Christian Salmon (Storytelling) La máquina de fabricar historias y formatear las mentes

EL PODER DEL RELATO

¿Como explicar esta influencia del storytelling sobre los discursos políticos en Estados Unidos? ¿Por qué la narración de relatos edificantes se considera allí un nuevo paradigma en las ciencias políticas, a expensas de las nociones de imagen y de retórica y hasta el punto de dominar no sólo las campañas electorales, sino también el ejercicio del poder ejecutivo o la gestión de situaciones de crisis? Los politólogos norteamericanos invocan en general tres tipos de razones: la primera sería la fibra de los norteamericanos; la segunda al talento de los individuos, en particular el de Ronald Reagan, proclamado por Carville y Begala el «mejor storyteller de la historia política de los últimos cincuenta años»; la tercera atribuye este cambio al «espíritu de nuestra época», calificado de posmoderno y que privilegiaría, tras el reflujo de los grandes relatos, el espejismo de pequeñas historias que ilustran la competencia feroz de los valores y vectores de legitimación. 

[...] Toda explicación del triunfo del storytelling por una inclinación nacional de los norteamericanos corre el riesgo además de ocultar el carácter histórico y transdisciplinario del giro narrativo observado a partir de mediados de los años noventa en terrenos tan diferentes como el management, el marketing, la política o la defensa nacional. De hecho, la explicación «genérica» alimenta los clichés sobre la «política espectáculo» en Estados Unidos: el storytelling político habría tomado simplemente el relevo del marketing de papá con sus desfiles de majorettes, sus lluvias de confeti y sus neones gigantes.

Ciertos historiadores de la presidencia como Jeffrey K. Tulis han recordado, en contra de lo que se suele pensar, que los padres fundadores de la democracia norteamericana temían las malas consecuencias de los discursos hábiles, porque «dan prueba de demagogia, impiden la deliberación y perturban las costumbres del gobierno republicano. Los fundadores temían los peligros de lo que hoy llamamos la democracia de opinión o democracia directa, querían evitar que las decisiones políticas estuvieran sometidas a las variaciones de la opinión pública. Así pues, introdujeron la deliberación en el gobierno, las elecciones indirectas, el principio de separación de poderes, la independencia del poder ejecutivo para conjurar los peligros de manipulación. »La práctica hoy cada vez más corriente de los llamamientos a la opinión estaba descartada durante todo el siglo XIX, porque era contraria a la idea que se tenía del orden constitucional en la época. 


[...] En sus memorias, Clinton defiende una concepción inédita de la política: según él, hoy ya no consiste en resolver problemas económicos, políticos o militares, debe dar a la gente la posibilidad de mejorar su historia. El poder presidencial deja de ser un poder de decisión o de organización: el presidente es el guionista, el realizador y el principal actor de una secuencia política que dura el tiempo de un mandato, al estilo de las series que apasionan al mundo como 24 o El ala oeste de la casa Blanca. 

La Casa Blanca, con el despacho oval en su corazón, se considera un escenario, el plató donde se rueda la película de la presidencia. La story de un candidato presidencial es la ficción que ordena y vuelve inmediatamente legible una madeja de ideas contradictorias, de impresiones y acciones diversas. No se trata de esclarecer la experiencia vivida a través de un relato, sino simplemente de vestir siluetas y dinamizarlas, de transformar al nuevo presidente y su entorno en personajes de un «relato coherente», de volver popular la saga de sus hechos y gestos. «Todo, en el personaje político, cuenta una historia —escribe Seth Godin—, su ropa, su esposa, sus asesores...».


LOS PRESIDENTES POSMODERNOS

En la lección inaugural del Collège de France, el 2 de diciembre de 1970, Michael Foucault contaba una anécdota según la cual el shogún de Japón había oído decir que la superioridad de los europeros en materia de navegación, de comercio, de política y de arte militar se debía a su conocimiento de las matemática. «Como le habían hablado de un marinero inglés que poseía el secreto de esos discursos maravillosos, lo mandó llamar a palacio y lo retuvo allí. A solas con él, tomó lecciones. Y fue en el siglo XIX cuando nacieron los matemáticos japoneses». Esta anécdota «tan hermosa que se teme que sea cierta», remite a una sola figura todas las formas y las obligaciones del discurso, escribe Michael Foucault: «Las que limitan su poder, las que controlan sus apariciones aleatorias, las que seleccionan entre los sujetos hablantes».

¿Es posible, todavía hoy, esta ilusión, cuanto las fuentes, las formas y los productores de anunciados han explotado, producido esa pululación de signos enigmáticos que Jean-François Lyotard definió como la «condición posmoderna»? ¿Cómo federar la explosión de prácticas discursivas en Internet? ¿Cómo comunicar en el caos de los saberes fragmentados sin auxilio de una figura común de legitimación? ¿Cómo dar un sentido a unas experiencias sociales y profesionales caracterizadas por el desmoronamiento del tiempo largo y la precariedad? ¡Cómo tratar los conflictos de interés, las colisiones ideológicas y religiosas, las guerras culturales? Son algunas de las preguntas a las que se enfrentan la palabra «política» y todos los que se encargan de su expresión, ya sean periodistas o políticos, consejeros del príncipe, especialistas en marketing político o redactores de discursos. Así es cómo el storytelling se ha impuesto como la fórmula mágica capaz de inspirar la confianza e incluso la creencia de los electores-sujetos.

