Cristina Martín Jiménez (Los magos de la oscuridad) Los nuevos señores del poder: inteligencia artificial y tecnocésares

 ACELERACIONISMO, HIPERSTICIÓN, TELEOPLEXIA 
Y EL FINAL DE LOS TIEMPOS

El movimiento que condensa todo el planteamiento «filosófico» de Nick Land es el aceleracionismo, una corriente que postula que la única vía de superar el capitalismo no es resistirse a él o frenarlo mediante leyes, sino llevar sus lógicas (tecnología, mercado y desregularización) hasta extremos insostenibles —e «incomprensibles para la lógica humana»— para provocar su colapso y su posterior transmutación. Es decir, el sistema capitalista ha dejado de ser una herramienta controlada por las personas para adquirir una dinámica propia: las absorbe como recursos para alimentar un crecimiento constante. La solución consistiría en acelerar ese proceso hasta provocar una caída definitiva. En otras palabras: acelerar el tecnocapitalismo para «salir» de la humanidad, como si esta fuera un estorbo.

Land no propone destruir la máquina capitalista, sino pisar el acelerador hasta que la máquina escape definitivamente a nuestro control. Y, repito, él no plantea su profecía en términos de inevitabilidad, sino como algo que debe ocurrir, pues solo así la especie humana (reducida a unos cuantos elegidos) seguirá existiendo y reinando sobre los seres «vivos» que queden, incluidas las máquinas superinteligentes, que reemplazarán a la inmensa mayoría de las personas y se habrán «fusionado» con la pequeña élite tecnológica que dominará el mundo. 

La idea básica de esta distopía revestida de filosofía (con tintes nihilistas) es que no hay marcha atrás, pues no es posible volver a formas de vida precapitalistas o de decrecimiento. Por tanto, aceleremos el proceso hasta que se produzca el colapso (Land lo llama «singularidad capitalista» para después... Esa es la pregunta: ¿qué viene después? Para responderla, ese filósofo del abismo acuña un nuevo término, hiperstición, que serían todas esas ideas sacadas de la ciencia ficción que se vuelven reales porque las sociedades comienzan a actuar como si ya lo fueran, como una especie de profecía autocumplida o como si nos condenaran, sin darnos cuenta, a vivir en una realidad imaginada por otros. Esas fantasías impuestas como realidad en ningún caso contemplan la posibilidad de un mundo más justo o más libre. Por el contrario, lo que se propone es una caída en el abismo, una deshumanización total (el cataclismo civilizatorio) y, en última instancia, el final del ser humano como agente social y moral.

Es decir, según Land, intentar frenar el sistema mediante leyes, controles o protestas resulta inútil. Por tanto, hay que hacer justamente lo contrario: darle más velocidad, más tecnología, más automatización y más libertad de mercado, hasta que alcance un punto que la sociedad actual ya no pueda sostener. Ahora bien, Land no espera que de se proceso nazca necesariamente un mundo más junto. Al contrario, lo que imagina es una realidad dominada por la inteligencia tecnológica, liberada incluso de las necesidades y limitaciones humanas. Por eso habla de «salir» de la humanidad, porque de ese modo el ser humano dejaría de ocupar el centro y podría terminar siendo sustituido, superado o convertido en un elemento secundario.

Este planteamiento ha sido adoptado por la tecno-oligarquía de Silicon Valley porque, en realidad, es lo que viene haciendo desde que comenzaron a acumular poder. Como dijimos más arriba, lo que hace Land es construir un aparato «filosófico» que justifique el rumbo que las élites tecnológicas siguen desde hace años. Ni más i menos. Ni hay marcha atrás ni nadie puede frenar el desarrollo de la tecnociencia, convertida en la «palabra de Dios» de la era de la inteligencia artificial.

Aunque Nick Land y Perter Thiel operan en continentes distintos y no comparten espacios privados, la filosofía del aceleracionismo tecnológico se ha convertido en la matriz ideológica del Thielverse (universo Thiel). Empresas fundadas por el «caballero oscuro» de Silicon Valley, como Palantir Technologies, son vistas por críticos y seguidores como la encarnación física y corporativa del futuro hipervigilante y posdemocrático que Land ha descrito en sus obras.

