Alessandro Baricco (Una cierta idea de mundo)

 11 de diciembre de 2011
Pierre Hador
EJERCICIOS ESPIRITUALES Y FILOSOFÍA ANTIGUA

«Me obligó a comprarlo una amiga que en cuestión de ensayos no se equivoca nunca. De hecho, no se equivocó.»

De acuerdo, el título suena siniestro. No tanto por la referencia a la filosofía antigua (que de por sí es un argumento de enorme atractivo) como por lo de «ejercicios espirituales», que induce a recuerdos no necesariamente alegres. Pero Hador es uno de esos viejos maestros que dejan huella, tanto es así que si yo tuviera que explicar qué es la filosofía no se me ocurriría nada mejor que coger estas páginas y ponerme a leerlas, lentamente, en voz alta. Estoy seguro de que muchísimos estudiantes dejarían de agonizar en clase de filosofía solo si les dieran por meter la nariz ahí dentro.

Lo que entenderían sería esto: en su origen la filosofía no era tanto una forma de pensar para conocer como un modo de vivir para ser feliz. Tal y como os digo. Era una praxis cotidiana, no un trabajo cerebral. No quisiera exagerar, pero era algo mucho más afín al yoga que a la lógica. O como dice Hadot: era una forma de curarse. Curarse de la infelicidad, una enfermedad que todos conocen. Estoicos, epicúreos, Sócrates, Platón, Aristóteles, gurús que no enseñaban teorías abstractas sino más bien una vía, una disciplina, un estilo de vida que permitiera salir ileso de las trampas de la existencia. Actualmente, en los libros de texto, estos autores ya no se estudian siguiendo el curso de sus pensamientos, lo cual es un sistema impreciso que, según Hadot, hace que se pierda la parte más interesante del asunto. Y ello porque el pensamiento era solo una parte de una actividad mucho más articulada que podríamos definir así: el intento de encontrar en uno mismo el equilibrio justo que lo proteja del dolor y del miedo. La especulación intelectual era importante, pero también lo eran otros ejercicios, que efectivamente podríamos definir como «espirituales», a través de los cuales cualquier persona podía aspirar a su salvación. Meditar, caminar, leer, cumplir con las propias obligaciones, saber gobernarse dentro del laberinto de los sentimientos, escuchar, cultivar amistades, dialogar... Ejercicios del alma, ejercicios espirituales. Hadot cita una fulminante frase de Plotino muy esclarecedora a este respecto: lo que tiene que hacer cada uno es esculpir su propia estatua. No debe entenderse en el sentido berlusconiano (ponerse en un pedestal, menos mal que tenemos a Silvio), sino un modo más sutil. Es importante recordar que la escultura para los griegos era el arte de la sustracción, la habilidad manual con la que obtener una figura a partir de un bloque de piedra, mediante sucesivas sustracciones. Y eso es exactamente lo que enseñaban estos celebérrimos gurús: trabajar sobre uno mismo, eliminando todo lo falso o inútil que se nos haya pegado para al final poder liberar lo que realmente somos, en la imperturbable consistencia de la grandeza de existir. Entonces llagaremos a ser verdaderos sabios, que no se refiere a alguien que lo sabe todo, sino a alguien al que ya nada le da miedo. Alguien que se ha curado. 

A continuación Hadot explica cómo se ha llegado a hacer de la filosofía una actividad puramente teórica y especulativa y que solo recientemente (con Nietzsche, Bergson y los existencialistas) se ha producido de nuevo un acercamiento a esa idea auroral de filosofía como conversión, curación y praxis de salud mental. Una magnífica guía cuya lectura aconsejo a todos, pero que ahora dejo a un lado porque es otra la cosa la que quiero decir, algo de enorme valor para mí. Justo al principio de uno de sus ensayos Hadot selecciona una cita a la que debía de tenerle mucho cariño, procedente de un sociólogo francés. Georges Friedmann. Es evidente que la puso ahí porque creía que algo debía recuperarse de las antiguas lecciones de los filósofos griegos, como la herencia de un deber, como el descubrimiento de una praxis. Tenía en mente cierta idea laica de ejercicio espiritual, cotidiano, paciente y fructífero. Debía de parecerle fundamental para quien considera importante el hecho de estar en este planeta con dignidad. Y para explicarla se sirvió de las palabras de Friedmann. Las recorto un poco y os las transcribo aquí porque vale la pena.

«Emprender el vuelo cada día. Al menos durante un momento por breve que sea, mientras resulte intenso. Cada día debe practicarse un "ejercicio espiritual", solo o en compañía de alguien que también aspire a mejorar. Escapar del tiempo. Esforzarse para escapar de las propias pasiones, de la vanidad, del afán de notoriedad en torno al propio nombre. Huir de las malas lenguas. Dejar a un lado la piedad y el odio. Amar a todas las personas libres. Semejante tarea en relación con uno mismo es necesaria, así como es justa semejante ambición."

Si le lees estas líneas a un bárbaro te tomará por tonto, soy consciente de ello. ¿Ejercicios espirituales? Lo entiendo. Aunque la cita no acaba ahí, hay tres líneas más, tremendas, que han sido escritas precisamente para el bárbaro, y no solo para él, también para mí y para todos los que nos consumimos en el extremo y legítimo deseo de revolucionar el mundo. Tres líneas que explican por qué, contra toda apariencia, esa tarea en relación con uno mismo es necesaria, así como es justa semejante ambición. Y lo hace de manera muy simple, se limita a recordarnos algo de lo que nos hemos olvidado por completo, casi todos, y algunos incluso con un pasotismo insoportable. Friedmann las escribió en 1977, lo cual explica una determinada referencia a la política, entendiendo el término «política» en su sentido más amplio. Dice lo siguiente: «Son muchos los que se vuelcan por entero en el militarismo político y en la preparación de la revolución social. Pero pocos, muy pocos, los que, como preparativo de la revolución, optan por convertirse en hombres dignos.»

 
23 de septiembre de 2012
George L. Mosse
LA CULTURA NAZI. LA VIDA INTELECTUAL, CULTURAL Y SOCIAL EN EL TERCER REICH.