Hoy en día, el shogún o lo que ocupa su lugar —el presidente de la República, el jefe del Estado Mayor, los spin doctors— no llamarían a un marinero matemático. Le echarían el ojo a un cuentacuentos criollo, un griot africano o, a falta de ellos, a un storyteller. En efecto, la mayoría de las veces se invoca el paradigma posmoderno para explicar esta deriva de los discursos políticos. Incluso lo podríamos calificar de ideología espontánea en esta galaxia que ha formado Internet, llamada a sustituir a la galaxia Gutemberg, un nuevo universo discursivo en extensión, con sus constelaciones desconocidas, pobladas de miles de millones de estrellas sin nombre, de satélites-autores y de agujeros negros. 

El caos de los saberes fragmentados ha favorecido el «giro narrativo» de la comunicación política y la llegada de una nueva era, la era performativa de las democracias, que ya no tendrá como mascarón la proa a los consejeros del príncipe, los Talleyrand o los Mazarino, sino profetas y gurús, los spin doctors de los partidos, embriagados por su poder de narración y de mistificación. Y como modus operandi el storytelling, único capaz de aprisionar en una única garra la dispersión de los intereses y los discursos. Nunca sin duda ha sido tan impositiva la tendencia a considerar la vida política una narración engañosa que tiene como función sustituir a la asamblea deliberativa de los ciudadanos por una audiencia cautiva, a la vez que mina una socialización que no tendrá ya nada en común más que con series de televisión, autores y actores, para construir así una comunidad virtual y ficcional. Esta deriva es tan sorprendente fluida, difusa en el espíritu de la época, mezclada con nuestra atmósfera más íntima como el clima general de la época, que pasa desapercibida. Incluso es la clave de su irresistible éxito. 

Friedrich Schiller (Cartas sobre la educación estética de la humanidad)

Por temor a la libertad, que en sus primeras manifestaciones siempre se anuncia como enemiga, muchos hombres abrazarán una cómoda servidumbre, mientras que otros, desesperados por una férrea tutela, se entregarán a la anarquía del estado natural. La tiranía, para defenderse, alegará la debilidad de la naturaleza humana, y la insurrección, por su parte, la dignidad de la misma, hasta que al fin la soberana de todas las cosas humanas, la ciega fuerza bruta, intervendrá y resolverá el pretendido conflicto de los principios como un vulgar pugilato. 

-----------------------------------------

El corazón violento y la savia vigorosa de los Titanes
es su herencia cierta....
Pero el dios forjó una cinta broncínea en torno a su frente.
Ocultó juicio, moderación, sabiduría y paciencia
a su mirada asustadiza y sombría.
Cada deseo se le convierte en furia
que se extiende sin límites en derredor.

                                               GOETHE, Ifigenia en Táuride


Desconocedor de su dignidad humana, está lejos de honrarla en los demás, y consciente de su propia avidez indómita, la teme en cada criatura semejante a él. Nunca ve a los demás en sí, sólo a sí mismo en los demás, y la sociedad, en lugar de convertirlo en parte de la especie, lo encierra de forma más opresiva en si individualidad. En este estado de sombría limitación, vaga por la vida tenebrosa, hasta que una benévola facultad de su naturaleza libera sus sentidos ofuscados de la carga de la materia, cuando la reflexión establece una separación entre él mismo y las cosas, y los objetos se manifiestan por fin a la luz que refleja su conciencia.

Desde luego, no es posible demostrar ese estado de naturaleza inculta, tal como se describe aquí, en ningún pueblo ni época determinad; se trata de una idea, pero es una idea que en muchos aspectos coincide a la perfección con la experiencia. Podría decirse que el hombre jamás estuvo en ese estado animal, pero tampoco lo ha abandonado del todo. Incluso en las personas más rústicas es posible advertir trazas inconfundibles de libertad racional, así como en las más cultas es posible advertir, en ciertos momentos, ese sombrío estado de naturaleza. Es propio del hombre reunir en su naturaleza lo más elevado y lo más bajo, y si su dignidad radica en una estricta diferenciación entre lo uno y lo otro, su felicidad se funda en una hábil supresión de ea diferencia. El cometido de la cultura, que debe armonizar su dignidad y su felicidad, deberá ser velar por la máxima pureza de cada uno de sos dos principios y por su íntima armonía.

