Luis del Pino (La dictadura infinita) La evolución autoritaria de un Occidente cobarde y cansado de sí mismo

AUTORITARISMO CLIMÁTICO

El pasado 6 de diciembre de 2021 la revista American Political Science Review publicaba un artículo con el título «Legitimidad política, autoritarismo y cambio climático» en el que directamente se afirmaba que si los sistemas democráticos «se muestran incapaces de dar respuesta efectiva a la crisis climática», podría ser necesario «adoptar un enfoque más autoritario».

El autor del artículo es el estadounidense Ross Mittiga, un activista climático y profesor en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad Católica de Chile.

A juicio del autor del artículo, «la protección de los derechos básicos y la sujeción a procesos democráticos» son discutibles, mientras que la legitimidad fundamental de los gobiernos «descansa en garantizar la salud y seguridad actuales y futuras de sus ciudadanos», por lo que «los gobiernos que no quieran o no puedan llevar a cabo esta función» son ilegítimos.

En consecuencia, dado el estado de emergencia climática, «los gobiernos que actúen para preservar y proteger el medio ambiente... son (más) legítimos, mientras que los gobiernos que no actúen no lo son (o lo son menos)».

«En momentos de crisis», continúa el autor del artículo, los mecanismos de la democracia liberal podrían obstruir la labor de los gobiernos, «por lo que puede ser necesario recurrir a poderes de emergencia, que a menudo son autoritarios en cuanto a su carácter y alcance». 

¿Para qué podrían utilizar los gobiernos esos poderes autoritarios legitimados por la crisis climática, según el autor? 

En primer lugar, para «obligar a los ciudadanos a cambiar significativamente sus estilo de vida... por ejemplo reduciendo la ingesta de carne». Si esas restricciones son necesarias, entonces se las puede imponer justificadamente, «incluso si el hacerlo va contra los deseos democráticamente expresados o viola los derechos individuales o de cierto grupo». 

«También podemos imaginar —sigue el autor— un régimen de censura que impida la proliferación de desinformación y de negacionismo climático en los medios de comunicación». Dado que la libertad de expresión y la libertad de prensa «se han utilizado de formas que han socavado (y siguen socavando) una acción climática efectiva, dicha censura puede estar justificada». 

Y no solo las libertades de prensa o de expresión: «De la misma forma, responder de manera efectiva al cambio climático podría requerir relajar los derechos de propiedad, para poder nacionalizar, cerrar o reorientar ciertas empresas, particularmente en los sectores energéticos y agrícola».

Por supuesto, «los gobiernos también podrían justificadamente limitar ciertas instituciones y procesos democráticos, en la medida en que afecten a la promulgación o implementación de la política medioambiental».

¿A qué limitaciones de las «instituciones y procesos democráticos se refiere el autor? Pues, por ejemplo:

. A «imponer exámenes climáticos a los candidatos a cargos públicos».

. A impedir el acceso a cargos públicos «a cualquiera que tenga relaciones significativas con industrias que dañen el clima o que tenga un historial de negacionismo climático».

. A establecer «instituciones capaces de revertir decisiones democráticas previas (expresadas, por ejemplo, en referendos o plebiscitos)» que choquen con «las necesarias políticas climáticas». Por ejemplo, el autor sugiere la posibilidad de crear un «Tribunal Supremo de Expertos Climáticos» que pueda «avaluar, modificar o derogar toda legislación que exacerbe la crisis climática o contribuya a otras formas graves de destrucción medioambiental». 

Esta lista, dice el autor con toda sinceridad, «no describe de manera exhaustiva todo lo que el autoritarismo climático podría implicar».

«Pero el punto principal», concluye, es que si los mecanismos de la democracia liberal impiden la urgente y necesaria acción climática, esos mecanismos pueden «relajarse o suspenderse hasta que la (amenaza creíble de) emergencia haya pasado». Observen ustedes especialmente el paréntesis introducido por el autor del artículo: para suspender los mecanismos democráticos no haría falta ni siquiera que exista una emergencia; con que exista una amenaza creíble de que vaya a existir una emergencia, basta. El autor no lo aclara, pero cabe deducir que no serán precisamente los ciudadanos quienes decidirán democráticamente qué amenazas son creíbles (y justifican suspender los derechos democráticos) y cuáles no. 

El artículo es escandaloso, por supuesto. Vuelvan al principio de este capítulo e imaginen qué se diría si un lider occidental, como por ejemplo Donald Trump, hubiera hecho un llamamiento similar a imponer regímenes autoritarios, justificándolo con la «emergencia migratoria», con la «lucha contra la droga» o con la «guerra contra el fundamentalismo islámico». 

Pero lo verdaderamente inquietante no es el contenido del artículo en sí, sino el hecho de que se haya publicado en una de las más influyentes revistas estadounidenses de teoría política. La American Political Science Review es la principal de las revistas de la Asociación Americana de Ciencias Políticas (American Political Science Association, APSA), fundada en 1903 y que cuenta en la actualidad con más de 11.000 miembros en más de un centenar de países. Una versión previa del artículo de Ross Mittiga fue presentada y discutida en 2020 en la conferencia anual de la APSA.

El artículo no es, por tanto, la opinión de un autor más o menos exaltado o friki, sino la expresión de unas ideas que un influyente sector académico del campo de las ciencias políticas en Estados Unidos considera legítimas, admisible y dignas de ser publicadas y discutidas.

Es el hecho, precisamente, de que esas llamadas al autoritarismo sean consideradas publicables y legítimas lo que resulta inquietante, ya que indica que los intentos de «dar por superados» los sistemas liberales democráticos están ya en marcha, y con una fuerza que proyecta oscuras sombras sobre el futuro de la democracia en Occidente.

