Carlo M. Cipolla (Las leyes fundamentales de la estupidez humana)

 La humanidad se encuentra —y sobre esto el acuerdo es unánime— en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad. Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en una situación deplorable. El pesado fardo de desdichas y miserias que los seres humanos deben soportar, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad organizada, es básicamente el resultado del modo extremadamente improbable —y me atrevería a decir estúpido— como fue organizarla la vida desde sus comienzos.

Desde Darwin sabemos que compartimos nuestro origen con las otras especies del reino animal, y todas las especies —ya sea se sabe— desde el gusanillo al elefante tienen que soportar sus dosis cotidianas de tribulaciones, temores, frustraciones, penas y adversidades. Los seres humanos, sin embargo, poseen el privilegio de tener que cargar un peso añadido, una dosis extra de tribulaciones cotidianas, provocadas por un grupo de personas que pertenecen al propio género humano. Este grupo es mucho más poderosos que la Mafia, o que el complejo industrial-militar o que la Internacional Comunista. Se trata de un grupo no organizado, que no se rige por ninguna ley, que no tiene jefe, ni presidente, ni estatuto, pero que consigue, no obstante, actuar en perfecta sintonía, como si estuviese guiado por una mano invisible, de tal modo que las actividades de cada uno de sus miembros contribuyen poderosamente a reforzar y ampliar la eficacia de la actividad de todos los demás miembros. La naturaleza, el carácter y el comportamiento de los miembros de este grupo constituyen el tema de las páginas que siguen.

Es preciso subrayar a este respecto que este ensayo no es ni producto del cinismo ni un ejercicio derrotismo social —no más de cuanto pueda serlo un libro de microbiología—. Las páginas que siguen son, de hecho, el resultado de un esfuerzo constructivo por investigar, conocer y, por lo tanto, posiblemente neutralizar, una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana.

La primera Ley Fundamental de la estupidez humana afirma sin ambigüedad que:

Siempre e inevitablemente cada uno de nostros subestima el número de individuos estúpidos qye circulan por el mundo.

A primera vista la afirmación puede parecer trivial, o más bien obvia, o poco generosa, o quizá las tres cosas a la vez. Sin embargo, un examen más atento revela de lleno la auténtica veracidad de esta afirmación. Por muy alta que sea la estimación cuantitativa que uno haga de la estupidez humana, siempre quedan estúpidos, de un modo repetido y recurrente, debido a que:

a) personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado se revelan después, de repente, inequívoca e irremediablemente estúpidas.

b) día tras día, con una monotonía incesante, vemos cómo entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos menos oportunos.

La Primera Ley Fundamental impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población: cualquier estimación numérica resultaría ser una subestimación. Por ello en las páginas que siguen se designará la cuota de personas estúpidas en el seno de una población con el símbolo ε




[...] Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen obre otras personas con intensidad muy diferente. Algunos estúpidos causan normalmente sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras. La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales. Antes que nada depende del factor genético. Algunos individuos heredan dosis considerables del gen de la estupidez, y gracias a tal herencia pertenecen, desde su nacimiento, a la elite de su grupo. El segundo factor que determina el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad. Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentran el más exquisito porcentaje ε de individuos fundamentalmente estúpidos cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potencial por la posición de poder que han ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.

La pregunta que a menudo se plantean las personas razonables es cómo es posible que estas personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de poder o de autoridad.

Las clases y las catas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales. En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia. Pero en lugar de las clases y las castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia. En el seno de un sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción  ε entre los poderosos. Hay que recordar que, según la Segunda Ley, la fracción ε de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción. Estas personas cumplen su objetivo, contribuyendo al mantenimiento del nivel ε de estúpidos entre las personas que están en el poder. 




[...] No hay que asombrarse de que las personas incautas, es decir, las que en nuestro sistema se sitúan en el área H, generalmente no reconozcan la peligrosidad de las personas estúpidas. El hecho no representa sino una manifestación más de su falta de previsión. Pero lo que resulta verdaderamente sorprendente es que tampoco las personas inteligentes ni las malvadas consiguen muchas veces reconocer el poder devastador y destructor de la estupidez. Es extremadamente difícil explicar por qué sucede esto. Se puede tan sólo formular la hipótesis de que a menudo tanto los inteligentes como los malvados, cuando son abordados por individuos estúpidos, cometen el error de abandonarse a sentimientos de autocomplacencia y desprecio, en vez de segregar inmediatamente cantidades mayores de adrenalina y preparar la defensa. 

Generalmente, se tiende incluso a creer que una persona estúpida sólo se hace daño a sí misma, pero esto significa que se está confundiendo la estupidez con la candidez. A veces hasta se puede caer en la tentación de asociarse con un individuo estúpido con el objeto de utilizarlo en provecho propio. Tal maniobra no puede tener más que efectos desastrosos porque: a) está basada en la total incomprensión de la naturaleza esencial de la estupidez y b) da a la persona estúpida oportunidad de desarrollar posteriormente sus capacidades. Uno puede hacerse la ilusión de que está manipulando a una persona estúpida y, hasta cierto punto, puede que incluso lo consiga. Pero debido al comportamiento errático del estúpido, no se pueden prever todas sus acciones y reacciones, y muy pronto uno se verá arruinado y destruido por sus imprevisibles acciones.

