Miquel Seguró Mendlewicz (Vulnerabilidad)

El riesgo de la empatía
 
Empatía es una palabra que puede llegar a aborrecerse con suma facilidad. La pérdida de credibilidad, fruto de su uso indiscriminado, y el fetichismo con el que a veces se la nombra para amortiguarlo todo, explican en parte ese hastío. Eso no quita que si no pudiéramos empatizar tendríamos muchas más dificultades para llegar a la noche de una jornada ordinaria. Ser capaz de trasladarse al mundo del otro y atinar con esa suposición ayuda en muchas cosas cotidianas. Incluso es lo que las hace posible. Es lo que facilita salir airoso de una situación en la que las rutinas de conducta no aclaran cómo hacerlo.

La empatía suele reclamarse sobre todo en el contacto relacional estrecho. Pedirle empatía a alguien es rogarle que no se muestre inconmovible e insensible, ante lo que pasa o le dicen que pasa. Es una combinación híbrida de petición de universalidad y particularmente dirigida a una persona para que demuestre empatía en una determinada situación porque se le presupone la capacidad de tenerla en general. Sin esa presunción, directamente no sería requerida a selo y, menos aún, criticada o punida por no actuar empáticamente. A nadie se le puede exigir una facultad que no puede tener.

Lo decisivo para poder valorar si una determinada actuación es o no empática, parecer ser, entonces, mostrar o mostrarse como tal. Es decir, que para aterrizar la voluntad universal de cuidarse y de cuidarnos y llevarlo a cada caso concreto la empatía se hace indispensable. Pero con esto no queda resuelto el asunto, pues como Descartes prescribe, hay que dudar metódicamente de ciertas cosas, porque muchas de ellas parecen lo que no son y otras son lo que no parecen. 

Decimos que empatizar es fundamentalmente saber y querer compartir la risa y el llanto. Sin embargo, en sentido que hoy le damos mayoritariamente a la palabra empatía (que entronca con la Einfühlung alemana) no guarda mucha relación con el que le otorgaban los antiguos. Para Galeno, por ejemplo, empatía significaba dolencia y no tenía nada de saludable; comportaba, si acaso, un trance desestabilizarte por excesos de dolor. Poco que ver, asimismo, con la apatheia como gran virtud del sabio ante los acechos de la vida que propugnaban los estoicos, quienes probablemente considerarían que lo que hoy entendemos por empatizar no tiene nada de deseable.

Para nosotros, en cambio, se trata de una cualidad, de una virtud de conexión que facilita una interrelación «sana». Asumimos que una persona empática es aquella que es capaz de ponerse en el lugar del otro, de hacerse cargo de las razones ajenas y de priorizar el consenso al disenso. Hacerse suyo algo es llevarlo a la propia vivencia. En incorporar un pathos. Lo que requiere ser capaz de combinar objetividad y subjetividad, universalidad y particularidad, semejanza y diferencia. Analogía en acción, en definitiva. Como sucede con la vulnerabilidad, en la empatía tiende a enfatizarse el sentido sufriente del circuito de identificación, aunque sí es verdad que, a diferencia de la vulnerabilidad, no es inusual decir que uno empatiza con la alegría de otros. 

[...] El punto de partida para pensar la empatía es que nos están dados sujetos que no somos nosotros. Que hay que nos trasciende, una vez más. En este caso, algo que es ya alguien. No deja de ser paradójico que uno sea su «yo» para sí mismo, pero cuando está en una cola para pagar y se pide por quién es el siguiente y alguien responde «yo», no nos sobresaltemos reclamando la auténtica «yoiedad» para nosotros. Parece un juego de palabras pero no lo es. Es el tácito reconocimiento de que hay más «yo» fuera de uno mismo. De que nadie agota los «yo» a pesar de que para cada uno de nosotros el único «yo» accesible sea el que se encarna. 

A partir de las investigaciones doctorales de Edith Stein sobre la empatía (tesis que dirigió Edmund Husserl, por cierto) podemos decir que la dinámica empática transita por tres momentos: la aparición de la vivencia, su explicación y su objetivación. La concreción de esta experiencia tiene que ver con aquello que se está manifestando, que es la incorporación de la vivencia ajena, o la excentricidad de esa vivencia, ya no centrada en el «yo» sino remitida al «otro». Pero la pregunta es: ¿qué es lo que aparece, lo que se manifiesta, en la vivencia de la empatía? ¿Es factible decir que realmente salimos de nosotros mismos?

En todo este proceso una cosa sí parece clara, y es que el ejercicio de la mirada es fundamental. Mirarse cara a cara y, sobre todo, no bajar la mirada ante el «otro» dice mucho. De uno mismo, claro. Se estima que en nuestras sociedades nos miramos un 60 por ciento del tiempo en que mantenemos una conversación, menos cuando nos apasionamos o cuando litigamos, que entonces la mirada es más directa y sostenida. En la mirada es donde la posibilidad de la empatía se pone más en juego y donde circula más claramente en ambos sentidos: miramos al mismo tiempo que nos miran. La exposición de la propia intimidad y el resquebrajamiento de la máscara que todos llevamos puesta (prósopon, en griego; persona, en latín). Es lo que más incomoda de esos ojos que nos interpelan. Por eso cuesta tanto aguantar la mirada.