Porque lo cierto es que esa corriente en favor del autoritarismo con coartada ecológica no es nueva, ni muchos menos.

Norbert Bilbeny (Moral barroca) Pasado y presente de una gran soledad

 INDIVIDUALISMO

[...] El Barroco español fue también una cultura de la individualidad. En ella la gente muestra alianzas y complicidades, pero solo cuando se ve agraviada. No hay fraternidad ni un sentido explícito de lo comunitario. Y apenas encontramos autores que nos hablen de la amistad. Lo que predomina era el temor al otro, a su delación, y acabar siendo encausado por la Inquisición, como hereje o persona de sangre impía. De este modo era difícil tejer la solidaridad en una sociedad escendida entre la cultura elitista, la hidalga, la conversa y la puesta bajo sospecha. La literatura del Barroco es la crónica de una gran soledad. Prevalecía el individuo, no en su forma liberal —la del «individualismo posesivo» de la burguesía inglesa de aquel mismo siglo XVII—, sino en la forma feudalizante, aún, de las perrogrativas del rango y del honro.

En la Francia de aquel tiempo reaparece también la defensa del amour-propre —otrora condenado por los Padres de la Iglesia— en los escritos de moralistas como Pascal y La Rochefoucauld («L`intérêt est l´âme de l´amour-propre», Máximas, nº 24). También en nuestro siglo asistimos a un individualismo que no solo es posesivo, sino que, además, o alternativamente, quiere medirse a través de la posición que dentro del conjunto social ocupa el individuo. Así, son hoy elementos diferenciadores el poder, la fama, el prestigio o reputación, el estilo de vida, los signos de estatus social y, para todos, la moda y su jerarquía de marcas y precios, como hitos, todos, de la carrera por la distinción que corren tantas personas. El actual fenómeno masivo de la moda no existía sin el trasfondo psicológico de la vanidad y a la vez de las inseguridades personales de nuestro tiempo y que fueron también las del tiempo del Barroco. Hasta la ciencia y el mundo académico muestran hoy en muchos de sus individuos un exceso de «posicionamiento», con afán de autopromocionarse —el autobombo de citarse y conseguir citas ajenas— y hacer de la propia obra y persona toda una marca. En general, se da ya por descontado que el afianzamiento de una carrera profesional, empezando por el cultivo del curriculum vitae y la dramaturgia de la entrevista de trabajo, incluirá ese arte de la autopromoción narcisista. 

Vana vanidad digital. La obsesión por hacerse uno mismo fotografías y publicarlas acto seguido y sin reservas en Instragram y las redes sociales es la guinda visible de ese individualismo narcisista, característico del mundo actual. Para llamar la atención y destacarse del resto hay que exhibir en la iconosfera digital la vida personal e íntima en todos sus aspectos y momentos. Reviviendo la exterioridad cara al Barroco, la exhibición narcisista se concentra más en la representación de la imagen de uno o una que en la presentación de la propia identidad. Las nuevas generaciones han nacido y crecido en este entorno de pantallas como supuestas únicas ventanas para asomarse a ser vistos en el mundo, al precio, entretanto, de la espectacularización de la vida privada. El instagramer de hoy es otro representante de la vanidad barroca necesitada de espectáculo, transformando así al consumidor en productor, ahora dentro del engranaje capitalista y entonces dentro del ocaso del feudalismo rural y entreviendo las primeras formas del libre comercio. Comedias, libros y cuadros empezaron a tener un precio de mercado.

Durante el Barroco se inicia el modo de producción cinemático que domina hoy en la economía capitalista. El motor del negocio de la información es la mise-en-scène permanente, y sin individualismo exhibicionista, sin postureo, no hay tal puesta en escena ni negocio resultante. El postureo es una actitud que viene forzada por la conveniencia o por las ganas de agradar, mostrando, por ejemplo, que el individuo «está en forma», sabe elegir lugares, platos de comida o libros para leer —o fingir que lee— en la playa. Tiene un componente narcisista, pero no es totalmente narcisismo, porque a diferencia de este hay una necesidad de aprobación y en definitiva de contacto, aunque sea virtual, con los demás. No es un neurótico, como atribuye el mismo Freud al narcisista en su obra Introducción al narcisismo. El postureo es un narcisismo de baja intensidad, un exhibicionismo normalizado porque todos hacen igual y no escandaliza. En cambio, el narcisista está enamorado de sí mismo, y no precisa tanto alimento exterior, como es propio del sujeto solitario e inseguro de los tiempos actuales. Con el postureo se cree capaz de monitorizar su cuerpo y persona a través de la generación y maquillaje de su propia imagen. No se mira al espejo, él o ella creen ser espejo para el otro.

Hay, pues, un fondo triste en tanto que viven hoy de aparentar a través de las redes sociales, los medios de comunicación y los espectáculos. Son su vía de escape de la realidad que deben de suplir con el suministro de imágenes impostadas de felicidad y la ilusión de merecer el agrado y la aprobación de quienes las reciben. Ni siquiera el postureo actual, también a diferencia del narcisista, o del modelo esnob, pretende conscientemente diferenciarse de los demás, porque sabe que en postureo todos acaban siendo iguales. Y a diferencia también de aquellos, no tienen un yo integrado y desbordante, sino achicado y a trozos. Un yo que muestra por entregas a sus sufridos destinatarios cómplices, Su objetivo es agradar, ser aprobado y, sobre todo, darle una salida a su aislamiento.

