Roberto Esposito (Inmunidad común) Biopolítica en la época de la pandemia

Filosofía de la inmunidad

La relación entre inmunología y filosofía está establecida desde hace tiempo como lo atestiguan los estudios cada vez más numerosos sobre el asunto. Además, sería extraño que una disciplina como la inmunología, que gira entorno a los conceptos de identidad y alteridad, propio y común, conservación y evolución, no se refiriera a autores y textos filosóficos. Y, de hecho, referencias a Platón y Aristóteles, a Locke y Leibniz, a James y Husserl —por no hablar de Darwin, Nietzsche y Foucault— están a la orden del día en la discusión entre historiadores y teóricos de la inmunidad biológica. La filosofía es tomada en consideración por la inmunología y los filósofos recurren a su vez al paradigma inmunitario. Pero en este aspecto no se trata solo de pensar la inmunología filosóficamente, sino de ver la filosofía desde el punto de vista de la ciencia inmunológica. Lo requiere la importancia no solo epistemológica —la que atañe a las ciencias cognitivas— sino también la ontología de la categoría de inmunidad. Desde el momento en que la comunidad, entendida como relación constitutiva entre los seres humanos, ha devenido tema indispensable de la reflexión filosófica contemporánea, es natural que su otra parte inmunitaria sea aceptada con igual interés. No solo como un contenido entre otros, sino como paradigma interpretativo de esa época moderna que ha visto cómo asumía una importancia cada vez mayor. 

[...] Pero la elaboración del paradigma inmunitario, por parte de Nietzsche, no se limita a identificar esta contradicción. Esta penetra también en el interior de su léxico, desde el inicio proclive a asumir una tonalidad biológica y médica en particular. El remedio inmunitario es semejante a un medicamento que sirve para contrarrestar una enfermedad incurable porque coincide con la misma fuerza vital: «La enfermedad más grave que padecen los seres humanos tiene su origen en la lucha contra las enfermedades: a largo plazo, los presuntos remedios ocasionan consecuencias peores que las que trataban de evitar». Aquí se capta el carácter antinómico del mecanismo inmunitario. Reaccionando a la acción del mal, sin poder eliminarlo, la inmunización se queda en un plano subalterno, acabando por expresarse en su mismo lenguaje. Al tratar de negarlo —o más bien de repudiarlo— el dispositivo inmunológico habla el mismo vocabulario que quisiera impugnar, juega en el campo del enemigo que con gusto derrotaría, para acabar finalmente derrotado. Sustituye una plenitud —el mal original— por un vacío, una fuerza por una debilidad, un más por un menos. De este modo debilita la fuerza, pero al mismo tiempo fortalece la debilidad. En términos médicos, el cuerpo produce antígenos para activar sus propios anticuerpos, pero, al hacerlo, se arriesga a sucumbir por el veneno que él mismo se inyecta. Es lo que, en la economía de la salvación, hace el pastor de almas, con su rebaño enfermo: «trae consigo ungüentos y bálsamos, no hay duda; mas para ser médico tiene necesidad de herir antes; mientras calma el dolor producido por la herida, envenena al mismo tiempo esta». Si el fármaco utilizado tiene la misma sustancia que el virus que se pretende combatir —como en la práctica de la vacunación— se mantiene dentro del círculo de la enfermedad, potenciando sus efectos agresivos. Por supuesto, como es sabido, para que la vacunación funcione no debe superar una determinada dosis. Pero el problema planteado por Nietzsche se refiere a la lógica del procedimiento inmunitario. Si es la vida misma la que está enferma, y con ella el hombre que la vive, cualquier fármaco diseñado para mantenerla tiene, como cualquier veneno, el sabor de la muerte. 

La punta de la crítica nietzscheana, antes dirigida contra sacerdotes y salvadores, ahonda en el cuerpo mismo de la civilización moderna. El proceso de civilización, del que la Modernidad constituye el resultado provisional, conlleva consecuencias estructuralmente antinómicas. Por un lado, agiliza la vida, alejándose de los riesgos mortales que la amenazan, Por otro, precisamente así la debilita. Es justamente la obsesión por la duración —por la conservación— lo que impide su desarrollo, condenándola a la insolvencia. Querer separar —como hace la ideología moderna— ser y devenir del cuerpo vivo inmoviliza su vida, que está siempre en devenir.: «lo que es útil para la duración del individuo podría ser desfavorable para su fortaleza y su esplendor, lo que conserva al individuo podría al mismo tiempo fijarlo y detenerlo en la evolución». Conservar no rima con desarrollar. Uno es lo contrario de los otro y a la inversa. Lo que impulsa a la Modernidad hacia la deriva nihilista es la incomprensión de este contraste: la pretensión de «conservar» el desarrollo, sin darse cuanta de que así lo impide. Limitándonos a sobrevivir, la vida se niega a sí misma, cediendo a aquella misma negación que quería controlar. Por otro lado, si el mal no fuera frenado por el aparato inmunitario que la Modernidad ha puesto en marcha, seguiría creciendo rampante, llevado al extremo por el flujo ciego de una vida que no conoce límites.

Toda la obra de Nietzsche es una manifestación de este drama —de la imposibilidad de la dialéctica que todavía en Hegel conseguía la afirmación positiva de la tensión productiva con lo negativo—. Ahora esa posibilidad queda excluida por la fractura que parece engullir toda medicación. La vida no puede ser ni frenada en su impulso expansivo ni proyectada más allá de sus propios límites. En todo caso está destinada a destruirse —de manera explosiva o implosiva—. Por la fuerza o por la debilidad. A través de la enfermedad o de la medicina. La única oportunidad, quizá aún abierta, de salvar al organismo de su disolución no es sustraerlo a la enfermedad, sino asumir esta como tal —en su aspecto movilizador, innovador y productivo— sin contraponerle una idea mítica de salud perfecta: «No existe una salud en sí y todos los intentos para definir una cosa semejante han dado un resultado lamentable». No solo porque nunca ha sido claro qué significa realmente salud y, por lo tanto, enfermedad, sino porque una es inseparable de la otra. La enfermedad no es lo contrario de la salud; en todo caso, parece ser su reverso, su cara en la sombra. O, mejor aún, su presupuesto. Sin la primera, no existe la segunda: «Por fin quedó al descubierto claramente la gran pregunta de si podríamos prescindir de la enfermedad, incluso para el desarrollo de nuestra virtud, si especialmente nuestra sed de conocimiento, de autoconocimiento no necesitaría del alma enferma tanto como el alma sana». Por eso los griegos adoraban la enfermedad como a un dios, siempre que fuera potente. La salud no es un bien en sí. Ni tampoco lo es para siempre. Solo lo es si constituye el tránsito benéfico entre dos estados de enfermedad. Más que una posesión, es una adquisición, tal que «uno no solo la tenga, sino que además continuamente la adquiera y tenga que adquirirla porque cada día la entrega de nuevo y tiene que entregarla». 

Rob Riemen (El arte de ser humanos) Cuatro estudios

Salvar la razón

[...] Husserl no se murió. sino que se durmió profundamente, ahora sin soñar. Pero sólo le quedaban unas cuentas semanas de vida, como temía. Lamentablemente, su condición no le permitió terminar el que sería su libro más importante. Sin embargo, ya había explicado a grandes rasgos cómo quería salvar la razón y así curar la enfermedad de Europa. Fue tres años antes, el 7 de mayo de 1935, cuando la Unión Cultural de Viena lo invitó a pronunciar un discurso en una sala del Museo de Austria sobre: la filosofía en la crisis de la humanidad europea. 