«Me dijeron que si no lo leía no iba a entender nunca nada del nazismo. Un poco categórico, pero no tan lejos de la realidad.»

Puede resultar una banalidad, pero la pregunta, pensando en el nazismo, es siempre la misma: pero ¿cómo fue posible? ¿Cómo pudo suceder algo así justo en el corazón de la vieja, refinada y culta Europa? Y, sobre todo, ¿cómo ha podido ser sinceramente nazi gente absolutamente normal, de buen entendimiento, médicos a los que habrías acudido para quitarte las amígdalas, vecinos de casa que a las reuniones de la comunidad llevan el pastel que hicieron por la tarde o simpáticas asistentas a las que dejarías tus hijos con toda la tranquilidad? ? Qué clase de locura se apoderó de todos ellos?

En libro de Mosse da una respuesta a esta pregunta y yo tengo que resaltar el hecho de que ninguna respuesta, antes, me había parecido tan serena, inteligente y creíble como la suya. Si tuviera que resumirla grosso modo lo haría así: no era una locura, era la adhesión apasionada a una ideología que por arte de magia constituía ideales y convicciones que hacía largo tiempo que circulaban por el sistema sanguíneo de la mentalidad alemana. No era una enfermedad mental sino una construcción mental cuyos ingredientes venían de muy lejos. Para entender el nazismo hay que entender casi dos siglos de pensamiento alemán. 

Si uno lo hace, y Mosse lo hizo, descubre muchos afluentes que, sin ni siquiera saberlo, llevaron agua al devastador río del nazismo, afluentes procedentes de las cumbres o de la colinas de la sensibilidad alemana. Toda la tradición romántica, cierta vena mística, las fantasías clásicas-germánicas, el culto a la naturaleza, ciertas teorías extravagantes sobre razas y destinos, el nacionalismo patriótico que creció desmesuradamente después del prolongado parto de la Alemania unida, el instinto de hallar seguridad en el sentirse un pueblo antes incluso que un individuo, la tentación del antisemitismo, el culto hacia ciertas formas de élite dorada, la teorización de la juventud como fuego sagrado con el que recomponer la pureza de la existencia, Nietzsche y Hölderlin, el nudismo y el mito del paisaje campesino, el culto a la belleza masculina y la pasión por el canto polifónico. Todo eso llevaba un montón de tiempo ahí, en la incubadora alemana. Pero también hay que dejar claro que cada una de esas piezas, por sí misma, no tenía el nazismo como epílogo necesario e inevitable. Lo que hizo el nazismo fue meterlas a todas en el mismo saco, conformando un artificial sistema mental y luego político que blindaba numerosas pasiones alemanas dentro de la esfera de un único proyectil de plomo. 

Daniel Innerarity (Pandemocracia) Una filosofía de la crisis del coronavirus

                           

DEMOCRACIA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Decimos que esta crisis sanitaria podrá a prueba muchas cosas y que algunas de ellas no volverán a ser lo que eran, entre las cuales estaría la democracia. Ya se ha suscitado un intenso debate entre quienes piensan que esta crisis supondrá un revulsivo que derribará el capitalismo y quienes presagian un sistema de control que consolidará las tendencias autoritarias inscritas en eso que llamamos democracias liberales. Las medidas de excepción aprobadas podrían establecer un precedente peligroso y un recorte de libertades que sería aceptado por las poblaciones atemorizadas. Ya han surgido «coronadictaduras» como Israel y Hungría que aprovechan esta emergencia para acentuar sus perfiles iliberales. Al mismo tiempo, la larga lista de fracasos colectivos que cosechan nuestras democracias convierte en especialmente tentadoras las promesas de una eficacia a costa de las formalidades democráticas. La democracia, que ha ido sobreviviendo a los cambios de formato y a los de problemas, se encuentra en una encrucijada para la que no tiene precedentes. La supervivencia de la democracia está acondicionada a que sea capaz de actuar en los actuales entornos de complejidad, compatibilizando las expectativas de eficacia y los requerimientos de legitimidad.

El debate entre los filósofos y los científicos sociales acerca de la democracia tras el coronavirus ha tenido tonos épicos, proféticos y melancólicos; lo único que le ha faltado ha sido la modestia. Hay quien anuncia una nueva ola autoritaria, como Giorgio Agamben, Peter Sloterdijk o Naomi Klein, quien exalta la eficacia China y la presenta como un modelo seductor (Byung-Chul Han) o nos previene contra la vigilancia totalitaria de la monitorización biométrica (Yuval Noah Harari) y no podía faltar Slavoj Žižek prometiendo, una vez más, que esta sería la (definitiva) ruina del capitalismo. Pese al tono maximalista y la escasa base científica de sus predicciones, todos ellos nos ponen al menos ante tres problemas que resultan especialmente recurrentes para la democracia: el de excepción, el de la efectividad y el del cambio social.

Comencemos por el primero de los problemas, el que plantea a la democracia la lógica de la excepción. Este asunto es, desde hace tiempo, el tema preferido de Giorgio Agamben, quien la llegado a hablar ahora de «la invención de una epidemia» como disculpa para establecer un estado de excepción. Debe ser muy difícil sobrevivir al éxito de una metáfora y resistir la tentación de aplicarla a cualquier situación. Contradiciendo la evidencia de que si se proclama ahora el estado de excepción es porque no lo había antes, Agamben sostiene que «la epidemia muestra claramente que el estado de excepción se ha convertido en la condición normal de la democracia». Así que gracias a esta «virocracia» podríamos caer finalmente en la cuenta de que la lógica de la excepción es la lógica misma de la democracia... sin excepción. Algunos filósofos tendrían más lucidez si estudiaran un poco de política comparada, aunque eso despojaría de rotundidad a sus teorías. Si se confiere un poder excepcional a alguien es porque ni antes ni después lo tiene. Otro filósofo que en ocasiones prefiere una metáfora brillante a un buen argumento, Peter Sloterdijk, profetiza «el sometimiento a una dictadura médico-colectivista», de manera que «el sistema occidental se desvelará como igual de autoritario que el chino». Las emergencias decretadas por los gobiernos europeos están condicionadas a cuanto se refiere a la lucha contra el Covi-19, limitadas en el tiempo y crean nuevos delitos, tres condiciones de las que carece el excepcionalismo decretado por el gobierno de Hungría. Comparo, luego pienso.

