Anthony Storr (La música y la mente)


¿ Para qué aventurarse a penetrar en un lejano territorio desconocido cuando aún nos esperan tantas piezas ignotas a la vuelta de la esquina?
No pretendo defender el conservadurismo musical del oyente medio, sólo pretendo explicarlo. La apreciación de un tipo de música diferente a la que hemos escuchando desde la infancia es más compleja y exige un esfuerzo superior a lo que reconocen muchos músicos profesionales.

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Cuando participamos de la música o escuchamos una interpretación que nos embelesa, nos aislamos, de forma temporal, de otros estímulos externos. Entramos en un mundo especial y apartado donde prevalece el orden y las incongruencias no tienen cabida. Esto es sí es beneficioso; no es una maniobra regresiva, sino reculer pour mieux sauter. Se trata de un <<retiro>> temporal que facilita un proceso de reordenación mental, lo cual propicia la adaptación al mundo exterior y no constituye una vía de escape.

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Si el hecho de participar de la música parece tener cierto carácter evasivo, es porque nuestra cultura está comprometida con la consecución y la persecución del éxito. Dicho compromiso convierte la cotidianidad en una empresa tensa y llena de ansiedad sin cabida para las artes. La música puede y debe ser una parte de la vida que alegre nuestra existencia diaria.

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Sin embargo, a pesar del éxito que pueda tener un compositor en el logro por reducir al mínimo su subjetividad y irreductible personalidad, ésta está condenada a emerger e identificar sus obras. En mi opinión, ése es el elemento que a veces determina si podemos <<congeniar>> o no con un determinado compositor.
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Sin duda, la música puede transformar el estado de ánimo, como muchos depresivos han podido comprobar. Hemos expuesto ejemplos de terapias en los que la música se usa para el tratamiento de impedidos físicos o mentales. Los efectos terapéuticos de la música en el oyente corriente requieren una investigación más profunda. Sin embargo, no hay duda de que dichos efectos concurren sin importar que el oyente tenga compañía. Escuchar música en solitario restablece, despeja y sana.

Una vez que asimilamos una pieza musical tras múltiples audiciones, la incorporamos a nuestra mente como un esquema. La música queda almacenada en la memoria a largo plazo y como un todo, tanto en su forma como en su contenido. Por tanto, se puede recuperar de forma voluntaria.

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Queda claro que todas las obras de arte están formadas por elementos dionisíacos y apolíneos en una proporción variable, pues el arte no puede existir son los sentimientos humanos, ni tampoco sin un medio para ordenarlos y expresarlos. El énfasis que pone Nietzsche en los elementos dionisíacos de la música no le impide apreciar la necesidad del compositor de imponer orden en el material musical. En este contexto, no importa que Nietzsche pensara que la postura pesimista de Wagner priva a la música de <<su capacidad de transformar el mundo y de su carácter positivo>>. Lo que importa es que Nietzsche creía que la música de otros compositores sí tenía esa capacidad y ese carácter.

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Al escuchar música, lo que percibimos como melodía es sólo una sucesión de notas independientes. Somos nosotros quienes la convertimos en una melodía continua. La ciencia puede analizar de muchas formas las diferencias entre las notas: según el volumen, el timbre, el tono, el tipo de onda, etc. Sin embargo, no puede explicar la relación entre las notas que componen la música. <<Una melodía es una serie de notas que tienen sentido>>. 

Si queremos escuchar una serie de notas por separado, debemos producir intervalos de tiempo entre las notas más largos que los utilizados en las composiciones musicales o bien producir frecuencias tonales muy diferentes. Sólo podemos percibir una serie de notas como una melodía si los tonos están en estrecha conexión. Es posible cambiar una melodía manteniendo la secuencia de notas, aunque éstas deben transportarse a una octava diferente. La melodía resultante es irreconocible: es una serie de notas sin sentido. 

Zigmunt Bauman ( Mundo Consumo)


Nuestras vidas - lo sepamos o no, nos entusiasme la idea o abominemos de ella - son obras de arte. Para vivirlas como exige el arte de vivir, debemos fijarnos retos (como debe hacerlo cualquier artista) que sean difíciles de afrontar, objetivos que estén mucho más allá de nuestro alcance y criterios de excelencia que parezcan hallarse muy por encima de nuestra capacidad para satisfacerlos. Necesitamos intentar lo imposible. Y sólo podemos aspirar - sin contar con el beneficio de un pronóstico fidedigno ni, aún menos, de certeza de ninguna clase - a que con un prologado, agotador y extenuante esfuerzo, seamos mínimamemte capaces de satisfacer tales criterios y de alcanzar esos objetivos y, de ese modo, estar a la altura del reto impuesto. La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana, pero es la esperanza de huir de dicha incertidumbre la que constituye el auténtico motor de nuestros empeños.

