Luis Sáez Rueda (El ocaso de Occidente)

15 de mayo de 2011. Mientras la primavera árabe extiende sus luchas con el poder exigiendo democracia y laicismo, en la España democrática y laica unas cuarenta personas deciden acampar en la Puerta del Sol de Madrid, reivindicando una mayor participación ciudadana en los asuntos públicos y una vida colectiva libre de las presiones de los omnipotentes poderes económicos y sus lacayos del gobierno. Las acampadas se extienden a prácticamente todas las ciudades, dando lugar a lo que ha recibido el nombre de movimiento 15M. En ellas se realizan asambleas populares abiertas, de tan mediditativa actitud, que se diría fuesen verdaderas ágoras filosofantes. Lo que importaba allí no era primera y fundamentalmente construir una ideología, sino más bien, y para decirlo con el mayor rigor, respirar aire puro. Importaba la manera de concurrir, el modo de estar, hablar, dirigirse al otro: el tipo de fuerzas, en definitiva, que afectan y son afectadas. En las plazas del centro, del norte o del sur tenía lugar un desplazamiento respecto al asfixiante malestar cultural cuyo espectro, invadiendo lento pero inexorablemente al común, adivinaba cada uno a su modo. La comunidad española experimentaba en esta briosa y serena agitación del pueblo un exceso de sí, una evasión energética que la obliga a auto-descentrarse, como un movimiento de diástole. Duró un instante en el tiempo, porque, muy poco después, una clara voz, salida de la garganta del gobierno, sobrevoló las asambleas, como un Superyó irónicamente demandante: «¡Bien, os indignáis por la situación, pero solo lanzáis quejas! ¿Tenéis acaso una alternativa?». El astuto reto caló en las conciencias y las asambleas se convirtieron en una verdadera fábrica de elaborar propuestas en positivo. Allí acabó su potencia, por más que los laboriosos indignados pusiesen su fe e inteligencia en ello. Y acabó porque el posicionamiento excéntrico del pueblo, que impulsó un movimiento diastólico en la comunidad, fue llamado a filas, es decir, a un repliegue en sístole hacia la tarea comunitaria, más afanada en producir bloques de significados ideológicos. Olvidó que su fuerza intensiva, dinamizadora, solo se sostiene desterritorializando el hogar y ejercitando el deseo de una territorialización cuya nueva tierra ha de permanecer innombrable. Innombrable: camino que se hace al caminar y que, por eso, carece de origen y de fin preconcebidos. Solo sobre la base de esa insistente gestación de estelas en el mar puede una comunidad reconocerse a sí misma, encontrar un testigo de sí y comprenderse en una nueva forma concreta y naciente. 

No hay que entender este proceso de diástole y sístole de forma moralista. Muchos menos maniquea, cayendo en la vulgaridad de atribuirle a la comunidad el mal y al pueblo el bien. Pues si en el 15M el retorno a la intimidad del común absorbió la extimidad des-comunal limitando su creación, sería posible imaginar lo contrario, que esta última llegase a tal extremo de diáspora que no dejase el tiempo suficiente para que la primera siguiese sin extinguirse. Todo este proceso ocurre más allá del bien y del mal y solo en el plano superficial de los resultados concretos puede hacerse un balance de logros nobles o viles (y eso siempre desde una pluralidad de puntos de vista). Lo esencial ahora reside en indagar esta forma tensional en que lo céntrico de la comunidad y lo excéntrico del pueblo se relacionan. Se relacionan en una tensión plástica, pues ambos son ámbitos dinámicos de la cultura y no sus partes representantes. En su sístole y diástole, con-forma el latido cultural. Antes, sin embargo, de continuar, se impone precisar lo que significa fuerza, así como sur relación con el sentido.

[...] Sin comunidad y sin pueblo, desfallece la erótica cultural que tiende a crear vínculos y renovarlos. Nuestra cultura, que rompe la unidad discorde entre comunidad y pueblo en su raíz, deja ascender hacia sí, por multitud de rendijas, su propia hostilidad, que se expresa en fenómenos tales como la guerra de todos contra todos, en el trabajo y en el ocio, en la distancia y en la proximidad, vinculados por una lógica oposicional sutil pero intensa, envuelta por lo demás, en el hipócrita respeto superficial y en el ignominioso juego de la fingida bonhomía, a través de la cual todos hablamos de amor o de amistad de un modo tan poco creíble que no puede dejar de mostrar su lado dulzón, pringoso, empalagoso.

Sin comunidad y sin pueblo nos experimentamos vacíos, porque ello significa el vaciamiento de la cultura. Sin comunidad y sin pueblo, nos experimentamos condenados a la soledad. No es esa soledad productiva que es necesaria para todo tipo de creación, sino a la soledad desoladora de quien tiene que gestionar su propio sufrimiento sin ayuda de nadie. Pseudocultura o cultura fantasmática, en la que la estresante organización del vacío esconde la verdad: una distensión fatal de potenciales.

La thanatología de nuestro occidente europeo ( y norteamericano) pide hoy la resistencia del filósofo, que no es más que el hombre que despierta.

[...] La nueva angustia en la cultura procede de esta despiadada expulsión de la natura naturans, empresa imposible, porque esta sigue provocando a la cultura hacia nuevas autocreaciones. Es la angustia de un engreído señor de la naturaleza, en todas sus expresiones, al que la naturaleza le está mostrando una y otra vez su in-sistente presencia desde la ausencia. Es la angustia de una cultura que, a falta de la dirección inobjetivable de su physis, se experimenta abandonada en una soledad que ya no es humana, sino en aquella en la que se encuentra cómoda solo la piedra y en una oscuridad que no es la suya, sino en esa que solo hace volar a la alondra, y está reservada para ella.

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