Yendo al punto crítico de la pregunta por la posibilidad de la empatía en el momento del surgimiento del elemento propio con el que empatizamos (porque no empatizamos con el «otro», sino con una vivencia en nosotros del «otro» y que reportamos como ajena), es donde se pone en juego la circularidad que ya conocemos. La analogía puede ayudar como mecanismo relacional al inferir elementos empáticos, pero también puede interferir con ellos. Cuando hay una previsión excesiva por analogía, todo se reporta en exceso al «yo». Es lo que sucede cuando uno conversa y lo relaciona todo con su propia experiencia, dando pie a una injerencia excesiva que se convierte rápidamente en una interferencia. 

La analogía también se hace desde un punto de fuga, que es uno mismo, con lo cual la pregunta permanece incólume. Si es cuestionable que sea posible salir del ego cogito, teniendo en cuenta que lo ajeno es «ajeno» a mí, ¿a qué podemos acceder con rigor en esa vivencia ajena?

Este cortocircuito, radical, pone en tela de juicio la posibilidad misma de la empatía y traza una duda que siempre la acompaña. Debemos ser claro en este punto y asumir que el círculo de la empatía no puede cerrarse. La pregunta por la posibilidad de la empatía es una pregunta límite, abierta, incluso vulnerable, si se prefiere. Ahora bien, hemos visto antes que en el concepto de lo limítrofe se da una circularidad por la cual las cosas se reconocen mutuamente. Así que preguntarse por el límite de la propia empatía es presuponer en primer lugar que algo alrededor de ella existe. Falta saber qué, si una idea, una ilusión o realmente una compresión de la alteridad.

Jano García (El rebaño) Cómo Occidente ha sucumbido a la tiranía ideológica

Un tsunami purificador recorre Occidente con sus nuevos dogmas basados en la superioridad moral, jaleado por periodistas, famosos, influencers, modelos, actores, deportistas, grandes empresas y bancos que se encargan de esparcir las dosis de moralina, delatar, estigmatizar y demonizar a los que se niegan a claudicar frente a la hegemonía cultural de nuestro tiempo, que es profundamente irrealista. Los conocidos como creadores de opinión ya no ponen en jaque al sistema ni lo desafían, al contrario, se han convertido en aliados del mismo autoproclamándose salvadores de la nueva moral. Ahora son héroes solidarios, liberadores comprometidos con los supuestamente oprimidos y guardianes de la conciencia social por mandato divino. Una élite autodesignada y, por supuesto, subvencionada que mantiene un férreo control sobre las masas para guiarlas por el camino que la hegemonía marca como correcto. Resulta grotesco observar a mujeres que conducen populares programas televisivos, y cuyo sexo, lejos de perjudicarles, les ha ayudado a hacerse millonarias, denunciar la opresión del heteropatriarcado. Hombres negros denunciando racismo cuando son las estrellas más reconocidas del cine. Cantantes combatiendo prejuicios sociales que nadie alcanza a detectar. Periodistas comprometidos por injusticias que nadie ha visto. Influencers que dicen ser rechazadas por la sociedad. Combates superficiales contra un enemigo imaginario y sin opositores son las causas escogidas por los purificadores de almas occidentales. 

Conscientes de que la masa no tiene ideas propias, el movimiento configurado por las élites es el encargado de influenciar y dar las proclamas que refuerzan la hegemonía del culto al odio, la ignorancia, la irracionalidad y el sentimentalismo primitivo. Las masas perciben en su vecino, familiar, pareja y amigo un enemigo al que deben reeducar porque así se lo marcan sus gurús. Su actuación está respaldada por la clase política, los medios de comunicación y los profesores universitarios, que expanden las políticas de la violencia legítima. La hegemonía actual no cesa en su empeño constante de educar a las masas para que sean ellas quienes hagan el trabajo sucio para no asesinar el librepensamiento, la libertad, la voluntad, el libre albedrío, el autoconocimiento, el yo, el individuo y la comunidad. Una purga constante para hacer cada día u «sacrificio» a los nuevos dioses que generan un clima de terror que da como resultado la adhesión o el silencio. El nuevo marco mental promueve un nuevo hombre. Es la hora del empresario concienciado, del banquero usurero que se hace pasar por solidario, del marxista feminista, de las multinacionales antirracistas, del ecologista de yate y del socialista que acumula propiedades. Todos estos personajes engloban la democracia sentimental en la que nos hallamos, que ha adulterado el verdadero significado de la democracia y la ha convertido en un estercolero de prebendas simplistas, victimismo y pura fachada para cumplir con los cánones establecidos.

Las élites que predican la diversidad y la inmigración sin control, lo hacen desde sus mansiones protegidas por seguridad privada.

Los grandes empresarios lloran por la precariedad, mientras trasladan sus compañías a países con mano de obra barata.

Las plañideras feministas ven resquicios de machismo en Occidente por lo ocurrido hace seis siglos, pero no ven machismo en el vecino que obliga a su mujer a cubrirse de arriba abajo.

Los políticos recurren al pueblo com o garante de la libertad y la democracia, excepto sin no votan lo que ellos quieren, como ocurrió con el Tratado de la Constitución europea.

La izquierda dice estar consternada por la situación de la clase obrera, pero no tardan en otorgar beneficios al oligopolio empresarial para aumentar su poder y, por ende, la precariedad laboral.

La derecha se presenta como la defensora de las clases medias mientras aprueba nuevos impuestos que la empobrecen.

