José R. Ayllón (Ética Actualizada)

Posverdad y fake news

Nuestro tiempo posmoderno —tan bien descrito por Bauman y Lipovetsky— es relativista, declaró superada la verdad y se instala en la posverdad. En 2016, posverdad fue elegida palabra del año por el Oxford English Dictionary, donde leemos que se trata de una predisposición a poner los sentimientos y las convicciones personales por encima de los hechos. Eso fue lo que determinó, según parece, la controvertida victoria de Donald Trump y del Brexit. Orwell, profético en su novela distópica 1984, describe el clima de posverdad cuando el término todavía no se había acuñado. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española entre 2014 y 2019, la aborda con clarividencia en el artículo 174 de Nueva Revista:

La post-truth se nutre básicamente de las llamadas fake news, falsedades difundidas a propósito para desinformar a la ciudadanía con el designio de obtener réditos económicos o políticos. Eso es lo que con una precisión y economía lingüística admirables nuestra lengua denomina bulo: "Noticia falsa propalada con algún fin", según reza el diccionario.

Una falacia posmoderna —pensar que todas las opiniones son igual de respetables y valiosas— ha facilitado el auge de la posverdad. Esa falacia arraiga y crece fácilmente en un mundo donde la sobredosis de información hace que todo nos parezca confuso, profuso y difuso. La posverdad proporciona una tabla de salvación en medio de ese caos, nos brinda un mecanismo psicológico de defensa, la ilusión de saber a qué atenernos. Por eso aparece en cuestiones tan abiertas como el cambio climático, el feminismo o la inmigración, donde la ideología ayuda a tomar postura ante problemas que se nos escapan. Pero la ideología simplifica, distorsiona y barre para casa. Ya lo había dicho Nietzsche: no hay verdades; solo interpretaciones.

La situación descrita parece tan vieja como la humanidad. Tucídides observó que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Maquiavelo no tiene empacho en afirmar que un gobernante prudente no puede ni debe mantener la palabra dada, cuando tal cumplimiento redunda en perjuicio propio y cuando han desaparecido ya los motivos que le obligaron a darla. Según Hannah Arendt, el "estar en guerra con la verdad" va implícito en la naturaleza de la política, definida en su día por Disraeli como "el arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño".

Cervantes, por boca de don Quijote, nos previene contra la legión de encantadores que constantemente nos engañan. Sin duda habría aplaudido el magnífico libro Imperiofobia y Leyenda Negra, de María Elvira Roca. Entre sus innumerables ejemplos de manipulación, relativos a cinco siglos de historia de Occidente, encontramos el conocido casus belli que acabó con las últimas posesiones de España en América. 

Víctima de guerra, la verdad es también la primera víctima en la era digital, donde comprobamos a diario la proliferación de fake news, y se nos hace patente que los seres humanos somos "animales pirateables", pues las redes sociales adaptan y personalizan sus mensajes gracias a la información que nosotros mismos facilitamos. 

Decíamos que nada es nuevo bajo el sol. El el diario El País, en 2017, Julio Llamazares afirmaba con desparpajo que "la posverdad no es una forma de verdad, es la mentira de toda la vida". Pero es preciso añadir que la situación actual presenta dos preocupantes novedades: la amplia aceptación social de la mentira y el porcentaje creciente de los que mienten, pues convierten los casos puntuales en epidemia. 


La eutanasia

La opinión pública admite de buen grado que el primer derecho humano es el respeto a la vida. Al mismo tiempo cuestiona o niega ese derecho cuando se trata de enfermos incurables, deficientes mentales, minusválidos o embriones. A diferencia de la opinión pública, los profesionales de la salud suelen ser contrarios a las excepciones. El Código Español de Ética y Deontología Médica, en su artículo 28.1, es muy claro:

El médico nunca provocará intencionalmente la muerte de un paciente ni por propia decisión, ni cuando el enfermo o sus allegados lo soliciten, ni por ninguna otra exigencia. La eutanasia u homicidio por compasión es contraria a la ética médica. 

La palabra eutanasia está compuesta de dos términos griego: eu (buena) y thánatos (muerte). Significa causar directamente la muerte, sin dolor, a un enfermo incurable, a personas minusválidas o ancianas. Si se lleva a cabo mediante intervención médica, de ordinario administrando un fármaco, se llama eutanasia positiva. Existe también la eutanasia negativa, que consiste en la omisión de los medios ordinarios para mantener la vida del enfermo. Si la eutanasia es provocada por el propio sujeto se califica de suicida, y si busca eliminar de la sociedad a personas con una vida "sin valor", estamos ante una eutanasia eugenésica, como la practicada por los nazis con el fin de "purificar" la raza aria. 

Media docena de países (2019) han despenalizado la eutanasia. En otros se discute su posibilidad, a pesar de que en ninguno es percibida como prioridad por los ciudadanos. Sin demanda social, parece que estamos ante un caso de agenda ideológica. Tampoco la demanda justificaría la despenalización, pues el respeto a la vida es una cuestión prepolítica que debe estar blindada, no sujeta a votación. Cualquier marino sabe que una pequeña grieta en el casco puede acabar en hundimiento.