Husserl inicia su charla estableciendo el hecho político más importante, cuyas consecuencias nadie puede prever completamente: las naciones europeas están enfermas, Europa está en crisis. Continúa con una pregunta tan incómoda como atinada: ¿por que las ciencias naturales saben encontrar soluciones efectivas a los problemas de la física, pero las humanidades, con la filosofía en primer lugar, no son capaces de curar la mente enferma de la sociedad europea? Y otra pregunta incómoda: ¿ no será que las humanidades, además de ser incapaces de curar la profunda crisis de la civilización europea, son, en parte, culpables de esa misma crisis?

Husserl no lo dice explícitamente, pero su audiencia comprende a lo que apunta. Si las humanidades son cómplices del ascenso del fascismo, del comunismo, el nacionalsocialismo y el capitalismo que destruyen todos los valores espirituales, no ha de extrañarnos que muchos intelectuales sean servidores entusiastas del totalitarismo, incluido el de Mammón.

Europa y los académicos europeos deberían sentir vergüenza, ya que es precisamente este continente el que vio nacer la filosofía. Mejor dicho: la filosofía original, es decir, la filosofía que todavía es una ciencia universal, que sin el influjo de opiniones, prejuicios y tradiciones investiga el conjunto de la realidad para que logremos ser completamente humanos, apoyada en el Logos y la Razón trascendental. Porque el ser humano es una criatura incompleta, algo le falta. Los que realmente piensan, a diferencia de los que forman parte de la masa, siempre se preguntarán: ¿quién soy?, ¿cómo puedo realizarme? El hombre-masa no necesita hacerse estas preguntas: dejan de tener sentido para los que fueron absorbidos por el espíritu colectivo. Pero para los que piensan son preguntas pertinentes: una tarea espiritual, la búsqueda de una verdad metafísica y de los valores espirituales que el individuo debe incorporar para poder vivir con dignidad.

Ante su atenta audiencia, Husserl afirma que el objetivo original de la filosofía es elevar la mente humana al nivel de esta verdad meta-física, de estas ideas y valores que van literalmente más allá de lo físico, a fin de transformar la humanidad y, elevándola, renovada radicalmente para que, consciente de lo que es valioso, asuma la responsabilidad por ella misma y por el mundo natural en el que le ha sido otorgado vivir. Y esta crisis del espíritu europeo tiene su origen en un racionalismo equivocado. El racionalismo de la Ilustración fue un error: no sólo produjo académicos que se perdieron en un intelectualismo y un esnobismo desconectados de la realidad, sino que, mucho peor, nos hizo perder, como sociedad, la conciencia de nuestra relación con la Razón transcendental, el Logos de los filósofos griego. En cambio, es exactamente ahí, en la verdad metafísica, donde podemos encontrar la imagen de los seres humanos que debemos ser: los valores espirituales y morales que debemos asumir para lograrlo. Esos valores no se verifican empíricamente, no podemos encontrarlos en la realidad cotidiana; superar ese nivel. Las ciencias fácticas no pueden mostrarnos dichos valores y significados, ya que van más allá de los hechos. Pero es la filosofía, la original, la que nos puede ayudar a esta tarea espiritual. Constantemente nos obliga a mirarnos en ese espejo crítico que desenmascara cualquier autoengaño. Pero lamentablemente ya no existe esa filosofía. Ahora sólo hay ciencias fácticas, que nada pueden decirnos sobre nuestra ansiedad fundamental. En nuestro mundo nos encontramos en medio de los escombros de una razón que las ciencias exactas y la filosofía positiva han reducido a una anti metafísica; un naturalismo y un objetivismo despojados de todo significado universal, carente de un lenguaje capaz de crear y dar vida.

La humanidad quedó huérfana en relación con la Naturaleza y está destruyéndose consciente y deliberadamente, sin ninguna noción del valor que posee. La humanidad, que alguna vez fue la corona de la creación, ha quedado reducida a una masa errante, desalmada, dominada por demonios. Lo que quedó es una sociedad llena de tedio y sensacionalismo, a causa de la falta de sentido que cultivar; una sociedad llena de ignorancia, por la estupidez que cultiva, y llena de conformismo, a causa de la ideología utilitaria que cultiva.

En el epílogo de su conferencia en Viena, Husserl vaticina que esta crisis de la civilización tiene sólo dos desenlaces posibles: o bien el ocaso de Europa, el descenso a la barbarie porque el continente no sabe reparar su razón, su brújula moral; o bien una Europa que renace, fruto del espíritu de la filosofía y gracias al heroísmo de una razón que derrota al naturalismo de una vez pos todas. Pero esto sólo es posible, advierte a modo de conclusión, si Europa supera su desidia y se atreve a luchar por la mente humana; por la razón que conoce su vínculo con el Logos, la Razón de los primeros griegos. Termina alentando al público con una afirmación que suena a grito de guerra: "¿Porque sólo el espíritu es inmortal!"

Husserl es sepultado el 29 de marzo de 1938. Un solo amigo, colega suyo en la facultad de Filosofía de Friburgo, la universidad donde apenas hacía una década Husserl era el filósofo más influyente de Alemania, se anima a asistir al sepelio de su antiguo tutor. 

Sólo el espíritu es inmortal, pero el espíritu en Alemania y Europa está muerto. El orden mundial de la mentira y la estupidez victoriosa, en cambio, está más vivo que nunca...

El lema de la historia

No han cambiado mucho las cosas. El orden mundial de la mentira y la estupidez victoriosa siguen vigentes. No debería sorprendernos, porque también pululan las larvas de la desolación de no saber y del fanatismo del saber único. Y si hay algo que nos enseña la historia, esa que Cicerón nos presentó con orgullo como nuestra magistra vitae, la tutora de nuestras vida, es que justamente no aprendemos las lecciones de la historia, sencillamente porque no la conocemos. No tenemos memoria, y por eso la estupidez puede seguir triunfando.

Hace mil novecientos años, el 24 de abril del año 121, nació Marco Annio Vero, que tiempos después sería conocido como el emperador Marco Aurelio. Era el hijo adoptivo del emperador Adriano. Si bien lo reclamaban todos esos asuntos con los que el monarca del Imperio romano tenía que lidiar; y todas esa batallas en que tenía que combatir. Marco Aurelio siempre fue un pensador que tomaba notas sucitas, estrictamente privadas, de sus ideas; que no quería que se publicaran. Afortunadamente, sus apuntes se conservaron, y ochocientos años después después las encontró el obispo de Capadocia, un tal Aretas. Y es así como este emperador-filósofo puede seguir enseñándonos lo que sabía hace ya muchos siglos: "Pues la destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que una infección y alteración semejante de este aire que está esparcido en torno nuestro. Porque esta peste es propia de los seres vivos, en cuanto son animales; pero aquélla es propia de los hombres, en cuanto son hombres".

Si nos hubiéramos familiarizado con esta sabía noción, habríamos comprendido que la lucha contra la estupidez no es menos urgente que la que se emprendió contra la pandemia del coronavirus. Pero no hemos asumido esta verdad, y la supuesta educación "superior" no sabe hacerlo, habiéndose convertido en el baluarte por excelencia de la "estupidez elevada" de Musil, un hecho lamentable del que también era consciente, hace medio siglo, Eric Voegelin.