Todo esto aparece claramente sintetizado en la Cuarta Ley Fundamental, que afirme que: 

Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.


Feliz Navidad 2024


Pascal Bruckner (Vivir en zapatillas) Sobre la renuncia al mundo en la actualidad

 La prohibición de viajar

«Todas las desgracias de los hombres provienen de no saber quedarse quietos en su habitación», decía Pascal. Y proseguía: «De ahí que los hombres les guste tanto el ruido y el movimiento, de ahí viene que la prisión sea un suplicio tan terrible. De ahí viene que el placer de la soledad sea una cosa tan incomprensible». Se le podría replicar que todas las desgracias en los años por venir provendrán, probablemente, de no querer salir más de su habitación. Lo que los amenazará entonces será menos el virus que la inacción, menos el riesgo de caer enfermo que morir de aburrimiento. Por mucho que le pese a Pascal, la diversión es esencial, la trivialidad vital, el viaje indispensable, y sin estor entreactos que interrumpen lo cotidiano, la existencia se asemejaría a una penitencia: entre la meditación sobre la miseria del hombre sin Dios y la distracción hay un tercer término que Pascal, hombre del Antiguo Régimen, no podía concebir: la acción y el trabajo. 
Dos palabras caracterizan nuestra situación actual: el impedimento y la complicación. ¿Por qué hacerlo simple cuando se puede hacer complicado? Lo que era fácil se ha convertido en complejo y lo que era difícil se ha convertido en casi imposible. Beber un café en el avión o en una terraza requería, hasta hace poco, un certificado; comprar una barra de pan, una mascarilla; hacer las compras largas filas de espera como en la URSS de la Guerra Fría. Viajar al extranjero siempre significa encontrarse con una montaña de obstáculos si no se está en regla, por no hablar de la obtención de un pasaporte. Los flujos de viajeros están sometidos a condiciones drásticas que cesan de agravarse. El ámbito de lo prohibido se ha ampliado hasta un punto inconcebible y no se aprecia una vuelta atrás. Sin olvidar los formularios online, los justificantes, los tests obligatorios, los innombrables códigos QR. El COVI-19 no habrá sido más que una etapa en el aumento del control de la vida cotidiana y del desplazamiento de las personas. Hagamos lo que hagamos, algo siempre está mal. A lo largo de dos años, Francia habrá manifestado un auténtico genio tragicómico para desarrollar un dédalo burocrático de prohibiciones, restricciones, permisos restringidos y obstáculos facultativos con un lujo de léxico, una inventiva para que las jergas que hará las delicias de los lingüistas. No ha sido la única en este delirio, y pocas naciones se han librado de la pesadilla administrativa, sobre China, que la ha llevado hasta un punto de abominación único. Pese a todo, no hemos caído en una dictadura, como lo han proclamado con demasiada rapidez algunos espíritus desorientados: hemos sufrido los tumbos de una improvisación embarullada y, en este ámbito, las democracias han demostrado, a pesar de todo, su flexibilidad y su superioridad sobre las autocracias. Pero se ha tenido la prueba de que los ciudadanos consentían el sacrificio de ciertas libertades a favor de su seguridad. Frente a esta situación, solo hay una salida razonable: quedarse en casa. Siempre habrá mil motivos para evitar a hombres y mujeres a esconderse en una agujero bajo la tutela bienhechora del Estado: las diez plagas de Egipto caen sobre una humanidad demasiado temerosa en el norte, demasiado desprovista en el sur. Abrir la puerta se convertirá en un acto altamente peligroso: es toda la ambigüedad de la cerradura que hace girar para entrar en casa o que se cierra con doble llave para no dejar que penetre el exterior. La ampliación desmesurada del espacio doméstico se corresponde con el encogimiento del espacio público. Habrá que limitar entonces nuestras posesiones, nuestras ambiciones, nuestros desplazamientos: el hombre del futuro será el hombre disminuido, el cual irá a la par de la relidad aumentada por lo virtual. Existir será restar. El primer confinamiento tenía la novedad de lo inédito, casi pintoresco en su brutalidad. Prometía ser breve. Los siguientes han adquirido la apariencia de profecía autocumplida. ¿Será ese el rostro de nuestro futuro? ¿Moldearían el mundo de mañana? ¿Censura, distancia, desconfianza, aumento de la reglamentaciones. 