La tradición hipocrática en la que hunde sus raíces la medicina ha rechazado siempre, de forma taxativa, la utilización de la ciencia médica para causar la muerte. El artículo citado condena sin atenuantes ni excepciones la eutanasia, por ser objetivamente un homicidio, aunque subjetivamente se haya ejecutado por compasión. Y es que ningún sentimiento, por bueno y comprensible que sea, nos autoriza a eliminar una vida humana. Se debe legislar con buenas razones, no con buenos sentimientos. Y las leyes regulan conductas comunes que pueden ser tipificables. Los casos límite, particularmente dolorosos, en los que se dispensa la muerte no necesitan una ley despenalizadora, pues un juicio justo contemplará las circunstancias atenuantes o eximentes. 

Al código penal le atañe toda muerte producida a una persona por la mano de otra. De lo contrario, la supuesta compasión sería la más eficaz de las coartadas. No puede quedar fuera del código penal ningún tipo de homicidio, y la eutanasia los es.

Con frecuencia se plantea la cuestión como un dilema: sufrimiento o eutanasi. Pero el dilema deja de existir si somos capaces de aplicar unos cuidados paliativos que minimicen los padecimientos del enfermo hasta su muerte natural. Suprimir la vida en condiciones desesperadas es una reacción de huida comprensible, pero de huida al fin y al cabo. En cambio, luchar para evitar esas condiciones es un deber moral. 

Elettra Stimilli (Deuda y culpa)

ENTRE TEOLOGÍA POLÍTICA Y TEOLOGÍA ECONÓMICA

Más allá de los límites de la ciencia económica 

El predominio de la economía en todos los ámbitos de la vida política y social al que hemos asistido en los últimos treinta años lleva a reflexionar sobre la inédita relación que este proceder ha instaurado entre las modalidades de existencia de los individuos y la gestión económica global. No es que esta relación no existiera también en el pasado; la economía capitalista ha instituido siempre un íntimo vínculo con la vida individual, antes basado fundamentalmente en la explotación de capacidades específicas en forma de trabajo. Lo que hoy ha cambiado sustancialmente es el hecho de que entran en consideración no solo, y no únicamente, prestaciones específicas, sino la vida entera y la misma capacidad humana de dar valor a la vida. Este fenómeno es particularmente evidente en el actual proceso de financiarización de la economía.

Como sostiene el sociólogo Luciano Gallino, en los últimos tiempos hemos asistido al desarrollo de una «megamáquina» construida con «el objetivo de maximizar y acumular, en forma de capital y a la vez de poder, el valor extraíble del mayor número posible de seres humanos». El aspecto inédito de esta nueva forma de «extracción de valor» es el hecho de que «tiende a abarcar cada momento y cada aspecto de la existencia». Su fuerza y su éxito no se deben «a una economía que con sus innovaciones ha transformado la política, sino una política que ha identificado sus propios fines con los de la economía financiera».

Como máquina social, el capitalismo financiero ha superado todas las formas anteriores [...], debido a su extensión planetaria y a su penetración capilar en todos los subsistemas sociales y en todos los estratos de la sociedad, de la naturaleza y de la persona.

Por un lado, las operaciones económicas han alcanzado hoy un grado extremo de abstracción y son cada vez más dependientes de transacciones financieras que determinan el curso del mundo de una manera aparentemente autónoma con respecto a la economía real y las existencias individuales. Pero, por otro lado, invertir en la vida de los individuos es el objetivo central de las nuevas formas de espíritu emprendedor, que han caracterizado el giro neoliberal y el proceso de financiarización de la economía.

Lo que ha permitido a esta «megamáquina» funcionar de manera tan ramificada es justamente la estrecha relación instaurada con las vida de las personas. Condición imprescindible de este fenómeno es que la empresa —la empresa capitalista— ocupe el centro de todas las relaciones sociales, individualizándose en la forma de «empresa de sí mismos». Los individuos han sido inmersos en el proceso de extracción de valor, que es el punto de partida de la máquina capitalista, mediante una inversión sobre su misma existencia. A pesar del nivel extremo de abstracción alcanzado por las operaciones económicas que determinan la economía mundial y paralelamente con el vínculo cada vez más estrecho que se ha instaurado entre empresas y mercado financiero, la creciente incidencia de las finanzas en los mercados se conecta profundamente con el ritmo de la vida de las personas concebidas como «capital humano» y «empresa de sí mismas». La distinción entre economía real y economía financiera, en la que se basa gran parte de los estudios en este terreno, parece hoy muy problemática. Pero sobre todo pasan a primer plano elementos antes subvalorados o en todo caso considerados secundarios en el desarrollo de los procesos económicos. 