Las situaciones de excepción no suspenden la democracia, tampoco su dimensión deliberativa y polémica. El pluralismo sigue intacto y el normal desacuerdo social continúa existiendo aunque su expresión deba estar condicionada a facilitar el objetivo prioritario de la urgencia sanitaria. Una limitación de las libertades es siempre lamentable y solo se puede justificar como medida temporal. Carl Schmitt, a quien ahora todo el mundo parece haber canonizado, era un decisionista, pero pocos advierten que entender la política como decisión implica reconocer que se ejerce en un contexto de contingencia, sin razones abrumadoras, ni siquiera en medio de las urgencias de la excepción. Contingencia significa que las decisiones son discutibles aunque se hayan modificado las condiciones que implícitamente regulan el modo de gobernar y el modo de hacer oposición.

Sería inaceptable cualquier medida presentada como si no hubiera alternativa y fuera científicamente indiscutible. Los virólogos tienen poderosos argumentos, por supuesto, pero cuando los políticos toman decisiones sobre la base de sus consejos están haciendo política, una política muy particular, por cierto, pero que no deja de tener esa dimensión de contingencia que la caracteriza también en circunstancias excepcionales. Hay distintos planteamientos acerca de cómo afrontar esta crisis, especialmente en lo que se refiere al equilibrio entre las urgencias sanitarias y los efectos económicos que puedan seguirse de las medidas adoptadas. Estar en una situación de alarma no significa renunciar al ejercicio de la razón y privarse de los beneficios de una deliberación serena y leal, así como de una coordinación entre las instituciones que no sea la sumisión a lo que decreta el mando único. La democracia, incluso en momentos de alarma, necesita contradicción y exige justificaciones. 

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Res

Marc Fumaroli (El Estado cultural) Ensayo sobre una religión moderna

DEL PARTIDO CULTURAL AL MINISTERIO DE CULTURA

En última instancia, los orígenes del Estado cultural son bismarckianos. Pero el ejemplo del maquiavelismo de Bismarck no desplegó todas sus consecuencias funestas sobre la política europea hasta después de 1914. En 1917, el golpe de Estado de Lenin proveyó a Rusia de un Bismarck marxista, y el Estado leninista también tuvo su Kulturkampf, al lado de cual el de Bismarck hace el efecto retrospectivo de un modesto y efímero incidente. Sin embargo, olvidadizos de las lecciones de la historia, incluso recientes, e insensibles a las advertencias de Nietzsche, al cual pretende haber leído, Malraux y la generación de los intelectuales de los años treinta quedaron fascinados por la función aparentemente eminente que la dictadura leninista atribuía a su propiedad, la «cultura». El gobierno de Lenin incluía una Comisariado de la Cultura. En la cabeza tenía a Lunatcharski, y sus numerosas direcciones empleaban a las esposas y hermanas de los jefes bolcheviques: Krupskaia (señora de Lenin), Bouch-Bruevich (hermana de Lenin), Trotskaia (señora de Trotski), Kameneva, Dzerjinskaia, etc. En ese comisariado se encontraba Lito (Dirección del Libro, encargada entre otras cosas de la depuración de las bibliotecas), Muzo (Dirección de la Música), Iso (Dirección de las Artes Plásticas), Teo (Dirección del Teatro), Foto-Kino (Dirección de la Fotografía y el Cine, Chelikbez (Comisión Especial para la Liquidación del Analfabetismo). La propensión a sustantivar las siglas ha quedado, de Moscú a París, como costumbre de las burocracias «culturales». En 1982, Catherine Clément, saludando la nueva era, escribía: «La cuestión de la felicidad está planteada». Medio siglo antes, el comisario Lunatcharski declaraba: «La «conquista del poder no tendrá sentido si no hiciéramos felices a los hombres».

¿Cómo hacerles felices, es decir, dóciles? «El comisariado —escribía Lunatcharski— no tiene razón de ser si no sirve a la cultura. La instrucción, la ciencia, el arte, aparecen así no sólo como medios de nuestro movimiento, sino también como sus fines».
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CULTURA CONTRA UNIVERSIDAD

El error sobre el que se ha construido el edificio «cultural» es, primero de naturaleza política. Se ha querido una Francia «moderna», competitiva, pero no se ha querido ver que, por ese hecho, pasaba a ser justificable según los análisis de Tocqueville en La democracia en América. Ese singular estrabismo ha llevado a los políticos y tecnócratas, en el mismo momento en que remataban la metamorfosis del «querido y viejo país» en democracia comercial y consumidora a la americana, a hacer como si Francia fuera justificable según los esquemas en vigor entre los intelectuales de los años treinta: burguesía contra pueblo, artes de vanguardia contra burguesía.

Los vampiros del Estado han buscado en esas antítesis melodramáticas una poesía y una moral para embellecer su «modernización». Han encontrado en los slogans del 68, y en los del 81, un «segundo aliento», una «segunda» y una «tercera» juventud para ese «ideal» de los jóvenes anticuados. Traducidos en lenguaje ministerial, retraducidos en lenguaje rebelde, los tópicos de la «democratización cultural», y luego del «todo cultural«, se han ido cargando a su vez de las esperanzas puestas en otros tópicos: «Todos creativos», «Cambiemos la vida». Las palabras-pantalla y las coartadas son intercambiables. Se trata, en los despachos o en la calle, de un retrato y de un rechazo de análisis de lo real, y, por lo tanto, de una verdadera dimisión del ingenio francés ante sus nuevos cometidos, y eso en un país que, por su economía y sus costumbres, había entrado en la norma común de las democracias «desarrolladas».