Desde hace más de dos años somos «Platón en bata» (Levinas a propósito de Oblómov), disertando sobre la eficacia de las vacunas, la «conspiración» de los grandes laboratorios, las mentiras de nuestros gobernantes, los peligros de la vida colectiva. Hay cierta dulzura en el internamiento e incluso un placer en la vida restringida, que nos recuerda, como veremos, la larga tradición del monaquismo occidental; la celda del monje más las redes sociales. Esta voluptuosidad del cascarón se nos aparece adornada con las virtudes de la resistencia al cambio climático, a la inseguridad, a los peligros del mundo. La vida en el interior en lugar de la vida interior. De ahora en adelante es imperativo mantener la inmovilidad del vegetal para no exponerse o producir una huella de carbono demasiado grande. La Tierra se vuelve de nuevo inmensa, es decir, prohibida. El mundo se encierra, recorrer el mundo con la mochila y en autostop se convierte a partir de ahora en una utopía. El confinamiento supuso el encogimiento del espacio y la dilatación del tiempo. El posconfinamiento es lo contrario: las distancias aumentan de forma exponencial. Atravesar las fronteras constituye todavía una hazaña, una carrera de obstáculos agotadora. El prójimo se ha vuelto lejano y lo lejano inaccesible.

Las tres ces: la caverna, la celda, el cuarto

Al escribir el mito de la caverna, Platón estableció un decorado mental que no deja de obsesionar a la conciencia occidental. Unos hombres están encadenados en una caverna, el rostro bloqueado frente a un muro sin poder girar la cabeza. No ven más que los reflejos de una hoguera encendida detrás de ellos sobre una altura y las sombras de otros hombres que pasean por un camino. Los prisioneros toman estas sombras por la única realidad y las consideran más reales que la claridad de la que provienen. Si se obligara mediante la fuerza a contemplar la luz a uno de esos cautivos, a conocer la verdad, se sentiría deslumbrado e «incluso ciego» y querría regresar urgentemente a la caverna para recuperar la calmante penumbra. Solo los más atrevidos, los más audaces, son capaces de alejarse de las ilusiones de la caverna y contemplar el cielo estrellado, el sol, los astros. Pero ya no podrán volver a descender después entre el pueblo de los cautivos, compartir sus errores y acostumbrarse de nuevo a la oscuridad. Para Sócrates, que expone este mito a Glauco, la caverna es una figuración del mundo sensible, propenso al error, mientras que el cielo encarna el mundo inteligible del bien y lo bello. Quien pasa de la contemplación divina a las cosas despreciablemente humanas tendrá muchas dificultades para disertar con los seres groseros que son la presa de la falsedad. Sócrates deduce de ello que los prisioneros de la caverna tienen necesidad de ser educados para poder elevarse poco a poco al conocimiento y a la contemplación de las ideas puras. El pequeño número de elegidos que han visto lo verdadero y bueno deben volver a descender entre los cautivos para enseñarles la virtud. Estos seres elegidos son los filósofos que regresan a la «morada común» para iluminar a sus conciudadanos. La humanidad vive en el claroscuro y solo la filosofía puede convertirla a la luz, que es la morada del ser.
Esta alegoría no solo es la base de la filosofía europea y su idealismo; nos interesa por la riqueza simbólica. ¿Cómo no ver que el mito se ha invertido? Porque entretanto hemos habilitado nuestras cavernas con todos los instrumentos del confort moderno. Hemos hecho de la clausura no el lugar de la tinieblas, sino al contrario, el de la protección y la salud. La caverna es ahora la esfera auténtica, mientras que el mundo exterior y sus reflejos, en oleadas continuas en nuestras pantallas, ponen de manifiesto la violencia y el salvajismo. Desde el siglo XVIII, en Europa, la vida privada se ha convertido en el santuario en el que se construye el hombre moderno, disfruta de sus seres cercanos y de su familia y decide sobre su destino. Ya no oponemos el mundo de los fenómenos , perecederos, al de las esencias inmutables, sino el espacio público al espacio privado. Cada época tiene una concepción diferente de la circulación del uno al otro, pero ese ir y venir sigue siendo fundamental. Para vivir en el mundo, el hombre debe tener un espacio en el que refugiarse, descansar, protegerse. De manera f¡dramática, Enmanuel Kant, tal vez porque vivía en una época de gran inseguridad, escribió: «La casa, el domicilio es el único escudo contra el horror de la nada, de la noche y del origen oscuro: encierra en sus muros todo lo que la humanidad ha recogido pacientemente en los siglos de los siglos (...) Su libertad se amplifica en lo estable y en lo cerrado y no en lo abierto y en el infinito. Estar en casa es reconocer la lentitud de la vida y el placer de la meditación inmóvil (...) La identidad del hombre es, por lo tanto, el que no tiene hogar ni lugar, y por tanto no tiene ni fe ni ley, condensa en él toda la angustia del vagabundo». 

* Bruckner, Pascal (La euforia perfecta) Sobre el deber de ser...
* Bruckner, Pascal (La tiranía de la penitencia) Ensayo sobre el ...

Alejo Schapire (El secuestro de Occidente)

 La víctima imposible

Nunca se había visto nada así. Existían crónicas, testimonios escritos, grabados, investigaciones históricas, arqueológicas, recuerdos que se transmitían de generación en generación y forman parte de una memoria milenaria. Pero esta era la primera vez que un grupo de hombres organizados documentaban y difundían la matanza, mutilación y secuestro de más de un millar de civiles mientras perpetraban la peor masacre de judíos desde la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de los nazis, que buscaron desde el primer momento borrar los rastros de sus crímenes, conscientes de lo que su exposición podía implicar para la opinión internacional y la psiquis de los propios alemanes, aquí la barbarie se exhibía, buscaba inundar orgullosa todas las pantallas del mundo. "Papá, te estoy hablando desde el teléfono de una mujer judía. La maté a ella y a su esposo. Maté a diez con mis propias manos. "Papá, ¡diez con mis propias manos!", alardeaba un palestino desde el kibutz de Mefalsin en línea con sus padres, que lo congratulaban desde Gaza.

