada (una reproducción de la dominación). El primer -y, cada vez más. único- fin del sistema capitalista es la dominación: trabajo y ocio sirven para dominar a los seres humanos. En el capitalismo de producción, el ocio programado tenía forma de juego (mientras, subsistía un residuo de ocio no programado -creativo-). El juego tiene la misma forma que la guerra, deja un resto distribuyendo a los jugadores en vencedores y vencidos (de ahí su eficacia pedagógica para una sociedad competitiva: disciplina los cuerpos para que puedan funcionar competitivamente, y oculta la a asimetría del campo -en el campo histórico siempre ganan los mismos, salvo que se produzcan saltos revolucionarios-, produciendo la ideología del juego limpio). En el capitalismo de consumo, el ocio programado tiene forma de rito. El rito es la negación imaginaría de la guerra -compensación sacrifical-, no deja resto de victoria ( de ahí su eficacia pedagógica para una sociedad en la que la competición va siendo abolida -monopolios transnacionales, selección "científica" de los trabajadores-, lo importante no es ganar, sino participar).

En la programación del ocio juega un papel cada vez más importante el deporte, desde los colegios se promociona el deporte para todos. Pero el deporte es ritualizado, ocultando su fondo de victoria y de muerte. Es también un instrumento de domesticación, pero para otros fines congruentes con esta sociedad: domestica los cuerpos para convertirlos en signo, en maniquí (jugar es un pretexto para portar esas zapatillas que salen en la "tele"): y domestica las almas, convirtiendo el juego en espectáculo -que los demás actúen y no yo- (no solo son espectadores los espectadores que asisten al juego, sino también los mismos jugadores que se miran para ver qué zapatillas lleva el otro). Este deporte ritualizado simula que todos ganan, para ocultar que pierden -perdemos- todos.

Todas las utopías se han alimentado de la esperanza de ganar tiempo libre, tiempo de ocio, "creativo", que permitiría a los seres humanos "dar forma a su vida privada y social" -Marcuse- (colmar el contenido positivo de la vida, transgrediendo los límites del trabajo y la muerte). Los avances tecnológicos del proceso capitalista han permitido anclar esta esperanza en un contexto de aparente posibilidad: las máquinas acabarían liberándonos del trabajo como ocupación. Pero el tiempo que así se "libera" es tiempo muerto, perfecciona la tarea capitalista, la fuerza del trabajo queda reificada como tiempo abstracto de trabajo, precisamente "por la simulación del no-trabajo" -Baudrillard-. El ocio así producido es una situación, a la vez, de absoluta disponibilidad (para el sistema) y de absoluta impotencia (para cumplir fines "propios", individuales o colectivos).

O, tal vez, nos pone en situación de cumplir el único fin del que se puede decir que es verdaderamente "propio": morir. El ocio que nos prepara reifica -en la dimensión individual- el ser-para-la-muerte (Esperando a Godot). La cansina caravana de domingueros, el desvaído coágulo de cuerpos aparcados en la playa, la dispersa pululación de los televidentes, la masa de espectadores de un estadio, el ir y venir de ninguna a ninguna parte de los clientes de un supermercado o de los usuarios de una autopista: y tantas otras situaciones de espera de la muerte, de esperar nada. 

La liberación no consiste en el ocio (aunque sea "creativo"), no es un concepto meramente positivo. Exige articular la doble negatividad del pensamiento y el trabajo, exige la lucha. Es una actividad. Las puras abstracciones (vida/muerte, producción/consumo, trabajo/ocio) son imaginarias, lo real es la relación, el enfrentamiento entre los términos.

La liberación no está en la disyuntiva exclusiva entre trabajo u ocio, sino en su conjunción (trabajo y ocio productivo). El puro trabajo (situación real de los trabajadores en el capitalismo de producción) y el puro ocio (situación imaginaria de todos -en cuanto consumidores- en el capitalismo de consumo) están del lado de la muerte: del lado de la vida está su perpetuo enfrentamiento, transgredir los límites sin negarlos. Conquistar -en todo tiempo- parcelas concretas de libertad.

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