Roger Scruton (Usos del pesimismo) El peligro de la falsa esperanza


Una dosis de pesimismo nos recuerda que el gran arte no es fácil de alcanzar, que no hay una fórmula para producirlo, y que la creatividad sólo tiene sentido si hay reglas que la constriñan. Esas reglas no son arbitrarias o inventadas. La armonía tonal ha evolucionado mediante el diálogo entre el artista y el público a través de los siglos. Es el producto resultante del gusto, los logros de una comunicación satisfactoria que conduce a una sostenida tradición de disfrute artístico. Las reglas pueden romperse, pero deben ser primero interiorizadas. Respetamos la ruptura de reglas de Schoenberg en Pierrot Lunaire, en parte porque quien las rompía era el compositor de Gurrelieder Verkärte Nacht. No respetamos la ruptura arbitraria  de reglas por alguien como Tracey Emin, que da la impresión de no haberlas sabido manejar jamás.

La falacia del movimiento del espíritu debe su atracción a su vacuidad: se puede utilizar para justificar cualquier cosa, para desactivar cualquier crítica, aunque esté bien informada, y para laurear con vacuos honores cualquier chistoso acto de desafío que pueda presentarse como nuevo. Envuelve los gestos más arbitrarios con un halo de necesidad, y de ese modo neutraliza la crítica antes de que ésta pueda pronunciarse. Y, al mismo tiempo, daña la causa tradicional (contra la que se alinea) y la causa del talento individual (a la que se propone adelantar). De Schoenberg  a Eliot, pasando por Messiaen y Matisse, los grandes modernistas nunca han tenido tiempo de ofrecer una mirada que haga más sencillo el arte moderno, han renunciado a una característica sin la cual la originalidad no puede apreciarse: el intento de establecer una continuidad real con los maestros del pasado. Los primeros modernistas, que también estaban hasta cierto punto infectados por la falacia del Zeitgeist, jamás sintieron que su libertad podía ser justificada sólo por ignorar o desafiar al pasado. La auténtica historia del artista moderno es la historia que contaron los grandes modernistas. Es la historia contada por T.S. Eliot en sus ensayos y los Cuatro cuartetos, por Ezra Pound en los Cantos, por Schoenberg  en sus escritos críticos y en Moisés y Aarón, por Rilke en los Sonetos a Orfeo y por Valéry en El cementerio marino. Ninguno de ellos interpretó el trabajo del artista moderno como una ruptura con la tradición, sino como una forma de reinterpretar la tradición en unas circunstancias en las que el legado histórico había dejado de ser provechoso. Si la modernidad debe reelaborar las formas y los estilos artísticos no es para repudiar la vieja tradición, sino para restituirla. El esfuerzo del artista moderno consiste en expresar realidades que no han sido anteriormente encontradas y que son especialmente difíciles de capturar. Pero eso sólo puede hacerse con todo el bagaje de nuestro capital cultural y aplicándolo sobre el presente para descubrir cómo es en realidad. Para Eliot y sus colegas, por tanto, no podía haber auténtico arte moderno que no fuese al mismo tiempo una búsqueda de la tradición: un intento de capturar la naturaleza de la experiencia moderna poniéndola en relación con las certidumbres de una tradición real.

La muestra más ilustrativa de la falacia del movimiento del espíritu la encontramos en la arquitectura moderna y en sus defensores. Por <<arquitectura moderna>> no me refiero a obras maestras que, desde Frank Lloyd Wright a Louis Kahn, se han ganado su sitio entre los grandes iconos de nuestro tiempo. Me refiero al moderno vernáculo, compuesto por cortinas de piedra o bosques horizontales, sin molduras, sombras o ornamentos, sin fachadas articuladas, erigidas como adversarios ya familiares en nuestras calles, ciudades y pueblos: la <<cajas de zapatos>> habitual que antes podías ver en los suburbios y que ha empezado a colonizar el centro de nuestras ciudades. Rechazan los órdenes clásicos: columnas, arquitrabes y molduras. Rechazan la memoria de los griegos y del gótico. Rechazan la calle como el espacio público primario y la fachada como el aspecto público de un edificio. Rechazan las normas escritas y las no escritas que en el pasado dieron forma al tejido urbano. Rechazan estas cosas con el argumento de que son residuos de <<otro tiempo>>, que de aplicarse ahora serían meras imitaciones, despojadas de autenticidad, lo que los modernos llaman <<pastiche>>. La historia ha decretado su fin, contemplamos un nuevo amanecer y con él una nueva arquitectura, hecha con materiales y métodos que pertenecen al espíritu de los tiempos.

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