Emilio Lledó (Los libros y la libertad)

Abandonar la patria nos permite descubrir cómo esta palabra depende de quien la administra, o de quien nos impone su idea de ella. Las patrias, las naciones, son términos absolutamente vacíos, o repletos de retumbes estruendosos y atontadores, a los que pretenden dar contenido, muchas veces, quienes nos utilizan y nos engañan, aprovechándose de las ignorancias con que, por el abandono de la escuela, de los institutos y universidades, se no ha alimentado. La patria es algo que cada individuo construye desde la decencia y claridad de su propio ser. Por eso he dicho alguna vez que no deberíamos enorgullecernos por ser de algún sitio, ni siquiera por tener una determinada lengua materna -se puede ser perfectamente imbécil en castellano, en inglés, en vasco, en catalán, en francés-. La lengua materna en la que por casualidad hemos nacido tiene que hacerse lengua matriz, convertirse en lengua propia hecha de libertad, de racionalidad y de sensibilidad.

Esa es la lengua en la que se forja la democracia y que alienta ese concepto que construyó la cultura helenística: filantropía. Amor y amistad hacia los seres humanos, amor a la vida que somos y que nos rodea. Eso explica una tendencia hacia la igualdad que debe constituir el suelo más firme de la democracia. La lengua matriz, la lengua de la democracia va unida, en nuestros días, a una patria más amplia donde caben los conceptos universales que inventaron los seres humanos para igualarnos, identificarnos en la justicia, la verdad, la belleza, el amor, la honradez, la solidaridad. Es cierto que estos términos empiezan a perderse en un cielo de utopías y consuelos etéreos, pero jamás podemos renunciar a ellos. Es cierto que esa aspiración a la igualdad es un sueño, un deseo, y me atrevería a decir que debe ser también una pasión. Sin embargo, la crueldad, la falsedad y embaucamiento que continuamente nos reflejan los medios nos lleva a aquella melancolía de don Quijote que, al final, no sabía qué conquistaba con sus empeños.

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La interpretación es una empresa que, en principio, no quiere decir otra cosa que la continuada y estimulante -deprimente, a veces- necesidad de saber quiénes somos, qué podemos hacer y cuáles son nuestros deberes para con nosotros mismos y para con los demás, tal y como planteaba Kant en un famoso texto. No demos estar en la vida sujetos al ritmo inerte en el que muchas veces nos sumergimos y en el que acabamos siendo incapaces de entender y de entendernos. Esa incapacidad surge porque una serie de estímulos, repetidos a lo largo de los años, fruto de ideologías, entorpecimientos mentales, fanatismos e intereses, han levantado en nuestro cerebro grumos de opiniones en los que apoyamos nuestros comportamientos y con los que los justificamos.

Es verdad que hay en el mundo que nos ha tocado vivir lagunas inmensas de ignorancia y miseria sobre las que apenas pueden liberarse las formas imprescindibles de humanización y progreso. Pero esas patologías sociales a las que millones de seres humanos nacen condenados no impiden que, además de luchar para hacer imposible esas situaciones, seamos capaces de descubrir, al mismo tiempo, ese horizonte de libertad que alcanzaron determinadas culturas fundadas en la curiosidad, en la inteligencia e interpretación de la realidad y en la rebelión ante todo aquello que agrumaba la capacidad de pensar.

Entender e interpretar la vida y la sociedad fue una forma de reflejar el lenguaje en el que nacemos con el que se forja nuestra persona. Una necesidad, pues, de liberación de la mirada habitual sobre el mundo y, especialmente, sobre el lenguaje que nos lo dice. Alguna vez se ha escrito que, más que entre un mundo de cosas, nacemos e un mundo de significaciones. Y esas significaciones nos <<destinan>> ya a un universo de sentidos, de hábitos mentales, de actitudes y comportamientos.

El fundamento del existir no solo consiste en asumir nuestra maravillosa condición carnal, por muy efímera que sea, sino en rebelarnos ante la condición cultural que puede transformarse en naturaleza a su vez, pero no naturaleza como libertad, identidad, creatividad, sino en naturaleza coagulada y paralizada en opiniones y falsificaciones. El mundo mental que nos habita y que es principio de liberación puede transformarse, así, en encierro y alienación. Precisamente porque la cultura es invento de los seres humanos y por ello tiene que estar continuamente en un proceso de crítica, de reflexión y de creación nos se debe aceptar esa inercia que nos cosifica y anula, que nos <<naturaliza>> en el peor sentido de la palabra. Quiero decir que hace de la libertad que crea y forja el mundo de la cultura un organismo coagulado ya en comportamientos mecánicos, en respuestas monocordes donde predominan prejuicios, grumos mentales y todo ese aparato de reflejos condicionados que determinados poderes políticos y económicos, los medios de información, la <<mala educación>>, son capaces de engendrar.

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