John Brockman, ed. (Cultura) Los principales científicos exploran las sociedades, el arte, el poder y la tecnología

Denis Dutton

Lo que entendemos por personalidad humana moderna evolucionó durante el Pleistoceno, hace entre 1.600.000 y 10.000 años. Si topara el lector con unos de sus ancestros de principios de aquella época paseando por la calle, lo más seguro es que corriera a llamar a la Sociedad para la Prevención del Maltrato a Animales y pidiera que enviasen a un equipo con dardos tranquilizantes y redes para volver a enviarlo al zoo. De encontrarse con alguien procedente de finales del Pleistoceno -es decir, de hace diez mil años-, la llamada iría destinada al Servicio de Inmigración y Naturalización, pues a esas alturas, el aspecto de nuestros antepasados no debería diferir mucho del que poseemos nosotros ahora. Este período, las ochenta mil generaciones del Pleistoceno que antecedieron a la era moderna, revisten una importancia crucial a la hora de entender la evolución de la psicología humana. Los atributos vitales que más humanos nos hacen -el lenguaje, la religión, el encanto, la seducción, la búsqueda de una posición social y las artes- se originaron en este tiempo, y en particular, sin lugar a dudas, durante los últimos cien mil años.

La personalidad humana -incluidos los aspectos imaginativos, expresivos y creativos- está clamando por una explicación darwiniana. Si vamos a tratar sus diversos aspectos, incluida la expresión estética, como adaptaciones, debemos hacerlo conforme a tres factores. El primero de ellos es el placer: el arte nos proporciona un gozo directo. Cierto estudio realizado en el Reino Unido hace unos años ponía de manifiesto que el adulto británico medio consagra el 6 por 100 e todo el tiempo que pasa despierto a disfrutar de historias ficticias cinematográficas, teatrales o de televisión. Esta proporción no incluía las novelas -ya sean de género romántico o ligero, ya de literatura seria o de cualquier otra clase-. Semejante dedicación de tiempo y su placentera recompensa exigen algún género de explicación.

El segundo es la universalidad. Lo que hemos tenido en los últimos cuarenta años en la vida académica es una ideología que considera las artes un hecho de construcción social exclusivo, por lo tanto, de culturas locales. Lo llamo ideología porque no se propugna, sino que se presupone, sin más, en la mayor parte del discurso estético. Ligado a esta postura se encuentra el convencimiento de que raras veces -quizá nunca- podemos entender de veras las manifestaciones artísticas de otras culturas, como ellas tampoco pueden llegar a comprender las nuestras. Todo el mundo vive en su mundo cultural singular, construido por su sociedad y sellado herméticamente.

Sin embargo, huelga decir que bastan unos instantes de reflexión para llegar a la conclusión de que tal cosa no puede ser cierta. Sabemos que a los brasileños les encantan los grabados japoneses y que en China se disfruta de la ópera italiana. Tanto Beethoven cono el cine de Hollywood han conquistado el planeta. No olvidemos, además, que el Conservatorio de Viena ha subsistido gracias a una combinación de pianistas japoneses, coreanos y chinos. Este carácter universal de las artes es innegable, y una vez más está pidiendo a gritos una explicación. Es evidente que no podemos seguir sosteniendo para siempre la farsa aseveración de que las artes son exclusivas de las diversas culturas.

* Denis Dutton (El instinto del arte)


Nicholas A. Christakis

LAS REDES SOCIALES SON COMO EL OJO

Uno de los ejemplos más celebres del debate que se produce en la biología evolutiva es la pregunta de si el ojo obedece a un diseño concreto o es <<así sin más>> por haber evolucionado y haber adoptado por cualquier otro motivo la forma que tiene. ¿Cómo ha podido formarse un objeto de complejidad tan increíble? Se diría que posee una función complicada hasta extremos indecibles, y a menudo se emplea al discutir sobre la evolución precisamente por ser tan complicado y tener un cometido tan especializado y tan crítico.

Para mí, las redes sociales son como el ojo: complejas  hermosas hasta lo indecible, y quien las observa no puede menos de preguntarse por qué existen y por qué han surgido. ¿Habrá que recurrir a algo semejante a una fábula para explicarlas? ¿Será que están ahí sin más, sin ningún motivo particular? ¿O responden a algún propósito concreto, ontológico y también pragmático?

