Paul Johnson (Sócrates) Un hombre de nuestro tiempo

¿Cuál es, pues, el propósito de Sócrates? Es preciso comprender que había en sus días, ha habido desde entonces y probablemente habrá en el futuro dos clases fundamentalmente distintas de filósofos. Los primero te dicen qué pensar; los segundo cómo pensar. Sócrates pertenece al segundo grupo, de modo inequívoco, aunque (como ya hemos visto y veremos después) él tenía también sus propias opiniones. Le interesaba la gente, más que las ideas, y anhelaba descubrir cómo pensaba la gente y si se podía animarles a pensar con mayor claridad y utilidad. Sus métodos de interrogar sobre sus temas demuestran, una y otra vez, qué es lo que le importaba. Quería demostrar que casi sobre cualquier tema -por supuesto también con los grandes que tocaba, como la justicia, la amistad, la valentía, la virtud como un todo- las opiniones que escuchaba eran casi siempre defectuosas y a menudo totalmente erróneas. Proponía una cuestión sencilla, obtenía la respuesta habitual y a continuación procedía a mostrar, utilizando posteriores cuestiones que tomaba de un amplio repertorio de ocupaciones, de la historia, tanto humana como natural, y de la literatura, que la respuesta habitual no solo fallaba al no encajar en todas las contingencias implícitas en la cuestión, sino que también contradecía a la razón analítica en su sentido más elevado o incluso al sentido común en su nivel inferior. Sócrates siempre sospechaba de lo obvio, y casi siempre fue capaz de demostrar que lo obvio no era verdadero y que lo verdadero rara vez era obvio. La manera en que lo hizo es la sustancia de la discusión y la vuelve excitante y dinámica. El objetivo era, más bien, enseñar cómo pensar a la gente con la que hablaba y, sobre todo, cómo pensar por ellos mismos.

Por consiguiente, cada sesión encarnaba una lección y el presupuesto subyacente es que la lección se aprende solo cuando el joven (o cualquier otra persona) con el que hablaba puede proseguir discurriendo del mismo modo sobre otro tema, una vez que Sócrates ya no esté dirigiéndole, sonsacándole, regañándole, conminándole y guiándole. Lo que es particularmente liberador respecto de Sócrates, y lo es hoy tanto como en el siglo V a.C., es su hostilidad no solo a la "respuesta correcta", sino el rechazo mismo a que hay una respuesta correcta. El habría sido particularmente opuesto al procedimiento usado en toda clase de formularios burocráticos y cada vez más en exámenes en todos los niveles del sistema educativo, de pedir a la gente que, en lugar de dar su respuesta a una cuestión, examinen varias respuestas y señalen la correcta. Esta negación del pensamiento independiente de los individuos era exactamente la clase de mentalidad a la que se opuso durante toda su vida. Naturalmente, enseñando a la gente, especialmente a los jóvenes (a menudo de familias influyentes), a pensar por sí mismos, Sócrates emprendía un camino peligroso. Atenas fue, la mayor parte del tiempo, una democracia en cierto modo tipo y una sociedad libre o al menos liberal. Pero sus instituciones se apoyaban en el consenso y en algún grado eran precarias, especialmente si el consenso no se conseguía. Una cosa era que la asamblea cambiase de parecer por la retórica. Esto era la tolerancia. Pero si cada individuo pensase por sí mismo, si se le enseñase a desconfiar de la sabiduría recibida e incluso a rechazar la noción de respuesta correcta a cada problema, entonces obtener el consenso, especialmente el consenso legal, se haría muy difícil, cuando no imposible. En mi opinión, esta fue una poderosa consideración que llevó a muchos a criticar las actividades de Sócrates con los jóvenes y, en época de crisis, a su persecución, condena y muerte.

Pero iremos a ello después. Lo que ahora conviene observar es que, incluso en los primeros diálogos, cuando Platón recoge el auténtico, verídico e histórico Sócrates y recuerda con fidelidad lo que dijo, el pensamiento dominante de Platón es que era peligroso enseñar a los jóvenes a ser intelectualmente independientes. Quizá entonces, cuando escuchaba hablar a Sócrates o cuando por primera vez transcribió sus palabras, dominaba ya en la mente de Platón la idea de La República, en estado utópico inmune a dichas amenazas por estar protegido del pensamiento impetuoso y temerario por un poderoso consenso entre los guardianes.

No cabe duda ninguna de que a Sócrates le hubiera disgustado y hubiera desaprobado la república que Platón pretendía traer a la existencia. Ciertamente estos dos hombres eran muy diferentes en casi todos los aspectos; y es una de las grandes paradojas de la historia que se uniesen, uno para descubrir y el otro para fijar por escrito, el comienzo de la verdadera filosofía. 

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