Así que había llegado la hora, y Raymond Aron fue el primero en comprenderlo, de no leer ya La democracia en América como un informe diplomático, sino como un «conéctate a ti mismo». La mayor parte de los rasgos apuntados por Tocqueville en el amplio término americano (salvo la religión y el amor a la libertad) han pasado a ser los nuestros, y se ha amalgamado a supervivencias cada vez más fantasmagóricas de la antigua sociedad: el amor generalizado por los goces materiales, la simplificación de las maneras, la inquietud en medio del bienestar, el aspecto a la vez agitado y monótono de la vida pública, el ardor de las ambiciones y la ausencia de grandes ambiciones. Todos esos rasgos que han desabrido los caracteres, se ha extendido al mismos tiempo que los medios, desconocidos por Tocqueville, de hipertrofiarlos: la generalización de las distracciones, del turismo, de la tecnología, de las sensaciones visuales y auditivas prefabricadas... A los estadounidenses de su tiempo, Tocqueville, después de haber descrito de manera sobrecogedora el estado de la literatura en un régimen democrático («La masa siempre creciente de lectores y la continua necesidad que tienen de novedad aseguran la venta de un libro que apenas valoran»), les da un consejo de contrapeso:

Es evidente que, en las sociedades democráticas, el interés de los individuos, así como la seguridad del Estado, exige que la educación de la mayoría sea científica, comercial e industrial más que la literatura. El griego y el latín no deben ser enseñados en todas las escuelas, pero importa que aquellos cuyo carácter o fortuna destina a cultivar las letras, o predispone a apreciar, encuentren escuelas donde puedan llegar a dominar perfectamente literatura antigua y a penetrar enteramente en su espíritu. Algunas universidades excelentes valdrían más, para alcanzar ese objetivo, que una multitud de malos colegios o estudios superfluos, que se hacen mal e impiden hacer bien los estudios necesarios. Todos quienes ambicionan destacar en las letras, en las naciones democráticas, deben a menudo alimentarse de obras de la Antigüedad. Es una higiene saludable. 

Si nos atenemos al espíritu de este texto, que ha sobrevivido perfectamente a su letra históricamente fechada, se ve bien con qué profundidad se aplica a la Francia actual. Ésta tiene una tradición literaria, filosófica y artística que Estados Unidos no tiene. No la tiene, por la razón obvia de que no tiene Antigüedad, ni Edad Media, ni Antiguo Régimen, y de que ha construido su sistema político sobre la filosofía contemporánea a su nacimiento, la de las Luces, de Locke a Montesquieu. Estados Unidos es un país integramente moderno. Lo que no le impide, justo porque es moderno hasta ese punto, experimentar por compensación el deseo de conocer las tradiciones de Europa y Asia que están fundadas sobre un postulado común inverso al de su propio utilitarismo: la superioridad de la contemplación sobre la acción, el espíritu como iluminación de la materia. Al no poder reencontrarlas en su propia filiación, en su propia memoria, como es la suerte de nosotros los europeos, se ha dirigido al estudio sabio, y ha creado por ello, entre otras cosas, «universidades excelentes», y ha prestado una gran acogida a los sabios europeos, como Erwin Panofsky o Leo Strauss. Nadie más adecuado que esos profesores para tejer el hilo que la vincule a Mnemosine, madre de las Musas, y alivie de la avidez moderna, de la otra figura del tiempo que reina con ella: Cronos. 

Ignacio Gómez de Liaño (Filosofía y Ficción)

Filosofía II

A los philosophes dieciochescos, y a tanto otros de su estilo, les encanta pintar cuadros de política literaria, diseñar sociedades imaginarias dispuestas a acoger en su regazo a cuantos se sientan molestos con la sociedad real, sobre la que aquellos philosophes no se han tomado la molestia de echar una mirada mínimamente profunda. Les encantan tanto las teorías como desprecian los hechos.

Hay regímenes en los que se vive tan al margen de la vida que, en épocas de crisis, políticos y literatos inventan Estados fantásticos y proclaman querer mejorar la sociedad y humanizar la vida, pero lo que hacen es levantar castillos de ilusión, cuyas deplorables consecuencias no se cuidaron de estudiar.

Ninguna teoría política, por más hermosa, ingeniosa y prometedora que sea, puede sustituir a la experiencia de cómo funcionan en la realidad los mecanismos sociales.

Cuando una sociedad imaginaria suplanta a la real y en vez de una política basada en el conocimiento de la realidad se erige otra abstracta o literaria, puede que el philosophe político o el político philosophe consigan, con su ilusionismo de papel y palabras, hacerse populares repartiendo consuelos y desahogos, como si fuesen boletos de una rifa, o recogiendo adhesiones, como si fuesen dividendos, pero lo único que en realidad hacen es lanzar nubes de humo y ser ciegos que conducen a otros ciegos.

"Los mismas cosas que frecuentemente han hecho escribir buenos libros pueden conducir a grandes revoluciones", escribió Alexis de Tocqueville. Y yo le pregunto: "¿De dónde saca, M. Tocqueville, que sean buenos los libros que llevan a grandes revoluciones?"

La prioridad está en aprender a distinguir entre fantasía y razón, entre el campo en que se puede aplicar la fantasía y el que solo admite los rigores de la razón y el cálculo, pues, de lo contrario, puede ocurrirnos que cuando necesitemos reparar una cañería nos pongamos a buscar el número de teléfono de un utopista.

Como la naturaleza física de las cosas nunca cambia, pues las leyes que la rigen son inmutables, y el grado de indeterminación que las afecta es solo estadístico, el hombre puede llegar a conocer sus secretos en un tiempo relativamente corto. No ocurre así con la naturaleza moral. La indeterminación de la conducta humana es tal que ni el tiempo ni la ciencia bastan para colmar ese conocimiento. Lo último que llegamos a conocer en esta vida es... a nosotros mismos. 

Es difícil estudiar el comportamiento ajeno y el propio sin dejarnos llevar por las pasiones, excepción hecha de la pasión por el conocimiento.

Cuando se abandona un uso consagrado por la tradición, la única manera de volver a practicarlo es revestirlo con los colores de la novedad.

Nos sentimos ansiosos cuando pensamos que pueden llegar a cumplirse nuestras más queridas expectativas. Si no se cumplen esas expectativas, entonces se produce un sentimiento de frustración, y tratamos de amoldarnos a horizontes más angostos, pero mejor probados.