[...] El predominio de los mercados financieros sobre los gobiernos estatales es particularmente evidente en las políticas neoliberales relativas a la financiarización de las deudas soberanas. Fenómeno particularmente evidente en la actualidad en la Unión Europea, donde el proceso de financiarización de las deudas públicas de cada uno de los Estados se ha sancionado a menudo con tratados. Después del tratado de Maastricht de 1992, por ejemplo, los bancos centrales no pueden financiar directamente a los miembros de la Unión, que han de encontrar así en los mercados quién los financie. 

En este sentido, para los regulacionistas, el problema no es propiamente el relativo a la cuantía de la deuda pública, porque los Estados, en efecto, no pueden no endeudarse para ofrecer servicios y favorecer el desarrollo; la cuestión está, según ellos, en que con el predominio de los mercados financieros promovidos por las políticas neoliberales se debilita el papel regulador de los Estados nacionales. Estos pasan a ser sujetos económicos entre otros muchos, agentes económicos constantemente en déficit. Como se lee en el manifiesto de los economistas aterrorizados, «los Estados, por naturaleza supuestamente derrochadores», se han sometido «a la disciplina de los mercados financieros por naturaleza implícitamente eficientes y omniscientes». 

La perspectiva de los regulacionistas, aunque convincente en muchos puntos, quizá no tiene en cuenta de modo suficiente el papel activo desempeñado por los Estados en el giro neoliberal, su transformación en Estados generenciales y su participación directa en la implicación de las «empresas capitalistas» en los mercados financieros, de manera que en los últimos años hemos asistido prácticamente a una fusión entre empresas y finanzas con la participación de las mismas instituciones estatales.

Otro asunto que tal vez se subestima en la escuela de la regularización concierne al predominio de la deuda privada —origen del colapso de Estados Unidos en 2008 y de la propagación de la crisis por todo el planeta—, que ha precedido al problema de la deuda pública en los países miembros de la Unión Europea, distorsionando de alguna manera el sentido de este último o pasando tal vez definitivamente a un primer plano el papel en la vida económica. Para intentar reflexionar sobre estos puntos y profundizar en la cuestión sobre la relación entre economía y religión, de donde hemos partido, es particularmente útil una confrontación con los estudios de la Escuela de Regulación especialmente dedicados a la deuda.

R.R. Reno (El retorno de los dioses fuertes) Nacionalismo, populismo y el futuro de Occidente

La obra de Gianni Vattimo cayó en mis manos hace más de doce años. Aquello fue una bendición, porque me ha ayudado a ver la lógica subyacente al consenso cultural dominante, que cada día encuentro más disfuncional y represivo. Vattimo toma las ideas culturales y económicas de reconstrucción de Occidente, planteadas como respuesta al desastre civilizacional que acaeció entre 1914 y 1945, y las transforma en un «destino antimetafísico>>. Y no se equivoca, al menos en lo tocante a las décadas recientes. El debilitamiento ha sido la trayectoria del Occidente de la posguerra, en especial desde 1989. El consenso de la posguerra que quedado calcificado en una serie de dogmas aperturistas, hasta tal punto que algunos líderes europeos y estadounidenses se las ven y se las desean para articular una justificación socialmente respetable para los controles fronterizos y las leyes de inmigración que hasta hace sólo una generación eran de sentido común. El debilitamiento del Ser se ha convertido en la forma de pensar obligatoria. El consenso de la posguerra es incapaz de imaginar siquiera su propio fracaso, su propia contingencia. Se imagina así mismo como la forma última, esencial y perfecta de nuestra tradición liberal, como la culminación de los logros de la modernidad... como nuestro «destino».

Aunque Burnham escribió Suicide of the West como una polémica contra el liberalismo de su tiempo, hoy el libro se entiende mejor como una advertencia contra los peligros debilitadores del consenso de la posguerra. Estaba de acuerdo con la premisa mayor del consenso: debemos resistirnos al totalitarismo en todas sus variantes. Pero Burnham intuía que, tomado de forma aislada, el liberalismo de la «apertura» (Popper) conduce a la disolución de las energías colectivas y al debilitamiento de las lealtades fuertes y aglutinantes. Lo mismo puede decirse del amor por el «orden espontáneo» (Hayek) que caracterizaba al movimiento conservador del que Burnham formaba parte. Como él señaló, muchos de los liberales de su tiempo eran anti-anticomunistas. Luchaban ardientemente contra todo lo «fuerte», incluso contra las críticas fuertes al comunismo, que rechazaban sobre la premisa de que toda convicción firme llevaba en sí el germen de la personalidad autoritaria. En sustitución de las lealtades tradicionales a «Dios, el rey, el honor y la patria», y del «sentido del deber absoluto y la visión exaltada del sentido de la historia», el liberalismo «propone un repertorio de abstracciones deslucidas y exangües». Se nos invita a unirnos en defensa del «diálogo», de las Naciones Unidas, del «progreso», y de tal o cual proyecto del moderno estado del bienestar. ¿Es entonces sorprendente, se pregunta, que algunas personas digan eso de better red dead? Solo un tonto es capaz de morir por sus pequeñas cosas y sus «pequeños mundos», por una mayor utilidad o eficiencia, o por bienes procedimentales como el «debate libre y abiertos». 