Nació en 1901 en Alemania con el nombre de Erich Vögelin, pero se crió y estudió en Viena. Era un brillante filósofo político. En 1938, cuando la Alemania de Hitler tomó el poder de Viena, logró escapar apenas de los nazis y se refugió en Estados Unidos, donde cambió su nombre a Eric Voegelin. Cuando le preguntaron por qué prefería vivir fuera del Tercer Reich de Hitler, él que no era ni judío ni comunista, dijo tener dos motivos.

El primero: como hombre cuyo talento y pasón consisten en dedicar su vida a las ciencias sociales y políticas, está completamente de acuerdo con Max Weber, quien admira, en que el primer requisito para todo académico es la integridad intelectual. Es una cualidad que es imposible de poner en práctica en una sociedad que es dominada férreamente por una ideología, sea cual fuere el tipo de colectivismo que ésta adopte. Todas las ideologías, así como la exigencia de integrarnos a ellas, son formas de engaño intelectual que sólo pueden conducir a la destrucción y la corrupción del intelecto, porque prohíben el pensamiento autónomo, el espíritu crítico, la autocrítica y la duda. 

Su segundo motivo: Le repugna que se mate a personas por mera diversión: "Es una diversión que consiste en adjudicarse una pseudoidentidad al tener vía libre para matar impunemente a quien sea, una pseudoidentidad que hace las veces de reemplazo de un yo humano que se ha perdido.

Después de un par de décadas en Estados Unidos, Voegelin se convirtió en uno de los filósofos políticos más brillantes del siglo XX. Con asombrosa erudición y un dominio de idiomas admirable (aparte de alemán, inglés, francés, italiano, latín y griego también sabía hebreo y chino) dedicó los cuarenta años que iban a quedarle a penetrar en las causas y las consecuencias sociopolíticas del nihilismo europeo y la mentira hecha orden mundial. O, en términos de la pregunta que se hizo (y que nos hizo) en una conferencia en 1968: "¿Cómo podemos nosotros, los seres humanos, escapar a la mentira socialmente dominante de nuestra existencia?"

Su primera respuesta: aprendamos las lecciones de la historia. De ahí la advertencia en su libro (La crisis y el apocalipsis del hombre): "Es signo de una incomprensión fatal de las fuerzas históricas creer que un puñado de hombres puede destruir una civilización antes de que ésta haya cometido suicidio".

Su segunda respuesta, similar a la primera pero dirigida a sus estudiantes, es algo que proclamó toda su vida al inicio de cada nuevo semestre: "No hay tal cosa como un derecho a la estupidez; ni hay tal cosa como un derecho a ser iletrado; y tampoco existe el derecho a ser incompetente". 

Si Voegelin expresara estas ideas hoy en día, en su primera clase del año, muy pronto se quedaría con sólo unos pocos estudiantes entusiastas, y poco después sería despedido. Es que en las universidades la enseñanza se ha convertido en un producto, los estudiantes son clientes, y a los clientes nunca hay que dificultarles las cosas, sino que hay que mantenerlos satisfechos. 

* Riemen, Rob (Nobleza de espíritu) Una idea olvidada
* Riemen, Rob (Para combatir esta era) Consideraciones urgentes sobre....

Christopher Lasch (La cultura del narcisismo) La vida en una era de expectativas decrecientes

Un paternalismo sin padre

El nuevo rico y el rico a la antigua

Buena parte de los males analizados en este libro se originan en una nueva forma de paternalismo, surgida de las ruinas del antiguo paternalismo de los reyes, los sacerdotes, los padres autoritarios, el amo esclavista y el terrateniente. El capitalismo destruyó los vínculos de dependencia personal solo para revivir la dependencia bajo la cobertura de la racionalidad burocrática. Tras dejar atrás el feudalismo y la esclavitud y desbordar, luego, su propia modalidad íntima y familiar, el capitalismo evolucionó hacia una nueva ideología política, el del liberalismo del bienestar, que absuelve a los individuos de toda responsabilidad moral y los trata como víctimas de las circunstancias sociales. Desarrolló nuevos estilos de control social, que tratan a quien se desvía de la norma como un «paciente» y reemplazan el castigo por la rehabilitación médica. Dio pie a una nueva cultura, la cultura narcisista de nuestra época, que tradujo el individualismo predatorio del Adán americano a una jerga terapéutica que no proclama tanto el individualismo como el solipsismo, justificando el ensimismamiento como «autenticidad» y como «apertura de conciencia». 

De talante en apariencia igualitario y antiautoritario, el capitalismo moderno desechó la hegemonía del clero y de la monarquía solo para sustituirla por la hegemonía de las grandes corporaciones, de la clase gerencial y profesional que opera el sistema corporativo y el Estado corporativo. Surgió una nueva clase dominante de administradores burócratas, técnicos y expertos, la cual retuvo tan pocos atributos previamente asociados a una clase dominante —orgullo de su posición, «hábito de mandar», desdén por los órdenes inferiores— que su existencia como clase pasa a menudo inadvertida. La diferencia entre la élite gerencial y la vieja élite propietaria marca la diferencia entre una cultura burguesa, que hoy subsiste únicamente en los márgenes de la sociedad industrial, y la cultura terapéutica del narcisismo.

La diferencia aflora más nítidamente en los estilos contrastantes de crianza de los hijos. Mientras que el nuevo rico participa de la confusión reinante acerca de los valores que los padres deberían transmitir a sus retoños, el rico de viejo cuño tiene ideas muy firmes sobre la crianza y no duda en ponerlas en práctica. Intenta impresionar al niño con las responsabilidades asociadas a los privilegios que habrá de heredar. Hace lo que está en su mano para inculcarle cierta rudeza, que incluye no solo la disposición a sortear los obstáculos, sino la aceptación sin sensiblerías de las diferencias sociales. Para que los herederos del privilegio se conviertan en administradores y custodios de la gran riqueza —en presidentes de consejos de dirección, propietarios de minas, coleccionistas, connsoisseurs, padres y madres de las nuevas dinastías— deben aceptar la inevitabilidad de las desigualdades, lo ineludible de las clases sociales. Han de dejar de preguntarse si la vida es justa con sus víctimas. Deben dejar de «soñar despiertos» (como lo ven sus padres) y seguir adelante con los asuntos verdaderamente serios de la vida: los estudios, la preparación para una carrera, las lecciones de música, las lecciones de equitación, de ballet, de tenis, las fiestas, los bailes, la vida social; toda esa ajetreada ronda de actividades, aparentemente sin finalidad para un observador casual (o incluso para un observador atento como Veblen), a través de la cual el rico propietario adquiere disciplina y coraje, el don de la persistencia y el dominio de sí mismo.

