Roger-Pol Droit (Vivir hoy) Con Sócrates, Epicuro, Séneca y todos los demás)

Reírse de un mismo
Aristófanes y Luciano

Los filósofos, y la gente de la cultura en general, han mostrado demasiado poco interés por la comedia. Lo que caracteriza principalmente al pensamiento y a la creación parece ser la angustia, la ansiedad, el llanto, e lado sombrío del mundo...no la risa. Sin embargo, los antiguos, y los atenienses en particular, inventaron el espectáculo cómico como una forma de pensamiento. Es obvio que no inventaron la risa, pero sí esa escena singular en que una serie de espectadores, sentados uno al lado de otro, se divierten a costa de unos personajes grotescos, con sus comportamientos y sus réplicas.

El nacimiento de un dispositivo tan peculiar no se puede entender de forma aislada. A la pregunta ¿Por qué los atenienses inventaron la comedia?, no se encuentra ninguna respuesta satisfactoria. Lo que hay que hacer es formular la cuestión de otra manera, porque lo cómico no se puede aislar. Considerarlo como algo aparte es una ilusión. Lo cómico es una pieza más de un rompecabezas.

Hay que pensar la dicotomía entre comedia y tragedia (reír y llorar, siempre dos máscaras) como un invento de dos caras, inseparables, como el haz y el envés. Pero es preciso abrir más el angular del objetivo, sin limitar la mirada al campo del teatro. La invención de la risa cómica es un parte de un todo que comprende otros elementos: el nacimiento de la interrogación científica, la creación de la democracia, el inicio de la filosofía, de las matemáticas y de los razonamientos lógicos. Desde este punto de vista, los griegos elaboraron un paisaje multiforme que todavía es, en gran parte, el nuestro. Cohabitan en él la reflexión racional, la política igualitaria de la democracia y los espectáculos, trágicos y cómicos, que reúnen a los ciudadanos compartiendo unas emociones comunes.

¿Qué es, pues, lo que nos falta? Ciertamente el sentido de las conexiones y la circulación entre esos distintos elementos. Hemos convertido el reír en una actividad subalterna, una distracción aparte. Practicamos, generalmente, una risa de segunda categoría: una risa desarmada, que solo asoma en los rincones, en lugares y en momentos reservados. Una risa dividida en un rosario de géneros, de estilos, de registros que no se comunican casi nunca entre ellos.

La risa de los antiguos, por el contrario, es multiforme. Combina siempre varios registros, situaciones, rasgos de carácter, personajes caricaturescos que hacen reír por sus defectos, que pertenecen a la naturaleza humana eterna (celos, avaricia, fanfarronería, codicia, ambición,,,), pero también muestran hechos y rostros de la actualidad (guerras, rivalidades políticas, intrigas del momento, dirigentes que ocupan cargos). Lo eterno y lo efímero se mezclan.

También se mezclan la elegancia y la vulgaridad. La comedia griega no vacila en usar la sal gruesa. Aunque a los académicos no les guste, la comedia antigua está llena de pedos y eructos. Los griegos no les hicieron nunca ascos a las bromas escatológicas. Esa vulgaridad alterna continuamente con rasgos de ingenio y con juegos de palabras. La invención verbal es constante. Dentro de esa risa multidimensional se despliega permanentemente una fuerza de creación lingüística extraordinaria. 

A pesar de todo, no hay dispersión en esa diversidad. Una unidad fundamental reúne todas esas características. ¿De qué se burlan los espectadores en el teatro antiguo? ¡De sí mismos! El gran invento del teatro cómico griego es que no se ríe de cualquiera, ni de los demás ni de situaciones lejanas, extraordinarias o convencionales. Los espectadores se ríen, juntos, de sí mismos. De sus pequeñas miserias y de sus grandes infortunios, de sus defectos, sus extravagancias, sus dificultades momentánias, sus querellas políticas, sus preocupaciones económicas, militares y sociales. La comicidad busca sus temas en el público para mostrarle, con una lente de aumento, caricaturescamente, sus defectos y sus maneras de ser. La risa procede de un espejo deformante.

Esta particularidad es nueva. No la encontramos antes, ni en ninguna otra parte. Ha perdurado hasta nuestros días, en ciertos aspectos. Muchos espectáculos cómicos actuales hacen reír a la gente de la sala con sus propias historias, sus dificultades políticas y sus desavenencias conyugales. El público, tanto el el siglo XXI como en la época de Aristófanes, se ríe de sí mismo.

LA AMBIGÜEDAD PELIGROSA

Nombre     Aristófanes, nacido hacia el año 450 antes de nuestra era.
Lugar         Atenas.
Leer           Los caballeros, Las nubes.
Por             Su mezcla de todo tipo de comicidades.

Aristófanes es el primero que encarna, con fuerza, esa diversidad de la risa antigua. En Los caballeros, por ejemplo, se burla de una figura tan antigua como la democracia misma: el demagogo. Como la democracia, el demagogo empezó su carrera en las calles de Atenas en el siglo V antes de nuestra era. Su nombre, forjado en la lengua de Homero y de Platón, significa <<el que conduce (agogos) al pueblo (demos)>>. Para ser influyente, procura hablar como el pueblo, con <<voz canalla, lenguaje de las verduleras>>, dice Aristófanes. El personaje no establece muchos matices, y amenazas a sus adversarios afirmando que los <<escachará contra el suelo>> o les <<arrancará los párpados>>. Es verdad que <<la demagogia no quiere un hombre instruido, ni de costumbres honestas, necesita un ignorante y un infame>>.

A veces, la risa se tiñe de inquietud, ya que entre el demócrata y el demagogo la frontera se difumina y resulta difícil de establecer con exactitud. A menudo se parecen, como el perro y el lobo. Con frecuencia, resulta muy complicado marcar claramente el límite entre la norma y el exceso en el campo de la palabra pública. Es evidente que la demagogia no es el destino inexorable de la democracia, como creen sus adversarios, empezando por Platón. Pero caer en la demagogia representa un riesgo permanente, una deriva siempre posible, contra la cual hay que luchar constantemente.

El demagogo, fabricante de rumores, maquinador de complots verdaderos o falsos, propagador de pequeñas frases y grandes ilusiones, depende de quienes difunden sus palabras. En las ciudades antiguas su poder era grande, pero su campo de acción restringido. Desde entonces hemos perfeccionado la audiencia... Aristófanes pone de manifiesto ese triunfo de la tontería del vulgo, y pone el dedo en la llaga. Sin embargo, nos equivocaríamos si pensáramos que lo único que hace este autor es combatir virtuosamente los errores de la multitud y las debilidades del pueblo. También lo halaga.

* Roger-Pol Droit (La filosofía no da la felicidad... ni falta que le hace)

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