En las redes actuales se vive en la absoluta ficción: uno cree ser único y es en realidad otro más. El sujeto del Barroco también vivía en un sueño, pero su individualidad no era un ficción. Y también parece más rica. Así, Quevedo muestra su lucidez al darse cuenta por lo menos del engaño que representa su individualismo, dando su vida por perdida

... ya que abracé los santos desengaños
que enturbiaron las aguas del abismo
donde me enamoraba de mí mismo.
                                    
                            (Heráclito cristiano, salmo 8)

[...] En nuestro tiempo el transfondo de la pregunta por la identidad personal ya no es cristiano ni estoico, pero sí igualmente existencial, como en el pasado barroco. No nos preocupa si somos, sino quiénes somos, ya que nuestro yo cambia de una situación a otra y así lo sentimos igual que aquellos antepasados: policéntrico y como sostenido en el aire. Un yo mestizo a la fuerza: ora integrado, ora marginal; ora público, ora privado, gozoso y fracasado; reflexivo y volátil. Superficial y pasajero, como las mil imágenes de que se alimenta cada día. En una palabra, el individuo se pregunta hoy, igual que ayer, por su propia mismidad. 

Para algunos científicos no es inimaginable pensar que dentro de unas décadas nuestro yo, ese núcleo complejo de información y recursos cognitivos, incluso emocionales, estará repartido como un híbrido entre nuestro cerebro, algún ingenio portátil y una potente base externa de datos —la nube—, accesible mediante una contraseña. Entonces nos preguntaremos aún con mayor motivo —si es que el preguntar permaneciera— quiénes somos.

* Bilbeny, Norbert (La justicia como cuidado de la existencia)
* Bilbeny, Norbert (La vida avanza en espiral) Conversaciones sobre...
* Bilbeny, Norbert (Robótica, ética y política) 

Byung-Chul Han (Capitalismo y pulsión de muerte)

VACÍO ANGUSTIOSO

La autolesión se ha convertido hoy entre los adolescentes en un fenómeno de masas. Miles de adolescentes se autolesionan en Alemania. Se infligen heridas a sí mismos intencionadamente y sienten con ello un profundo alivio. El método usual es hacerse cortes en el brazo con una cuchilla de afeitar. La autolesión se acaba convirtiendo en una verdadera adicción.

Como sucede en toda adicción, el intervalo entre las autolesiones se vuelve cada vez más breve y las dosis aumentan. Los cortes son cada vez más profundos. Los afectados sienten una «necesidad de autolesionarse». ¡Cómo compatibilizar la autolesión con el creciente narcisismo que caracteriza al individuo de hoy?

Quienes se autolesionan sufren a menudo depresiones y trastornos de ansiedad. Los angustia la sensación de culpa y vergüenza, de autoestima dañada. La constante sensación de vacío interior hace que ya no sientan nada. Solo al autolesionarse llegan a sentir algo.

De las personas que sufren depresiones o trastornos límites de la personalidad se escucha a menudo esta queja: «No me siento a mí mismo». Justamente muchos de los que se autolesionan sufren depresiones o un trastorno límite de la personalidad. Autolesionarse es, al parecer, un intento totalmente desesperado de sentirse a sí mismo, de restablecer la sensación de sí mismo. El cuerpo llora lágrimas rojas. Sangro luego existo.

¿De dónde viene la angustiosa sensación de vacío? Antes que nada es importante distinguir entre narcisismo y egoísmo. El sujeto del egoísmo se delimita para distinguirse del otro. Aquí hay una frontera clara del yo que lo diferencian del otro. Por el contrario, en la referencia narcisista a sí mismo se tergiversa al otro hasta que el yo acaba reconociéndose en él. El sujeto narcisista percibe el mundo como una modalidad de sí mismo.

La fatídica consecuencia es que el otro desaparece. La frontera entre el yo y el otro se difumina. El yo se difunde y se hace difuso. Un yo estable solo surge en vista del otro. Por el contrario, la autorreferencia excesiva y narcisista genera una sensación de vacío. El yo se ahoga en sí mismo.

Hoy en día las energías libidinosas se invierten sobre todo en el yo. La acumulación narcisista de libido del yo provoca la eliminación de la libido objetal, es decir, de la libido que se invierte en los objetos. La libido objetal crea un enlace con el objeto que, en contrapartida, estabiliza al yo. Cuando no hay ningún enlace con objetos y yo es devuelto a sí mismo, y esto hace que se desarrollen sentimientos negativos como la angustia o la sensación de vacío.

Hoy hay muchos imperativos sociales que provocan una saturación narcisista de la libido del yo. Esa saturación produce enfermedad. Por ejemplo el imperativo de autenticidad. Este imperativo desarrolla una compulsión narcisista a preguntarse, a espiarse y acecha permanentemente a sí mismo y, especialmente, a culparse constantemente a sí mismo. 

Muchos adolescentes sufren hoy angustias difusas, miedo a fracasar, miedo a fallar, miedo a quedarse descolgado, miedo a cometer un error o a tomar una decisión equivocada,  miedo a no estar a la altura de las propias exigencias. Uno se avergüenza de su propia insuficiencia. La autolesión es también un ritual de autocastigo.

La falta de autoestima que conduce a la autolesión apunta a una crisis general de gratificación en nuestra sociedad. Todos nosotros tenemos necesidad de afecto. El amor del otro es lo único que da estabilidad al yo. Por el contrario, la autorreferencia narcisista resulta desestabilizante.

Para un sentimiento estable de autoestima tengo que resultarme importante a mí mismo. Pero para eso necesito tener la noción de que soy importante para otros. Esa noción podrá ser difusa, pero es indispensable para la sensación de ser importante. La falta de sensación de ser es la causa de la autolesión. La autolesión quizá sea simplemente un grito en demanda de amor.