En las familias de la vieja élite propietaria, los padres parecen plantear más exigencias a sus hijos que los padres «modernos», y la riqueza les brinda la facultad de respaldar esas exigencias. Controlan los colegios e iglesias a los que asisten sus vástagos. Cuando deben recurrir al consejo de algún profesional, tratan con el experto desde una posición de fuerza. Exhiben la confianza en sí mismos que se deriva del éxito: de un patrón de éxito reiterado, en muchos caos, durante varias generaciones. Al lidiar con sus críos, insisten no solo en su propia autoridad, sino en la voz autorizada del pasado. Las familias ricas se inventan leyendas en torno a sí mismas que los jóvenes internalizan. En muchos sentido, los más importante que entregan a sus hijos es una conciencia de continuidad generacional, algo muy poco frecuente en cualquier otro segmento de la sociedad contemporánea. James, el hijo de un empresario del algodón de Nueva Orleans, «da por sentado que él también tendrá un hijo», según Robert Coles, y que «la familia habrá de sobrevivir» como «lo ha hecho por siglos: a través de las guerras, las revoluciones, los desastres naturales y aquellos provocados por el hombre».

El sentido de la continuidad se debilita de forma significativa a medida que la élite va desplazando a la vieja clase proletaria. La antigua burguesía, que obtiene sus ingresos de sus propiedades antes que de un sueldo, representa aún la cima de la riqueza, pero, a pesar de sus cadenas de grandes almacenes y las fincas urbanas y las grandes plantaciones, no controla ya las grandes corporaciones locales y transnacionales, ni desempeña un papel preponderante en la política nacional. Es una clase agónica, obsesionada, ciertamente, con su propia decadencia. Pero, aun, en decadencia, sabe inculcar a los más jóvenes una sensación preclara de la propia valía, a menudo teñida de aprensiones que surgieren que las influencias foráneas están arrasando con todo. En Estados Unidos, la lealtad de clase que las familias propietarias inculcan a sus hijos se forjó en medio de impactantes escenas de la lucha de clases en ciertas áreas del país —el delta del Misisipi, los bosquecillos de naranjas de Florida, los Apalaches—donde la lucha sigue viva e intensa. Esa generalización de que los niños de hoy ven rara vez a sus progenitores en el trabajo se aplica difícilmente a niños que ven con sus propios ojos lo que sus padres hacen para ganarse la vida: explotar a los más pobres. Los padres de la vieja clase empresarial ni están ausentes ni se muestran impotentes en uno u otro sentido. De hecho, su aptitud para inculcar no solo respeto, sino temor, inquietan a sus vástagos. A pesar de todo, la mayoría de esos niños aprende finalmente a superar su noción de juego limpio, a aceptar las responsabilidades que supone la riqueza y a identificarse en todo sentido con la fortuna familiar.

Cuando oscilamos desde los propietarios ricos a los mucho más numerosos empresarios ricos, el patrón cambia. Aquí nos topamos con ejecutivos en fase ascendente, cuyos hijos no adquieren un sentido de la posición propia. El trabajador se convierte en algo abstracto, el conflicto de clases se institucionaliza y su ocurrencia se evita o niega. En las grandes urbes contemporáneas, el pobre tiende a hacerse invisible y el problema de la injusticia ya no se presenta tan nítidamente como en otros lugares. En las viejas familias empresariales, los niños temían que la casona familiar fuera arrasada y sus posesiones, saqueadas. Los hijos de las familias de los gerentes no poseen este sentido de la permanencia que origina ese temor. La vida se reduce para ellos a una serie de traslados y sus padres se reprochan por no brindarles un verdadero hogar: por no ser «mejores padres». 

En una de las familias estudiadas por Coles, que ilustra a la perfección este patrón emergente de desarraigo y anomina de los cuadros gerenciales, el padre, un ejecutivo de una empresa electrónica de Nueva Orleans, bebe en exceso y se pregunta en ocasiones «si todo vale la pena: la lucha que libró para llegar a la cima». La madre bebe también, aunque en secreto, y se disculpa ante sus hijos por «no ser una mejor madre». Su hija, criada por una serie de sirvientas, crece con ansiedades y rencores no bien definidos, con escasa culpa, pero mucha ansiedad. Se ha transformado en una niña problemática. En dos ocasiones ha escapado de su hogar. Ahora consulta a un psiquiatra y ya no siente nada «en particular» por ello, porque la mayoría de sus amigos acuden también al psiquiatra. La familia está a un paso de volver a mudarse.

La élite gerencial y profesional como clase dominante

Como hasta los ricos pierden el sentido de su posición y de la continuidad histórica, la sensación de «tener prerrogativas» —que da por sentadas las ventajas heredadas— da paso a lo que los clínicos denominan «prerrogativas narcisistas»: ilusiones grandiosas, vacío interior. Las ventajas que el. nuevo rico otorga a sus hijos se reduce únicamente al dinero. A medida que la nueva élite desecha la perspectiva de an antigua burguesía, no se identifica con la ética del trabajo y de la responsabilidad que conlleva la riqueza, sino con una ética del ocio, el hedonismo y la realización personal. Aunque siga gestionando las instituciones contemporáneas en provecho de la propiedad privada, sustituye la formación del carácter por la permisividad; la sanación de las almas, por la cura de la psiquis; la justicia ciega, por la justicia terapéutica; la filosofía, por las ciencias sociales; la autoridad personal, por la autoridad igualmente irracional de los expertos profesionales. Atenúa la competencia mediante la cooperación antagónica, a la vez que elimina muchos rituales en que las pulsiones agresivas se manifestaban en forma civilizada. Rodea a la gente de «información simbólicamente mediatizada» y sustituye la realidad por las imágenes de la realidad. Sin proponérselo, crea nuevas formas de analfabetismo, incluso al instaurar un sistema de enseñanza universal. En su intento de rescatarla, ha minado a la familia. La nueva élite ha rasgado el velo de caballerosidad que antaño atenuaba la explotación de la mujer y puesto a hombres y mujeres frente a frente, como antagonistas. Ha expropiado de manos del trabajador el conocimiento de su especialidad y el «instinto» de crianza a las madres y reorganizado todo ese conocimiento como un cuerpo de tradiciones esotéricas que resultan asequibles únicamente para los iniciados. La nueva clase dominante ha elaborado nuevos patrones de dependencia, con la misma eficacia con que sus antepasados erradicaron la dependencia del campesinado de su señor, la del aprendiz de su amo y la de la mujer de su hombre. 

No pretendo sugerir aquí que exista una conspiración de vastos alcances en contra de nuestras libertades. Las cosas que he mencionado se han hecho a la luz del día y, por lo general, con buenas intenciones. Tampoco surgieron como una política unificada de control social. La política social, por lo menos en Estados Unidos, se desarrolló como respuesta a una serie de urgencias inmediatas, y quienes la elaboraron rara vez veían más allá de los problemas que enfrentaban. Por lo demás, el culto al pragmatismo justifica su falta de voluntad o incapacidad de elaborar planes de largo plazo. El hilo conductor de sus acciones es la necesidad de promover y defender el sistema capitalista corporativo del que ellos mismos —los gerentes profesionales que operan el sistema— derivan buena parte de sus beneficios. La necesidades del sistema van perfilando la política y establecen los límites permitidos a debate público. La mayoría de nosotros puede ver el sistema, pero no la clase que lo administra y que monopoliza la riqueza que aquel general. Nos resistimos a un análisis de clase de la sociedad moderna por tratarse de una «teoría conspirativa». Nos privamos así de entender cómo surgieron nuestras actuales dificultades, por qué o cómo podríamos resolverlas. 

Stéphanie Roza (¿La izquierda contra la Ilustración?)