La primera aparición de la razón en el hombre no significa todavía el principio de humanidad. Ésta dependerá por entero de su libertad, y el primer efecto de la razón es tan sólo hacer ilimitada su dependencia sensible, un fenómeno cuya importancia y universalidad creo que aún no se ha expuesto adecuadamente. Como sabemos, la razón se manifiesta en el hombre mediante la exigencia de lo absoluto (es decir, de algo necesario y fundado en sí mismo). Sin embargo,como no existe ninguna situación particular de la vida física del hombre que pueda satisfacer esta exigencia, la razón obliga al hombre a abandonar por completo el mundo físico y a trascender la realidad limitada para elevarse a las ideas. Pero, aunque el auténtico sentido de esa exigencia sea liberar al hombre de los límites del tiempo, del mundo sensible, para que logre elevarse a un mundo ideal, también puede abocarlo —por un malentendido prácticamente inevitable en nuestra época de sensualidad dominante— a la vida física y en ese caso, en vez de otorgarle libertad, lo sume en la más terrible esclavitud.

Michael Ignatieff (Las virtudes cotidianas) El orden moral en un mundo dividido

Así qué, ¿cuál podría ser la utilidad de una ética universal como los derechos humanos en un mundo donde la perspectiva moral de la mayoría de las personas todavía está determinada por las virtudes cotidianas?

La universalización de una retórica moral como los derechos humanos no se entiende mejor como algo derivado de nuestras virtudes cotidianas, o incluso de cualquier intuición emocional básica sobre nuestra identidad compartida como seres humanos.  Ya dijimos que nuestro sentido de especie es débil. En cambio, podemos considerar los derechos humanos como un ejercicio de pensamiento racional, como un discurso crítico cuyo propósito es obligar a las virtudes cotidianas a ampliar y expandir su círculo de preocupación moral. Así como los derechos civiles funcionan como una protección contra la tiranía de la mayoría en el contexto de la legislación nacional, los derechos humanos internacionales funcionan mejor como un desafío a la preferencia moral mayoritaria entre los estados democráticos y no democráticos en el ámbito internacional. Los derechos humanos son la estructura legal y moral que obliga a los líderes políticos y a los ciudadanos a no ceder a la preferencia excluyente y restrictiva del «nosotros» frente al «ellos».

[...] De hecho, se podría ir más allá y afirmar que pasamos por una verdadera crisis de lo universal en medio de un retorno a la soberanía. En todas partes, los estados soberanos están echando un pulso a las obligaciones universales, ya sea la convención sobre los refugiados, las leyes de la guerra o los convenios sobre los derechos humanos. No son solo China y Rusia quienes reafirman su soberanía. Los ciudadanos corrientes de los estados democráticos, ante la demanda de los refugiados y los inmigrantes desesperados que llegan a sus fronteras, temerosos de los ataques terroristas, imploran a sus líderes que los protejan de los extranjeros. En una era de temor, las virtudes cotidianas no pueden funcionar sin seguridad, y es dudoso que los derechos humanos puedan cambiar esta situación. En una era global de amenazas por parte de fanáticos enfurecidos, la soberanía regresa y lo universal pierde fuerza, tanto sobre los gobernantes como sobre los gobernados. 

Aquí convergen dos afirmaciones: que los derechos humanos desempeñan un papel limitado en la estructuración de las virtudes cotidianas de la mayoría de las personas, a pesar de la revolución de los derechos, y que los estados contraatacan cada vez con mayor fuerza frente a cualquier demanda universal que reduzca su soberanía. 

Si ha regresado la soberanía, entonces debemos preguntarnos de qué modo puede garantizar la seguridad y la justicia para su propio pueblo son acabar con las virtudes de la generosidad y la hospitalidad hacia personas desesperadas e indefensas que llaman a la puerta. Reconocer que esas personas poseen derechos basados en el derecho internacional es una condición necesaria para la decencia, pero no suficiente para mantener una cultura pública de acogida. Esta debe imitar las virtudes del ámbito privado, las virtudes de la compasión y la generosidad, para que los ciudadanos vean, en las acciones de su Gobierno, un versión de su mejor naturaleza.  

[...] La globalización de la economía no implica una globalización de los corazones o de las mentes. Es evidente que la geografía de las virtudes ha cambiado, que los conflictos locales tienen un público global y que cuando nos justificamos, lo hacemos ante desconocidos vinculados a nosotros por los medios de comunicación. Este es el sentido de la globalización moral, la ampliación constante del público ante el cual sentimos que debemos justificarnos. Es posible que con el paso del tiempo, y a medida que nuestras justificaciones locales se vuelvan irrelevantes, comencemos a avergonzarnos de nuestras convicciones provincianas y empecemos a agrandar nuestra conciencia, pero el cambio moral, en lo profundo de nuestros corazones, siempre avanzará con lentitud. Estamos enzarzados en una batalla constante con los vicios cotidianos. En el ámbito público, los conflictos por el poder, los recursos, el estatus y la importancia son permanentes, y muchos de ellos no se resolverán con argumentos sino a sangre y fuego. Nuestros lenguajes morales no comparten la misma historia, y son muy lentos —como debe ser— en el olvido de la humillación y la injusticia que un sistema moral, en su orgullo, ha impuesto a quienes se adhieren a otros sistemas. 