Yo no puedo producir por mí mismo el sentimiento de autoestima. Para tener ese sentimiento necesito que la instancia de la gratificación me venga de otros que me amen, me elogien, me reconozcan y me aprecien. El aislamiento narcisista del hombre, la instrumentalización del otro y la competencia de todos contra todos destruyen el clima de gratificación. 

El sujeto del rendimiento está sometido a la presión de aportar cada vez más. De esta manera nunca se alcanza un punto final y definitivo de la gratificación. Vive permanentemente con una sensación de carencia y con un sentimiento de culpa. Como no solo compite con otros, sino sobre todo consigo mismo, trata de superarse a sí mismo.

Hoy también se vuelve más difícil la gratificación primaria, que es inasequible a toda cuantificación. Esa gratificación primaria es la que da por ejemplo una verdadera amistad. La amistad es una relación con el otro que da estabilidad al yo y lo llena. Los «amigos» de las redes sociales carecen de la negatividad de lo distinto. Conforman una masa aplaudiente. Eliminan su alteridad en el «me gusta». 

La sensación de vacío provoca depresión. El sujeto del rendimiento, cuando cae en depresiones, se convierte en una pesada carga para sí mismo. Se produce una saturación narcisista del libido del yo. Esa saturación produce enfermedad. El sujeto del rendimiento está cansado de sí mismo, agotado de sí mismo, lo cual provoca paradójicamente un vaciamiento y un ahuencamiento del yo. [...]

¿Fueron incluso los atentados suicidas de París un intento perverso de sentirse a sí mismo, de restablecer en sentimiento destruido de autoestima, de erradicar a base de bombas y disparos el gravoso vacío? ¡Se podría comparar la psicología del terror con la psicología del selfie y de la autolesión, que también actúan contra el yo vacío? ¡Tenían los terroristas el mismo cuadro psicológico que los adolescente que se autolesionan y que por tanto vuelven su agresión contra sí mismo? 

Como es sabido, a diferencia de las chicas, los chicos vuelven su agresión hacia fuera, hacia otros. El atentado suicida sería entonces un acto paradójico en el que se identificarían la autoagresión y la agresión a otros, la autoproducción y la autodestrucción, un agresión de potencia superior que al mismo tiempo es concebida como un selfie definitivo. 

La pulsación del botón que hace estallar la bomba, sería la pulsación del disparador de la cámara. Aquí impera lo imaginario, porque la realidad, que consiste en discriminación y en desesperanza, ya no merece la pena ser vivida. 

* Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia)
* Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio)
* Byung-Chul Han (Psicopolítica)
* Byung-Chul Han (La agonía del Eros)
* Byung-Chul Han (En el enjambre)
* Byung-Chul Han (El aroma del tiempo) Un ensayo filosófico sobre…
* Byung-Chul Han (La salvación de lo bello)
* Byung-Chul Han (Topología de la violencia)
* Byung-Chul Han (Sobre el poder)
* Byung-Chul Han (Hiperculturalidad)
* Byung-Chul Han (Buen entretenimiento)
* Byung-Chul Han (Infocracia)

Fernando López-Mirones (Yo, negacionista)

EMPRESAURIOS

<<Hay una guerra de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra y la estamos ganando>>.
Warren Buffet

[...] Pero fue en 1947 cuando Kissinger, entonces secretario de Estado con el gobierno del presidente Nixon, escribió un informe que nos atañe desde entonces; en él figuran las intenciones del plan general en el que aún estamos inmersos. El mundo vivió entonces una explosión demográfica sin precedentes, sobre todo en Asia y en África, que alertó a los oligarcas occidentales: mucha gente, recursos limitados. El informe de Kissinger ponía en énfasis en que el llamado tercer mundo se estaba llenando de gente a la cual es posible que les dé por pensar, votar y dejar sin materias primas a los Estados Unidos y su anglosfera tras terminar el colonialismo propiamente dicho. Consideró necesario promover la esterilización, además de la anticoncepción y el aborto. Para ello, nada mejor que promocionar alternativas a la familia tradicional, en el marco de la cual a la gente de daba por tener demasiados hijos a pesar de ser pobres, o precisamente por eso, pues en esos países los hijos son un seguro para la vejez de sus progenitores porque se ocuparán del negocio familiar, cuidarán los campos y el ganado, o trabajarán desde niños para ayudar cuando las fuerzas les falten.

El en llamado primer mundo había que hacer lo mismo, pero con la excusa de integrar a la mujer en el mercado laboral como fuera, para alejarla de las tentaciones reproductivas. El modo de conseguirlo era el consumismo frenético; conseguir que bajaran los sueldos con el fin de que a las familias les hiciera falta tener a sus dos progenitores trabajando a la vez para conseguir electrodomésticos, coches, casas, moda y cada vez más medicinas. Así se les quitarían las ganas de tener seis o siete mocosos que querrían ir a caras universidades algún día. Nació de este modo la <<planificación familiar>>, un eufemismo típico del globalismo. En la IV Conferencia Mundial de Población que tuvo lugar en El Cairo en 1994, basándose en el Informe Kissinger, cerraron filas sobre lo que ahora conocemos como <<control de la población>>, eugenesia y globalismo. Para entonces ya sabían de sobra de la importancia de ponerle a todo nombres biensonantes, de la influencia de las palabras que tanto hemos desglosado en este libro; por eso empezaron a manejar términos como igualdad, salud reproductiva, derecho a decidir, educación sexual, etc.; pero, como siempre, sin respetar los conceptos aparentemente justos que sugieren, sino utilizándolos para su fin último: reducir la población del mundo como fuera.