El pogromo del 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel fue llevado a cabo en un clima de euforia pornográfica, una orgía sangrienta de violencia contra civiles (bebés, mujeres, ancianos supervivientes del Holocausto) transmitida en tiempo real por sus propios autores. Vientres de embarazadas abiertos, fetos extirpados y destruidos, bebés calcinados, violaciones frente a familiares, decapitaciones con palas, jóvenes desgarradas y con la pelvis destruida por los abusos, talones cortados para impedir su huida, cuerpos de jovencitas vejados, desnudos y desarticulados paseados en camionetas como trofeos de guerra al grito de "Alá es grande". La imaginación y la religión, puestas al servicio de un proyecto de destrucción macabra. Un horros que se jacta y se regodea en el espejo.

Para quienes están familiarizados con las cíclicas olas de violencia en la región, el esquema suele ser el siguiente: lanzamiento de morteros desde la Franja de Gaza contra civiles israelís y respuesta armada del Estado hebreo. A veces, la lluvia de misiles palestinos continúa, e Israel replicas con más bombardeos, incluso con una incursión militar terrestre. Es recién a partir de la reacción israelí que la prensa internacional empieza a poner en portada la crisis como si fuese el inicio y llega la condena del mundo. La Unión Europea se dice deeply concerned (profundamente preocupada) y pide "proporcionalidad"; Estados Unidos ejerce su veto en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que busca condenar a Israel, explicando que la única democracia en la región está en su legítimo derecho a defenderse cuando matan a sus ciudadanos. Entonces empiezan las manifestaciones propalestinas en las calles europeas y se registra un nuevo pico de ataques antisemitas en el Viejo Continente, hasta que, con el correr de los días, a veces semanas, la tensión vuelve a bajar esperando el inicio de un nuevo ciclo.

Pero esta vez no fue así.

La masacre del 7 de octubre, precedida por una larga y minuciosa planificación, fue el peor ataque sufrido por Israel desde la creación del Estado en 1948 y representa el mayor atentado terrorista en muertes per cápita de que se tiene registro. Proporcionalmente, es como si entre 40.000 y 50.000 estadounidenses hubiesen sido asesinados el 11 de septiembre de 2001. El elaborado plan de Hamás incluyó el uso de drones, la apertura de treinta brechas a la seguridad israelí, combatientes por mar y aire, explosivos y el ingreso por tierra de más de mil hombres armados, tanto con ropa de combate como varones de civil, en bicicleta e incluso con muletas, decididos a violar y matar a la mayor cantidad de judíos posibles [...].
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De las bibliotecas al quirófano

Así como la existencia y puesta en práctica de la teoría de género empezó a cobrar notoriedad con la objeción a los contenidos educativos por parte de padres -a veces nucleados en organizaciones parentales como Moms for Liberty o No Left Turn in Education-, el debate escaló a otro peldaño cuando la discusión pasó a los tratamientos y las operaciones para "reasignación de género".

En 2017 en Estados Unidos, se habían registrado 15.172 diagnósticos de "disforia de género" en niños de entre 6 y 17 años. En 2021, esta cifra trepó a 42.167. La disforia de género se define como el malestar causado por una discrepancia entre la identidad de género de una persona y la que se le asignó al nacer, apunta el informe de Komodo Health Inc., citado por la agencia de noticias Reuters. Merecería detenerse en esa expresión que se ha impuesto como una evidencia recientemente en distintos idiomas: "Asignación de género", como si lo que ha hecho la mayor parte de la humanidad en el planeta a través de las culturas y las épocas de golpe fuese el mero capricho arbitrario del personal médico que determina una identidad como se reparten al azar caramelos surtidos. Pero si la identidad sexual material de los genitales pasa a ser una mera anécdota que puede adaptarse a la "verdadera" identidad "de género", se entiende que esta realidad biológica sea tratada como el anacronismo de una burocracia que tarda en adaptarse a la neolengua.

El documento añade que, en 2017, 633 niños habían recibido bloqueadores de la pubertad químicos. En 2021, pasaban a ser 1.390. "Al suprimir las hormonas sexuales, los medicamentos bloqueadores de la pubertad detienen la aparición de las características sexuales secundarias, como el desarrollo de los senos y la menstruación en los adolescentes asignados al sexo femenino al nacer. En los varones de nacimiento, los fármacos inhiben el desarrollo de una voz grave y de la nuez de Adán, así como el crecimiento del vello facial y corporal. También limita el crecimiento de los genitales". Al uso de los fármacos, que pueden provocar esterilidad, se le suman operaciones quirúrgicas como la mastectomía o, en cuanto a los genitales, la falectomía (quitar el pene), la orquiectomía (extirpación de testículos) y la vaginoplastia (construcción de vagina). El fenómeno va a seguir en ascenso, auguran los analistas financieros.