Los medios de comunicación dicen ser independientes mientras practican felaciones públicas en las entrevistas a sus jefes políticos.

El «ecopaleto» dic estar comprometido con el entorno rural a la vez que clama por imponer tasas verdes, reducir el consumo de carne y prohibir prácticas de las que viven cientos de miles de familias.

El urbanita lucha por acoger a los refugiados, pero que estos sean enviados a los barrios pobres para no convivir con ellos.

En la nueva hegemonía más vale parecer que ser. Basta con adaptarse a la retórica oficial para obtener el certificado de buen ciudadano y, así, perpetuar la tiranía alogocrática en nombre de las causas nobles. Así nace la cultura de la cancelación, la autocensura y la presión social para que el rebaño no se vea frente al espejo. No es de extrañar que cualquiera que evidencie la doble moral de los alogócratas sufra la ira enfurecida de la masa que alega sentirse ofendida y que el emisor deber ser cancelado para no provocar traumas irresolubles. Se atribuye a Jean de la Fontaine, popular fabulista francés, la siguiente cita: «Todos lo cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda», y ciertamente nos hayamos en la moda de lo políticamente correcto, del silencio para no ofender, de no pensar, y de callar nuestras ideas porque podrían suponer un linchamiento público. Mejor hacer como que luchamos contra las injusticias del planeta para que nuestros semejantes no nos señalen y los alogócratas estén contentos viendo cómo el proceso diseñado de arriba abajo consigue imponer una hegemonía cultural que les asegure el poder total porque la masa exige, en pro de la ilusión de vivir en un mundo feliz, que se recorten libertades a cambio de seguridad. Es el signo de los tiempos, la sustitución del pensador por el «sentidor» para llevarlo todo al ámbito emocional. 

Se crea una figura que sirva como enemigo que impide crear el paraíso en la Tierra, el capitalismo, el machismo, el racismo, el imperialismo, el colonialismo, etc. Una especie de complot general que desde las sombras impide al ser humano alcanzar el summumm de la felicidad y por el que todos deben luchar unidos para derrotarlo. Una vez instaurada la creencia de la existencia de un grupo de opresores que oprimen al pueblo inocente, el siguiente paso es imponer medidas despóticas que serán justificadas por el rebaño para conseguir un bien mayor. El fin justifica los medios, aseguran. Incluso si eso pasa por recurrir a la discriminación contra los varones o los blancos, se acepta y se renombra como «discriminación positiva» para dotarle de un significado propio del que hace el bien. La verdad pasa a ser perseguida y cualquier cuestionamiento sobre el nuevo proyecto es rápidamente catalogado y perseguido. Solo un negacionista que habita en el Mal puede dudar del bien que la sociedad está persiguiendo. La hegemonía presente actúa al modo hegeliano en el que puedes escoger entre dos bandos: el correcto, que te asegura comodidad, respeto, aceptación social, popularidad, reconocimiento social y académico, o por el contrario, el bando incorrecto, que supone estar sometido a linchamientos, insultos, desprecio, impopularidad y desprecio del mundo académico. No hace falta decir qué bando es más apetecible.

* García, Jano (Contra la mayoría) 
* Garcia, Jano (El triunfo de la estupidez) 

Jordi Pigem (Pandemia y posverdad) La vida, la conciencia y la Cuarta Revolución Industrial

En el pasado, los tiranos y otros corruptos nunca habían tenido tanta capacidad de dar gato por liebre, de hacer creer que las sombras son luz. En la caverna platónica, los prisioneros tomaban las sombras por seres reales, pero al menos sabían que ellos eran prisioneros. En la caverna tecnológica, en la que el plástico y las pantallas sustituyen a las rocas y la hoguera, los prisioneros no se dan cuenta de que lo son, porque sus cadenas son invisibles: cadenas de adicción psicológica, cadenas de reclamos publicitarios, viejas cadenas de radio y televisión, nuevas cadenas de rastreo digital.

Los grandes coreógrafos de bailes de máscaras son hoy, sin embargo, los grandes medios de comunicación, que también dependen, como casi todo, del complejo tecnológico-financiero. La gran mayoría de los grandes medios de comunicación (televisiones, radios y prensa) del mundo dependen de nueve enormes «conglomerados mediáticos», a los que a fin de cuentas interesa que veamos unas cosas y otras no, y entre cuyos principales accionistas están los grandes fondos de inversión.

La información que estos medios nos transmiten les llega sobre todo de las grandes agencias de noticias, como Reuters. Muchos artículos de opinión internacionales son suministrados por Project Syndicate, y las líneas maestras de la comunicación son establecidas por entidades como European Journalism Centre. Y resulta que Project Syndicate y European Journalism Centre están en buena medida financiados por las Open Society Foundations de George Soros y por la Fundación Bill y Melinda Gates. Para que los medios de menor envergadura no se queden rezagados, en septiembre de 2020 Facebook anunció que, a través del European Journalism Centre, «invertiría» 3 millones de dólares, para ayudar a «informar de manera continuada sobre la covid-19 en comunidades locales. 