Retornando a los viejos usos y costumbres halla algún alivio el cansancio producido por la descontrolada eclosión de las expectativas y las ansias que son sus compañeras de fatiga.

Los mediocres nunca elogiarán sin reservas a los grandes talentos. ¿Por qué? Porque si algo ponen de manifiesto los grandes talentos es la mediocres de los mediocres. Los mediocres prefieren cubrir de elogios a otros mediocres, Así se dan el gusto de sentirse generosos y magnánimos, e intuyen que los precarios frutos de su talento no corren peligro. 

La gente común tiende a considerar sublimes o geniales a quienes llaman la atención enarbolando causas extravagantes. La gente común suele confundir la grandeza con la gesticulación, la genialidad con el aparato, y la buena pintura con los colores chillones. 

Los manipuladores ideológicos suelen ser caricaturas de sí mismos. Ahí estriba su éxito. La experiencia nos enseña que la mayoría de la gente prefiere la caricatura a la pintura.

Los artistas y escritores de nuestro tiempo son, en su mayor parte, ilusionistas. Su principal objetivo es crear la ilusión de que su obra es importante y, sobre todo, hacerse la ilusión de que ellos lo son.

El bien más precioso que se puede tener es la amistad. Aunque ese sentimiento se funda, con todo sentimiento, en una cierta forma de egoísmo, se trata de un egoísmo que se trasciende en altruismo. 

El amigo verdadero es el espejo de lo que somos, de lo que podemos ser y de lo queremos ser. La verdadera amistad justifica, incluso reclama, la Vida Futura.

No son las personas que brillan en la vida social las más aptas para la amistad. La vida social es un sucedáneo de la amistad, incluso una compensación de su falta.

Solo los que saben vivir en soledad están hechos para la amistad. A los solitarios no les suelen faltar los amigos que, en cambio, brillan por su ausencia en los momentos difíciles de aquellos hombres de vida social brillante que, a lo largo de su existencia, han coleccionado amistades como si fueran recortes de prensa.

Cuando el hombre se pregunta por sí mismo, la ciencia responde: "Eres un conjunto de mecanismos, que tiene la capacidad de pensar". Si el hombre quiere ir más allá, descubre que no hay saber capaz de responder a las preguntas que se hace sobre su destino en cuanto a ser vivo y pensante arrojado al mundo sin habérsele pedido su consentimiento sobre un hecho tan trascendental como verse de golpe envuelto en necesidades, apetencias y capacidades cuya razón de ser y origen ignora. Ahí surge el impulso que le lleva a entregarse a la ciencia y, sobre todo, a la fe. Así cree poder llegar a iluminar el enigma de la exigencia. 

Las formas de vida que brinda al individuo nuestro tiempo son mucho más variadas que nunca lo fueran a lo largo de la Historia, pero tienen menos sustancia. Es como si hubiera una correlación entre diversificación y gasificación. 

Las formas de vida estaban vinculadas en otros tiempos a dos ejes fundamentales: la fe religiosa, con sus liturgias y casuísticas, y la relación con el medio natural, potencialmente infinito por su variedad y estético por su encanto. Las formas vida contemporáneas tienen dos ejes fundamentales: el trabajo, con sus infinitas formas de especialización técnica, y la proliferación de espectáculos en los medios, que hace posible la técnica. 

La filosofía española se ha interesado de forma especial por la vida de la gente, por "el hombres de carne y hueso" que decía Unamuno. Se ve en Séneca, Quevedo, Gracián, Balmes, Campoamor, Santayana, Unamuno, Ortega, D´Ors, Zubiri, Julián Marías, María Zambrano... También se ha interesado de forma especial por las relaciones entre diferentes pueblos, vistas en una perspectiva mundial, según lo evidencian Vitoria, Suárez y otros representantes de la Escuela de Salamanca. El tercer foco de interés de la filosofía española está en la exposición racional de experiencias que van más allá de la razón y pretenden ir al núcleo de la existencia: es el tema principal de los escritos sobre mística de san Juan de la Cruz, santa Teresa y otros pensadores españoles del los siglos XVI y XVII.

Jorge Freire (Agitación) Sobre el mal de la impaciencia

PONERSE LAS PILAR

Contra la seriedad, risa; contra la risa, seriedad.
Georgias

Desde la noche de los tiempos, las culturas han tratado de canalizar la energía sobrante por medio de actividades ritualizadas. El rito es, en esencia, orden. Por ello, según Nietzsche, las religiones se organizan por medio de largos trabajos mecánicos: bueno es que los católicos recen el rosario o que los hinduístas cuenten con los dedos el nombre de dios Rama, pues así, entre otras cosas, se mantendrán quietecitos.

Toda sociedad se sirve de ritos para vertebrarse. También una sociedad hedonista como la nuestra, definida por Žižek como el paso del goce permitido al goce obligatorio, se sirve de ritos para vertebrarse. Estos forman, según nos enseñó Deurkheim, la osamenta de la vida común. A la liturgia del despiporre no le faltan antifoneros, cantollanistas y versiculeros. Quien haya asistido a una boda pagana habrá advertido de la seriedad con que los participantes encienden velas, vierten arena de colores y bailan el rigodón disfrazados de mamarrachos. 

Se trata, en resumidas cuentas, de <<darle un sentido a la rutina para convertirla en rito>>, como reza un aforismo de Horacio Castellanos Moya. Un aspecto esencial de todas las culturas, también la de la agitación. 

Hay, por supuesto, formas más prosaicas de canalizar la energía sobrante. Orwell escribió que el culto moderno al deporte surgió en las comunidades urbanas por una razón de peso: allí las gentes llevaban vidas mucho más sedentarias que en los pueblos, donde los más jóvenes quemaban la energía sobrante cazando, nadando, corriendo o trepando por los árboles. Resulta por tanto preceptivo que el urbanita se aficione al fútbol o al boxeo con vistas a <<dar salida a su fuerza física o a sus instintos sádicos>>. Como señaló Jünger, el deporte moderno rompe definitivamente con el olimpismo en su tentativa de ser un proceso de medición exacta: ya no se trata de un ideal integral de perfección interior y exterior; si es que alguna vez lo fue, sino de una competición reducible a números. No sólo los récords de los atletas olímpicos. Nuestro reto en el gimnasio se sintetiza en calorías quemadas, kilómetros recorridos, minutos dolorosamente soportados y litros de líquido cefalorraquídeo exhudados. 