"El mercado de la cirugía de reasignación de sexo en Estados Unidos crecerá 125,78 millones de dólares entre 2022 y 2027, con una tasa interanual del 10,84% durante el periodo de previsión", estima la empresa de investigación y asesoramiento tecnológico Technarvio. El estudio subraya, empero, uno de los obstáculos a este negocio. "Los efectos secundarios de las operaciones de reasignación de sexo son un desafío importante que frena el crecimiento del mercado".

Los procesos quirúrgicos irreversibles, la consecuente esterilización, y la incapacidad de amantar o alcanzar el orgasmo, dificultades para orinar, tener que tomar medicación de por vida, sin mencionar las eventuales secuelas psicológicas en caso de arrepentimiento de quienes buscan "destransicionar" no son detalles, sobre todo cuando se trata de menores que deben tomar decisiones definitivas para sus vidas en un período de dudas, experimentación y fluctuaciones propias de la edad. Que tales cambios terminantes sean resueltos bajo una influencia de la militancia de docentes y organizaciones, que incluyen al personal médico, a veces a espaldas y sin el acuerdo de los padres, da lugar a situaciones dramáticas. No es difícil imaginar la magnitud del problema de la irreversibilidad cuando "al menos media docena de estudios médicos demuestran que entre el 61% y el 98% de los niños que representan trastornos relacionados con el sexo se reconciliaron con su sexo natal antes de la edad adulta.

* Schapire, Alejo (La traición progresista)

Mariano Sigman - Santiago Bilinkis (Artificial) La nueva inteligencia y el contorno de lo humano

La moral de un algoritmo

¿Es real el peligro?

En el último tramo de este libro, la ciencia empieza a mezclarse de forma definitiva con la ciencia ficción. Llegamos a Metrópolis, Solaris, Terminator, Mad Max, Her, Ex Maquina, 2001: Odisea del espacio... Es el momento de preguntarnos por la utopías, las distopías y el apocalipsis: ¿pueden las máquinas y la IA convertirse en una amenaza para nuestra especie? Justamente la ciencia ficción ha sido el laboratorio en el que exploramos este universo de posibilidades, creando escenarios en los que ordenadores superinteligentes adquieren autonomía e intentan (por diferentes razones) aniquilar a la humanidad. Ahora ya no es una película: muchas personas que más entienden de IA hace un tiempo que nos advierten sobre el riesgo que esta tecnología implica para nuestra existencia en los años venideros.

En mayo de 2023, muchos de los referentes mundiales en el tema firmaron una declaración conjunta que consiste en una sola oración: <<Mitigar el riesgo de extinción por causa de la IA debe ser una prioridad global, a la altura de otros riesgos como las pandemias y la guerra nuclear>>. La frase llama la atención por lo contundente, pero también por lo escueta. Subraya tanto el consenso acerca del peligro existente, como la imposibilidad de trasladar la preocupación a acciones concretas por la dificultad que plantea ponerse de acuerdo sobre qué forma podría tomar ese peligro y qué medidas podríamos adoptar para protegernos.

A muchas personas, la mera posibilidad de que la humanidad pueda extinguirse en los próximos años por causa de la IA les parece un despropósito, una de las fantasías del cine catastrófico. ¿Cómo podría una máquina hacernos semejante daño? Si eso fuese una amenaza real, ¿no podríamos simplemente apagarla? Pero lo más probable es que una IA tan avanzada como para ser peligrosa no residiría en un solo ordenador, sino que está distribuida en fragmentos en una red deslocalizada para la que no habrá un interruptor de apagado general. O, más bien, serán las inteligencias de esa red las que lo controlen. Apagar una inteligencia artificial de esa red se parecerá más a erradicar un virus que a apagar la luz. El mayor peligro de todos quizá sea pecar de ingenuos. El riesgo es real. Y desentenderlo o subestimarlo no hace más que amplificarlo.

Muchos sostienen, por ejemplo, que es imposible que generemos una inteligencia que supere nuestra propia capacidad. Pero, por más que creamos que la inteligencia es el rasgo más definitorio de nuestra especie, no somos el pináculo de nada. Pudimos idear y fabricar dispositivos que levantan miles de veces más peso que nosotros, artefactos capaces de volar y cruzar océanos y continentes o llevarnos a la luna. Si hemos podido construir máquinas con la capacidad de superarnos en todos estos aspectos, ¿por qué no sería posible fabricar otras que superen nuestra inteligencia general?

La IA es una tecnología muy diferente de todas las que hemos inventado hasta ahora. En primer lugar, por el método que usamos para construirla. Para hacer, por ejemplo, la bomba atómica, debemos primero entender de manera muy precisa el proceso de fisión nuclear. ¿Cómo desatar a voluntad una reacción en cadena? ¿De qué manera se detiene? Al lanzar la primera bomba sobre Hiroshima, el gobierno de los Estados Unidos podía delimitar la extensión del hongo nuclear. Su efecto, tremendamente destructivo y nocivo, había sido estimado con bastante precisión.