Ante la sacudida existencial, económica y social causada por las medidas contra la covid (confinamientos, personas que se quedan sin trabajo, militares fumigando absurdamente las calles, franjas horarias en que unas personas pueden salir a la calle y otras no, uso obsesivo de mascarillas y otras barreras), la inmensa mayoría de los medios de comunicación han renunciado a tener un papel crítico y plural, han fomentado el miedo y la obediencia y se han erigido en pastores que guían el rebaño de la opinión pública.  Esto no ha ocurrido por casualidad, ni porque estas medidas fuesen todas obvias e incuestionables.

El pensamiento único que se ha impuesto en los medios de comunicación de masas, y la censura de voces críticas (incluidas las de científicos eminentes) en los medios digitales, tiene que ver con la densa red de intereses creados que emanan del complejo tecnocientífico. Y encaja a la perfección con la sociedad centrada en los intereses de las empresas y de la tecnología, y no en las personas y en la vida, que propugna el Foro Económico Mundial.

En las cuestiones menores unos medios pueden ser de una ideología y otros de otra, pero en las cuestiones de fondo prácticamente hay unanimidad. Es extraordinario cómo, estando acostumbrados a ver en los medios debates de todo tipo, con personas dialogando a favor y en contra de cualquier cosa, pequeña o grande, no haya habido en ningún medio importante del mundo un debate sobre la sacudida existencial causada por las medidas impuestas por las autoridades. En vez de debate, lo que ha habido es un diluvio incesante de datos fuera de contexto sobre «casos» (la mayoría, personas perfectamente sanas que han dado «positivo» en un test poco fiable) y «muertos de covid» (personas que han fallecido dado positivo en un test previo de covid, o que se supone que habrían dado positivo, pero que en muchos casos no han muerto directamente «a causa» del virus SARS-CoV-2). Esta lluvia de datos sobre la enfermedad concreta, generalmente sin ninguna referencia a la mortalidad habitual (en España la mortalidad diaria habitual, «esperada» según los demógrafos, es de unas 1100 personas en verano y unas 1400 en invierno), junto con el hecho de que no se permitían opiniones discrepantes, fue decisiva para fomentar el pensamiento único, la obediencia y el miedo. 

Reuters, la gran agencia mencionada, no solo suministra noticias a los medios de comunicación del todo el mundo. En enero de 2021 Reuters Next organizó una «conferencia virtual» en la que participaron, según su propia web, «más de 40 000 directivos y otros líderes» de más de ciento cincuenta países. En la convocatoria para la siguiente conferencia global de estas dimensiones, en diciembre de 2021, entre los primeros ponentes confirmados se hallan Christine Lagarde (presidente del Banco Central Europeo), Antony Blinken (actual secretario de Estados Unidos), Anthony Fauci (personaje central de la gestión de la covid en Estados Unidos, vinculado a la manipulación genética de coronavirus) y otros miembros de la élite global, en un evento que se vanagloria de su «diversidad de voces». 

Con la covid también han salido a la palestra los autoproclamados fact-checkers o «verificadores, que no son guardianes de la verdad (como muchos ingenuamente creyeron) ni guardianes de la mentira: son guardianes de la posverdad. A partir de una serie de datos generalmente ciertos, pero fuera de contexto, velan para que no haya grietas en el sistema de creencias de la narrativa oficial. Los más importantes, también en nuestro país, forman parte de una International Fact-Checking Netwok (IFCN) del Poynter Institute, que recibe financiación, entre otros, de la polémica Fundación Koch y de la Fundación Bill y Melinda Gates. Lejos de ser neutrales, responden a intereses muy concretos.

La web del Foro Económico Mundial, dedicaba, ya en los primeros meses del 2020, un intrincado mapa conceptual a la «inteligencia estratégica» de la covid-19 (un entramado interactivo que relaciona cientos de conceptos, presidido por la mascarilla como imagen icónica. Su primer gran apartado, leyendo en la dirección de las agujas del reloj, es "El papel de los medios durante la covid-19"). El papel de los medios es sin duda fundamental en la gestión de las percepciones. 

A medida que ha ido creciendo el poder de los servicios secretos y de los medios de comunicación, es lógico (sería ingenuo creer otra cosa) que partes del relato oficial de algunos grandes acontecimientos sean solo eso, relato. Hay teorías de la conspiración que son armas de confusión masiva, pero también es arma de confusión masiva el uso insistente de esa etiqueta para poner en el mismo caso la barbaridad grotesca y la disidencia razonada. Todo núcleo de poder muestra un rostro más amable del que verdaderamente tiene. 

Se imponen mensaje que parecen orientados, orwellianamente, a atemorizar, infantilizar y confundir, y que a menudo general un pensamiento único. O un pensamiento único acompañado de su contrapeso único, de modo que, entre unas falsedades y sus falsedades contrarias, cada vez es más difícil razonar con claridad. Lo que llamamos «la pandemia» va de la mano con lo que podemos llamar el pandemonio. 

* Pigem, Jordi (La nueva realidad) Del economicismo a la conciencia...
* Pigem, Jordi (Inteligencia vital) Una visión postmaterialista de la vida y...
* Pigem, Jordi (Tècnica i totalitarisme) Digitalizació, deshumanización...
* Pigem, Jordi (Ángeles o robots) La interioridad humana en la ...