Burnham era un conservador americano, lo cual significa que pretendía defender la tradición liberal americana, ampliamente entendida. A principios de la década de 1960, no obstante, articuló la intuición certera y esencial de que ninguna cultura puede sobrevivir sin dioses fuertes. Esto es tan aplicable a una sociedad abierta como a una sociedad tradicional. Una sociedad vive de respuestas, y no sólo de preguntas: de convicciones, y no de meras opiniones. La crisis política y cultural que caracteriza hoy a Occidente es el resultado de nuestra negativa a —o acaso a nuestra incapacidad para— honrar a los dioses fuertes que infunden valor e inspiran lealtad. Estamos sometidos al martilleo cada vez más intenso y estridente de que el «juicio crítico» es el sumo bien y la «diversidad es nuestra fuerza. Nos dicen que el debilitamiento, la dispersión, el desencantamiento y todos sus parientes sirven al bien común porque impiden el retorno de Hitler.

Pero no estamos en 1945. Nuestras sociedades no se ven amenazadas por organizaciones paramilitares impulsadas por ideologías enérgicas. No nos enfrentamos a un adversario que ambiciona conquistar el mundo. Las tentaciones totalitarias, en la medida en que están hoy presentes en Occidente, surgen en el seno de un consenso de la posguerra que se encuentra bajo asedio y se está volviendo cada día más punitivo el ascenso del populismo político y su rebelión contra los dogmas de la apertura. Nuestros problemas son la antítesis de los que hubieron de enfrentar los hombres que marcharon a la guerra para detener a Hitler. Estamos amenazados por un vacío espiritual y por la apatía, que es su consecuencia. La cultura política de Occidente se ha vuelto políticamente inerte, quedando reducida a la gestión tecnocrática de utilidades privadas y libertades personales. La terrible amenaza que nos acecha es una sociedad en disolución, no una sociedad cerrada; es la personalidad terapéutica, no la autoritaria.

Esteban Hernández (Así empieza todo) La guerra oculta del siglo XXI

LOS ANGLOSAJONES MARCAN EL CAMINO

Las repercusiones de este desanclaje son de todo orden, pero quizá las menos subrayadas sean las que afectan a las élites. La arquitectura global incluía un acuerdo tácito entre las clases con más recursos de las grandes urbes, ya que favorecía el desarrollo de su posición: era una organización económica que permitía espacio para todos. Los vínculos crecientes entre países abrían mercados, debilitaban las posiciones de cierre nacional y producían crecimiento en una dirección de la que podían sacar mucho partido. Las grandes empresas buscaban la expansión en el exterior, encontraban fácilmente financiación para ese objetivo y las rentabilidades financieras eran elevadas. Ese conjunto de factores ligaba a las élites nacionales a una comunidad global en la que su prosperidad parecía asegurada. Pero eso, cuando Estados Unidos y el Reino Unido dieron el golpe en el tablero, las élites occidentales percibieron rápido la amenaza: la alianza se había roto.

El desacople anglosajón significaba más que el regreso de los aranceles o la insistencia en la conversión de las fábricas nacionales. Era, ante todo, la ruptura de ese consenso que establecía que el reparto de los beneficios se realizaría de una manera amplia: implicaba que el país hegemónico y los centros financieros anglosajones iban a ser mucho menos generosos con sus socios. Los intentos de descarrilar a Trump o al Brexit fueron infructuosos, cuando no contraproducentes, y las ideas globalistas fueron declinando a la par que Estados Unidos fortalecía su posición. La aparición de China había cambiado todo, ya que suponía una competencia seria al dominio de las élites occidentales sin necesidad de que entraran en juego elementos ideológicos: no había otro modelo de Estado al final del horizonte, sino una pelea evidente por la influencia y los recursos entre las dos grandes potencias. La penetración china suponía menos fortaleza estadounidense, y por lo tanto una disminución de los beneficios para sus empresas, con lo que Trump respondió con la fórmula típica de nuestro sistema, repercutiendo las hacia abajo. Su discurso sobre la falta de solidaridad internacional fue a la par de una presión cada vez mayor por captar más recursos y más poder; es decir, por restárselo a sus antiguos aliados, ya que no podía minar sustancialmente al régimen de Xi Jinping. 

Estados Unidos ha ligado ya la idea de su supervivencia hegemónica a la lucha contra el país dominante en Asia, una postura asumida por republicanos y demócratas. La insistencia en la relocalización de las fábricas para reducir la dependencia en los recursos estratégicos y para fortalecer la economía interior se ha acompañado de una campaña exterior agresiva para alejar a China de países aliados en los que está penetrando en exceso como ocurre con Alemania, y para expandir al máximo sus empresas. Mucho más que en el terreno productivo, Estados Unidos es fuerte en el ámbito financiero, ya que sus fondos son los más poderosos del mundo, y en el tecnológico, donde cuenta con gigantes como Google, Apple, Microsoft, Facebook o Amazon, además de con un buen puñado de firmas con posibilidades, desde Uber hasta Netflix, y es en esos terrenos donde presiona para que se abran otros mercados. 