Los datos, una vez más, no secundan la idea de que los recursos de la Tierra se agotan, ni que la población mundial es excesiva; simplemente no es cierto, aunque han conseguido que esta idea se implante en todos nosotros a través del cine y las series. La eficiencia técnica de los cultivos, la pesca y la ganadería los convierten ahora en cien veces más productivas de lo que fueron jamás.

Bilderberg ha hecho popular su proyecto, al que llama Nuevo Orden Mundial, NOM; cualquiera puede oír cómo lo mencionan sin parar sus propios medios de comunicación comprados, para hacer que nos vayamos acostumbrando a la idea. NOM y Agenda 2030, cuyo lema es <<No tendrás nada, pero serás feliz>>. 

Se trata de que el mundo se convierta en un único Estado regido por entidades supranacionales, como la ONU, la OMS, el Banco Mundial..., a los que, por supuesto, controlarán ellos de forma vitalicia y sin haber sido elegidos por nadie. Para conseguir este sueño grotesco necesitan primero demoler las bases de las identidades de los pueblos de la Tierra, empezando por el individuo, pasando por las nacionalidades, las religiones, la familia, y acabando por la propia esencia de nuestro ADN. Sí, porque este no era un libro de virus, sino de genes, que es lo que pretenden alterar con las inyecciones a base de miedos: pandemias, guerras nucleares, emergencia climática, hambrunas, pobreza y apocalipsis varios. Llevan años financiando las campañas políticas de los líderes de todo el mundo, colocan a sus peones a la cabeza de los países, casi todos los presidentes de Estados Unidos han tenido relaciones con Bilderberg, y, por supuesto, títeres como Macron, Troudeau, Sánchez y los que vengan son sus cachorros, son los que están implementado leyes por debajo de la mesa mientras nos mantienen distraídos luchando contra las causas románticas que ellos inventan para nosotros. Todo, claro, con la inestimable ayuda de sus medios de comunicación a nivel mundial, que son los grandes, sin excepción.

El globalismo financia al partido de gobierno y a los de la oposición en todos los países; los ciudadanos creen que eligen, pero en realidad ellos ganan siempre; salvo que aparezca alguien que se salte el guion, como ocurrió con Trump y Putin, en cuyo caso ponen todos sus medios para acabar con ellos, como se ha visto perfectamente.

Por supuesto, la propiedad y el dinero van a desaparecer para el pueblo, lo mismo que la soberanía alimentaria y energética. Llevan años de campañas mundiales para arruinar a los agricultores, a los pescadores, a los ganaderos, a los cazadores, a los recolectores de plantas medicinales, a los artesanos... Son colectivos peligroso porque podrían autoabastecerse o crear comunidades que caigan en la tentación de rebelarse. Alguien capaz de zarpar con su barquito y traer pescado a su pueblo es un peligro subversivo; alguien que pueda sacar de unas tierras cereales, legumbres, aceite... es una amenaza; personas preparadas para criar reses, ovejas, cerdos..., no, ellos quieren que los alimentos, el agua, la energía y el territorio sean de su propiedad.

Juan Carlos Girauta (Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos) Radiología de la nueva sociedad

Más chascos. Necesitas mirarte al espejo, y te lo va a poner delante Alexander Grau, filósofo alemán autor de Hypermoral. La nueva sed de indignación (Claudius, 2017), en los términos precisos de una entrevista llena de perlas, algunos de cuyos fragmentos tienen tu rostro. Estás a punto de descubrir que eres un moralista.

En la gaya ciencia, Nietzche afirma que Dios ha muerto y que lo hemos asesinado. Y después pregunta: «¡Cómo nos consolamos? ¿No es demasiado grande para nosotros la dimensión del acto? Tal vez Nietzche tenga razón. Tal vez esa acción era demasiado grande para nosotros. La mayoría de las personas tienen necesidad de un significado y una ideología que narre algo más grande: una religión, el arte, la cultura, la nación, los derechos humanos, la naturaleza, cualquier cosa. Bajo el peso del progreso técnico, el cristianismo, pero también las religiones sustitutivas del siglo XIX, a saber. nación, arte, cultura, han sido pulverizadas. Y se aferra a la moralidad como última religión [...] Ya sea que se trate de inmigración, clima, economía o instrucción, cada tema es traducido de inmediato a una jerga de evidente moralidad. Es bueno lo que es social, sostenible, amante de la paz y justo. La sociedad es multicolor, multicultural, eco-social-pacífica. Todo el que contradiga estos ideales es sospechoso o, peor aún, es condenado. [...] En la moralidad, hablando de derechos humanos y dignidad humana, el hombre se adora a sí mismo. Es una autoliturgia, un ritual de autodeificación. Y ese culto a sí mismo se inserta en una sociedad en la que la emancipación es el valor más alto. La moralidad es la religión de una sociedad narcisista. La función de los medios de comunicación no reside solo en la información, sino también en el entretenimiento y en todo lo que es injurioso. Los medios de comunicación han alimentado la tendencia a la moralización y a la comparación simplista entre «buenos» y «malos». 

Las sociedades occidentales, especialmente las élites, crean la impresión de que sus valores y su modo de vivir son el objetivo real de la historia. La moralidad permite una perspectiva histórica de salvación. Es un progreso moral permanente cuya arma es la sociedad posmoderna, multicolor, abierta e igualitaria. Se considera que, antes o después, también las culturas de Asia y África se transformarán en sociedades como esa, por lo que el mundo será un gran Nueva York y habrá «funcionarios de la diversidad» en Kabul y Teherán. Esta convicción raramente se expresa con claridad, pero es la ideología que la guía. Detrás de esto —y este es el malestar del que hablas—hay un universalismo cuyo éxito depende del triunfo de una sociedad rica y hedonista.