Paula Biglieri - Luciana Cadahia (Siete ensayos sobre el populismo)

EL POPULISMO EN LAS ANTÍPODAS DEL NEOLIBERALISMO

Ahora bien, hasta aquí no hemos hecho otra cosa que mostrar cómo cada  una de las corrientes mencionadas más arriba (izquierda liberal, autonomismo y republicanismo) pensaba el vínculo del populismo con el neoliberalismo, pero poco hemos dicho nosotras sobre lo que entendemos por este último término. Por lo que se vuelve necesario detenernos a pensar de qué estamos hablando cuando usamos la palabra neoliberalismo. Este ejercicio nos ayudará a explicar mucho mejor por qué pensamos que el populismo no es una expresión más del neoliberalismo y que, incluso, tiene reservado dentro de sí el secreto de su alternativa. 

Para ello, nos vamos a centrar en las investigaciones de Michel Foucault y Wendy Brown alrededor del neoliberalismo, ya que apunta a la dirección que nos interesa explorar. En su clásico libro Nacimiento de la biopolítica, Foucault define al neoliberalismo como una respuesta práctica a la crisis del arte de gobernar liberal que tendrá impacto en dos niveles a la vez: en las formas de gobierno y en los procesos de subjetivación. En lo que se refiere al primer caso, el neoliberalismo funciona como un arte específico de gobierno, cuyo modo de actuar se caracteriza por una transformación de la racionalidad del Estado en el que la economía comienza a ser creadora de derecho público. Foucault establece una distinción muy importante entre la racionalidad estatal y la disciplinaria propia de la modernidad y la racionalidad de gobierno neoliberal de nuestra época. El principal aspecto que nos interesa remarcar tiene que ver con el papel del derecho en el interior de cada tipo de racionalidad práctica o forma gubernamental. Mientras en el primer caso la ley y el derecho operaban como una limitación exterior, que permitía fundamentar lo que estaba prohibido y permitido hacer dentro de un gobierno, en el segundo, en cambio, emerge una autolimitación económica que nace del interior de la misma práctica de gobierno acompañada de un «antiestatismo o fobia al Estado». Esto supone, por un lado, una transformación en las formas de estatalidad, dado que el foco deja de estar puesto en la figura de una ley o derecho que fija lo prohibido y lo permitido y pasa a ubicarse en la figura del consenso y el interés práctico. Así, el consenso, en tanto forma de gubernamentalidad, desplaza la legitimidad que venía dada por el derecho y va a empezar a funcionar como el nuevo mecanismo de legitimación del Estado. La legitimidad de los Estados neoliberales, entonces, no depende del buen uso del derecho y de las instituciones en un sentido republicano, sino de la capacidad para llegar a consensos y acuerdos sobre cuestiones que atañen al interés económico. Aunque Foucault no lo exprese de esta forma, podríamos decir que el Estado neoliberal deja de concebir a los sujetos como ciudadanos con derechos en una res pública y pasa a concebirlos como individuos con intereses privados en el mercado. 


Esta nueva caracterización implica una transformación en la producción de la subjetividad, puesto que la lógica de la conducta libre y autointeresada de la maximación económica, nos dice Foucault, se hace extensiva a todas las esferas de la vida humana. Por eso, y en lo que se refiere al segundo aspecto, el efecto inmediato de los procesos de subjetivación está dado por la emergencia del homo oeconomicus como interfaz entre esta nueva forma de gubernamentalidad y el individuo. Foucault muestra que dentro de la racionalidad neoliberal el homo oeconomicus no es un socio del intercambio y consumo de mercancías, por lo que la imagen clásica del individuo consumidor no logra reflejar la mutación histórica que esta nueva racionalidad supone en los individuos. Por el contrario, este homo oeconomicus, en tanto individuo que obedece a su propio interés, es un empresario de sí, un productor de capital a partir de sus propias fuerzas. Y convertirse en un empresario de sí no proporcionará otra cosa, como sugiere Brown en la interpretación que hace de Foucault, que un círculo vicioso entre la obediencia a sus propios intereses y la exigencia de producir un valor infinito en la reproducción de su propia vida. 

[...] Dicho de otra manera, tomar como punto de partida el autointerés del homo oeconomicus es perder de vista el papel que tiene la economía y el Estado en la construcción de esta figura y en la dimensión sacrifical que encierra este supuesto ejercicio de libre elección. De manera que lo que realmente tiene lugar es una «práctica de la responsabilidad» que obliga al individuo a sumirse como un «inversor y proveedor responsable de sí mismo» al servicio de la «salud de la economía» y de la «moralidad del Estado». Así, la creencia de que en el neoliberalismo cada individuo persigue su interés privado, «se hace, no nace, y opera en un contexto lleno de riesgos, contingencias y cambios violentos potenciales, del estadillo de burbujas y el colapso del capital o de la moneda a la disolución completa de la industria. 

Javier López Alós (El intelectual plebeyo) Vocación y resistencia del pensar alegre

Capítulo 2. Expertos

La imagen pública del intelectual se construyó sobre la idea (o la ilusión) de un vastísimo saber y agudas capacidades analíticas y discursivas que permitían visiones de conjunto en las que cualquier tema podría ser abordado desde los lugares más remotos e imprevisibles, pero acaso reveladores y estimulantes.  Eso es lo que venía a significar «tener un pensamiento» y lo que también ha cambiado. Las grandes transformaciones acaecidas durante las últimas décadas en la organización, producción y distribución del saber se han visto reflejadas y estimuladas por ciertas mutaciones conceptuales. En el Capítulo 5 hablaremos, por ejemplo, de la vocación, pero fijémonos ahora en la cuestión del experto, al que a menudo vemos desempeñando ciertas funciones previamente asociadas al intelectual. 