Hombres como Perter Thiel o Alex Karp llevan años demostrando que la IA no está al servicio de las personas, ni siquiera de los Gobiernos que financian sus proyectos de vigilancia y control masivos. Por el contrario, son los gobiernos y las persona quienes «sirven» a la IA y a las empresas belicistas creadas a su alrededor. Es el tecnofeudalismo (o tecnofascismo) al que parece que nos vemos abocados. Pero a los tecno-oligarcas se les olvida algo fundamental, y es que nos necesitan para crecer y «acelerar», porque sin consumidores de tecnología ni ellos ni sus compañías existirían y, por tanto, no habría nada que acelerar.

A estas alturas, nadie duda de que la inteligencia artificial está transformando el mundo que conocemos a una velocidad de vértigo. Tampoco hay dudas respecto al uso bélico que las élites tecnológicas le están dando a la IA. Lo estamos viendo todos los días en Irán, Gaza, Líbano, Ucrania y también en los sistemas de control y vigilancia que empresas como Palantir Technologies —encarnación en la práctica de todo este constructo pseudofilofófico y psedomístico propuesto por Nick Land— están implantando en todo Occidente. Parecería que la profecía distópica de este gurú del abismo se está haciendo realidad y que nadie puede detenerla. 

Que a las élites —de antes y de ahora— les molesta la democracia real  es algo que sabemos muchos y que hemos denunciado en multitud de ocasiones. Lo que sí es novedoso es este afán por liquidarla —y cuanto antes— para construir un sistema en el que la tecnología y la tecnociencia dominen todos los ámbitos de la vida. En ese sistema, el ser humano —que les molesta aún más que la democracia— se ve relegado a ocupar un espacio residual, irrelevante, como si las sociedades dejaran de necesitar a los humanos para existir. Parece una contradicción, pero es hacía donde se dirigen los magos de la Ilustración Oscura con sus farragosos y confusos planteamientos sobre el final de los tiempos y el advenimiento de una nueva era que «escapa» a la lógica humana [...]

* Martín Jiménez, Cristina (Los dueños del planeta) Ellos contra nosotros
* Martín Jiménez, Cristina (Agenda 2030-Libertad o tiranía)

Cayo Sastre (Turistopía) El mundo como souvenir

 TURISTOPÍA AÑO 2060

Turistopía describe una sociedad en el año 2060 creada por las máquinas y gobernada por los bienhechores, una élite formada por políticos, empresarios, arquitectos y directores de serie de ficción. Estos financian y diseñan Turistopía, donde solo existen dos clases de personas: los turistas (conocidos como los outdoors) y los que sirven a los turistas (llamados indoors), y que a su vez aspiran a convertirse en turistas.

¿Por qué en el año 2060 el único proyecto de vida para ser humano es ser turistas? Hace años que el turismo se consolidó en el imaginario de la gente como una utopía que predicaba la felicidad, la igualdad y la abundancia, conceptos centrales en la literatura utópica occidental, así que los turistas corren en busca de la utopía turística. Estos desean vivir en el mundo de la abundancia y la felicidad como los poderosos. Ser únicos. Huir de sociedades aburridas. Diferenciarse. Encontrarse con lo salvaje. Lo auténtico. Lo único. Lo excepcional. Lo extraordinario. Huir del supermercado de su barrio. Recuperar el deseo sexual. Huir del temor a no estar en movimiento. Ser modernos. Disfrutar de todas las bocanadas de aire marino antes de morir. Vivir una ficción. Una utopía de escape. 

El turista no es diferente de aquellos terrícolas de la novela distópica Crónicas marcianas de Ray Bradbury que huían a Marte porque «tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños». Crónicas marcianas, publicada en 1950, tras la Segunda Guerra Mundial, y en plena Guerra Fría, comprende una serie de relatos sobre los terrícolas que huían a Marte ante la amenaza nuclear y la destrucción de la Tierra: «¡No me dejen en este mundo horrible! ¡Tengo que escaparme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra1», grita desesperado el protagonista de una de las historias.

La diferencia entre los terrícolas de Crónicas marcianas y los turistas es que estos no huyen temerosos de una catástrofe nuclear, sino que desean turistificar del todo la Tierra. Quieren, sin desearlo, encontrar lo mismo en todas partes y emular a los grandes viajeros, pero sin correr ningún riesgo en el viaje, hoteles limpios donde alojarse y Google Maps. El turismo es un contrapeso a las insatisfacciones de la vida moderna y el aburrimiento que provocan los lineales del supermercado a rebosar de yogures. La vida moderna es alienante, y el turista busca la autenticidad, ausente en la sociedad en la que vive, y que cree que puede encontrar en otros lugares.