[...] Reforzar lo interno para fortalecerse exteriormente, como está haciendo Estados Unidos, supone convertir lo geográfico en dominante, lo que obliga a poner el énfasis en aspectos distintos de los precedentes. Obliga a formular muchas preguntas acerca de qué ocurrirá en el plano internacional, de quiénes y en qué condiciones serán sus aliados, y a plantearse qué hacer con los perdedores. Las respuestas son necesariamente ambiguas. Esas preguntas se trasladan hacia la parte de debajo de la estructura y provocan contradicciones sustanciales. El ejemplo de las grandes empresas nacionales las ilustra a la perfección. Su regreso a la lógica territorial supone deshacer las cadenas de valor globales, lo que conduce a una disminución de los beneficios. Al mismo tiempo, esa clase de empresas estuvieron dominadas por un valor esencial, el de la cohesión y la lealtad, que se conseguía mediante una mezcla de retribuciones compensadas y estabilidad laboral para sus empleados. En las firmas contemporáneas, por el  contrario, las virtudes esenciales son la delgadez y la flexibilidad, ya que a corto plazo es prioritario y los proyectos estratégicos son cambiantes. Girar de un lado a otro no es nada sencillo, porque implica rehacer su estructura de nuevo. El patriotismo que se les exige mediante la relocalización es lo suficientemente costoso como para que lo acepten de palabra, pero encuentran muchas dificultades para llevarlo a la práctica. 

Estas contradicciones operan también en el plano de las élites nacionales, que no ven adecuado renunciar a las ventajas que les había traído la globalización, y también en el de las grandes ciudades, que esperan que su desarrollo siga teniendo lugar gracias a las interconexiones con el resto de las megaurbes. Regresar al plano territorial implicaría tejer una sociedad más cohesiva en lo social y en lo regional, lo que supondría una pérdida de recursos significativa para las clases y las ciudades que salieron beneficiadas de la anterior arquitectura global, por lo que no están dispuestas a ello, a pesar de que el nuevo escenario les resulta desfavorable.

La manera de solucionar esta encrucijada, hasta la fecha, ha sido retórica: ha consistido en reconocer los problemas y tejer discursos reparadores, que van desde la necesidad de recuperar el empleo nacional, del lado de Trump, hasta poner en marcha el Green New Deal como remedio a la falta de trabajo, desde el mundo progresista, pero sin efectos prácticos, porque las medidas que irían en una nueva dirección no son las que se están tomando. Dar un giro a la política vuelve a poner encima de la mesa todo aquello que se había olvidado, que se entendía prescindible y no se sabe cómo recuperar. Todo esto tiene serias consecuencias, en especial en lo que respecta a los recursos y al poder de que disponen los habitantes de los países occidentales. O, por decirlo de otra manera, cambia muchas cosas en el terreno de las clases sociales. 

Donatella Di Cesare (¿Virus soberano?) La asfixia capitalista

ESTADO DE EXCEPCIÓN Y VIRUS SOBERANO

El coronavirus se llama así debido a esa aureola característica que le rodea. Una aureola sugerente y temible, una poderosa corona. Es un virus soberano ya en el nombre. Se escapa, da rodeos, traspasa límites, pasa al otro lado. Se burla del soberanismo que habría pretendido ignorarlo grotescamente o aprovecharse de él. Y se convierte en el nombre de una catástrofe ingobernable que ha expuesto en todas partes los límites de una gobernanza política reducida a una administración técnica. Porque el capitalismo—como ya sabemos— no es un desastre natural. 

Cuando se habla de «estado de excepción», se piensa en la forma en que Giorgio Agamben teorizó sobre esta fórmula en su famoso libro Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida, publicado en 1995. De él salió cambiada la filosofía política en sus términos y conceptos. La excepción es un paradigma del gobierno, incluso en la democracia postotalitaria—que mantiene así un vínculo perturbador con el pasado. De hecho, uno no puede evitar constatar todas las decisiones tomadas por urgencia, los decretos que deberían haber sido excepcionales y que, sin embargo, se han convertido en la norma. El poder ejecutivo prevarica los poderes legislativo y judicial; el Parlamento es desposeído progresivamente. Es difícil no estar de acuerdo con esta visión que describe ya la práctica política cotidiana.

Al articular su postura, Agamben recurrió a las palabras del controvertido jurista alemán Carl Schmitt: «Soberano es quien decide sobre el estado de excepción». No obstante, también acudió a las tesis de Michel Foucault y Hannah Arendt. Ambos habían reflexionado, aunque de manera diferente, sobre el gobierno en la vida de la democracia liberal.