El experto no necesita acreditar la posesión de un pensamiento, sino la capacidad de aplicar aquello especial que sabe a un fin determinado. El experto tiene expertise, un término que empezó a extenderse en los años sesenta hasta volverse ubicuo en la literatura empresarial (y, claro, científica) de nuestro tiempo. Se trata de una voz que no tiene una traducción clara al castellano: puede significar experiencia en el uso de algo, destreza, habilidad, maestría... o incluso, en algún contexto, especialidad. Pero no es exactamente ninguna de estas cosas, pues responde a una pragmática específica en el marco ideológico neoliberal. La expertise hace referencia a la posesión de un alto grado de pericia o conocimiento en algo, es decir, a la preparación para la aplicación concreta de un conocimiento concreto. Tiene un carácter intensivo. Esta idea difiere de la especialidad, que supone un conocimiento cuya extensión no es directamente subsidiaria de sus posibilidades de uso.

Confío en que se comprenda que la crítica que aquí se presenta se refiere a la expertise en cuanto concepto productor y regulador de ciertas relaciones sociales derivadas del saber y la inteligencia. No es un ataque a los expertos en cuanto individuos particulares, sino que intenta proporcionar una reconstrucción significativa del modo en que funciona y se articula con fenómenos relevantes del orden vigente. Dicho de otro modo, creo que es conveniente examinar algunos de los supuestos sobre los que descansa la legitimación ideológica del expertismo, así como sus consecuencias, que en buena medida también han de padecer los propios sujetos expertos. 

Rebeliones, masas y expertises

Me parece que se puede aplicar a la expertise mucho de lo que Ortega y Gasset caracterizaba como «la barbarie del especialismo». Dice Ortega: «El especialista "sabe" muy bien su mínimo rincón del universo; pero ignora la raíz todo el resto», lo cual acompaña la aparición de un nuevo tipo humano cuya respuesta moral a sus contradicciones constitutivas (sabio-ignorante, especialista-antiespecialista, hombre cualificado que se comporta como hombre-masa) permiten hablar de barbarie y primitivismo. Sin perjuicio de que muchas de las observaciones orteguianas al respecto sirvan para iluminar nuestro problema, pienso que es útil plantear algunos contrastes.

Por un lado, el filósofo madrileño, que vuelve a hablar de «la barbarie del especialismo» en su conferencia Misión de la universidad, sitúa la cuestión en el marco de una reflexión de largo calado acerca de la irrupción de las masas como actor principal del siglo XX, producto de la asociación liberal en la centuria anterior entre técnica y democracia. Tan fulgurante aparición habría propiciado toda suerte de transformaciones políticas, sociales, morales, psicológicas, artísticas, etc., que a menudo Ortega no parece recibir con especial simpatía. Pues bien, el proceso descrito con tanta brillantez como incomodidad por el filósofo, al punto de llamarle «rebelión de las masas», corresponde a la época del capitalismo industrial, cuya consolidación en el mundo occidental se traduce en la sociedad de masas durante las primeras décadas del siglo XX. En cambio, cabe preguntarse si la experiencia de la actual fase del capitalismo, iniciada en los años setenta, no supondría la inversión de esa etiqueta y autoriza a hablar de una rebelión contra las masas. 

Al cabo, ¿no es la ideología de la expertise una modalidad renovada de elitismo en la matriz supuestamente neutral de la tecnocracia? El gobierno de los expertos sólo tiene sentido en un discurso que propugna el incremento de la eficacia técnica y del volumen de la economía como valores supremos a los que el remitirse. Como es obvio, ello desplaza del debate y participación política tanto a temas como a personas: hay cosas sobre las que no se discute y aquéllas objeto de controversia deben ser abordadas sólo por quienes se supone expertos y no los cualquiera. Según testimonia la involución política global de los últimos años, la vieja alianza entre capitalismo y democracia es cada vez más débil y, desde luego, esta última no puede ser un obstáculo en la expansión e intensificación del primero. 

Por tanto, convendría dejar de contemplar el elitismo como el rasgo discursivo o moral que nos advierte de alguna suerte de actitud o complejo de superioridad por quien incurre en él. El elitismo no es ningún defecto: el elitismo es un programa. Más en concreto, el elitismo es el programa de la rebelión contra las masas. 

Por otra parte, a fin de ganar alguna distancia valorativa, convendría conectar la psicología subyacente al fenómeno con su estructura. De lo contrario, no saldremos de un juicio moral condenado a lamentar la ignorancia y mediocridad de los tiempos presentes, apenas un anticipo de la que se cierne sobre nuestros refinados espíritus. Si en el contexto intelectual de Ortega esto podía tener encaje y comprensión, en el nuestro, a mi modo de ver, suena fuera de lugar. Por eso insisto en que no procede ahora una crítica sobre los individuos que encarnan la expertise, sino que me interesa entender la racionalidad interna de su condición de expertos en cuanto a tales. Es decir, los comportamientos particulares en el marco de su trabajo no nos dirán gran cosa sobre la calidad moral de estos sujetos como personas, pero sí nos pueden decir muchas cosas acerca de la vida profesional y, por tanto, sobre el modo en que nuestras sociedades están organizadas.