Sin embargo, también compartimos la misma biología, el mismo cuerpo y el mismo destino final. Compartimos igualmente las virtudes cotidianas, y sabemos reconocerlas a pesar de todas nuestras diferencias. Son cotidianas por que se ocupan de los elementos esenciales y recurrentes de nuestra vida en común, porque expresan nuestros instintos aprendidos acerca de lo que la vida moral requiere de nosotros si queremos sobrevivir y preservar la vida de la familia, el vecindario, los familiares y los amigos. Somos seres morales porque no tenemos otra opción; nuestra supervivencia y nuestro éxito como seres sociales dependen de la virtud. No es una opción, sino una necesidad. No estamos obligados a ser héroes, pero sin duda queremos ser unos buenos padres y madres, hijos e hijas, vecinos y amigos. Queremos, a través de estas experiencias, ser capaces de mirarnos a los ojos en el espejo. 

Peter Sloterdijk (¿Qué sucedió en el siglo XX?)

El mundo sincronizado
Aspectos filosóficos de la globalización

Señoras y señores:

Ante este círculo eminente quiero aportar algunas consideraciones a la reflexión sobre los fundamentos, un tipo de reflexión que en este caso concierne a la autodeterminación de un sector o de una rama de la economía. Intentaré hablar en el necesario e inevitable modo indirecto que ha de adoptar una contribución filosófica a un tema como este.

En lo esencial, quiero abogar en favor de situar nuestra comprensión del hecho de la globalización a mayor profundidad cultural e histórica de lo que es habitual en el ajetreo de los negocios actuales y de su difusión en los medios.  De hecho, quien afirme que la globalización no es nada nuevo tiene toda la razón: la situación actual solo se percibe con claridad cuando uno tiene presente que desde hace quinientos años los europeos están involucrados en la aventura de la globalización. No obstante, constatar esto obliga a añadir que la globalización terrestre y la huida de sus consecuencias tienen la misma edad: medio milenio entero, si consideramos el primer viaje de Colón de 1492 como el verdadero comienzo de la época de la globalización tal como la conocemos. El temor de la vieja Europa por la amplitud recién abierta del mundo se manifestó en el temor de las mentalidades agrarias y fisiocráticas frente a la industria y la economía mundial marítima emergentes. Los antiglobalización más importantes de los últimos siglos fueron personajes oceanofóbicos. En cambio, muestras fobias se dirigen hoy más bien a la Bolsa globalizada, que en cierto modo representa la prosecución del juego oceánico a otro nivel.

Mi análisis empieza a tomar el concepto de «globalización» en su núcleo etimológico con mayor seriedad de la que se produce en las discusiones públicas. Junto con los americanos, los alemanes tienen la ventaja de utilizar en esta circunstancia el concepto correcto; a saber: globalisation, a diferencia de los franceses, que hablan de mondialisation, y que es un concepto falso. En efecto se trata del globo como tal. Pero ¿qué es un globo? En principio, un globo no es otra cosa que una construcción matemática; pertenece en primer lugar, pues, a los geómetras y a los filósofos, y solo en segunda línea a los cartógrafos, a los cosmógrafos y, al final de todo, a los economistas y a los turistas. El globo no es ciertamente una patente alemana, aunque el primer ejemplar conservado de globo terráqueo, como quizá sepan, procede de manos alemanas. Está en el Museo Nacional Germano de Núremberg: un globo que en el decisivo año de 1492 fue construido según modelos portugueses por el comerciante nuremburgués Martin Behaim. Muestra el contorno precolombino de los continentes, de modo que presenta la vieja imagen ptolemaica del mundo de tres continentes, pero ya de forma correcta, es decir, en la de un planeta redondo. Por eso puede decirse que Behaim tenía razón como Colón. Descubrir América y representar el globo son, por su sentido, la misma acción en dos medios diferentes. 

En una palabra, lo que quiero indicarles es que la globalización fue en principio un asunto de matemáticos. En este sentido, asume un significado completamente diferente del que nos inclinamos a atribuirle hoy. 

[...] Entre los pioneros de la globalización terrestre temprana resalta, pues, el grupo de los proveedores de especias. Esos comerciantes a distancia son los que creyeron en la capacidad de desarrollo del paladar europeo y quienes montaron sus negocios sobre la convicción de que la modernización comienza en el paladar. El espíritu de la utopía y el empresariado son hasta ahora una y la misma cosas, pues ambos son fundaciones orales, ambos sirven a un mismo apetito que muestra a las claras su insaciabilidad. El propio Magallanes murió en Filipinas en una escaramuza innecesaria. Se perdieron varios barcos de su pequeña flota a causa de una tempestad y los amotinados, y solo una de sus fragatas que habían salido, la pequeña Victoria, regresó a España en septiembre de 1522 con dieciocho marineros casi muertos de hambre a bordo. Arribó a la ciudad portuaria de Sanlúcar de Barrameda y confirmó con su mero retorno los tremendos hechos en los que se basa toda la Modernidad: por una parte, que la Tierra puede ser rodeada en una dirección, que en consecuencia los océanos forman un contexto, están conectados, y son navegables globalmente, y, además, que el planeta entero está rodeado de una atmósfera que puede ser respirada por marineros europeos (cosa esta que no era en absoluto tan evidente antes de experimentarlo, como aparece en una consideración retrospectiva de ello). Lo que los retornados del viaje de Magallanes trajeron consigo fue un indicio, que ya no se podía ignorar, de la unidad atmosférica de la superficie terrestre y del sistema tanto de viento como de clima, que en cierta medida resulta fiable. 