Las opiniones difieren hoy más que nunca. Existe un neoliberalismo muy generalizado, a veces inconsciente, que ve en la democracia actual la panacea a todos los males, el sinónimo de debate público. En lugar de esto, otros ven una democracia vaciada, cada vez más formal, cada vez menos política, que, por un lado, es un dispositivo de gobernanza que procede a base de decretos, y, por otro, es una fuente de noticias que subliman al pueblo en la opinión pública. 

Hablar de «estado de excepción» no significa pensar que la democracia sea la antesala de la dictadura, ni que el primer ministro sea un tirano. Significa más bien constatar por enésima vez, también en el caso de la pandemia, la legislación mediante decreto que suspende las libertades democráticas. 

El poder soberano, en su síntesis cruda y extrema, es el derecho de disponer de las vidas de los demás hasta el punto de hacerles morir. Pero el «soberano» al que se hace referencia hoy no es el monarca del pasado. No es el tirano que, con su flagrante arbitrio y brutal violencia, daba muerte en el patíbulo. Sin embargo, la figura de la excepción soberana se mantiene incluso en los regímenes modernos; lo único que ocurre es que pasa a un segundo plano, se vuelve cada vez menos legible, se hunde en la práctica administrativa. Sin perder importancia política. El agente de este poder es el funcionario subordinado, el burócrata de turno, la guardia obstinada. En resumen: la institución democrática descansa, aunque sea algo inconfesable, en la excepción soberana. El viejo poder continúa operando en los intersticios y las zonas de sombra del Estado de derecho. 

El monstruo dormita en la Administración—la que, por incumplimiento, cinismo, incompetencia, no ha comprado a tiempo respiradores, exponiendo fríamente a los «mayores», dejándoles morir—. Pero los ejemplos son innumerables: desde los migrantes ahogados en el mar o entregados a la tortura de celosos guardias libios, hasta las personas sin hogar abandonadas en las cunetas de las carreteras o los encarcelados desaparecidos por causa de la metadona tras los disturbios. Ningún ciudadano piensa nunca que le podría llegar el turno.

El paradigma del «estado de excepción» sigue siendo válido, aunque parezca perteneciente al siglo XX en muchos aspectos; la crítica que se puede hacer a Agamben tiene que ver con el poder cada vez más complejo de hoy y una soberanía que es todo menos monolítica. El derecho soberano se ejerce mediante la contención y la exclusión en un dispositivo complejo y dinámico. No es casualidad que los Estados se deslegitimen entre sí. Y lo que cuenta es la inmunidad: soberano es quien protege del conflicto generalizado ahí fuera, quien biocontiene y salvaguarda, en un choque inolvidable—que domina el discurso occidental—entre los ámbitos progresistas de la democratización, donde tienen derecho a vivir los inmunes, y las periferias de la barbarie, donde pueden estar expuestos todos los demás. En esta fabulosa historia no se menciona la violencia policial que la soberanía postotalitaria está legitimada a ejercer sobre los «otros», y se descuidan también los peligros que se ciernen sobre los inmunes y los presuntamente inmunizados. 

Hoy el biopoder es siempre también psicopoder—el uno limita con el otro, como demuestran el protocolo técnico-sanitario y el dominio de la biotecnología. Quienes fomentan la pasión por la seguridad juegan con el fuego del miedo y terminan quemándose con él. Todo puede írseles de la mano. El modelo es el de la técnica: quien la utiliza, acaba utilizado; quien dispone de ella, se ve menoscabado. La gobernanza político-administrativa, que gobierna bajo la bandera de la excepción, es gobernada a su vez por quienes resultan ser ingobernables. Es este vuelco continuo el que llama la atención en el escenario actual.

* Donatella Di Cesare (Sobre la vocación política de la filosofía

* Donatella Di Cesare (El complot en el poder)

Alejandro Gándara (Dioses contra microbios) Los griegos y la Covid-19

LAS MUSAS Y LOS NÚMEROS,  RECUENTO DE VÍCTIMAS

Se habla de números todo el rato, bueno, en realidad no se habla, porque de los números no se puede hablar: solo hablan ellos. En su turno, lo demás calla. Hay gente a la que le gusta pronunciar números, pero solo porque quiere decirte algo, no hablar sobre ello. El número, aunque también vale la cifra o la cantidad, infunde autoridad a unos y silencio a otros.

Número de infectados, número de fallecidos, número de ingresados en las UCI, número de enfermos dados de alta, índice de contagio, de letalidad, número de agregados y desagregados, en porcentajes, en curvas, por provincias, por sectores, comparativos a escala nacional, internacional, global, números divergentes, por día, por mes, desde el principio, desde la última semana, contrastados con otras crisis sanitarias, económicas, números del hundimiento del PIB desde que empezó la pandemia, de la deuda pública, del fondo de ayuda, de parados, de parados futuros, de renta, de Hacienda, de pérdidas, de ganancias por provincias, por comunidades, desde el decreto de alarma, desde principios de año, hasta el final de año, de ayuda a las empresas, de ayuda a los autónomos, de créditos bancarios, de créditos a las autonomías, de créditos europeos, de compañías cerradas, en ruina, de primas de riesgo, números que niegan otros números, números que se rebelan, números que resisten, números posibles, números intuitivos, números especulativos, proyectivos...