Asistimos actualmente en una parte del mundo académico y militante, que centra sus análisis, según sus propias afirmaciones, en los problemas de la opresión social, racial y/o sexual, a una verdadera andanada contra la "razón imperial racista" supuestamente activa en los principios políticos, los movimientos o partidos y los textos que reivindican, más o menos explícitamente, el proyecto humanista formulado originalmente por los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII. Este proyecto se encuentra asociado a un objetivo en el fondo imperialista, neocolonial, masculino y opresor, en una palabra: "blanco".

Con frecuencia, la referencia concreta a la Ilustración ha desaparecido incluso de esas críticas que ocupan desde hace una veintena de años un espacio relativamente importante en los campos de la filosofía política y más en general de las ciencias sociales, situando sus declaraciones en la confluencia de los debates intelectuales y políticos contemporáneos. En particular, la idea de universalidad se ha convertido en sinónimo de dominación. "Lo universal —cuestionado por los feminismos y los estudios gays y lésbicos—, que se sabía era masculino y heterosexual debe ser repensado también como "blanco" a la luz de los estudios poscoloniales, de las relaciones étnico-raciales y de los subaltern studies", afirma, por ejemplo, una socióloga. 

Este punto de vista analítico permite acusaciones especialmente graves lanzadas contra los movimientos de emancipación tradicionales: "El título de mi intervención ["Descolonizar el feminismo"] indica que ciertos feminismos son feminismos coloniales y deben ser descolonizados. Por feminismos coloniales entiendo un conjunto de discursos y de prácticas, activados por las fuerzas tanto externas como internas del feminismo, que consolidan o perpetúan el colonialismo bajo múltiples formas: colonialismo de la población, administrativos, económicos, militares, internos, etc, señala una profesora de Berkeley. Este tipo de excesos verbales, consistentes en acusar directamente a sus compañeras feministas de colonialismo, se ha popularizado. Resumiendo las conclusiones de tales investigaciones, una periodista no duda en afirmar: "Las ideas de la Ilustración han creado los problemas de raza y de supremacía blanca". Esta fórmula, curiosa en la forma como en el fondo, queda explicitada un poco más adelante: "La raza tal como la concebimos actualmente —una taxonomía biológica que transforma la diferencia física en relaciones de dominación— es un producto de la Ilustración". 

En tal caso, no se comprende por qué todos los movimientos racistas, sexistas, antisemitas y homófobos del mundo, desde los nazis, a los supuestos supremacistas blancos norteamericanos pasando por el Daech, no dejan de pisotear la herencia de la Ilustración hasta querer acabar con 1789 y la Declaración de los Derechos Humanos. Cabe preguntarse también cómo tantas luchas feministas (lejos de ser exclusivamente "blancas"), antiesclavistas y anticoloniales, han podido, por el contrario, reivindicar claramente su herencia. De manera general, tampoco se comprende por qué las tradiciones socialista y comunista reivindican expresamente la tradición de las Luces y de la Revolución francesa desde su aparición. El mismo movimiento anarquista era hasta no hace mucho globalmente fiel a este fondo común. Hay que interrogarse sobre este giro histórico de una parte de las corrientes de izquierda, que la  toman con sus propios compañeros de lucha y con sus más ilustres predecesores, con unos argumentos que no son fáciles de identificar teórica y políticamente y, en todo caso, con una violencia sorprendente. ¿Cómo explicar esta creciente hostilidad hacia el universalismo, el racionalismo y el progresismo de la Ilustración en un campo, el de la izquierda o más bien de las izquierdas, que supuestamente aspira a la emancipación humana e general? ¿Cómo se ha llegado a esto?

Por izquierda designamos aquí, de manera deliberadamente amplia, al conjunto de posiciones portadoras explícitamente de proyectos de subversión del orden existentes (político, social, económico) en favor de los oprimidos desde la Revolución francesa. Muy a menudo, los oprimidos se distribuyen en el discurso de las izquierdas en tres grupos principales: el primer lugar, las víctimas económicas del sistema de dominación (los proletarios, los explotados, la clase obrera); a continuación, las víctimas sexuales (las mujeres, los homosexuales); finalmente, las víctimas raciales (los pueblos colonizados, las minorías étnicas, los inmigrantes). La preocupación por la opresión socioeconómica es la señal más destacada de las ideologías de izquierda, pero las otras dos están presentes tanto en los textos como en las luchas concretas desde el siglo XVIII: aquí no serán consideradas como secundarias.

[...] La tesis que se defenderá aquí es que esta posición, contrariamente a las formas de critica que habían tenido lugar hasta entonces, no es portadora de ningún progreso en la emancipación intelectual, moral o política. Al contrario, la incriminación radical del legado de la Ilustración representa una regresión en la medida en que viene a alinearse, se quiera o no, volens nolens, con los argumentos y las tesis de la vieja crítica conservadora y contrarrevolucionaria de los antiilustrados. Tomar conciencia del punto muerto de tal enfoque es indispensable en la perspectiva de reconstrucción e incluso de rearme ideológico de la izquierda frente a los desafíos contemporáneos. 

Alexandre Lacroix (Cómo no ser un esclavo del sistema)

DANDIS Y CRÉDULOS

En la era de la web, ¿cuál es la actitud correcta? ¿Cómo es mejor vivir?

Descartemos de entrada dos comportamientos absurdos, dos errores contrapuestos.

La postura reaccionaria de quien prefiere salvar el viejo mundo de la separación y fingir que la conexión no existe es tan inútil como hipócrita. Inútil porque nuestra dinámica de civilización no tardará en barrer este tipo de anquilosamiento esporádico. La cuestión nunca ha sido tomar partido a favor o en contra de la tecnología, porque realmente no importa. Imagínate que en 1882 o 1883, cuando la compañía Edison empezaba a electrificar las ciudades, un cenáculo de intelectuales se hubiera reunido en Manhattan o en el Barrio Latino y hubiera pasado largas tardes debatiendo esta grave cuestión: ¿es el alumbrado eléctrico algo bueno o malo?  Por muy animadas que fueran sus discusiones, no habrían sido más que cháchara y una pérdida de tiempo. Que uno esté o no a favor de la electrificación a finales del siglo XIX es indiferente; un proceso de este tipo no requiere aprobación o condena desde el punto de vista moral, sino compresión desde la perspectiva antropológica. ¿Qué significa para el ser humano poder accionar un aluvión de vatios en casa mediante un interruptor, poder trabajar de noche, deambular por calles iluminadas y escapar de la oscuridad? Los intelectuales de hoy en día que se lanzan en encendidas diatribas contra el teléfono móvil, o que vilipendian las redes sociales, a menudo caen en la caricatura; como el medium que se concentra para mover un vaso con la sola fuerza de su mente, parecen haberse convencido de que su vindicta bastará para desviar el curso de los acontecimientos.

La postura del objetor de conexión es también hipócrita porque supone una independencia de la organización colectiva que, en realidad, solo se permite a los privilegiados. Así como hemos visto surge un «dandismo de desconexión» entre cierta élites, que tienen tiempo libre para dar un paso atrás, para retirarse de las exigencias profesionales durante días o semanas, por la simple pero inconfesable razón de que cuentan con un patrimonio y unas cuentas bancarias bien abastecidas. La perspectiva idealista, la «emboscadura» tan querida por el romanticismo alemán y por Ernst Jünger, no es más que avatares del desprecio aristocrático por las clases trabajadoras, sobre las que recae el peso de toda la sociedad. En la base de la escala, en el lado de los trabajadores pobres, de los frágiles, de los migrantes, el teléfono móvil se percibe como un viático, una herramienta casi indispensable para la supervivencia. 