A la IA, en cambio, estamos llegando por un camino muy distinto. No logramos entender aún los mecanismos que dan origen a la inteligencia biológica, y muchísimo menos a la conciencia. Es como si estuviésemos fabricando una bomba nuclear con una compresión muy precaria de la física del núcleo y de las partículas elementarles. Y así, la explosión de esta <<bomba de inteligencia>> puede extenderse en formas que nos son casi imposibles de pronosticar. La IA es un experimento en tiempo real en el que participa, con o sin consentimiento, toda la población mundial. Ya vimos como el GPT fue un experimento que desarrolló habilidades que ni siquiera sus creadores fueron capaces de imaginar. La inteligencia artificial sale de la circularidad previsible de las máquinas y se inserta, de pleno, en lo imprevisible, en lo que siempre ha sido territorio de la polis, el lugar más selecto del devenir humano.

Una inteligencia no es una herramienta inerte, como un avión o una bomba. Por su propia naturaleza, es dinámica y puede tener agencia. Puede aprender sin que nadie le enseñe, es capaz de planificar y establecer metas intermedias para alcanzar los fines que persigue, tiene la posibilidad de tomar decisiones que tienen un efecto real sobre el mundo y sobre su propia estructura y podría, eventualmente, realizar copias idénticas o modificadas de sí misma. Aun sin serlo, reúne casi todas las condiciones de un ser vivo: es un ente con intención, que trabaja activamente y consume energía para lograr un objetico con cierta planificación. También tiene personalidad; dos instancias de una misma IA, con ligeros cambios arbitrarios en sus parámetros pueden dar lugar a ideas y comportamientos muy distintos. Una inteligencia artificial puede programarse a sí misma, y reproducirse. Podría incluso tener <<sexo digital>>, combinándose con otras inteligencias para mezclar sus identidades.

Byung-Chul Han (El espíritu de la esperanza)

La esperanza prevé y presagia. Nos da una capacidad de actuar y una visión de las que la razón y el intelecto serían incapaces. Aviva nuestra atención y agudiza nuestros sentidos para percibir lo que aún no existe, lo que aún no ha nacido, lo que apenas despunta en el horizonte del futuro. Es la obstetricia de lo nuevo. Sin esperanza no hay resurgimiento ni revolución. Cabría pensar que incluso la evolución es impulsada por una esperanza inconsciente. La esperanza es el poder vivificante por excelencia, la fuerza que inerva la vida y la preserva de anquilosarse y paralizarse. Para Fromm, la esperanza como «estado ontológico», como estado de ánimo, es una «disposición interna»: la «disposición para una actividad intensa que aún está por ejercer». Es, por tanto, una fuente interior de dinamismo y actividad. Más allá de la actividad ya ejercida, más allá del mero ajetreo y de la actividad, la esperanza nos inspira para la actividad que aún está por ejercer y es la brisa que nos trae el frescor de lo nonato. Renueva nuestro actuar.

Siguiendo a Nietzsche, podemos entender la esperanza como un estado especial del espíritu que se asemeja a un embarazo. Tener esperanza es estar preparado para el nacimiento de lo nuevo:

¿Hay estado más bendito que el embarazo? Hacerlo todo con la fe tácita de que, de algún modo, eso que hacemos favorecerá a lo que se está gestando en nosotros y tendrá que elevar su misterioso valor, en el que pensamos con arrobo. Por amor a ello evitaremos muchas cosas, sin que sintamos esas renuncias como una ardua obligación. Reprimiremos alguna que otra palabra hiriente y tenderemos la mano para reconciliarnos... La criatura debe nacer en medio de lo mejor y más benigno. Nos estremecemos de nuestra acritud y nuestra brusquedad, temerosos de que en la copa de la vida de nuestro amadísimo desconocido pudiera verterse una gota de desgracia. Todo está como velado, todo son corazonadas, no se sabe cómo irá nada, uno espera, procurando estar preparado. Pero, al mismo tiempo, nos invade un sentimiento puro y catártico de profunda irresponsabilidad, casi como el que tiene un espectador ante el telón bajado. Algo se está gestando, algo está saliendo a la luz, y no disponemos de nada con que determinar su valor ni su momento. Lo único que necesitamos es cualquier influjo por cuya mediación podamos bendecirlo y defenderlo. Nuestra esperanza secreta es que «aquí se está gestando algo que será mayor que nosotros».

Llenos de esperanza, nos elevamos por encima de lo que no debería existir. Lo perdonamos, mientras estamos expectantes de algo totalmente distinto. El perdón abona el terreno para lo nuevo y distinto. 

La esperanza conlleva una gran benignidad, una radiante serenidad, incluso una profunda cordialidad, pues no fuerza a nada Como dice Nietzsche certeramente, es un sentimiento de benignidad y orgullo.  Tener esperanza significa estar intimamente preparado para lo que haya de venir. Nos hace estar más atentos a lo que todavía no existe, sobre lo cual no podemos influir directamente. Incluso el pensamiento y la acción tienen este carácter contemplativo de la esperanza, que es el carácter de la receptividad, del presentimiento, de la espera, de la aceptación. Para actuar sin más no hace falta consagrarse a esa acción. Pero en el núcleo de la actividad suprema anida el sentido de una inactividad. La esperanza nos inicia en un ámbito ontológico que la voluntad no alcanza. El querer no llega hasta la célula germinal de la creación:

¡Es en esta consagración como hay que vivir! ¡Y realmente se puede vivir así! Aunque lo esperado sea una idea o un acto: la realización de toda obra esencial no es para nosotros sino una especie de embarazo, ¡y que el viento se lleve todo el petulante discurso sobre «querer» y «crear»!