¿Seguro que no nos pasa nada o nos ha pasado por la exposición a semejante bombardeo? ¿Hay alguien que pueda entender toda esa aritmética, relacionarlo todo y contemplar algo así como una imagen resultante, una conclusión legítima, una visión? Son demasiados, hay un ambiente atónito dentro y fuera de la cabeza que, sin embargo, no cesa de girar en busca de entendimiento. Puede que terminemos comunicándonos a través del silencio que dejan en el aire, en los ojos, en la boca. 

Su silencio es también el de la correspondencia con la realidad, a qué alude su exactitud. Son exactamente con ellos mismos, un himno al principio de identidad, mil es igual a mil, más allá de eso... ¿Qué dice el número de contagios cuando no se han hecho test ni al 10 por ciento de la población? ¿Y el índice de letalidad cuando no estamos seguros del número de muertos ni de contagiados? Apenas nada. ¿Y qué hacer con la discrepancia en 6.800.000 infectados entre el Imperial College y el Ministerio de Sanidad? Menos que nada. Todos los números, todas las cifras caen a continuación como un castillo de naipes. Eran un castillo de naipes. No han perdido su contundencia, porque un número sigue siendo un número, un golpe de precisión sobre tanta ambigüedad, pero han perdido el norte.

A lo mejor es verdad que llegaremos al fondo del asunto guardando silencio y dejando que las cifras parloteen cuanto quieran. Nuestro silencio extendiéndose como una red invisible de sentido. En España van 25.000 muertos. ¿Y eso qué dice, son muchos o son pocos? Depende de con qué lo comparemos. Si los comparamos con la mal llamada gripe española de principios del XX, no son nada. O con los niños muertos en la Segunda Guerra Mundial. Para ser sinceros, es un número vergonzoso: deberíamos esforzarnos en morir muchísimos más si no queremos hacer el ridículo en la Historia. Como mínimo llegar al millón; o desnudaremos la catadura moral de nuestras tragedias, de nuestro coraje. Es la hora de los patriotas, de los que deben morir para salvar el honor de todos. Somos novios de la muerte. Ahora, a casarse.

Pero si los comparamos con los 6.800 de Alemania o los 250 de Corea del Sur en estas mismas circunstancias, entonces parece que los jinetes del Apocalipsis se han pegado una buena cabalgada por estos pagos.

¿Pero hasta dónde llega la desgracia, cuál es su monto, con cuánta desesperación debemos relacionarnos con ella? Bueno, como dice el adagio, cuando una persona, solo una, muere, todos morimos un poco. Eso ya es desgracia. Pero la cifra es pequeña: uno. Demasiado poco para la estadística existencial y quizá ni siquiera sea una cuestión de número. Los números se hablan entre ellos, no con nosotros, de acuerdo; pero entre ellos, unos a otros, indefinidamente. Ahora hay muchos muertos por enfermedad, o pocos, depende. Pero si la humanidad se encontrara en peligro extremo de extinción, ¿qué supondría la desaparición de algún millar de millones de individuos del planeta? Mucho dolor. Una gran victoria. 

No hay manera de que acudan a nuestra ayuda. Basta fijarse en esas escalas de color del I al 10, con las que los médicos se orientan sobre el sufrimiento de los pacientes. ¿Podemos comparar el 7 en sujetos tan diferentes como un hipocondríaco, un mártir y una persona con esclerosis múltiple? La papeleta se la queda el médico, porque el número no le proporciona un dato, sino que le invita a resolver un problema que antes no tenía. El de la ecuación personal que altera cualquier cifra. 

[...] En realidad, la cuantificación fue un fenómeno histórico que fundó la identidad del Occidente cristiano. No es equivalente al número, aunque se exprese con él. Las culturas antiguas también tenían números y también formaban cantidades con ellos, pero no eran culturas cuantificadoras. El asunto va de un proceso constante y acelerado de concebir y definir el mundo real por entero en términos de cantidad, usando instrumentos de mediación aritmética. En términos de mónadas cuantitativas, homogéneas.

Los cañones, los relojes, la música escrita, las horas exactas del día, la economía dineraria y finalmente la imprenta, con sus tipos homogéneos, fueron algunos de los modos en que se expresó la nueva mentalidad a partir de 1200, aproximadamente. El mundo se podía medir y el implícito pacto social que suscitó apremiaba a llamar mundo a lo que podía medirse y expresarse mediante cantidades. Lo otro era hechicería o misticismo, ambas actitudes repudiadas por igual y con igual vocación de acabar en la hoguera. En cuanto al alma, se quedó convertida en una página de Excel de mandamientos y promesas, con sus correspondientes pecados y virtudes, y dejó de volar al cielo, como consecuencia de que el espacio aéreo empezó a estar vigilado por teólogos e inquisidores.