Por su racionalidad económica disciplinada a partir del imperativo de maximización de la rentabilidad en el menor tiempo posible, la ideología de la expertise despliega también un prejuicio vitalista contra los intelectuales, pues, en este marco, la vida es acción. El juicio del experto es válido en la medida en que permite tomar decisiones rápidamente, acortando los instantes de duda y los procesos deliberativos, en suma, desproblematizando las acciones. El juicio del experto liquida la cuestión de la responsabilidad: es lo que hay que hacer, mera aplicación técnica de un saber que no tiene por qué estar conectado a ningún otro valor. Como bien señala Enzo Traverso, el experto se integra en un dispositivo gubernamental, «al servicio de quienes toman las decisiones». Pero añadamos algo más. 

* López Alós, Javier (Crítica de la razón precaria) La vida intelectual ...

Esperanza Ruiz (Whiskas, Satisfyer y Lexatin)

¿QUÉ ES UN HOMBRE ELEGANTE?

Un hombre elegante no es un dandi, un hombre elegante practica el don de sí mismo y calcula sus excentricidades.

Un hombre elegante no habla de dinero. Un hombre elegante no hace videollamadas. Un hombre elegante no mantiene conversaciones políticas desde Anthony Ede.

Un hombre elegante anhela un escritorio de viaje —el de sir Arthur Conan Doyle era de la maison Goyard— o un baúl biblioteca como el de Hemingway. Un hombre elegante sólo debería viajar para hacer un grand tour. A un hombre elegante no se le ha perdido nada fuera de Occidente, no tiene necesidad de abandonar la civilización, valga la redundancia. La campiña inglesa cuenta como civilización.

Un hombre elegante sabe que My Way es de Claude François. Un hombre elegante usa estilográfica. Le interesa, en casi todo, el gesto del artesano y la técnica secular; conservar rasgos de un pasado que, para él, desaparece angustiosamente rápido. Un hombre elegante no es muy práctico.

Si tenemos en cuenta que la elegancia es centrífuga —sale del centro de la persona y no de la indumentaria—, deberíamos poder transigir en algunos aspectos. A priori, todos ustedes me dirían que un hombre elegante no lleva joyas. Y yo estaría tentada de darles la razón, pero es ver la foto de Clark Gable con una esclava en la terraza de un restaurante (en 1953, en Venecia) o de tipos con chevalières y abalorios bien llevados y me digo, una vez más, que las generalizaciones las carga el diablo. Una cosa es que uno elija decorarse poco o nada y otra bien distinta es que hacerlo no sea elegante. Pues oigan, dependerá de la gracia, el momento y la personalidad de cada cual.

A menudo, la visión del «hombre elegante» está llena de miopías de clase y lugares comunes. Los tirantes y el chaleco, por ejemplo, se consideran cosas de «gordo». Y yo juro por Alexander Kraft, que los tirantes hacen que los pantalones sienten mejor, y el chaleco, bien llevado, puede tener aquél. De hecho, para climas donde el frío es soportable, puede llegar a evitar un abrigo que, como decía Foxá, es caro de mantener. Todo esto es una cuestión de gustos y haríamos mejor en no pontificar mucho sobre el asunto en una época donde el streetwear hace estragos. 

Ocurre lo mismo con el cuello vuelto en los hombres. De nuevo, depende. Un torso estilizado y una estructura ósea ad hoc lo aguantan todo. Si su biotipo es más tirando a pícnico, permítame anunciarle que tiene muchas papeletas para parecer un mando medio de RN, el partido de Marine Le Pen (cuyo padre, por cierto, llevaba de maravilla los col roulé).

Pero sí hay reglas. Un hombre elegante cree en Dios. Un tipo con una chaqueta de tweed, arrodillado en la catedral de San Esteban elevando su plegaria, no tiene nada que envidiar en elegancia a cualquiera de las instantáneas que ilustran el libro Enduring Style, el monográfico —prologado por Ralph Lauren— que Bruce G. Boyer dedica al estilo de Gary Cooper a partir de fotografías del álbum familiar del actor. Cooper, por cierto, como no podía ser de otra manera, luce impecable en la audiencia que mantuvo en Roma con Juan XXIII. Un hombre elegante, cual capitán de barco antiguo, es la autoridad suprema a bordo, por debajo sólo de Dios y gracias a Él. La elegancia es, pues, revolucionaria.

Un hombre elegante jamás pisaría una facultad de periodismo o políticas después de los años 50. Un hombre elegante nunca pediría el menú degustación. Un hombre elegante sólo tiene un abogado. Y por que es su amigo. Un hombre elegante se comporta como si fuera otoño siempre. Fuera de unas manos viriles, recias y cuidadas, no es posible la elegancia. 

Roger Scruton solo encuentra un avía para surfear la posmodernidad: la íntima y necesaria conexión entre moral y belleza. 

Un hombre elegante leería este libro durante una sobremesa de domingo, con una media sonrisa y un dionisíaco Octomore en la mano. Entonces, se dispondría a pasar la tarde revisando el ensayo sobre la nobleza de espíritu de Enrique García-Máiquez.

Sé que me van a pedir referentes entre nuestros coetáneos y me adelanto a sus deseos: no le pierdan la pista al diplomático y escritor Mario Crespo ni al jurista y experto en moda Juan Pérez de Guzmán.