Martin Luther King expresa con mucho acierto la dimensión activa de la esperanza. En su célebre discurso I have a dream dice:

Con esta fe seremos capaces de tallar en la montaña de la desesperación una roca de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes disonancias de nuestra nación en una bella sinfonía de fraternidad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de defender juntos la libertad, sabiendo que un día seremos libres.

Martin Luther King no es un optimista, pues la roca de la esperanza solo se tallará en la montaña de desesperación. Su sueño es la visión de  alguien que sueña despierto. Es la esperanza la que crea esas visiones con las que soñamos despiertos. Ella estimula la imaginación para actuar. Es verdad que también a veces soñamos despiertos para evadirnos de la realidad, pero esos sueños se desvanecen enseguida y, en el fondo, no se diferencian de las fantasías quiméricas ni de las ilusiones irreales. Pero cuando soñamos despiertos la esperanza activa inspira visiones creadoras de futuro, visiones con base real que nos indican el camino hacia el futuro. La esperanza activa no se aviene a resignarse a lo que no debería existir. Soñando despierta, la esperanza está resuelta a actuar. Las visiones con que soñamos despiertos son, en definitiva, sueños en los que actuamos. Son sueños que, en aras de una vida nueva y mejor, hacen desaparecer lo que no debería existir.

En las visiones que tenemos cuando soñamos despiertos nos imaginamos lo venidero, lo que todavía no existe, lo que aún no ha nacido. En esas visiones estamos atentos al futuro, mientras que en los sueños nocturnos lo que se nos aparece es el pasado. Cuando soñamos despiertos soñamos hacia delante, con la mente puesta en el futuro, mientras que cuando soñamos dormidos soñamos hacia atrás, con la mente puesta en el pasado:

Pues una cosa es siempre evidente: que lo reprimido exclusivamente hacia abajo, lo que solo podríamos hallar en el subconsciente, en sí mismo no es más que el terreno del que surgen los sueños nocturnos y, a veces, la ponzoña que provoca los síntomas neuróticos [...]. Lo esperado y barruntado contiene, en cambio, el posible tesoro del que proceden las grandes fantasías diurnas.

Alsem Kiefer

* Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia)
* Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio)
* Byung-Chul Han (Psicopolítica)
* Byung-Chul Han (La agonía del Eros)
* Byung-Chul Han (En el enjambre)
* Byung-Chul Han (El aroma del tiempo) Un ensayo filosófico sobre…
* Byung-Chul Han (La salvación de lo bello)
* Byung-Chul Han (Topología de la violencia)
* Byung-Chul Han (Sobre el poder)
* Byung-Chul Han (Hiperculturalidad)
* Byung-Chul Han (Buen entretenimiento)
* Byung-Chul Han (Infocracia)
* Byung-Chul Han (Capitalismo y pulsión de muerte)

John Gray (Los nuevos levitianes) Reflexiones para después del liberalismo

EL FEUDALISMO Y EL FENTANILO

Ser salvado es estar protegido, ya sea relativamente contra males especiales, o absolutamente contra todo género de mal, comprendiendo la necesidad, la enfermedad y la muerte misma.

Leviatán, capítulo 38

Según el teórico estadounidense Joel Kotkin, hoy se está reconstruyendo un orden feudal:

        El feudalismo está de vuelta, mucho tiempo después de que se creyera definitivamente desechado por la historia. [...] Hoy asistimos a la creación de una nueva forma de aristocracia tanto dentro como fuera de Estados Unidos, pues, en nuestra economía posindustrial, la riqueza se concentra en menos manos. Las sociedades se están volviendo más estratificadas, y las probabilidades de ascenso son cada vez menores para una mayoría de la población. Una clase de líderes de pensamiento y creadores de opinión, a la que yo llamo «clerecía laica», brinda su apoyo a la jerarquía emergente. Al disminuir las vías de movilidad social ascendente, el modelo del capitalismo liberal pierde atractivo en todo el mundo y surgen nuevas doctrinas en su lugar, incluidas algunas que apoyan una especie de neofeudalismo.

Muchas sociedades del siglo XXI exhiben algunos de los rasgos propios del feudalismo medieval. Han aumentado las desigualdades de riqueza y de oportunidades, al tiempo que ha formado una especie de «clerecía laica» de intelectuales y expertos que justifican estas jerarquías. Pero no se puede decir que se trate de un nuevo tipo de medievalismo. Ninguna sociedad moderna actual dispone de los recursos culturales necesarios para reinventar un orden feudal.