[...] El capital globalizado es el dinero que para rentabilizarse necesita dar la vuelta entera a la Tierra. Esta observación ya refleja una verdad del siglo XVI temprano. Es difícil sobrestimar la importancia de este hecho. En este contexto quiero contarles una anécdota que no solo expresa el carácter caótico de la globalización temprana, sino que también resulta apropiada para rebatir una tesis que se escucha a menudo: que la economía mundial, solo en los últimos veinte años, ha entrado en el remolino de los movimientos especulativos de dinero. 

[...] Para terminar mis consideraciones, quisiera añadir algunas observaciones muy generales sobre las consecuencias sociopsicológicas de la globalización, tal como se muestran por ejemplo en las oleadas de migrantes. Se trata de hecho de una crisis, de una crisis sociopsicológica y de una crisis de forma de vida, de cierta profundidad. Pues no es fácil transformar seres humanos nacionales en seres humanos posnacionales. Bajo seres humanos «nacionales» entiendo un carácter social surgido en Europa durante los últimos doscientos años, y con el que se ha convertido en segunda naturaleza la vida en las formas del Estado nacional. Se trata de personas que experimentan su país y su nación como un contenedor de paredes fuertes, la mayoría de las veces monolingüe, autóctono, vernáculo, como gustaba decir a Ivan Illich; de gentes que se sienten en casa en su terruño y comprometidas con una forma local de vida y que no se da sino allí, y en ninguna otra parte. Cuando a caracteres de este tipo se les exige de repente, de la noche a la mañana, que atiendan a los buscadores de asilo, que han dinamitado su contenedor, como parte consecuente de la globalización, hay que respetar que en principio respondan con cierto titubeo. 

Déjenme, señoras y señores, cerrar estas consideraciones y sugerencias con la tesis de que hoy vivimos en una dramática crisis de reformateo. Pues lo que la llamada globalización hace con las personas en los Estados nacionales es, en el fondo, reorientarnos desde una sociedad de paredes fuertes —también se podría decir desde una sociedad de containers cerrados—, a una forma de vida que puede caracterizarse con la expresión «de paredes especialmente estrechas». Dicho de otra forma, entramos en una era en las que las fronteras débiles y las paredes permeables se convertirán en la característica definitoria de los sistemas sociales. 

[...] Vemos cómo partes de la población responden a ese tema delicado de un modo que como mejor puede describirse es desde una óptica alergológica o inminológica. Tales reacciones han de tomarse en serio porque en un amplio frente de lo que se trata hoy es de reprogramar el comportamiento inmunológico del ser humano, desde la orientación a una amplia protección estatal a la orientación a la autoprotección y autocuidado. Mientras los seres humanos en el tradicional estado protector omnicompetente esperaban de sus aportaciones de orden y asistencia, es realista para el futuro apostar progresivamente por aportaciones propias a la autoinmunización. Cada vez hay más personas que comprenden que ya nadie va a hacer por ellos lo que no consigan ellos mismos. Se puede pronosticar que los problemas inmunológicos en el sentido más amplio de la palabra, han de tratarse en el futuro menos a nivel colectivo que a nivel individual. Esto es lo que llena a la sociedad del presente de gran intranquilidad respecto a sus condiciones futuras. Por lo que concierne a la esfera política en su totalidad, tanto mejor cumplirá sus tareas en las nuevas condiciones del mundo de paredes finas cuanto más consiga distanciarse de las sobreexigencias que proyectará sobre ella una sociedad utópica agitada.

* Sloterdijk, Peter (Gris) El color de la contemporaneidad

Byung-Chul Han (Hiperculturalidad)

CULTURA COMO PATRIA

Nuestro Dasein histórico experimenta con aflicción espiritual y claridad que su futuro equivale a la desnuda disyunción exclusiva entre la salvación de Europa o su destrucción. La posibilidad de la salvación exige, sin embargo, dos cosas:

I. La preservación de los pueblos europeos ante el asiático;
II. La superación de su propio desarraigo y fragmentación.

                                                                          MARTIN HEIDEGGER

En las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Hegel señala, respecto de la génesis de la cultura griega, que «es sabido que los comienzos de la cultura coinciden con la llegada de los extranjeros a Gracia. Es constitutivo del origen de la cultura griega la «llegada de los extranjeros» Los griegos conservarían «agradecidos el recuerdo» de esta llegada a su mitología. De aquí que Prometeo provenga del Cáucaso. El mismo pueblo griego se ha desarrollado a partir de una colluvies, que significa originalmente, barro, inmundicia, mezcolanza, desorden y barullo. 

Según Hegel, un «prejuicio corriente sostiene que una vida hermosa, libre y feliz ha de surgir mediante el simple desarrollo de un primitivo parentesco familiar, de una raza, desde su origen, está unida por naturaleza. Sin embargo, es «su propia heterogeneidad mediante la cual [el espíritu] consigue la fuerza bastante para existir como espíritu». La heterogeneidad en sí no crea ningún «espíritu griego hermoso y libre» para ello es necesario también una «superación» de la heterogeneidad. No obstante, la necesidad de esa superación no la convierte al algo negativo, que podría haber estado ausente sin más, ya que la heterogeneidad en sí misma es un «elemento [constitutivo] del espíritu griego». La presencia de los extranjeros, vista de este modo, es necesaria para la formación de lo propio. 