Puede que Mark Greif tenga razón cuando afirma que la era del gimnasio no solo potencia la obsesión con el cuerpo, sino también el odio hacia el mismo. Exhibir sin problemas los procesos biológicos de nuestro cuerpo es una de las propuestas feministas felizmente llevadas a término (la menstruación, por ejemplo, ya no es motivo de aprobio); sin embargo, a juicio de Greif, exhibir el cuerpo deja de ser una liberación para convertirse en una esclavitud merced a la mentalidad competitiva que todo lo tiñe. La conciencia, en su opinión, se ve <<invadida por un cuerpo numerado y regulado>>, de tal suerte que quien acude al gimnasio quizá no busca mejorar su salud o robustecer su cuerpo para aclarar su mente, sino que está ampliando el campo de batalla y, en expresión de Greif <<espolea un horizonte más lejano de competición futura>>. 

Recuerdo que con dieciséis o diecisiete años casi todos los chicos de clase nos apuntamos al gimnasio. Al terminar el arduo circuito de máquinas, se producía un curioso episodio: nos encaminábamos al vestuario, agarrábamos nuestros aperos y nos marchábamos, toalla en mano y sin duchar, a nuestra casa, donde nos esperaba, decíamos, un baño caliente. No dejaba de tener su gracia que en el gimnasio, espacio por antonomasia de la desnudez (no en vano gymnos significa desnudo), un escuadrón de galopines inverecundos, frescachones y con la cara muy dura se retirase con pudores de filisteo, escrúpulos de beata de pueblo y ademanes de puritano. 

Pero, si de puritarismo hablamos, habrá que piense que el deporte actual es una de sus víctimas. Al fin y al cabo, Di Stefano podía meterse un copazo de Castellana antes de salir a Chamartín y Cruyff podía fumarse un cura envuelto en un periódico sin que nadie se escandalizase. En realidad, la condición paradójica de nuestros deportistas, productos refinados de la cultura de la agitación, los mueve a oscilar entre el embotamiento moral y el compromiso militante. Después de años de enchiquerados en la carrera solipista de larga distancia, esa conciencia brota de repente en muchos deportistas. Alguno hay que, nada más licenciarse de su servicio, se vuelve embajador de buena voluntad. También hay quien no vive estos momentos de manera consecutiva, sino simultáneamente, como un célebre futbolista español, descollante en la Liga y en la selección, que juega en una teocracia islámica: ora crítica con bravura al Reino de España por su ademanes autocráticos, ora ensalza a los laboreos del jeque con una unción digna del eunuco más leal de al serrallo. Todo lo contrario de Sánchez Mejías son algunas de nuestras glorias deportivas: blandos con las espuelas, duros con las espigas. 

Desconozco a qué se ha reducido el deporte, pero intuyo que es a deporte, entendido de un modo salvífico y soteriológico, a lo que todo lo demás se ha ido reduciendo. El pecador se vuelve hombre-máquina cuando trocamos la iglesia en taller. El Homo aparatus vive una continua  <<puesta a punto>>, en la que todo se pone al día, atizando ese culto a la actualidad que da la espalda al presente. Así, el deporte se vuelve una actividad exenta de teología, pues lo que importa no es que su actividad, además de ser medible, nunca pare. La naturaleza no imita el arte, sino a la máquina. 

¿Cabe entender lo dicho como expresión de nostalgia? Puede ser. No se trata de que los futbolistas bebiesen y fumasen, una imagen anécdota que esgrimo en gracia a los humorístico, sino que al hilo de aquel tiempo, según parece, aún no se había sublimado los componentes cuantitativos del deporte. El resultado importaba, todo lo más, para restregárselo por la cara al compañero de oficina: ¡Os hemos metido siete! Respecto a la vergüenza y la interiorización de la culpa, preguntémonos si es la preocupación por nuestra saludo lo que nos mueve a la determinación de quemar <<esos molestos michelines>>, como decía la publicidad. Por decirlo con Juan Carlos Buzón, antes dábamos las gracias por los alimentos que íbamos a comer, y ahora, en cambio, pedimos perdón por comérnoslos.

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José R. Ayllón (El mundo de las ideologías)

EL TRIUNFO DE LA PROPAGANDA

¿Por qué la Rusia soviética y la China de Mao no han tenido su juicio de Nuremberg, como la Alemania nazi? Entre otras razones, porque sus asesinatos nunca se contaron en tiempo real, sino décadas más tarde, y por la demonización inmediata de toda crítica. Hay que reconocer que el comunismo supo, desde sus orígenes, ganar la batalla de la opinión pública y ser acogido con sorprendente benevolencia entre las élites intelectuales de Europa. Sartre llegó a decir que «un anticomunista es un perro». Bernard Shaw elogió públicamente a Stalin y, después de una gira por la URSS, rechazó con rotundidad las denuncias de crímenes que eran no menos rotundamente ciertas. Bertolt Brecht no veía irregularidades en juicios que escenificaban una farsa completa. Erns Bloch justificó aquellas macabras parodias de la justicia y sus sentencias. Un primer ministro francés desmentía la existencia de hambre en Ucrania cuando allí morían por esa causa diez millones de ucranianos. Thomas Mann calificó el anticomunismo como «la mayor idiotez de nuestro tiempo». Y casi toda la intelectualidad europea se tragó aquello de que "quien está contra la URSS está con el fascismo o la opresión burguesa". 

¿Cómo fue posible semejante silenciamiento y manipulación? La Internacional Comunista, después Komintern, supo formar una auténtica legión de creadores de opinión: artistas, periodistas, novelistas, actores, dramaturgos... Dicen que Lenin detestaba a esa gente y los hubiera fusilado a todos, pero Stalin supo aprovechar la enorme potencialidad de los intelectuales de izquierdas, evitando a toda costa que se los etiquetara como comunistas, pues eran más útiles si se les tenía por "independientes". El efecto final era identificar el estalinismo con los valores más preciados de la cultura progresista occidental, y hacer sentir que era parte imprescindible de una vida ilustrada. Este sentimiento podía ser adictivo. 