Las sociedades feudales otorgaban ciertos beneficios y ventajas a sus poblaciones subordinadas que las sociedades contemporáneas no pueden proporcionar a las suyas. Los señores prometían protección para sus siervos a cambio de su mano de obra. Los siervos del siglo XXI, sin embargo, están abandonados a su suerte, es decir, a la anarquía y la desesperanza. El feudalismo se apoyaba en una serie de mitos sobre un orden divino en el que los más pobres tenían reservado un sitio. A la infraclase del siglo XXI no se le ofrece lugar alguno en ningún esquema general. Como las «expersonas» de los regímenes comunistas del siglo XX, son especímenes humanos retrógrados que están en el lado equivocado de la historia.

En el estudio que escribió sobre la Europa del siglo XIV, Barbara Tuchman señaló:

        La propiedad de las tierras y las rentas daban al noble el derecho de ejercer su autoridad sobre todos los de sangre distinta en su territorio, menos sobre el clero y los comerciantes de las ciudades libres. La del grand seigneur abarcaba la «justicia alta», o poder de vida y muerte, y la de los caballeros de menor entidad se limitaba a encarcelar, azotar y otros castigos de «justicia baja». Como base y justificación de ello tenía la obligación de proteger, incluida en su juramento a sus vasallos, que le comprometía —solo en teoría— con ellos tanto como el de ellos con él, y que solo tenía fuerza «mientras el señor respete su juramento». La estructura política medieval era un contrato de servicio y lealtad a cambio de protección, justicia y orden.

Los siervos medievales sabían que sus gobernantes eran corruptos.

        Con dinero se compraba cualquier género de dispensa: para legitimar hijos, la mayoría de los cuales eran de sacerdotes y prelados; para dividir un cadáver en cumplimiento de la costumbre de enterrarlo en dos o más lugares; para permitir que las monjas tuvieran dos criadas; para consentir que el judío converso visitase a parientes no conversos; para casarse dentro del grado prohibido de consanguinidad (con precios variantes para el segundo, tercero y cuarto grados); para comerciar con los musulmanes (con un precio por barco, según una escala que reparaba en el cargamento), y para recibir bienes robados hasta un valor específico. El cobro y el arqueo de tales cantidades de dinero, negociado principalmente por banqueros italianos, hizo que el acto material de contar las piezas fuese corriente en el palacio papal. Siempre que entraba en él, informó Alvaro Pelayo, funcionario español de la curia [pontificial], «encontraba monederos y curas calculando el dinero apilado delante de ellos»

Los movimientos milenaristas se rebelaron contra esta corrupción generalizada. La mayor parte de la población, sin embargo, aceptó el mito que reservaba a la Iglesia la llave de acceso a la salvación. Las sociedades feudales no podían librar a sus súbditos de la enfermedad, la necesidad material ni la muerte, pero sí podían prometerles que se salvarían de todos esos males en la otra vida. El capitalismo contemporáneo promete a sus peones una vida mejor en este mundo, aunque en un futuro mítico en el que nadie cree ya. En las sociedades feudales la droga que forzaba la aquiescencia de los siervos era un opiáceo espiritual. Hoy, en la más avanzada de las sociedades liberales, la clase marginada muere por efectos del fentanilo. 

Desde el año 2000 más de un millón de estadounidenses han fallecido por sobredosis de drogas, opiáceos en su mayoría. Esta epidemia comenzó, al parecer, cuando muchos médicos, incentivados económicamente por las farmacéuticas, se dedicaron a recetar analgésicos en exceso, pero pone de relieve una disfunción de carácter más sistémico. Las «muertes por desesperación» forman parte integral de un sistema económico en el que la mano de obra humana es tratada como un coste desechable del negocio: «La causa fundamental de esta epidemia [de muertes por desesperación] [...] no fueron las fluctuaciones económicas, sino más bien la pérdida a largo plazo de todo un modo de vida para muchos estadounidenses blancos de clase trabajadora».

Esta pérdida de un modo de vida fue una de las causas del auge del populismo a partir de 2016. El término no tiene un significado claro, pero los liberales progresistas lo utilizan para referirse a la reacción política adversa a la discrupción social generada por sus propias políticas. En 1918, cuando aún estaba en Moscú, aunque a punto de exiliarse, Nikolái Berdiáyev comentó, a propósito de la distancia entre la intelligentsia rusa y el resto de la sociedad justo antes de la Revolución, que «la fractura entre la clase intelectual y el "pueblo" se ensanchó, lo que hizo imposible que se formara una conciencia nacional y propició que lo único que se mantuviera en pie fuese la idea de populismo». El teólogo ortodoxo entendió mejor que ningún politólogo que los movimientos de masas son a menudo reacciones contra la arrogancia de las élites radicales.

En el capitalismo contemporáneo, la clase marginada y sectores cada vez más amplios de la antigua clase media no solo se sienten abocados al abismo de la indigencia, sino que se ven privados de toda esperanza. El capitalismo venía autolegitimándose a través del mito de un crecimiento económico sin fin. Ahora, en tiempos de pandemias y de aceleración del cambio climático, ese mito ya no resulta sostenible. Y desaparece. Y los perdedores de la sociedad se quedan entonces sin nada. 

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