Para la descripción de la génesis del mundo griego, Hegel, se esmera claramente en resaltar el efecto constitutivo de lo extraño, de la heterogeneidad en sí misma. Sin embargo, con respecto a la identidad de la cultura europea, utiliza un tono del todo distinto. Aquí evoca enérgicamente la «patria». Si bien es cierto que Europa ha recibido su religión de Oriente, Hegel sostiene que todo aquello que satisface «nuestra vida espiritual» Europa lo ha obtenido de Gracia. « El nombre de Grecia tiene para el europeo culto, sobre todo para el alemán, una resonancia familiar. En este caso, deja de tratarse de la heterogeneidad en sí. Lo extraño es ahora degradado a mera «materia». Hasta hace un momento, la extrañeza había sido un elemento espiritual, una forma. Sin embargo, después de que «la humanidad europea se instaló dentro de sí como en su «casa» abandonó definitivamente lo «histórico», «lo recibido de afuera. Es satisfactorio este estar en casa: «Así como en la vida corriente ocurre que nos sintamos a gusto entre las gentes y las familias que viven contentas y satisfechas en su casa, sin querer salir de ella y buscar nuevos horizontes, así nos sentimos a gusto con los griegos» La felicidad es, en este contexto, un fenómeno de la familia, de la patria y de la casa. Esto tiene su origen en el «no salir hacia afuera, hacia otro lado», en el lugar, que vendría a ser sinónimo de «espíritu». 


UMBRAL

El ojo de la cerradura en el umbral
     
                                                                            PETER HANDKE

El mundo de Heidegger sigue siendo, en gran parte, dialectal. La hipercultura sería para él el fin de la cultura por antonomasia. Heidegger lamenta una y otra vez la pérdida de la patria. Él le atribuye también a los medios la responsabilidad por su desaparición y, en definitiva, también la desaparición del mundo. Estos transforman a los hombres en turistas: 

¿Y los que permanecieron [en su tierra natal]? En muchos aspectos están más desarraigados que los exiliados. Cada día, a todas horas están hechizados por la radio y la televisión. Semana tras semana las películas los arrebatan a ámbitos insólitos para el común sentir, pero que con frecuencia son bien ordinarios y simulan un mundo que no es mundo alguno. 

Los medios, aparentan, simulan solo un mundo «que no es mundo alguno» ¿Qué hace al mundo ser como es? ¿Dónde bebería encontrarse al mundo si no es en la representación? ¿Existe un ámbito del ser que sea más originarios, más mundano que ese «común sentir»? Heidegger tiene en mente un estar-en-el-mundo que se revelaría frente al mundo de las representaciones y de las imágenes. Con el término «facticidad» Heidegger también caracteriza un en-el-ser que se encuentra de este lado de la representación. Las imágenes mediales, al parecer, no expresan de modo adecuado este estar-en-el-mundo originario. Según Heidegger, el peligro de los medios residiría en que ellos también, en ese aspecto, desfactifizan al mundo, es decir, eliminan la mundanidad del mundo, el estar-en-el-mundo de este lado de las imágenes y de la información. En la famosa conferencia, con el significativo título ¿Por qué permanecer en la provincia?, que debería ser leída en todas sus formas como un escrito contra la globalización, se encuentra una interesante referencia al mundo heideggeriano. El mundo solo es «cuando el propio Dasein se encuentra en su trabajo. Para los espectadores de una película o para los turistas, que no trabajan sino que solamente contemplan, el mundo no es. El mundo es allí en 

lo pesado de las montañas y la dureza de su espíritu destructivo, al crecer mesurado de los abetos, el simple esplendor luminoso de la pradera floreciente, el crujir del torrente de la montaña en la larga noche de otoño, la simplicidad austera de las superficies totalmente cubiertas de nieve

allí donde «todo esto» «se arrastra» y «se superpone». El Heidegger es el lugar, que ofrece una cercanía dialectal, campesina e incluso material. Pobre de mundo sería esa hipercultura en la que ante todos los signos y las imágenes desespacializados se arrastrarían y acumularían unos al lado de los otros. La hipercultura desfactifiza, desmaterializa, desespacializa al mundo y elimina su aura. La simultaneidad hipercuntural de lo diferente también le quita al mundo esa «simplicidad austera» y el vacío de esas «superficies totalmente cubiertas de nieve» cesa ante el hiperespacio de signos, formas e imágenes.

