Hans Magnus Enzensberger (El perdedor radical) Ensayo sobre los hombres del terror

[...] La pregunta más lacerante es: ¿cómo se produjo el declive de aquella civilización de la que emergió la religión mundial del islam? Sabido es que alcanzó su máximo esplendor en tiempos del califato. En aquel entonces fue superior a Europa en el campo militar, económico y cultural. Esa época, que queda ocho siglos atrás, sigue desempeñando un papel central en la memoria colectiva del mundo árabe. 

Desde entonces, el poder, el prestigio y el peso cultural y económico de los árabes ha disminuido continuamente. Tal descalabro sin parangón constituye un enigma y ha provocado hasta el día de hoy un notable dolor fantasma.

No es del todo fácil ponerse en la situación de un colectivo que ha vivido una decadencia similar, decadencia que se ha logrado durante varios siglos. No es de extrañar que se suela responsabilizar de ese proceso a un mundo exterior hostil. Según esa interpretación, la culpa recae única y exclusivamente en una larga retahíla de agresores: turcos selyúcidas, cruzados, mongoles, españoles, mamelucos, otomanos, franceses, británicos y rusos. En la actualidad, la postración del mundo árabe se imputa sobre todo al «gran Satán», a saber, el imperio norteamericano y los judíos. No queda muy claro por qué otras sociedades, como la india, la china o la coreana, que sufrieron de igual modo la dominación, los desmanes y los saqueos de potencias extranjeras, no comparten la suerte del mundo árabe. ¿Cómo es que supieron afrontar los retos de la modernidad y ascender a la categoría de actores importantes a escala planetaria?

Es pues ineludible preguntar por las causas endógenas del declive árabe. Mientras esta cuestión no esté resuelta, el enorme atraso político, científico, técnico y económico del mundo árabe quedará inexplicado e inexplicable.

No han faltado intentos de descubrir sus causas históricas. Uno de los trabajos más recientes es el sobrio y circunspecto análisis Tiempo sellado. Sobre el inmovilismo del mundo islámico, de Dan Diner. Su punto de arranque es el menguante capital intelectual de las sociedades árabes. Tomando como ejemplo la imprenta, Diner diserta sobre la falta de una opinión pública organizada. Desde el siglo XV, la implantación de la imprenta fue saboteada por jurisconsultos islámicos, quienes invocaban un dogma fundacional según el cual no podía haber otro libro junto al Corán. La primera imprenta con capacidad de producir libros escritos en árabe se fundó con un retraso de tres siglos. Las secuelas en la ciencia y la técnica de la región se han hecho sentir hasta la actualidad. En los últimos cuatrocientos años, los árabes no han logrado ningún invento que sea digno de mención. Rudolph Chimelli cita a un autor iraquí con la siguiente frase: «Si en el siglo XVIII un árabe hubiera inventado la máquina de vapor, nunca se habría fabricado». Ningún historiador le llevará la contraria, y la actual estadística de patentes permite concluir que poco ha cambiado desde entonces. 

Sus déficits intelectuales tuvieron secuelas palmarias para la civilización árabe. Ya en el siglo XVI, y gracias a su superioridad técnica, los europeos se impusieron a las flotas árabes, lo que trajo consecuencias graves para el dominio marítimo y el comercio a gran distancia. También la infraestructura de sus países se estancó en niveles medievales hasta entrado el siglo XIX: en torno a 1800, apenas había en el Oriente arábigo carreteras o vehículos con rudas.Las carreteras de largo recorrido, los barcos de vapor, los ferrocarriles, puertos y puentes, el abastecimiento de gas y electricidad, los servicios de telecomunicaciones y los transportes públicos fueron creados y construidos por compañías europeas —empleando mano de obra autóctona pésimamente remunerada.

Incluso los parasitarios Estados petroleros, que viven de la renta, tienen que adquirir su tecnología en el extranjero; sin geólogos, ingenieros de perforaciones y de procesos, flotas de buques cisterna y refinerías procedentes de Occidente, ni siquiera estarían en condiciones de explotar sus propios recursos. Visto así, incluso su riqueza es una maldición, pues les recuerda constantemente su dependencia. Sin los ingresos del crudo, los resultados económicos de todo el mundo árabe tendrían hoy menos peso que los de un solo grupo telefónico finlandés.