[...] El horizonte del «totalitarismo digital» ya se deja entrever con los programas de espionaje masivo establecidos en las democracias occidentales, y de forma aún más inquietante en el Sistema de Crédito Social instaurado en China. Desde marzo de 2018, a cada ciudadano de la República Popular China se le atribuye una puntuación de ciudadanía, calculada a partir de los datos recogidos sobre el interesado. A quien haya publicado críticas al Partido, pertenezca a una minoría religiosa reprimida o tenga antecedentes penales, se le rebaja la puntuación, con consecuencias sobrecogedora para la vida cotidiana, puesto que una mala puntuación es privativa del acceso al transporte y de la libertad de movimiento de una provincia a otra o al extranjero, dificulta la obtención de préstamos bancarios, incrementa las pólizas de seguros, prohíbe montar un negocio o matricular a los hijos en las mejores escuelas y universidades. Este sistema se basa en gran medida en el uso sumamente extendido en China de la aplicación WeChat, que, una vez instalada en un teléfono móvil, permite a los usuarios enviar mensajes, hacer videollamadas o llamadas, pagar compras en tiendas, reservar un hotel, pedir un coche, pero también desbloquear una bicicleta o un patinete en la ciudad. Adoptado por casi toda la población activa del país, proporciona un servicio polivalente y centralizado. El gigante chino de las telecomunicaciones que la ha lanzado, Tencent, sabe qué posts publicas en redes sociales, los mensajes que encías a tu círculo, tus movimientos, tus compras, el estado de tu cuenta bancaria... En otras palabras, está en condiciones de cruzar las acciones de sus usuarios en línea y en el mundo físico. Esta tecnología es la nueva y aterradora arquitectura de la opresión, ya que una sola parte que se apoya en este dispositivo de última generación tiene la capacidad de reprimir e incluso impedir la más mínima desviación de su voluntad.

Así pues, las dos posturas extremas —permanecer apegado a los valores de la modernidad separativa por nostalgia, o convertirse en el turiferario y el heraldo de la modernidad conectiva— apenas son convincentes, porque la primera es demasiado contraria al sentido de la historia y se condena a sí misma a la impotencia, mientras que la segunda da carta blanca a las perores dominaciones del porvenir.
Entonces, ¿cuál es la actitud correcta?

POR UN POSUTILITARISMO

La gente está convencida, no sin cierto atisbo de razón, de que todos los reformistas e inventores de sistemas están locos [...] Hasta ahora, a mi entender, no ha ido mucho más allá de un sueño. [...] La otra noche soné que era el fundador de una secta; naturalmente, una persona de gran santidad e importancia. Se llamaba la secta de los utilitaristas.

El autor de esta nota de 1780 es el filósofo inglés Jeremy Bentham. Ese mismo año, autopublicó su obra maestra, Introducción a los principios de la moral y la legislación, y la distribuyó en un pequeño número de ejemplares entre su círculo más cercano (no fue hasta 1789 cuando un editor londinense la publicó oficialmente). Este relato del sueño es revelador, porque en él aparece por primera vez la palabra «utilitarista»; también muestra que la ambición de Bentham no era solo especulativa, sino que deseaba dar origen a una corriente de pensamiento impulsada por los miembros practicantes —los utilitaristas— que pudiera convertirse en una fuerza motriz en el espacio social.

En Introducción a los principios de la moral y la legislación, Bentham plantea una idea elemental, pero cargada de potencial revolucionario, la idea del principio de utilidad, «Por principio de utilidad se entiende aquel principio que aprueba o desaprueba una acción, sea la que sea, según la tendencia que parece tener a aumentar o disminuir la felicidad de la parte interesada, o lo que es lo mismo, a promover la felicidad u obstaculizarla». Dicho más sencillamente, una acción es buena si aporta felicidad o placer; es mala si causa infelicidad o dolor. Ninguna teoría moral sabría oponerse de manera admisible al principio de utilidad, sostiene Bentham, si caer en la falsedad o en la hipocresía. Así, la promoción del ascetismo, de la mortificación del cuerpo por la religión, es contraria a la moral espontánea del ser humano, que persigue la conservación y la realización de su vida. Algunas personas toman caminos de la existencia que las aleja de la felicidad y del placer durante mucho tiempo, pero esto se debe a que su concepción del bien es errónea, a que son víctimas de su propia imaginación o las doctrinas deletéreas. Obedecer al principio de utilidad, convertirse en una utilitarista, a los ojos de Bentham, no es, por lo tanto, adoptar una nueva filosofía, sino al contrario, redescubrir la moral natural del hombre más allá de las limitaciones y recomendaciones absurdas que la civilización ha acumulado. 

Sin embargo, el utilitarismo no es egoísmo; no se trata solamente de buscar el propio placer personal. De hecho, el principio de utilidad se aplica, en la óptica de Bentham, a escala tanto individual como colectiva: «Una acción es conforme al principio de utilidad, o, en resumen, a la utilidad (con respecto a la comunidad en su conjunto) cuando su tendencia a aumentar la felicidad de la comunidad supera a todas sus tendencias a disminuirla». Así, un empresario, un ejecutivo o el presidente de una asociación se comportan como utilitaristas si se esfuerzan por mejorar el bienestar de las personas bajo su responsabilidad más allá del suyo propio. En principio de utilidad, según Bentham, debería servir incluso de brújula para cualquiera que tome decisiones con repercusiones colectivas, especialmente los legisladores.

[...] Pues bien, si este es el credo de los distintos movimientos utilitaristas —pues hoy en día hay varios—, debemos admitir que casi todos pertenecemos a esta secta y que cuenta con cientos de millones, incluso miles de millones, de representantes en todo el mundo, muy por delante de las religiones. 

[...] Supongamos que en un hospital hay quince pacientes que esperan un transplante —de riñón, hígado, páncreas, corazón, etc— con un pronóstico comprometido a corto plazo sino no lo reciben. Según la lógica utilitarista de maximización del bienestar colectivo, ¿no deberíamos decidir matar a una persona joven en perfecto estado de salud para extraerle los órganos frescos y sanos, y salvar así quince vidas? Este asesinato en sí sería una mala acción, pero, en el gran esquema de las cosas, ¿no sería mejor salvar catorce vidas que perder quince? ¿No es el balance ampliamente excendentario, a juzgar por el principio de la utilidad? 

A decir verdad, la imprecisión de la doctrina utilitarista es más bien una buena noticia. En primer lugar, porque revela que el utilitarismo es insuficiente, que no siempre prescribe soluciones aceptables y que requiere de otros principios adicionales, como el respeto de la vida humana. Después, porque deja un margen a la interpretación. Si simplificamos un poco, atendiendo a que privilegiamos el nivel individual o el colectivo, podemos ser utilitaristas de derechas o de izquierdas. Los dos padres fundadores de la filosofía utilitarista tomaron posturas opuestas a este respecto. Jeremy Bentham es claramente individualista, e insta a su lector a maximizar su propia utilidad, confiando en que el bienestar colectivo vendrá por añadidura; está en línea con la mayoría de los pensadores liberales, que creen que los vicios privados hacen la virtud pública, es decir, que el afán de lucro del individuo asegura la prosperidad de una nación. Pero para John Stuart Mill, en cambio, que en la última parte de su vida se acercaba cada vez más al socialismo, era necesario pensar primero en el plano colectivo antes de pasar a las consideraciones privadas. Así pues, es mejor maximizar el bienestar del conjunto de la sociedad que el de unos pocos privilegiados.