Salvador de Madariaga (España) Ensayo de historía contemporánea

¿Por qué ganaron la guerra los rebeldes? Porque les ayudaron Alemania e Italia. Esta contestación es falsa. Por importante que fuera, y lo fue, el auxilio de las naciones nazi-fascistas no fue decisivo ni con mucho. No sería sensato dogmatizar sobre lo que pudo haber ocurrido de no haber recibido algún auxilio exterior. La verdadera causa del fracaso de los revolucionarios fue la misma revolución. Cuando se sublevaron los rebeldes, los revolucionarios se encontraron con todos los resortes del poder político en manos del adversario. Quedaban dos alternativas a los dirigentes de la República; o quitarse de en medio dejando que los militares se encargasen de gobernar; o amar al <<pueblo>>. La primera hubiera sido semejante a la que Alfonso XIII adoptó en 1931 cuando ante el fracaso de sus candidatos en las elecciones municipales del 12 de abril tuvo la prudencia y el patriotismo de preferir el propio destierro a la guerra civil que pudo haber provocado con más probabilidades de ganarla de las que el Gobierno republicano tenía en 1936. Pero el caso es que los dirigentes de la República tomaron por el otro camino, armando al <<pueblo>>, concepto extravagante y romántico que data de la Revolución francesa, y que en la realidad española de aquel día vino a resolver en armas a cierto número de organismos obreros en furibunda rivalidad, a una cantidad ignota pero considerable de criminales, de envidiosos, de desaprensivos y de malandrines, y al caos. 

Desde aquel momento, la guerra civil degeneró en un duelo desigual entre un ejército bien en mano de su jefe como un Estado regido por una disciplina militar, frente a una turba de tribus malavenidas, la U.G.T., la C.N.T., la F.A.I., el P.O.U.M., el P.S.U.C., el Partido Comunista, el Partido Socialista partido por gala en dos, La Generalitat, Euzkadi y otros que olvido, cada uno tirando por su lado. Esta multitud de multitudes no podía aspirar ni de lejos al nombre de alianza, porque vivían en guerra civil endémica. Y no se crea nadie que estas palabras <<guerra civil>> vengan aquí como metáfora. Trátese por el contrario de una descripción exacta de la realidad, con sus batallas, planes de campaña, bajas y victorias y derrotas. Lo que estas tribus se proponían no era ganar la guerra contra los rebeldes. Para las más de estas tribus, de lo que se trataba era de llevar a buen fin una revolución proletaria, aunque no la misma, pues eran mutuamente incompatibles las revoluciones proletarias a las que aspiraban U.G.T, C.N.T, P.S.U.C, P.O.U.M, y Partido comunista, al punto de que en la lucha solía caer tal o cual cabecilla de una u otra de estas sectas; otras de ellas, como la de los catalanes o los vascos, aspiraban a separarse de los <<castellanos>>, en pleno olvido de la creación superior -aquella España todavía no plenamente realizada, de que ya casi ni se hablaba y que yacía desangrada e inerme entre unos y otros.

De cuando en cuando pasaba sobre tal o cual tribu un aura suave y luminosa de sabiduría. Se revestían de prudencia los comunistas, dando consejos de moderación y paciencia; la C.N.T, sindicalista, sacudiéndose el dominio de la anarquista F.A.I, entraba por el sendero de la responsabilidad hasta tomar parte en el Gobierno político del país;  hacían las paces entre sí las diferentes facciones que desgarraban al Partido Socialista (no pequeña hazaña); daban generosamente los catalanes sus hombres y sus municiones, y con magnanimidad poco común soportaban las tendencias centralistas y dictatoriales de Negrin en pro de la España integral que deseaban construir los mejores de entre ellos; demostraban los vascos admirable sentido de colaboración volviendo a mandar a Catalunya al gobierno de Euskadi desterrado de su propio territorio por los rebeldes, y haciendo que permaneciera en suelo español hasta la última hora de la lucha; procuraba el gobierno central dar norma, orden y concierto al desorden y a la anarquía que el vigor espontáneo del pueblo español tiende siempre a crear. Pero estos aires de sabiduría venían a tocar la frente de tal o cual partido o fuerza política en distintos momentos de la guerra civil, y pro breves períodos nada más, o tan sólo en aspectos limitados de los problemas candentes, de modo que durante toda la lucha la nota dominante siguió siendo el caos. 

Esta y no otra es la causa del desastre de la República: la incapacidad de que ha dado prueba para coordinar y armonizar las tendencias dispersivas del español; el fracaso que ha demostrado en crear y fomentar una alta pasión nacional bastante fuerte para absorber en una unidad superior las dos pasiones negativas del español: la dictadura y el separatismo.

Guy Debord (Comentarios sobre la sociedad del espectáculo)

Cuando la sociedad que se reclama democrática ha llegado al estadio de lo espectacular integrado, parece que se la acepta en todas partes como realización de una frágil perfección. Así que ya no se la debe atacar porque es frágil; ya no es posible atacarla, porque es tan perfecta como jamás hubo otra. Es una sociedad frágil porque le cuesta dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad perfecta para gobernarla; la prueba es que todos cuantos aspiran a gobernar quieren gobernar precisamente esta sociedad, con los mismos procedimientos, y conservarla casi exactamente tal como está. Por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fragmento de partido intenta ya ni siquiera fingir que pretende cambiar algo importante. Nadie puede ya criticar la mercancía: ni en cuanto a sistema general, ni tan sólo como baratija determinada que a los jefes de empresa les haya convencido lanzar al mercado en ese momento. 