Carlos Blanco (El sentido de la libertad) Cómo construir una autonomía responsable

 LO ÉTICO COMO HORIZONTE INELUDIBLE DE LA VOLUNTAD

Entre lo subjetivo y lo objetivo se alza precisamente una esfera: la ética. Como rama filosófica, la teoría ética aborda el problema de la determinación del valor moral de las acciones humanas. Obedece por ello a razones de pretensión objetiva, pero ha de ser asumida libremente. Renunciar a guiarse por cualquier clase de principio ético es imposible, pues siempre orientamos nuestras acciones de acuerdo con alguna norma, subjetiva u objetiva. Incluso quienes afirman no seguir ningún precepto han entronizado ya su voluntad como norma ética suprema, porque la han ubicado en el vértice de la pirámide de nuestros valores.

¿Cómo debo obrar? ¿Reconocerá alguna instancia cósmica el valor de mis acciones? ¿A qué norma he de entregar mi libertad, si soy un simple objeto de la naturaleza, regido como tantos otros por inalterables leyes de la física, mientras este universo, tan gigantesco como estremecedor, permanece ciego ante los esfuerzos morales del hombre? ¿Dónde yace la auténtica fuente de toda normatividad, en la voluntad o en la razón, y cuál es el mejor método para descubrirla?

Puedo negar libremente una verdad matemática y científica por un acto supremo de mi voluntad que en nada afecta al valor de esa verdad, cuya esencia es independiente de mí. Sin embargo, en el dominio de lo ético es la voluntad la que confiere existencia efectiva, espaciotemporal, a la norma. Puedo resistirme a aceptar que hay infinitos números primos, o conjuntos infinitos numerables, o que e es un número trascendente, pero por mucho que la ignorancia y la arrogancia humanas se empeñen en negar estas proposiciones, rigurosamente demostradas, las verdades matemáticas y científicas preservan su valor de verdad, pues los universos mental y material siguen funcionando con arreglo a ellas. La norma ética, no obstante, sólo tiene sentido cuando alguien la aplica en su vida. Lo ético incluye en su propio concepto la libertad, y por tanto la voluntad. Una acción que no puedo escoger libremente no pertenece al espacio de lo ético, dado que yo no puedo responder por ella. Sólo es ético aquello que compromete mi libertad, aquello que obliga a mi voluntad, libremente encaminada, a recorrer ese itinerario en lugar de otro.

Nuevamente, un idéntico e impetuoso interrogante nos aguijonea: ¿Qué debo hacer? ¿Cómo he de vivir? Únicamente el ser humano se plantea esta pregunta intempestiva, a la que tanta importancia atribuyen, con sublime perspectiva, Aristóteles. La naturaleza sólo nos ofrece un vago sentido del deber moral en forma de emociones compartidas, de las que no brota, en cualquier caso, un deber libre y responsablemente asumible, sino una inclinación involuntaria. Además, el principio rector de la naturaleza biológica es la ley, implacable y despiadada, de la selección del más apto en un nicho ecológico concreto, por lo que toda ilusión a una hipotética ley natural resulta ostensiblemente inadecuada como fundamento de la ética.

No existen tablas de la ley grabadas con fuego en la materia cósmica. No hay ningún oráculo en el firmamento. Sus astros parecen presagiar la lírica de un susurro infinito, de una revelación súbita exhalada desde las extrañas siderales, pero en realidad se mantienen en un hierático y eterno silencio, en el cierre ontológico del mundo sobre sí mismo. Ninguna epifanía mesiática nos mostrará nuestro destino: hemos de construirlo con nuestra mente. 

El individuo podría limitarse a vivir su vida como un torrente de experiencias episódicas gobernadas por la ley del placer y del dolor, que nos conduce a buscar el primero y a evitar el segundo. La propia ciencia nos enseña que somos una parte prescindible del grandioso universo, y que nuestro cerebro se mueve por estímulos sobre los que rara vez ejerce control. Exorcizada y desvanecida la ilusión antropocéntrica, si el hombre no ocupa una posición especial en el cosmos tampoco puede hacerlo la moral, que sólo afecta a seres dotados de una mínima capacidad de adquirir conciencia en torno al valor de sus acciones. Si dios existiera, sería posible apelar a una ley ética suprema que nos vinculase necesariamente. Pero como no sabemos si existe, ni si podremos saber algún día si existe, esta opción queda descartada de modo casi automático, y apenas si resultará defendible por quienes anhelen construir un sistema ético de vocación universal.

Es difícil, empero, no percibir la llamada del deber moral, su voz severa y persistente, que resuena ante nosotros como un eco absoluto, objetivo, impersonal pero canalizado a través del ejercicio de lo personal. Nada nos hace más humanos como reflexionar sobre el sentido de nuestras acciones. ¿Cómo he de vivir? ¿He de ceñirme a vivir sin más, a sobrevivir, a resistir las presiones de una naturaleza dadora y destructora de vida, generosa y hostil al unísono, o el deber radica en vivir moralmente?

Tan pronto como acepto vivir moralmente, admito una objetividad superior a mi subjetividad. Me postro ante una nueva ciencia, indiferente a mis aspiraciones de felicidad individual. En su tentativa de diseñar un sistema puro de la razón práctica, donde ésta no se guíe por intereses individuales, sino por normas universales, la ética formal kantiana ejemplifica mejor que ninguna otra creación filosófica nuestra capacidad de llevar esta idea a sus últimas consecuencias lógicas. 

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