[...] Pero John Stuart Mill, en su obra El utilitarismo (1863), publicada primero por capítulos en la prensa  diaria y de un éxito considerable, no es tan categórico. En lugar de proponer una serie de criterios, una taxonomía de los placeres combinada con reglas de cálculo, opta por lanzar una observación de carácter general, que, a efectos de demostración, produce casi el mismo efecto que un pelo en la sopa:

    Si las fuentes de placer fueran exactamente iguales para los seres humanos y para los cerdos, la regla de vida que fuera suficientemente buena para los unos sería lo suficientemente buena para los otros. [...] Los seres humanos poseen facultades más elevadas que los apetitos animales, y una vez que son conscientes de su existencia no consideran como felicidad nada que no incluya la gratificación de aquellas facultades.

Elogia los placeres elevados que apelan a las facultades intelectuales, como escuchar una pieza musical, resolver un problema matemático, leer un poema o incluso meditar sobre filosofía. A decir verdad, no lo justifica ni tampoco explica cómo estos placeres superiores y abstractos se prestarían a un cálculo utilitarista. Digamos que parece añadir un juicio de valor personal ciertamente abrupto —«¡No vivamos como cerdos!»— a la doctrina que heredó de su maestro. Donde Bentham escribe con rotundidad que «es evidente que quienquiera que desapruebe la más ínfima partícula de placer como tal, sea cual sea su procedencia, es por tanto partidario del principio de ascetismo». Mill sugiere que el esfuerzo prolongado, el indispensable para dominar el piano o la danza clásica, por ejemplo, aun implicando una cierta forma de renuncia a lo agradable, es susceptible de procurarnos placeres de mejor calidad que la estimulación de nuestras mucosas.

Los utilitaristas quieren maximizar la utilidad, pero no se ponen de acuerdo en cómo definirla. A veces la presentan como una cierta cantidad de placer o bienestar; a veces, como una cierta cualidad del ser (así nos lo hace entender Mill con su peculiar nota sobre los cerdos). Mi recomendación sería no posicionarse, no elegir una u otra de estas utilidades, sino jerarquizarlas y anteponer una a la otra. Post significa «después en latín, y la idea es situar la utilidad prosaica después de una utilidad inmaterial. Este método, que consiste en proponerse un objetivo ideal primero y un objetivo material después, es lo que llamaré «posutilitarismo». 

Damon Young (Filosofía en el jardín) La naturaleza como invitación al pensamiento y a la escritura.

 George Orwell: sin blanca y guadaña en mano

Más allá de mi trabajo, lo que más me importa es ocuparme del jardín, en especial del huerto.

GORGE ORWELL, nota autobiográfica. 
17 de abril de 1940 

George Orwell tenía toda la pinta del típico intelectual encorvado, larguirucho y siempre vestido con unas prendas arrugadas que  no eran de su talla. Su rostro también parecía echar en falta un planchado, unas arrugas producto de la enfermedad y el sobreesfuerzo. (Resuella como un acordeón, decía un médico sobre Orwell cuando era niño). Se convertía en un novelista y ensayista moderno icónico mientras, durante toda su vida, sufría unas enfermedades dickensinas que harían saltar las lágrimas, como bronquitis crónica, tres brotes de neumonía, en dengue en Birmania y hemorragias pulmonares por tuberculosis, entre otras. [...]

A pesar de la ropa arrugada, Orwell era un hombre meticulosamente limpio, con una inusual sensibilidad a los olores, y aun así aguantó los hedores, mugres y cadáveres cubiertos de moscas. Sufrió hambre, sudores, picaduras de pulgas y disparos. Y aunque se sintiera forzado por la culpa, también lo movía el ansia por la verdad. Estaba convencido de que su deber era dar testimonio. «Escribo», decía, «porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención». Lo que convertía esto en algo más que un reportaje común y corriente era su disposición a vivir en persona los sucesos que describía, y lo hacía sin el menor oscurantismo académico ni lealtad partidista restrictiva, de ahí su oposición a la Rusia soviética en contra de muchos de sus camaradas izquierdistas y a pesar de sus críticas del capitalismo occidental. Orwell clamaba contra la aceptación ciega que los socialistas ingleses hacían de las políticas soviéticas y comunistas, en parte por una cuestión de principios, como una defensa de la libertad, y en parte porque también había visto con sus propios ojos la brutalidad de los comunistas del ejército republicano en España cuando atacaban a los trotskistas y los anarquistas. «He visto los cadáveres de numerosos hombres asesinados», escribía en «En el vientre de la ballena» y «no me refiero a muertos caídos en combate, sino asesinados». En lugar de adoptar el comunismo por un acto de fe, prefirió ser testigo y contar lo que veía. Lo que importaba eran los hechos, y Orwell pretendía llegar a ellos. [...]

Orwell fue más allá en el apéndice de 1984, donde describía la perversión deliberada del pensamiento para obtener la victoria política a base de erradicar la riqueza del lenguaje. «El propósito de la neolengua no era solo el de facilitar un medio para expresar la cosmovisión» afirmaba en unas frases de una aterradora naturalidad, «sino el de hacer imposible cualquier otro modo de pensar». Como anotaba en «El vientre de la ballena», este razonamiento se extraía de forma directa de los oligarcas y tiranos del siglo XX que «no anuncian su crueldad y [...] no la llaman asesinato [...] Es "liquidación", "eliminación" o alguna otra expresión tranquilizadora». Y no eran solo los nazis y los estalinistas quienes hacían eso, pues sus apologistas ingleses también distorsionaban la verdad con jergas estériles. En «La política y la lengua inglesa» hacía referencia a un profesor universitario que estaba defendiendo el totalitarismo soviético. «Un montón de latinajos cae sobre los hechos como la nieve blanda», escribió, «difumina las siluetas y cubre todos los detalles. El gran enemigo del un lenguaje claro es la insinceridad.» A pesar de que Orwell no vivió para oír a alguien describir la tortura como una «técnica mejorada de interrogatorio», o la violencia autorizada por el Estado como una «ecografía transvaginal obligatoria», sin duda habría reconocido de inmediato semejantes sandeces.