Paul Valéry ( De Poe a Mallarmé )

Nada más difícil que no ser uno mismo o que no serlo sino hasta dónde uno quiere.










El instinto del arte (Denis Dutton)

La memoria y la repetición hacen posible que las obras musicales - desde las baladas pop hasta las sinfonías de Mahler - dispongan de forma estructural, melodías, desarrollo, climax y sorpresa; todo ello genera placer. La capacidad de apreciar la música requiere que el oyente sea capaz de predecir de un modo plausible y a cada momento cuál va a ser la próxima nota, transmisión o cadencia. La música capta la atención y la mantiene centrada al plantear nuevas posibilidades para los segundos siguientes, y proporcionar al oyente el placer de tener expectativas o la agradable sorpresa de verlas coartadas o subvertidas. Cuando escuchamos música, la mente absorbe a cada momento lo que ha pasado antes y anticipa lo que está por llegar. Los grandes compositores, al igual que los grandes narradores, suelen plantear el juego de marcar expectativas que luego se truncan pero quedan superadas por algo más interesante de lo que había imaginado.

* Denis Dutton -John Brockman, ed. (Cultura) Los principales científicos exploran las sociedades, el arte, el poder y la tecnología-

Georg Simmel ( De la esencia de la cultura )

El subjetivismo de la moderna vida individual, su arbritrariedad desarraigada, no es otra cosa que la expresión del hecho de que esta cultura de las cosas, de las instituciones, de los pensamientos objetivos, indescriptiblemente extensa, complicada y refinada, arrebata al individuo particular la relación interna con el todo de la cultura y remite ese todo de nuevo a sí.

Seis enfermedades del espíritu contemporáneo (Constantin Noica)

Toda creación equivale, al principio, a la tentativa de elevar estados anímicos y determinaciones externas a un sentido y de acoplarlo después a un significado general, de tal modo que los estados y las determinaciones puedan concentrarse, de forma organizada, en una encarnación. La dificultad del primer momento, para un creador, consisite en concebir o "ver" sentidos generales que puedan subsumir una riqueza de determinaciones ( de ver en un rincón de naturaleza un "paisaje", por ejemplo.

Contra el arte y otras imposturas (Chantal Maillard)

El vacío se pone de manifiesto en toda su consistencia en los trazos inacabados o incompletos y en los espacios en blanco en que el receptor se implica. La línea sugerida es continuada por la mente que, como un ordenador, está diseñada para suplir lo que falta rellenando automáticamente lo que percibe incompleto.
De esta manera podemos leer un texto sin percatarnos de que en algunas palabras faltan letras o estén intercambiadas.

No hace falta que un trazo se dé completo para que sea significativo, eso lo saben muy bien, por ejemplo, los dibujantes cómicos y los caricaturistas. Y es interesante comprobar hasta qué punto esta activación de la mente provocada por las ausencias (huecos, espacios en blanco, silencios ) implica al receptor. Cuando la línea es continua, nada tiene que hacer, su atención disminuye, su mirada resbala. Los espacios en blanco, en cambio, provocan la discontinuidad necesaria para que la atención se mantenga.

Esta manera de equilibrar las composiciones mediante espacios llenos y vacíos no nos es del todo ajena. Un ejemplo es el del compás del jazz. Al seguirlo, completamos, con un gesto interior, los espacios que el músico deja vacíos. Los completamos con el ritmo sordo que se imprime, en los huecos, de forma más contundente aún que si se dejase oír. La fuerza de un blues reside en esto.

Se ha hablado de la sugerencia como uno de los principios de la estética china y una de sus manifestaciones del arte del rodeo que los chinos han cultivado. Pero la noción de sugerencia, aquí explica poco. Habríamos de preguntar ¿ qué se sugiere ? Y la respuesta, siempre, sería la misma: sugerir, aquí, significa aludir, y en todos los casos, se alude a lo contrario. Con lo lleno, se alude a lo vacío, con lo vacío a lo lleno. La perfección reside en ese equilibrio.

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