Al inicio del milenio, las sociedades occidentales habían conseguido crear la impresión de que migración e identidad, ecología y economía, tradición y progreso podían reconciliarse. Hace veinte años que vemos que es una ilusión. Los costes ecológicos de continuar con nuestro estilo de vida se han externalizado. Y dado que el sistema económico occidental también depende del concepto de desarrollo técnico continuo, destruye los últimos restos de la cultura y del estilo de vidas tradicionales. El mundo tiene que ser más global, flexible y dinámico. No se tolerará la resistencia. Resistir es «reaccionario». Y así se crea la homogeneidad, el autoritarismo y la intolerancia. Se celebra lo diverso, lo flexible, lo plural. Todo debe ser superexcitante, superinteresante y bueno. Quien no comparte esta afirmación de la diversidad es marginado por intolerante. Surge una paradoja de la diversidad: al ser la diversidad lo que todos desean, el resultado es la monotonía [...] Vivir moralmente ya no significa practicar la abstinencia, sino ser partidario de los derechos humanos, la paz en el mundo y la diversidad. Es sumamente cómodo, ya que puedes vivir de manera hedonista y moral al mismo tiempo. Un fenómeno único en la historia [...] Ya no nos preocupamos por el prójimo, pero se tienen unos ideales más grandes respecto a la humanidad. Mandamos a los abuelos a las residencias de ancianos porque son un estorbo para nuestra vida diaria; pero vamos a las manifestaciones en favor de una justicia mundial.

Las tradiciones culturales, las ideas religiosas, la prohibición del aborto y la eutanasia son valores hostiles a la emancipación. No sirven para nada en una sociedad capitalista de autorrealización. El hipermoralismo se refiere siempre a valores generales que no limitan la propia vida privada [...] La sociedad se transforma en un «espacio seguro» en el que el individuo narcisista es liberado de cualquier microagresión. Una sociedad de control social. Se castiga el anticonformismo. Será una sociedad en la que todos se sienten libres, pero nadie lo es.

[Europa es] una isla de prosperidad en medio de un mar de pobreza, guerra y sobrepoblación. Estamos en un estado de asedio. Sin embargo, las sociedades occidentales no tienen la capacidad mental de resistir a los conflictos que de ello derivan. Estamos indefensos mentalmente. [...] Solo veo dos alternativas desagradables: o Europa emerge de la escena mundial empobrecida y técnicamente atrasada mientras otras regiones determinan cómo será el mundo globalizado del siglo XXII o conseguimos llevar las otras culturas a nuestro nivel de decadencia y exportar nuestra hipermoralidad. Será la profanación del mundo. Tendría una cierta lógica trágica.

Bernat Castany Prado (Una filosofía del miedo)

El síndrome de Sarajevo. La globalización ha supuesto un desdibujamiento de numerosas categorías culturales, sociales y religiosas. Propias y ajenas. Una oleada de violencia compensatorias ha tratado de rebajar la ansiedad que todas estas transformaciones nos producen. Una parte de la población mundial ha salido beneficiada económicamente y socialmente de este proceso de apertura cultural, y es por eso que lo celebran. Pero «los perdedores de la globalización», tal y como los llama Bauman, tienden a verlo con horror.

Aunque no me gusta inventar nuevos términos, pues los que tenemos les bastaron a Montaigne y a Cervantes, he dado el llamar «síndrome de Sarajevo» a la tendencia en virtud de la cual, siempre que una sociedad celebra por todo lo alto la multiculturalidad, faltan pocas décadas para que se produzca en su seno una confrontación étnica, nacionalista o religiosa. La Exposición Universal de París, de 1889, en la que los diferentes países europeos celebraron que el mundo se les estaba quedando pequeño, culminó en la Gran Guerra, de 1914. Los Happy Twenties, y la Viena de Zweig, Freud y Wittgenstein, desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, de 1939. Los XIV Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo, de 1984, fueron enterrados por las guerras de los Balcanes, de 1991 a 2001; mientras que los Juegos Olímpicos de Barcelona, que fueron vividos como la gran fiesta de la globalización y del fin de la historia, han sido sustituidos por numerosas tensiones identitarias.

Parece que la historia respire entre aquellas épocas en las que domina la libertad pero falta el sentido y aquellas otras en las que domina el sentido pero falta la libertad. Como si fuesen dos vasos comunicantes (de absenta), las épocas pendulan entre la claustrofobia del sentido y la agorafobia de la libertad. Así, mientras en la Edad Media los individuos apenas tenían libertad, pero sabían perfectamente quiénes eran y qué lugar ocupaban en el cosmos, durante el Renacimiento la movilidad social, económica, religiosa o geográfica supuso al mismos tiempo un aumento de la libertad y un desdibujamiento del sentido y de la identidad. Y, como aprendimos en la carrera leyendo a José Antonio Maravall, a finales del siglo XVI y principios del XVII, la monarquía, la nobleza y la Iglesia se aliaron para destruir el culto renacentista por la libertad y la movilidad que amenazaba al Antiguo Régimen. Descompresión, represión. Dar cera, resbalón en la cera. Hai!

Lo mismo sucedió cuando, tras el embate ilustrado, los románticos se echaron a los cerros a balar deprimidos, y a idealizar las cadenas de la servidumbre medieval. Y hoy, tras el momentum libertario de los años sesenta, y tras esa filosofía glam que fue la posmodernidad (recuperada, como lógica cultural del capitalismo tardío), se oye a muchos gritar: «¡Veis como no era una buena idea el cuento de la libertad y la indefinición!». Pero eso es tirar las niñas con el agua sucia de las lentillas.