No menos improductivo se ha mostrado el mundo árabe en lo que concierne a sus instituciones políticas. La corrupción, el clientelismo y las disputas zanjadas violentamente son endémicas en muchos países. Las variedades importadas del nacionalismo y socialismo han fracasado en todas partes, y los impulsos democratizadores suelen ser asfixiados en estado incipiente. Los métodos de presión habituales en los países árabes pueden recurrir a las tradiciones del despotismo oriental, pero también en este aspecto los infieles se han revelado como imprescindibles maestros espirituales. Desde la metralleta hasta el gas tóxico han inventado y exportado todas las armas que se han empleado en el mundo árabe-islámico. Incluso los métodos de la GPU y de la Gestapo fueron estudiados y adoptados por sus soberanos. 

No hace falta decir que estas observaciones generalizadoras sólo pueden apuntar a la constitución del conjunto. No dicen nada acerca de las aptitudes individuales de los árabes, que, como en todo el planeta, obedecen a la distribución genérica normal. Pero quien expresan pensamientos propios se expone a un peligro de muerte en muchosEstados del Magreb y de Oriente Próximo. Por eso, muchos de los mejores científicos, técnicos, escritores y pensadores políticos viven en el exilio. Desde 1976, y según los datos del Arab Human Development Report, emigraron el 23% de todos los ingenieros, la mitad de todos los médicos y el 15% de todos los científicos árabes. Esta fuga de cerebros es absolutamente comparable a la expulsión de las élites judías de Alemania en los años treinta y debe de tener consecuencias de alcance similar.

[...] Hasta aquí el diagnóstico objetivo. Pero más relevante que todos los datos que se puedan copilar estadísticamente es la pregunta de cómo esos hechos son recibidos, valorados y asimilados. Es obvio que la total dependencia económica, técnica e intelectual de «Occidente» resulta difícil de soportar por los afectados. Y no estamos hablando en términos abstractos. Todo lo que el Magreb y Oriente Próximo necesitan para la vida cotidiana, cada frigorífico, cada teléfono, cada enchufe, cada destornillador, sin hablar ya de los productos de alta tecnología, representa una muda humillación para cualquier árabe que sea capaz de razonar.

La situación de perdedores que así experimentan se ve agravada en gran medida por un factor cultural. En efecto, choca frontalmente con una imagen propia tradicional minuciosamente cuidada. ¿No había prometido un poder superior a los musulmanes árabes la supremacía sobre todas las demás sociedades? «Sois la mejor comunidad humana que jamás haya existido», dice el Corán (3/111), y ordena con palabras inequívocas hacer efectiva esa superioridad inherente: «¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no [...] practican la religión verdadera, hasta que, paguen el tributo directamente!» (9/29). Dado que esta pretensión está consignada en un texto sagrado, goza de vigencia absoluta y es inmune a toda experiencia. Bernard Lewis describe cómo la convicción de la superioridad propia inducía ya a los árabes de otros tiempos a tratar con desinterés y desdén a otros pueblos. Cita a autoridades del los siglos X y XI que se expresan de la manera siguiente sobre los pueblos del norte: «Les falta calidez; son de talante grosero, de intelecto tosco, de cuerpos bastos, de maneras ásperas y de lengua torpe. [...] Aquellos que viven en el extremo norte son los que más tienden a la estulticia, la rudeza y la falta de sensibilidad.» En otra fuente dice: «Carecen de agudeza intelectual y de raciocinio claro, y los domina la ignorancia y la locura, la ceguera y la estulticia.» A la vista de la alta cultura árabe de corte clásico, tales apreciaciones parecen medianamente plausibles. Pero el problema estriba en que son defendidas con tanta mayor tenacidad cuanto más claramente la realidad histórica se ha encargado de desmentirlas. Ya en la edad de los descubrimientos, la cada vez menos justificada soberbia árabe dio lugar a apreciaciones erróneas con consecuencias fatales. Simplemente no tomaron nota de la globalización marítima y la conquista del Nuevo Mundo que se vislumbraba, lo que tuvo gravísimas secuelas para su comercio y economía. Ni siquiera el impacto de la invasión napoleónica de Egipto y las derrotas sucesivas hicieron variar un ápice esa actitud. De este modo, los sacrosantos preceptos del Corán han resultado ser una trampa teológica. Son obviamente incompatibles con las normas constitucionales de la modernidad. Cuando el vicepresidente de los Hermanos Musulmanes de Egipto declara que, de acuerdo con el derecho islámico, un no musulmán no puede dominar sobre un musulmán, pone de manifiesto una convicción muy difundida en el mundo árabe.

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