De este modo, los turistas viven en la llamada ciudad Outdoor, que es la ciudad turística y el corazón de Turistopía. Se trata de un paraíso de lujo, confort y exclusividad, diseñado para brindar una experiencia inolvidable a aquellos que disponen de los medios para disfrutar de sus privilegios. Outdoor es camaleónica y, a igual que las ciudades invisibles de Italo Calvino, puede ser todas las ciudades desde Madrid hasta Tokio, y cualquiera de los lugares de afluencia masiva de turistas, desde Benidorm hasta Venecia, pasando por Croacia y el lugar más cutre del mundo. 

En el año 2060, Outdoor ha traído un nuevo orden político, económico, social y cultural que avanza imparable, convirtiendo todo lo que encuentra a su paso en hoteles y restaurantes para turistas. Cada ciudad Outdoor busca desesperadamente, con la complicidad de los bienhechores, su propio strip vegasiano. En el 2026, las iglesias y los conventos cristianos más emblemáticos, después de que los creyentes fuesen reducidos a pequeños grupos minoritarios practicantes, pasaron a ser resort exclusivos para turistas ricos, al igual que antes los fueron para la realeza y los religiosos, mientras que los turistas pobres se hacen selfies en las redes sociales. «Yo estuve allí». Los turistas pobres se conforman con mirar de frente el edificio singular donde se hospedan los turistas ricos. 

[...] Así los outdoors y los indoors viven obsesionados con ganar tiempo para dedicarlo a ser turistas, y para conseguirlo se vuelven adictos a la tecnología, que les libera de efectuar tareas cotidianas como realizar compras o cocinar, hasta reducir la gastronomía a un menú único, y el mundo a una gran fábrica de hamburguesas y platos similares. El porcentaje de compañías que venden de manera online no ha parado de crecer desde el año 2022, cuando lo hacía el 30% de ellas, casi tres puntos más que en 2021, y las transacciones a través de Internet suponían ya el 20% del total de la ventas en España, y el 73% de la población de entre 16 y 74 años había comprado entonces alguna vez a través del canal online. En los hogares españoles, la compra de platos preparados alcanzó un consumo per cápita de casi 17 kilos al año en 2023. Tener tiempo para estar en movimiento, aunque no sea geográfico, como el que tiene lugar en los gimnasios, es la obsesión de todos los habitantes de Turistopía, porque en un mundo donde todo se mueve muy rápido, existe el miedo de no alcanzar las promesas turísticas que la aceleración tecnológica ha puesto al alcance de todos, en tan solo 8 días y 7 noches. 

[...] La película Danzad, danzad, malditos (1969) de Sydney Pollack, que fue un éxito mundial en los años 60, muestra la cara más amarga del sueño americano, y puede que del turismo. Está ambientada en pleno crac económico del 29, cuando se organizaban competiciones que consistían en hacer bailar a parejas de forma continuada, día y noche, con pausas mínimas, y donde la pareja que resistía bailando más tiempo ganaba. En medio de una miseria terrible, gentes desesperadas, de toda edad y condición, se apuntaban a estos extenuantes maratones de baile hasta caer exhaustos por la fatiga, para conseguir que el deseado premio les sacara de los apuros. Aplicando esta metáfora al turismo, esto sugiere que, al igual que los bailarines en la maratón, muchos turistas podrían estar atrapados en un ciclo de búsqueda incesante de la felicidad a través de experiencias turísticas. Los turistas a menudo tienen altas expectativas de que sus viajes les proporcionen felicidad y satisfacción. Sin embargo, estas expectativas pueden ser inalcanzables a largo plazo, lo que lleva a una búsqueda continua o bucle de nuevas experiencias para llenar ese vacío. 

[...] Por otra parte, junto con el elenco de actores principales de Turistopía, están los outsider,  que habitan en zonas geográficas despobladas, envejecidas y alejadas de la ciudad, que reclaman a los bienhechores recibir turistas para progresar económicamente, y a la vez desean ser turistas para gozar de la utopía turistópica. Aunque, después de enriquecerse con la llegada de los turistas a sus tierras, grupos de outsider han comenzado a rechazarlos por masificar sus playas o romper con su presencia la vida apacible de sus pueblos y no respetar su cultura, alimentando la turismofobia.

Por último están los disidentes que, agrupados en movimientos turismofóbicos de naturaleza política diferente, quieren destruir Turistopía denunciando la homogeneización cultural, el deteriodo medioambiental y la reducción de la individualidad y la autenticidad en las experiencias humanas. Muchos disidentes añoran un mundo desaparecido donde ellos disfrutaban de una Turistopía menos masificada e igualitaria. 

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