En todas partes donde reina el espectáculo, las únicas fuerzas organizadas son las que quieren el espectáculo. Ninguna de ella puede ser ya, por tanto, enemiga de lo que existe ni transgredir la omertá que afecta a todos. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que había prevalecido durante más de doscientos años, según la cual una sociedad podía se criticable y transformable, reformada o revolucionaria. Y eso no se ha conseguido gracias a la parición de nuevos argumentos, sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles. Por el resultado se medirá, más que la felicidad general, la fuerza formidable de la redes de la tiranía. 

Jamás hubo censura tan perfecta. Jamás la opinión de aquellos a quienes en algunos países se les hace creer todavía que siguen siendo ciudadanos libres ha estado menos autorizada a darse a conocer cuando se trata de decisiones que afectan a su vida real. Jamás estuvo permitido mentirles con tan perfecta impunidad. Se cree que el espectador lo ignora todo y no merece nada. Quien siempre mira para saber cómo continúa, no actuará jamás: Así debe ser el espectador. 

[...] Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo, el terrorismo. En efecto, prefiere que se la juzgue por sus enemigos más que por resultados. La historia del terrorismo la escribe el Estado; por tanto, es educativa. Las poblaciones espectadoras, no pueden, por cierto, saberlo todo acerca del terrorismo, pero siempre pueden saber lo bastante como para dejarse persuadir de que, en comparación con ese terrorismo, todo lo demás les habrá de parecer más bien aceptable o, en todo caso, más racional y más democrático.

[...] Incluso el propio McLuhan, el primer apologeta del espectáculo, que parecía el imbécil más convencido del siglo, ha cambiado de parecer al descubrir, por fin, en 1976, que «la presión de los mas media empuja hacia lo irracional» y que sería hora de moderar su empleo. El pensador de Toronto había pasado con anterioridad varios decenios maravillándose de las múltiples libertades que aportaba esa «aldea planetaria» tan instantáneamente accesible a todos y sin esfuerzo. A diferencia de las ciudades, las aldeas siempre han estado dominadas por el conformismo, el aislamiento, la vigilancia mezquina, el aburrimiento y los chismes una y otra vez repetidos sobre las mismas familias. Exactamente así se presenta a estas alturas la vulgaridad del planeta espectacular, donde ya no hay manera de distinguir a la dinastía de los Grimaldo-Mónaco o de los Borbón-Franco de la que había reemplazado a los Estuardo. Hay, sin embargo, discípulos ingratos que hoy en día intentan hacer olvidar a McLuhan y remozar sus primeros descubrimientos, aspirando a sus vez a hacer carrera en el elogio mediático de todas esas nuevas libertades que se pueden «elegir» aleatoriamente dentro de lo efímero. Probablemente tardarán menos en retractarse que su inspirador. 

[...] Se dice que hoy en día la ciencia se halla sometida a imperativos de rentabilidad económica; eso ha sido cierto siempre. Lo novedoso es que la economía haya llegado a entrar en guerra abierta contra los humanos, y no ya tan sólo contra sus posibilidades de vida sino también contra las de su mera supervivencia. Desde entonces el pensamiento científico ha decidido ponerse al servicio de la dominación espectacular, renegando de buena parte de su pasado antiesclavista. Antes de llegar a este punto, la ciencia poseía una relativa autonomía. Era capaz, por tanto, de pensar su parcela de la realidad, y así pudo contribuir sobremanera a incrementar los medios de la economía. Cuando la economía todopoderosa ha enloquecido, y los tiempos espectaculares no son otra cosa que eso, ha eliminado los últimos vestigios de la autonomía científica, lo mismo en el plano metodológico que en el de las condiciones prácticas en que se desarrolla la actividad de los «investigadores», que son inseparables uno del otro. No se pide ya a la ciencia que comprenda el mundo ni que lo mejore en algo. Se le pide que justifique al instante todo lo que se está haciendo. Tan estúpida en este terreno como en todos los demás que explota con la más devastadora irreflexión, la dominación espectacular ha mandado derribar el gigantesco árbol del conocimiento científico sólo para hacer tallar un garrote. Para obedecer a esta nueva demanda social de una justificación manifiestamente imposible, más vale nos saber pensar demasiado sino estar, por el contrario, bien adiestrado en las comodidades del discurso espectacular. En tal carrera, en efecto, la ciencia prostituida de estos tiempos despreciables ha encontrado prontamente y de buena gana su especialización más reciente. 

La ciencia de la justificación mentirosa había hecho su aparición, naturalmente, desde los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la proliferación cancerosa de las seudociencias llamadas «humanas»; pero la medicina moderna, por ejemplo, podía pasar por útil, y los que vencieron a la viruela y la lepra no fueron los mismos que capitularon vilmente ante la radiación nuclear y la química agroalimentaria. Se nota enseguida que hoy en día la medicina no tiene ya, desde luego, derecho alguno a defender la salud de la población contra un entorno patógeno,  pues eso significaría oponerse al estado o, cuando menos, a la industria farmacéutica.

analytics