Luis Alfonso Iglesias Huelga (Contra el desentendimiento) Defensa sosegada del entusiasmo

 LA BANALIDAD DEL MAR

En su conocida obra Eichmann en Jerusalén, Un estudio acerca de la banalidad del mal, la filósofa Hanna Arendt denuncia con esta expresión la construcción de un poder totalitario que genera sujetos incapaces de pensar sobre el sentido moral de sus actos, alienados hasta el punto de interiorizar el deber y la obediencia a un régimen. Algunos ciudadanos normales asumen las costumbres y la deriva social de su país de una manera acrítica. No solo eso, sino que esa irresponsable despreocupación es capaz de producir un perverso sentimiento de placer.

En la actualidad existe un sector de la población cuyo apático desinterés por lo que acontece le convierte en un blanco fácil de las trivialidades y en una flecha veloz hacia las mentiras evidentes. Es la llamada cultura de la indiferencie, con su dañino mirar para otro lado, en la que muchos ciudadanos "lo creen todo y no creen nada, creen que todo es posible y que nada es cierto".

La banalidad es la dosis exacta de amnesia capaz de hacernos olvidar el deber de la memoria. Con su deconstrucción silente logra situarnos en el territorio de la peor de las mentiras: la de la subjetividad autosuficiente, esa que se construye apelando a una relativizada neotenia pueril cuya deriva resulta una creatividad vacua porque el accidente ha deglutido a la sustancia. Lo banal y lo espantoso convergen y se refuerzan tan intensamente que parece que el espanto se diluye en la banalidad.

En efecto, cuando lo abyecto es convertido en algo corriente e insustancial, es decir en algo banal, cuando se aniquila el deber de la memoria, se hiere gravemente el poder de la ilusión. Y, así, instalados en el confortable nido de lo trivial, el anestésico social que hemos ingerido, hasta cierto punto de firma voluntaria, nos provoca la falsa euforia de una libertad autoalienante, individuos flotando sobre un mar de indiferencia.

Si la banalidad del mal se sostiene sobre la incapacidad para pensar, la banalidad del mar representa la apatía para cambiar de rumbo porque pensamos que el viaje no solo no merece la pena sino que está plagado de eventualidades. El mar, ese vasto gigante azogado que siempre ha representado la metáfora del viaje y de la libertad, resume el resultado de nuestra abulia ideológica y también de nuestra indiferencia ecológica. 

En su obra La Odisea, Homero traza una metáfora del mar como significado de la vida en la tierra, un espacio que ofrece a un tiempo la esperanza de la brisa y el desaliento de la tempestad. Frente a los designios de Poseidón, el ser humano es un diminuto caminante entre las olas a las que debe enfrentarse con agudeza intelectual y fortaleza moral. 

La tarea del héroe queda, de todas formas, empequeñecida frente al mar, un universo de dificultades que Odiseo afronta con sagacidad e inteligencia. Esta perspectiva contempla también la interpretación de Eurípides, el dramaturgo griego que se planteaba si los mitificados héroes no eran otra cosa que personajes dominantes y vanidosos y no valientes argonautas capaces de desafiar los designios divinos. 

Aún en ese caso se libera la necesidad de sujetarse a la vida con la conciencia explícita de la importancia que ella conlleva. La profundidad del mar es la alegoría de la trascendencia de cada periplo vital y Homero inicia el camino de nuestra propia narrativa, de nuestro propio ser, de lo que somos, esa mencionada historia que nos queda por contar, que es la forma de vivir y de vivirnos.

El mar es también una red efectiva que se construye bajo la premisa de la solidaridad y el apoyo mutuo, la inmensidad y el origen de nuestra propia historia, la arena que nos quema y la que nos alivia. Desde los años cincuenta del pasado siglo se buscan en el fondo del mar recursos que podrían ser utilizados contra importantes enfermedades. Organismos marinos como esponjas, algas, moluscos son considerados "fábricas" de moléculas de interés biológico. Pharma Mar, una compañía farmacéutica española de la filial Zeltia, ha conseguido elaborar el primer antitumoral del mundo procedente del mar, concretamente de un tunicado denominado Ecteinascidia turbinata. Europa lo aprobó en 2007 y hoy se comercializa en 80 países como tratamiento para el sarcoma de tejidos blandos y contra el cáncer de ovario sensible al platino. La vida en el fondo del mar haciendo frente a la muerte en la superficie de la tierra. Una advertencia de generosidad por parte del maltratado océano al que arrojamos los desperdicios de nuestra insípida jactancia: aproximadamente siete millones de toneladas de residuos son lanzados anualmente a los mares y océanos de nuestro planeta.

Tampoco hay buenos pronósticos, ni siquiera para el aprecio literario del mar en toda su entusiasta y metafórica inmensidad. Asistimos a la banalización del relato, a una holloweenización de la narrativa en la que se precisan cada vez más asesinatos porque, en caso contrario, la historia no "mola". La novela negra va camino de transformarse en novela roja por la cantidad de litros de sangre que se hacen necesarios para saciar nuestra conmovisión visual. Autores como Poe o Lovecraft, salvando distancias estéticas y manteniendo equidistancias éticas hoy se verían impelidos a una mayor espectacularidad, a un ritmo de desasosiego más teñido de cantidades que de calidades. Es la exageración de los hechos exigida por una, cada vez mayor, ausencia de los elementos no visibles. La ironía, la metáfora, la polisemia, el doble sentido, esas riquísimas variables ocultas con las que sueña la creatividad para hacerse aflorar conjuntamente. 

Pero evidentemente, si —como dice el verso de Emily Dickinson— "no hay fragata como un libro", tampoco hay un libro sin fragata, sin viaje interior hacia la extensión de nosotros mismos. El mar representa el viaje, la vida, la belleza, pero también una exacta referencia de nuestras idas y venidas, ya sean desbordantes o contenidas, de nuestros estados de ánimo, a veces calmados, a veces tempestuosos, de nuestras pretensiones que se elevan y al final acaban derramándose hasta convertirse en el remanso que se acerca a la orilla. Esa armonía marina en rebelión conlleva una lectura de vida permanente porque el mar ofrece algo inaudito: siempre parece que lo estamos viendo por primera vez. 

Iglesias Huelga, Luis Alfonso (La ética del paseante)

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