El síndrome de Sarajevo es como el cuento de Pedro y el lobo. Solo que el lobo de la libertad nunca llega, mientras que el miedo que infunde su nombre les enseña a las ovejas a balar: «¡Vivan las cadenas!». Vivan las cadenas de las religiones oficiales, que nos dicen cuál es nuestro lugar exacto en el cosmos; vivan las cadenas de las ideologías dogmáticas que nos ahorran la tarea de pensar y dialogar; vivan las cadenas de las fronteras nacionales, que nos protegen de un mundo extraño y ajeno. 

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Derecho de autodeterminación. Pico della Mirandola celebró la incipiente libertad del individuo moderno en un hermoso mito que deberíamos contarles cada noche a nuestros hijos. Tras crear el mundo, los dioses decidieron concederles a cada animal un atributo específico. Hicieron valiente al león, cobarde a la oveja y astuto al zorro (el cuento no decía nada del oso hormiguero). Cuando le llegó el turno al ser humano, ya no quedaba ningún atributo libre. Decidieron, entonces, dárselos todos; solo que en potencia, de modo que fuese cada individuo el que escogiese con sus propios actos aquello que quería llegar a ser.

Según Pico della Mirandola, la dignidad del ser humano reside, precisamente, en su indeterminación. A diferencia de los animales y de los dioses, ningún individuo está condenado a ser lo que es por nacimiento, sino que tiene la libertad de elegir su identidad. Y ese es el fundamento de su dignidad.

Este derecho de indeterminación, que es también un derecho de autoindeterminación (pues, a diferencia de Felipe II, sí que hemos venido a luchar contra las circunstancias), ha sido el pilar del credo humanista, cuyo primer verso podría ser el célebre dictum de Cervantes según el cual «el hombre es hijo de sus propias obras». Pero este dogma de fe del humanismo no debe ser solo creído sino también practicado, y no solo de forma individual sino también de forma colectiva. Pues debemos defenderlo mediante políticas sociales y educativas que nos aligeren de los condicionamientos de la pobreza o la ignorancia, para que seamos nosotros quienes nos podamos determinar. A más justicia, más libertad.

Y es que el miedo al carácter indefinido del mundo, o a la indefinición de nuestra cosmovisión, no es una cuestión meramente filosófica, sino también social, puesto que se alimenta, en buena medida, del sufrimiento de las personas. El carácter injusto y descontrolado de los procesos de modernización o globalización tiende a generar grupos de desheredados que ven en todos esos cambios la causa de su sufrimiento. Por eso, para vencer el miedo a la indefinición del mundo, además del esfuerzo existencial, filosófico y poético, es necesario reducir el sufrimiento y la injusticia. Porque la verdadera monstruosidad del mundo no radica en la ausencia de fronteras esenciales, trazadas por el dedo de fuego de Dios, sino, simplemente, en que haya injusticia y dolor. 

No sospechaba Malcolm X que, además de política, estaba haciendo ontología cuando dijo: «The ballot or the bullet». 

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La corrosión del carácter. Pero la cultura capitalista no solo ha creado una doctrina de las virtudes que refuerza nuestra servidumbre voluntaria. También ha desactivado aquellas que podían ofrecerle algún tipo de resistencia. Richard Sennett trató esta cuestión en La corrosión del carácter. El termino «carácter» hoy nos suena raro. También nos hace arrugar la nariz (de hecho ya arrugamos más la nariz que los victorianos). Baste recordar que, para Aristóteles, el carácter, o ethos, era la suma de nuestros hábitos y virtudes, y constituía el objetivo básico de la ética (y de la moral, de mores, esto es, "hábitos", se entiende que virtuosos, que forman un carácter). Lo cierto es que un carácter compuesto de hábitos virtuosos es un carácter fuerte, capaz de resistir las presiones del destino o de la sociedad. El resto era una hoja al viento. En todo caso, hablar de hábito no te hace monje. Es necesario practicarlo o, como diría Nietzche, incorporarlo.

Todos los sistemas de poder buscan la «corrosión del carácter». Quieren gente impotente, asustadiza, sumisa, y al mismo tiempo colaboradora y estusiasta. Así que, cuantas menos virtudes, esto es, cuantas menos potencias o fortalezas reales se interpongan en su camino, tanto mejor. 

Por eso la cultura del nuevo capitalismo se fomenta la falta de sophrosyne o moderación. El objetivo es doble: que consumamos de forma compulsiva y que nos sintamos faltos de control, y por lo tanto impotentes ante las fuerzas laborales, económicas y políticas que nos arrastran. Nuestras revueltas son irnos de compras o hincharnos a helado viendo series.

Tambien se confunde o secuestra la phrónesis. Nadie sabe bien lo que quiere ni cómo debe perseguirlo, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. La propaganda, la autoayuda y la «ética» empresarial no hacen más que promocionar falsos valores. Vivimos confundidos, oscilando entre un nihilismo cínico y un entusiasmo aturdido. Damos palos de ciego en un mundo de neón. 

Fuera tambien la andreía, valor o fortaleza. El miedo, el desánimo, el cansancio y el abandono lo invaden todo. Nadie se siente capaz de alzarse, de resistir, de persistir o de vencer. Nos preguntamos cómo los obreros del pasado fueron capaces de arriesgar sus trabajos y sus vidas en largas huelgas salvajes, mientras que nosotros no nos atrevemos a elevar la más mínima queja por si el jefe nos coge manía. Además todo nos da pereza, que es uno de los cien nombres del miedo. 