Se entrenaba a los agentes para que entraran en la vida de los intelectuales. A los verdaderamente importantes se les asignaban amigos íntimos, amantes e incluso cónyuges. La historiadora Nina Berberova habla de "las damas del Kremlin", entre las que sobresalen la baronesa Moura Budberg, amante de Gorki y de Wells, y la princesa Maria Paulova, esposa de Romain Rolland.

Willi Münzemberg, personalidad extraordinaria, hombre orquesta de la propaganda estalinista, organizó toda una multinacional de la desinformación, con editoriales, revistas, librerías, clubs del libro, radios, compañías de teatro y productoras de cine en todo el mundo. En Japón, por poner como ejemplo un país remoto, Münzemberg controlaba una veintena de revistas y periódicos, y financiaba teatro de vanguardia. Su poderosa organización se llamaba Ayuda Internacional Obrera (IWA), y era conocida en la jerga del Partido como "el Grupo Münzemberg. La apasionante historia de Willi Münzemberg y la IWA la cuenta Koestler en La escritura invisible y Stephen Koch en El fin de la inocencia. 

GRAMSCI Y LA ESCUELA DE FRANKFURT

El marxismo había hecho músculo contra un enemigo concreto, la plutocracia capitalista, en defensa de un numeroso grupo de oprimidos. Pero sucedió que el siglo XX desmintió las profecías apocalípticas de Marx y que el proletariado, en lugar de depauperarse más y más, empezó a vivir mejor, a prosperar, a tener cosas. Después, la caída del Muro permitió ver lo que había al otro lado, y nunca las comparaciones resultaron tan odiosas. Entonces la izquierda necesitó reinventarse y tuvo la luminosa idea de buscar nuevos proletarios, es decir, nuevos grupos a los que aplicar el simplista esquema opresor/oprimido. Y encontraron media docena, como veremos en los capítulos siguientes:

. Las mujeres con respecto a los hombres
. Cualquier raza con respecto a la blanca
. Los nativos contra los colonizadores
. Los inmigrantes contra los nativos
. Los homosexuales contra los hetereosexuales
. La Madre Tierra contra el ser humano

Si la lucha violenta de clases resultaba impensable en las principales democracias del mundo, la confrontación de ideas formaba parte de su esencia democrática. Gramsci y la Escuela de Frankfurt aprovecharon esa libertad de expresión para extender y consolidar el marxismo cultural, gracias a una labor capilar en escuelas, universidades y medios de comunicación. Se propusieron torpedear y desmantelar toda una visión milenaria de la vida, en cuyo centro estaban las virtudes de Grecia y Roma, la ley natural y la familia, Dios y sus mandamientos. Hay que reconocer que consiguieron su objetivo: todas las ideologías del siglo XX han sido inspiradas y promovidas en mayor o menor medida por el marxismo, y esa victoria cultural explica, en parte, el extraño "indulto moral" que sigue disfrutando.

Aunque el marxismo económico había fracasado y terminó con la caída del muro de Berlín, el marxismo cultural había triunfado como contracultura y contramoral. Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano en 1921, explicó en sus Cuadernos de la cárcel que el marxismo debía sustituir la violencia por las ideas. Fue lo que hicieron los principales pensadores de la Escuela de Frankfurt: Horkheimer, Adorno, Marcuse y Erick Fromm. Eran alemanes neomarxistas, freudianos y judíos que se salvaron de la persecución nazi huyendo a Estados Unidos. Allí, desde la Frankfurt School de Nueva York, difundieron un freudomarxismo concentrado en la libertad sexual, el feminismo radical, la homosexualidad, el aborto y el divorcio. Se diría que la conocida crítica de Voltaire a Rousseau fue formulada para ellos: Nunca tanta inteligencia se malgastó en causas tan inhumanas.

En su demolición de la cultura occidental, el marxismo socavó los cimientos, arrojando sombras de vergüenza e infamia sobre el pasado. La demonización de los grandes exploradores y conquistadores de América fue absoluta. Colón fue acusado de introducir la esclavitud en el Nuevo Mundo. La derrota y conversión de los aztecas se presentó como un genocidio contra gentes pacíficas, aunque el mexicano Octavio Paz los haya visto como un pueblo solo comparable a los asirios en crueldad satánica. Tampoco se salvaron los fundadores de los Estados Unidos, repudiados como esclavistas. La denigración se extendió, por supuesto, a todo el que osaba discrepar de esa visión de la historia, que de inmediato era descalificado como fanático o fascista. Lo explica María Elvira Roca Barea, de forma concluyente, en Imperiofobia y Leyenda Negra. 

Para los historiadores, el comunismo marxista es un fenómeno fascinante. Para la media humanidad que lo había sufrido en sus carnes, ha sido una tragedia de proporciones difíciles de describir, certeramente evaluada por Pierre Chaunu como " la mayor empresa carcelaria de la humanidad". Entre la bibliografía oceánica e inabarcable, nos parece imprescindible el Libro negro del comunismo y Archipiélago Gulag. 

GULAG es el acrónimo de la Dirección General de Campos de Trabajo en la antigua Unión Soviética, con todo lo que lleva asociada esa «trituradora de carne»: detenciones, interrogatorios, transporte en vehículos de ganado, trabajo forzoso, destrucción de familias, años perdidos, muertes prematuras e injustas. La palabra Gulag solo fue conocida en Occidente tras la publicación en 1973 de Archipiélago Gulag, obra que valió el Premio Nobel de Literatura a su autor, Alenxander Solzhenitsyn. Hasta esa fecha, los comunistas de todo el mundo eran indulgentes con la dictadura del proletariado. Solo entonces se vieron forzados a reconocer el infierno de la verdad.