[...] En nuestra investigación hemos comprobado que hay otras cosas,  más allá de la obesidad y del abandono del hábito de fumar, que se extienden a través de las redes. La felicidad es una de ellas. Si el amigo de un amigo se muestra feliz, su actitud puede contagiarse por la Red y hacernos felices también a nosotros. Vemos grupos de individuos contentos y descontentos en la red social como luces que se encienden y se apagan en esta estructura compleja en la que hay personas dichosas y otras desdichadas separadas por algo semejante a una zona gris. En este último espacio social se da una especie de equilibrio. Hemos comprobado que pueden transmitirse la depresión, los hábitos relativos a la bebida y la clase de alimentos que eligen las personas -también por los gustos, tal como está estudiando uno de mis alumnos de posgrado-- Y a todas estas conclusiones hemos llegado merced al conjunto de datos sobre redes sociales obtenido a través del programa de investigación cardiovascular de Framingham.

[...] Debería hace hincapié asimismo en algo muy importante: lo que nos interesa sobre todo a James Fowler y a mí no es la obesidad, sino las redes sociales. Aquella resulta ser un problema de salud pública importantísimo,  y el hecho de estudiarla tiene un gran relevancia, sobre todo porque puso de relieve que se trata de algo capaz de propagarse a través de las redes sociales, pese a que nadie había reparado en ello. Si hubiéramos demostrado, por ejemplo, que la moda se extiende por las redes sociales, el público no se habría interesado tanto, pero si se hace lo mismo con el sobrepeso, con la felicidad o aun con el bienestar, se está pisando terreno virgen.

Sucede que muchas de estas cosas guardan también relación con asuntos que preocupan a sociólogos y filósofos desde tiempos muy remotos, tal  como he señalado más arriba, porque suscitan no pocas cuestiones relativas al libre albedrío. Si mi conducta y mis pensamientos están determinados no solo por mi propia voluntad, sino por la conducta y los pensamientos de aquellos a quienes me encuentro vinculado, y aun por los de personas a la que no conozco y que se hallan más allá de mi horizonte social, pero que están conectadas con las que sí tengo relación, estamos poniendo en tela de juicio la condición volitiva del hombre. ¿Son aquellos de verdad libres, o están constreñidos por ser yo parte de una red social? Al ser un componente más de este superorganismo humano, ¿Puedo considerar disminuía mi individualidad? ¿Nos ofrece este hecho una percepción nueva del comportamiento del ser pensante?

Dado que hablamos de redes constituidas por seres humanos y no por neuronas ni por ordenadores, no podemos decir que nos hayan dejado caer, sin más, en una de ellas determinada por algún tipo de física exógena. No cabe duda que la topología obedece a ciertas reglas y leyes biológicas y psicológicas, aunque también es cierto que uno tiene la potestad de elegir a sus amigos y decir: <<No me gustan estas amistades: voy a buscar otras>>. Es decir: que los deseos e ideas del individuo pueden influir en la estructura de la red en que se halla. Así por ejemplo, si posee ideas que fomentan cierta clase de vínculos, estos promoverán, a su vez, determinada suerte de ideas. Es fácil imaginar una circunstancia en la que pueda sobrevivir una ideología y ofrecer unas ventajas concretas por unir o separar al grupo de un modo particular. Hemos reflexionado a este respecto en relación con grupos de personas que parecen dar muestras de comportamientos autodestructivos, aunque lo cierto es que apenas hemos llegado todavía a conclusiones preliminares.

[...] En cierto proyecto desarrollado a partir de esta investigación, nos planteamos la voluntad del usuario de mantener en privado su información en Internet. En un principio, sin trivializar un asunto tan serio como este, la intimidad supuso un gran fastidio metodológico; pero luego reparamos en que, aparte de la importancia conceptual que posee, podríamos tratar este rasgo como un gusto más, y observamos que fluía por la Red de tal modo que el que alguien optase por protegerla en Facebook, hacía más probable que las personas a él conectadas hiciesen lo mismo.

Observamos así un fenómeno más: hemos hablado del fluir de la obesidad, la felicidad, el abandono del hábito de fumar y de las modas por la Red, y ahora nos referimos a cómo se extienden por ella las preferencias relativas a la intimidad, así como los gustos tocantes a todo género de realidades: música, cine, lectura o comida,por ejemplo. También hemos dicho que el altruismo se transmite por la Red. Todas esas cosas pueden recorrer las redes sociales y obedecer a ciertas reglas que estamos tratando de descubrir.

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