[...] A pesar de su sangre fría etoniana, era un hombre atormentado y apasionado que se sobrepuso a la fragilidad con un impresionante esfuerzo físico y mental. Tenía agallas. Y un planteamiento tan personal como el suyo continúa siendo relevante hoy en día: familiarizarse con la realidad palpable desde el escepticismo. Buena parte de la vida moderna está envuelta en el ambiente de una certeza que carece de cuestionamiento, como la jactancia de tener un conocimiento impecable de indicadores de rendimiento, ciclos económicos, encuestas políticas, test de inteligencia. Es muy común eso que el filósofo Alfred North Whitehead denominaba «la falacia de la concreción injustificada», es decir, abstracciones disfrazadas de hechos sólidos. Y, tanto en la vida pública como en la privada, aspiramos con regularidad a esta fachada de perfección (eslóganes políticos, perfiles psicológicos o textos religiosos, entre otros). Nos reconforta porque hace que la vida nos parezca algo menos incierta e inquietante. Para quienes tienen una actitud con un escepticismo suficiente, el jardín puede ser un remedio para este autoengaño, en el sentido de que representa un recordatorio de lo sutil, mutable y complicada que es la realidad. Tal y como descubrió Orwell, la ecuación de «semilla + tierra + lluvia + sol» puede resultar sorprendentemente complicada cuando la calculamos a pie de campo. Un jardín es un lugar donde las hipótesis se mantienen solo con prudencia: hasta mañana, cuando queden refutadas en el instante en que una variable inesperada me estropee las lechugas o me deje las grosellas como unas pasas secas. Un jardín orwelliano enseña a sus entusiastas a no aferrarse a unas ideas con las que están muy familiarizados pero son falsas, a ser precavidos ante unas teorías en apariencia demasiado perfectas. No es de extrañar que el autor de 1984 valorase tanto sus agotadores trabajos en la isla de Jura: fueron una breve liberación de la mente totalitaria. 

Massimo Recalcati (Retén el beso) Lecciones breves sobre el amor

La atrocidad de la tarea del perdón 

¿Es posible perdonar una traición? ¿Es posible para un amor que ha conocido la mentira, la impostura, el perjurio, volver a amar de todas formas? El perdón es una tarea atroz. En cierto sentido, recuerda a la elaboración del duelo. Se trata de digerir psíquicamente una pérdida. La imagen del amado se ha roto para siempre. El jarrón se ha hecho añicos. Y ya no puede uno recuperarse, volver a ser el que era. Pero a diferencia de la naturaleza dolorosa de la tarea del duelo, la tarea atroz del perdón implica que el objeto no está irreversiblemente muerto. Está muerto, pero aún sigue vivo. Se ha ido, pero aún está aquí.

¿Podemos olvidar una traición? El tiempo, como suele decirse, ¿no debería curar las heridas? ¿Por qué olvidarlo? ¿Pero debilitamiento, por extinción natural del recuerdo del trauma de la traición? ¿Por la pérdida de memoria? ¿Es una especie de amnesia lo que cae sobre la herida del amante haciendo que se olvide el golpe recibido?

Como en la tarea del duelo, el perdón también bordea la caída, la pérdida de una presencia que daba sentido al mundo y a mi existencia. Esa presencia ahora ya no existe. Es la doble experiencia de la carencia que se produce en cada duelo: el mundo, sin esa presencia, se vacía de sentido y mi existencia es una existencia perdida, al igual que se ha perdido el mundo.

El perdón nunca puede ser una respuesta inmediata a la traición. Exige tiempo, como cualquier tarea de elaboración del duelo. No hay duelo rápido ni duelo fácil, como tampoco hay perdón reactivo. En eso consiste la atrocidad del perdón: en que lleva su tiempo. Además, la tarea del perdón, como la del duelo, no borra el trauma de la pérdida, no puede olvidarlo, sino solo intentar reelaborarlo simbólicamente. Perdonar, en efecto, no significa olvidar: no se perdona porque se olvida, sino que se solo se puede olvidar si se persona. 

Existe una única condición para que la tarea del perdón pueda llegar a cumplimiento: se trata de acoger la imperfección del Otro como figura de mi propia imperfección. Se puede perdonar por amor, pero también se puede, con la misma dignidad, ser incapaz de perdonar por amor. El trauma de la traición nos enfrenta a lo imperdonable, que no es sin embargo la traición del cuerpo, sino la traición del pacto y de la palabra que la traición del cuerpo conlleva. Un amor siempre puede acabar, pero la traición no implica necesariamente el fin de un amor. Todo lo contrario, quien traiciona y vive su acto con angustia es porque quisiera seguir en el amor; quien traiciona, muy a menudo, ama al que traiciona.

Por esa razón, el drama de la traición puede involucrar también a quien ha traicionado si todavía está enamorado. Y perdonarse a uno mismo es tal vez aún más difícil que perdonar al Otro. En este sentido, el adiós es menos atroz y doloroso que la traición, porque, en la traición, quien rompe el pacto pide al amor que siga existiendo, pide al amor que muera después de haberlo herido de muerte, pide que se encamine por la senda atroz de la tarea del perdón. Solo gracias a esa tarea, que, en el fondo, nunca acaba del todo —el perdón, como Derrida recuerda en varias ocasiones, es tan solo si es capaz de «perdonar lo imperdonable»—, puede la vida del amor volver a empezar, puede recuperarse y volver a arrancar. Con la aclaración necesaria de que somos los dueños de esa tarea. Nadie puede decidir perdonar. Solo la tarea atroz del perdón puede conseguir que el perdón se produzca. No como resultado de su acción, sino como una especie de regalo suplementario, como una suerte de gracia. 

La herida que se convierte en poesía

Al igual que ocurre con la difícil tarea del duelo, tampoco la tarea del perdón es capaz de borrar del todo la herida abierta por el trauma de la traición. En el duelo se afronta la herida provocada por la pérdida de alguien que ya no está entre nosotros, en el perdón se afronta la herida causada por la pérdida de confianza en la palabra de la amada o del amado. La cicatriz de la traición queda tatuada en el cuerpo del amante. Se presencia es indeleble. El jarrón no puede volver a ser como era antes de romperse. El perdón no puede borrar la herida. Si acaso, cuando sucede, a lo que puede aspirar es a transformar la herida elevándola a la dignidad de la poesía.

Existe un antiguo arte japonés que puede ayudarnos a representar el milagro del perdón. Se llama kintsugi. Lo que envuelve una leyenda: un mandarín muy poderoso rompe accidentalmente un jarrón de su preciosa colección. Desesperado,  busca a algún artesano capaz de recomponer la forma que el jarrón tenía antes del accidente. Consigue un nombre y confía las piezas de su precioso jarrón en las manos de este anciano artesano. Este, sin embargo, en lugar de intentar ocultar las gritas del jarrón, de reconstruirlo tal como estaba antes borrándolas, las resalta deliberadamente pintándolas de oro. Se cuenta que otros mandarines, al enterarse de la conmovedora belleza de ese jarrón, rompieron los suyos a propósito para pedir que fueran reensamblados con el mismo estilo. 

En el arte kintsugi vemos en acto una operación extraordinaria: el jarrón sigue siendo el de antes por más que ya no sea el de antes. Ha cambiado de imagen, es otro jarrón, y sin embargo está construido sobre los restos del jarrón roto. A pesar del trauma de su ruptura, gracias a las sabias manos del viejo artesano, se ha convertido en la oportunidad de una nueva creación. Las líneas de las roturas se pintan de oro; las cicatrices se han convertido en poema. En este sentido, la experiencia del perdón es una experiencia de resurrección. El amor que parecía muerto, acabado, arrojado al polvo, sin esperanza, recobra vida, vuelve a empezar, arranca otra vez. Gracias al perdón, la pérdida y la muerte del amor no son la última palabra sobre el amor: el perdón permite que el amor empiece de nuevo, al igual que una vida que se creía muerta renace de nuevo. El perdón afirma que la destrucción y la muerte no son las últimas palabras de la vida.

* Recalcati, Massimo (La noche de Getsemaní)

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