Thomas Frank (La conquista de lo cool) El negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno

[...] Se cuanta aquí la evolución histórica de una forma de vida y cultural alternativa, cómo dejó de ser una fuerza contestaria y pasó a convertirse en una fuerza hegemónica: la historia de cómo el hippismo pasó a ser la lengua de los marginados a ser el lenguaje de la publicidad. 

[...] Cómo el mayor movimiento juvenil y esencialmente anticomercial de la historia se erigió en el símbolo de la aceleración del capitalismo de los años setenta y noventa, o a observar esa adorada contracultura bajo la luz reveladora de un examen histórico y económico. Ha llegado la hora de realizar esta tarea intelectual.


TODOS LOS PATRIARCAS SE SUMARON

Según algunos teóricos como David Harvey, la moda es un logro del capitalismo tardío. Su inacabable transgresión de lo establecido define la historia económica reciente. Algunos observadores de la industria de la moda, como el sociólogo René König, afirman que esta es parte inmutable de la naturaleza humana, producto de una «permanente» disposición hacia el cambio. Y, sin embargo, hasta los sesenta, la característica principal que distinguía la ropa masculina de la femenina era la ausencia de moda. Desde aproximadamente la época de la Revolución francesa hasta los sesenta, las prendas masculinas habían permanecido básicamente inalterables y de colores oscuros. Mientras que la ropa de la mujer podía cambiar radicalmente de temporada en temporada, la de hombre evidenciaba pocos cambios en diseño o apariencia. El traje oscuro, con pocas variaciones, era obligatorio para el hombre de clase media desde los tiempos victorianos.

La uniformidad de la ropa de hombre, también fue un elemento importante en la crítica de la sociedad de masas y su corolario contracultural. Después de todo, nada ejemplifica mejor la ausencia de cambio y el conformismo de la «tecnocracia» que la vestimenta de la gente respetable. La crítica de la ropa de hombre recorría todo el espectro social, desde la revista Life, cuyas fotos de idénticos pasajeros de tren con traje y sombrero llegaron a tipificar el malestar general de los cincuenta, a los cómics de Whiteman, de Robert Crumb, en los que un personaje trajeado era víctima de las extravagantes bromas de gente menos reprimida que él. La industria de la ropa «tradicionalmente conservadora», tal como dijo un columnista del New York Times, debería haber sido una víctima destacada de la revolución del estilo de vida de los sesenta.  Y, sin embargo, ningún sector del «establishment» se mostró más optimista respecto a la contracultura y los cambios que esta parecía traer que los fabricantes y vendedores de ropa masculina. Como la mordaz visión de los sesenta de Irving Howe, en la que «la sofisticada clase media» reaccionaba frente a los «rebeldes de las sensaciones» musitando: «Ay, sí, deslúmbrame de nuevo, esta vez un poco más, dime que soy un perdedor impotente y que, en cambio, tú eres duro y viril». Los profesionales de la ropa masculina medraron en mitad de la condena de su negocio por parte de la contracultura. También aquí la historia fue más complicada de lo que suele sugerir la teoría de la asimilación. Sí, la industria de la ropa masculina experimentó cambios extraordinarios a finales de los sesenta, y lo hizo imitando explícitamente los estilos que se creía que habían introducido los jóvenes contestatarios. En un sentido superficial, la historia es muy sencilla: a finales de los sesenta los hombres prósperos de mediana edad llevaban habitualmente prendas vistosas que tenían un leve parecido con la preferencia pos sus hijos, pero que habían comprado en tiendas exclusivas. Aun así, interpretar la historia de tal manera supone omitir —que los cambios en la industria de la moda masculina no estaban tan relacionados con la revuelta juvenil. La industria de la ropa del hombre se lanzó de cabeza a la revolución por sus propias razones: la contracultura simplemente llegó en el momento en que la industria ya había decidido cambiar de criterios respecto de la ropa masculina e introducir nuevos estilos.

Uno puede estudiar la revolución de las prendas masculinas que sobrevino en la época desde muchas perspectivas: el triunfo del significado social de la ropa, en constante evolución; la manera en que un determinado estilo se filtra a través de la sociedad; el largo y lento, tal vez mortal, declive del traje y la victoria de lo informal. Pero en ese caso uno se arriesga a pasar por alto hechos menos vistosos (pero quizá más significativos), con los que la ropa masculina se enfrentaba en los cincuenta. Eran problemas similares a aquellos con los que se enfrentaban otras industrias, como la publicidad. Los líderes del sector enfocaron esos problemas a través de una visión comercial de la crítica de la sociedad de masas, embarcándose en lo que se conocería como «Peacock Revolution» (Revolución del Pavo Real) mucho antes de que la contracultura entrase en escena. Por ello, cuando la cultura rebelde de los jóvenes finalmente apareció, estos profesionales la recibieron como una posible solución sus problemas. Sin embargo, los cambios en la ropa masculina tendrían unos resultados a largo plazo mucho más ambiguos que los que obtuvo la revolución publicitaria. Aunque su triunfo a corto plazo fue destacable para muchos fabricantes y vendedores, la revolución en la ropa masculina acabó en derrota, e incluso en desastre. Para un reducido grupo, marcó el comienzo de unas tendencias en la ropa masculina que se revelaron inmensamente provechosas.

El relato de la Revolución del Pavo Real viene a ser algo así: a finales de los sesenta los hombres de clase media, de todas las edades, abandonaron los tonos sombríos y las formas severas de la ropa convencional para seguir la moda de los jóvenes rebeldes y las celebridades del rock. Empezó a aparecer una sorprendente serie de prendas llamativas: la chaqueta de cuello Nehru, exagerados abrigos estilo eduardino, trajes informales y accesorios como los collares de cuentas y las cadenas. A finales de 1968, esta revolución se había extendido lo suficiente como para merecer una portada en la revista Newsweek, que observó debidamente que los nuevos estilos habían llegado «con los Beatles, los hippies y las revueltas estudiantiles. En resumen, cuando unas nuevas formas de expresión social comenzaron a emerger en Estados Unidos, la edad oscura de la moda masculina empezó a morir (...) Obsesionada por el color y lo bullicioso, ya sea debido a la psicodelia o a las discotecas, la juventud se viste para adaptarse al entorno y sus mayores están uniéndoseles». 

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