Daniel Innerarity (La sociedad del desconocimiento)

Inutilidad: el valor del saber 

La idea de que vivimos en una sociedad del conocimiento se ha convertido en un lugar común. El saber y la formación, se dice, son los principales recursos y quien invierta en formación estará invirtiendo en el futuro. A primera vista parecería que se cumple así el sueño de una sociedad formada. Una segunda mirada es más bien decepcionante: mucho de lo que se presenta como «sociedad del conocimiento» no deja de ser un gesto retórico que tienes menos que ver con la idea de formación que con intereses políticos y económicos inmediatos. Uno tiene incluso la impresión de que en la sociedad del conocimiento precisamente lo que no tiene ningún valor propio es el conocimiento, en la medida en que el saber es definido de acuerdo con criterios, expectativas, aplicaciones y valoraciones externas.

Se dice que la sociedad del conocimiento ha sustituido a la sociedad industrial, pero da la impresión de que, al contrario, es el saber el que se ha industrializado de manera acelerada y se piensa la producción, almacenamiento y aplicación del saber como si se tratara de un bien más. De hecho, el lenguaje es muy delator: nos hablan de transferir la investigación en tecnologías, es decir, en zonas de rentabilidad económica.

La universidad está sufriendo una enorme presión de funcionalización económica inmediata, lo que se pone de manifiesto en esa alianza ideológica entre las cantidades y la pedagogía, en virtud de la cual todo se resuelve en magnitudes contables y se dispone para su utilidad mercantil gracias a una genérica capacitación pedagógica. Para comprender este proceso basta con reflexionar sobre la significación que tienen algunos procedimientos en marcha: la acreditación está todavía muy condicionada por el peso de las cantidades; los nuevos créditos ECTS (European Credit Transfer and Accumulation System) están pensados a la medida de las normas industriales; la euforia del power point sirve para prescindir de las conexiones lógicas; el impulso del trabajo en equipo funciona como procedimiento para favorecer la homogenización y disuadir de la creatividad; los rankings son un producto de la mentalidad del management aplicada a la enseñanza...

Lo que todo esto revela es que no estamos hablando tanto de formación como de un tipo de saber que se trata como una materia prima y que convierte a los estudiantes en algo disponible para el mercado de trabajo. El saber y la formación no son ningún fin en sí mismos, sino un medio para los mercados emergentes, la cualificación de los puestos de trabajo, la movilidad de los servicios y el crecimiento de la economía. No es extraño que el lenguaje de los valores inmateriales adopte la forma del capital: como capital humano, social o relacional. Toda capacidad humana se convierte en una capacidad de la que se puede hacer un balance. De ahí la dificultad a la que se enfrentan aquellas materias en las que se ejercita una forma de pensamiento que no tiene relación inmediata con una praxis, como las lenguas clásicas, las matemáticas, el arte, la música, la filosofía. Domina el modelo de empleabilidad y la competitividad. Como nos advierten reiteradamente, en un mundo que cambia velozmente, en el que se modifican las competencias, habilidades y contenidos exigidos, la «falta de formación» (lo dicen con otras palabras, pero es esto) se convierte en una virtud que permite al sujeto, con flexibilidad, rapidez y sin cargas, ponerse a disposición de las exigencias del mercado.

Ahora bien, el «hombre o la mujer flexible», que están dispuestos a aprender toda la vida, que ponen sus habilidades cognitivas a disposición de los mercados frenéticos, son una caricatura de la formación humana. Sin capacidad sintética, sin sentido ni interpretación, un saber así no es más que piezas prefabricadas (módulos y créditos), que se pueden poner a disposición de casi cualquier cosa y se olvidan. De un saber fragmentado y universalmente disponible, no surge ningún ideal de formación ni de sentido crítico.

Todo esto revela un profundo desconcierto acerca de lo que significa el saber y de su utilidad social última. El saber es más que información con utilidad inmediata; es una forma de apropiación del mundo: conocimiento, comprensión y juicio. Sin reelaboración y apropiación subjetiva en términos de comprensión, las mayor parte de las informaciones se quedan como algo meramente exterior. A diferencia de la información, que es interpretación de datos para la acción, el saber es una interpretación de datos para describir su relación causal y su consistencia interna. Los datos y conceptos sólo se convierten en saber cuando pueden ser vinculados de acuerdo con criterios lógicos y consistentes que constituyan una totalidad con sentido. El saber existe únicamente allí donde algo se explica o se comprende. Saber significa siempre poder dar una respuesta a la pregunta acerca del qué y el por qué.

El valor del saber que la escuela o la universidad están obligadas representar no es el del almacenamiento, la competencia o la utilidad inmediata. Cuando sostenemos que la universidad concretamente es un espacio en el que hay docencia e investigación no estamos aludiendo a dos actividades que deban realizarse al mismo tiempo, sino a la naturaleza del saber que se cultiva en la universidad; que uno enseña lo que investiga e investiga lo que enseña quiere decir que nos interesa aquella dimensión del saber que lo tiene como algo provisional, revisable, discutible, sujeto a crítica; de alguna manera nos dedicamos a enseñar lo que no sabemos. Para el saber asegurado están otras academias de noble oficio.

La universidad es el lugar de la problematización del saber, donde el saber se revisa continuamente y se convierte en objeto de reflexión. Este tipo de saber no se puede producir donde no hay una cierta libertad frente a la utilidad, el imperativo de la relevancia para la praxis, la cercanía social, la actualidad. El saber en este sentido se escapa de los modelos estandarizables y reproducibles; remite siempre a una creatividad que no se puede institucionalizar en procedimientos que la aseguren. Y esto es precisamente lo que está en juego: la consideración del saber como una mercancía o como algo que tiene valor en sí mismo, como mera pericia que se transmite o como juicio crítico que cada uno (cada sujeto, cada generación) debe adquirir. 

* Innerarity, Daniel (Pandemocracia) Una filosofía de la crisis del... 

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