El número expresó menos una equivalencia entre cualquier aspecto que pudiera medirse, que la necesidad de que todo lo medible lo fuera después de haber sido previamente reducido a elementos homogéneos de medida. Los asistentes a un campo de fútbol y el dolor de una persona son reducidos a esas mónadas que llamamos números. El dolor de los parados en una crisis económica es también expresado en estas mónadas o dígitos. Mucho dolor: cinco millones de parados. Menos dolor: dos millones. Dolor despreciable: un parado. 

John R. Searle - Maurizio Ferraris (Los engaños del dinero)

Engaño I. El dinero está respaldado por algo

Las personas, actualmente, continúan teniendo la impresión, la ilusión, de que su dinero está respaldado por algo, de que hay un fundamento que da valor al dinero. Si no el oro, quizá el propio Estado. Pero tiene que haber alguna cosa que mantenga la validez y la legitimidad del dinero. No es posible que solamente sea un trozo de papel. Uno de los puntos principales que defiendo en este texto es, en efecto, que un pedazo de papel es suficiente y que hasta una entrada en un registro de la contabilidad en el disco de un ordenador basta para sostener la existencia del dinero. La cuestión es que incluso si vamos más allá de la hipótesis de la existencia del patrón oro, ¿no es acaso cierto que nuestra moneda está respaldada por el Gobierno, pongamos, de Los Estados Unidos de América? El problema es comprender exactamente hasta qué punto alguien o algo como una institución puede sostener el valor del dinero en circulación. A una época de inflación de los precios, por ejemplo, se corresponde una pérdida de dinero para cada una de las personas que lo poseen, pero el Gobierno no hace mucho por cambiar la situación. Obviamente, las autoridades competentes (entre ellas, por supuesto, también el Gobierno) pueden hacer algo desde el punto de vista de las políticas monetarias y financieras para intentar estabilizar el valor de la moneda. 

Pero no hay nada que respalde la moneda estadounidense (y hasta donde yo sé, ninguna otra moneda) de la misma manera que la hipoteca que tengo con el banco está garantizada, cubierta, por la propiedad, que podría llegar a ser del banco, si yo no respetara mis obligaciones. Lo que sostiene el valor del dinero es sencillamente el hecho de que las personas continúan admitiendo que el dinero tiene valor y esta es la única base concreta que puedo imaginar. Lo que significa algo muy relevante: nuestro dinero no está sostenido ni cubierto por nada. Funciona y realiza sus propias funciones solo porque las personas aceptan tanto sus funciones como su valor y porque aceptan colectivamente que un objeto sea dinero, y por ello este objeto tiene una función.

Engaño 2. El dinero sin fundamento o dinero-fiat generalmente se traviste como dinero respaldado por un contrato

Hace tiempo, en los billetes emitidos por la Reserva Federal se anotaba que el Tesoro de los Estados Unidos de América habría pagado al portador, por ejemplo, diez dólares si este los hubiese reclamado; los billetes británicos todavía exhiben esta frase, en la que se dice que el tesoro del banco de Inglaterra pagará diez libras esterlinas si asó lo reclama el poseedor de un billete de diez libras. Pero ¿qué sucedería en realidad si se presentasen ustedes con estos billetes de diez dólares o de diez libras ante sus respectivos tesoreros? Simplemente que obtendrían otro billete de diez dólares o de diez libras. Esto es lo máximo que podrían conseguir. Por lo tanto, este es el caso en el que el dinero sin fundamento se intercambia, o se disfraza de dinero respaldado por un contrato. Parece que hay un contrato, pero en realidad no lo hay. Esto es parte del engaño número I, por el que el dinero tendría que estar fundado o respaldado por algo o alguien. Debería haber algo que el Tesoro pudiera darles. La respuesta es que no puede darles nada.

Engaño 3. Los bancos crean dinero prestando dinero a quien no lo tiene
 
La mayor parte de las personas no comprenden este engaño. No es una idea difícil y  supongo que se le explica a todo estudiante de economías. En todo caso así es como  funciona: cuando vas a tu banco para pedir un préstamo de mil dólares, no es  necesario que el banco tenga esos mil dólares para prestarte. Lo que hace el  operador  es abrirte una cuenta, contra la cual podrás firmar cheques a tu nombre de  forma que el dinero transferido se ingresará en cuentas ajenas, ya sean de ese   mismo banco o de algún otro. 

El banco está obligado a tener una cierta reserva. Si se tratara del veinte por ciento, para prestarte mil dólares el banco debería tener doscientos en su reserva. Esto significa que al prestarte mil dólares, habrán creado, literalmente, ochocientos dólares de la nada. En el sistema económico se han introducido ochocientos dólares gastables, que se pueden usar para comprar cosas, y que nunca antes habían existido. El banco ha creado ese dinero simplemente declarando que dicho dinero existe y dando fe de que usted tiene mil dólares en una cuenta. Esta es una declaración de función de estatus clásica. 

* John R. Searle (La construcción de la realidad social)

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