Barbara Ehrenreich (Sonríe o muere) La trampa del pensamiento positivo

¿Y qué es ese capitalismo fundamentalista sino el pensamiento positivo huyendo hacia adelante? La ideología mayoritaria durante la era de Busch, y hasta cierto punto ya durante la de Clinton, decía que no había necesidad de supervisar las instituciones financieras estadounidenses ni de preocuparse por ellas, porque "el mercado" ya se ocupaba de todo. Este mercado adquirió el estatus de un dios: se parecía mucho a ese universo benevolente, siempre dispuesto a dar, el "suministrador" perpetuo de Mary Baker Eddy. No había nada que temer: ya vendría "la mano invisible" de Adam Smith a poner orden.

Y cuando, a mediados de la década, las perspectivas de enriquecimiento instantáneo iban desapareciendo, los apóstoles del pensamiento positivo no salieron huyendo en plena noche, como los hipotecados a quienes les embargaban la casa. Ni mucho menos. De hecho, parecieron redoblar sus esfuerzo. El pensamiento positivo siempre ha prosperado ante la adversidad: la Gran Depresión, por ejemplo, fue el momento de Piense y hágase rico, de Napoleon Hill, un clásico del autoengaño. A finales de 2008, cuando el colapso financiero empezó a traducirse en declive global de la economía y un aumento generalizado del paro, cuando ya los columnistas comentaban cuándo iba a durar el capitalismo en sí, se multiplicaba la asistencia a las iglesias evangélicas, incluso a las que predicaban el credo de la prosperidad. Joel y Victoria Osteen aparecían en todos los medios, con su mensaje de fe y triunfo; en el programa de Larry King dijeron que su consejo para los habían perdido su casa, su trabajo y su seguro médico, era que no se vieran a sí mismos como "víctimas": "Tienes que ser consciente de que Dios sigue teniendo un plan, aunque te hayas quedado en paro; cuando Dios cierra una puerta, te puede abrir otra". Y se anunciaba una nueva edición de los festivales "Ger Motivated", con ponentes como Rudolph Giuliani, Robert Schuller y el veterano Zig Ziglar. Una agencia de conferenciantes informó de que la demanda de oradores motivacionales por parte de las empresas hipotecarias había subido un veinte por ciento en 2007, cuando el sector hipotecario ya estaba en caída libre.

Si los empresarios volvían los ojos a la industria de la motivación era por la razón de siempre: para mantener la disciplina en una plantilla desmotivada. La farmacéutica Novo Nordisk, por ejemplo, le compró setecientos cedés orador motivacional Ed Blunt, con la esperanza de que sirvieran "como catalizadores para productividad de los empleados". En un congreso sobre"La felicidad y sus causa", celebrado a finales de 2008, una periodista de New York Times entrevistó a la presidenta de una empresa hipotecaria, que formaba parte del público. Según el artículo, la mujer declaró que "había despedido a más de quinientas personas en los últimos seis meses, y que estaba allí para aprender a subirles la moral a los que quedaban, trabajando durante los fines de semana y las vacaciones, y conformándose con la mitad de sus comisiones [...] Y anadió que las empresas como la suya no tenían toda la culpa de la crisis de las hipotecas". El mensaje para los trabajadores hundidos en la miseria podía darse con optimismo almibarado, como Ostten, o con la crudeza de una motivación que, en una reunión profesional celebrada en St. Petersburg (Flortida), dijo que cuando la gente le escribe para decirle "que no pueden aparentar buen humor en el trabajo porque se sienten fatal", les contesta que " lo finja" Y su consejo para los que sufren los "cambios" en su trabajo (es decir, los despidos) es: "Enfrentaos a ellos, quejicas".

Ante la desaparición de los empleos de verdad, el consejo de los pensadores positivos se dirigía más en uno mismo: controla tus pensamientos, ajusta tus emociones, concéntrate más a fondo en tus deseos. Se invocaba todos los mantras de costumbre: quítate de en medio a la gente negativa y aléjate de los que "se pasan el día llorando junto a la máquina del café". Limita tu consumo de noticias negativas. Incluso en el blog de Huffington Post, de tendencia progresista, un colaborador aconsejaba: "Los estudios demuestran que uno duerme mejor si ve menos noticias por la noche. Concentra tu mente en lo positivo". Por encima de todo, lo importante era estar atento y aprender a "detectar la negatividad cuando empieza a colarse en tu personalidad", según rezaba el anuncio de un seminario sobre pensamiento positivo dirigido tanto a directivos como a "particulares que están experimentando una pérdida personal de rumbo, o la sensación de que todo es inútil". Además, hay que tener en cuenta que incluso ante la peor de las catástrofes alguien está siempre, como les decía el presentador de televisión Tony Robbins a sus espectadores, refiriéndose a sir John Templeton, él mayor inventor de todos los tiempos", que "hizo el grueso de su fortuna en plena crisis de los mercados". Con que una sola persona pueda hacerse rica durante una crisis o un vuelco económico, ya no hay razón para andar con lloriqueos.

Algunos recomendaban el pensamiento positivo no ya como cura para las cuitas personales, sino para todo el desastre económico. Porque ¿qué es una recesión, sino un inmenso brote de pesimismo? El diario Chicago Tribune afirmaba en uno de sus editoriales que "ha sido el hablar continuamente en términos catastrofistas, lo que nos ha conducido a esto: hemos pasado de una economía coja a una economía destrozada, con la amenaza de que la recesión se convierta en depresión". ¿Y cómo solucionarlo? "Dejemos de hablar de desastres. Borremos las acusaciones de ser demasiado optimistas, ingenuos y demás [...] Sintamos emoción ante lo que está por venir, entendamos que quizá se puedan inyectar los billones de dólares que hagan falta a la economía, pero que no conseguiremos nada hasta que nosotros, todos y cada uno de nosotros, miremos al futuro con fe y confianza". Incluso el asesor que se ocupaba de mi menguante plan de pensiones me comentaba melancólicamente: "Si la gente saliera y volviera a comprar cosas..." Pero, mientras escribo esto, ya no parece tener vigencia alguna la idea de Adam Smith de que el comportamiento autoprotector de cada individuo se traduciría en un bienestar generalizado para todos. Sabemos que sería un suicidio personal endeudarnos más o comprarnos todos los caprichos, por mucho que pudiéramos darle así un empujón a la economía: así que cada uno se ha apretado el cinturón y ha tratado de conformarse con menos. El crédito fácil murió. El gastar a lo loco nos parece cada vez más destructivo. Y, además, eso es lo que ya hicimos.

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