Axel Kaiser (La tiranía de la igualdad) Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

La idea de «interés general» opuesto al interés individual, que los igualitaristas defienden, no es algo novedoso. El filósofo francés nacido en Ginebra, Jean-Jacques Rousseau, un precursor del marxismo, del nazismo y de los totalitarismos colectivistas del siglo XX, inventó una fórmula muy parecida a la del «interés general» en su famoso libro El contrato social. En esa obra, Rousseau argumentó que existía algo llamado la «voluntad general» del pueblo, la que se encarnaba en el Estado y que era distinta a la voluntad separada de cada persona que integraba ese mismo pueblo. Según Rousseau, puesto que la «voluntad general» al mismo tiempo comprendía la voluntad y el interés de todos los integrantes del pueblo, ésta era infalible: «La voluntad general está siempre en lo correcto y tiende a la ventaja del público», dijo. Es, por supuesto, la clase gobernante la que interpreta esa «voluntad general» por lo que para Rousseau era la autoridad la realmente infalible. A fin de cuentas, quién sino quienes controlan  el poder van a ser los que representen y encarnen esa abstracta «voluntad general» o el «interés general». Por lo mismo, dijo Rousseau, no hay necesidad alguna de limitar el poder del Estado, ya que la autoridad siempre sabe lo que es mejor para el pueblo y siempre actúa en su beneficio, pues en cierto sentido la autoridad es el pueblo. En consecuencia, si a usted lo obligan a hacer algo por la fuerza, si lo encarcelan o torturan por alguna razón que los gobernantes estiman justificada, se está actuando en su propio bien y el del pueblo, pues usted es parte de la «voluntad general» que la autoridad infaliblemente encarna.

Las implicaciones totalitarias de esta visión son evidentes. El filósofo Isaiah Berlin, uno de los pensadores más relevantes del siglo XX, analizando la doctrina de Rousseau, afirmó que para él «la libertad es idéntica a la autoridad y es posible tener libertad personal mediante el control completo por parte de la autoridad». Así, «mientras más obedezcas más libertad y más control». Rousseau, continúa Berlin, cae en un misticismo letal para la libertad al pensar que existe algo como la «voluntad general», encarnada en el Estado que sabe mejor que los individuos cuál es su bien y su interés. Y es letal porque, como supuestamente la autoridad sabe mejor que ellos qué es lo que les conviene, entonces puede obligarlos por la fuerza a ser «libres» ya que la libertad implica racionalmente hacer lo que sería mejor para uno. Berlin aclara que fue esta doctrina la que sirvió de justificación para Robespierre y sus crímenes durante la sangrienta Revolución francesa, para Hitler, Mussolini y los comunistas en general. La doctrina de Rousseau según la cual la libertad de las personas se consuma en el Estado, dice Berlin, fue la de la «servidumbre absoluta». Por ello, para el profesor de Oxford, Rousseau es uno de los más «siniestros y formidables enemigos de la libertad en toda la historia del pensamiento moderno».

No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario. Pero tampoco era eso lo que buscaba Rousseau. El problema es que la doctrina que separa al individuo de su voluntad y de su interés pretendiendo que existe una autoridad que sabe mejor que él cuál es su interés y que, por tanto, puede imponérselo desde el Estado, contiene los gérmenes del autoritarismo y del totalitarismo. Se trata de un misticismo, como dice Berlin, que justifica el uso de la violencia por los que controlan el Estado sobre los ciudadanos, bajo el pretexto de servir a los mismos que somete por la fuerza. Tomemos un caso concreto donde se aplica la lógica rousseauniana: la educación. Básicamente, el modelo planteado por los socialistas en el mundo prohíbe que los padres elijan lo que estiman mejor para sus hijos y gasten su dinero de acuerdo a eso asignando ese rol al Estado. Que el Estado, es decir, la autoridad le prohíbe a usted decidir sobre la educación de sus hijos es claramente incompatible con cualquier ida básica de libertad y es lo que han hecho todos los regímenes totalitarios de la historia.

Aparte de la afirmación de que ello crea «desigualdad de oportunidades», el argumento que se da para que el Estado controle toda la educación es que los padres son incapaces de saber realmente qué es lo mejor para sus hijos y, por lo tanto, los burócratas e intelectuales que controlan el Estado deben imponerles por su propio bien el tipo de educación y el colegio al que deben mandar a sus niños. Este desprecio elitista de los socialistas por los más pobres y por la misma clase media, que afirma defender, es ciertamente todo lo contrario a lo que piensan los liberales desde Smith en adelante. 

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