Herbert Marcuse (Eros y civilización)

Desde la rebelión de los esclavos en el mundo antiguo hasta la revolución socialista, la lucha de los oprimidos ha terminado siempre con el establecimiento de un nuevo, y <<mejor>> sistema de dominación; el progreso ha tenido lugar a través de una cadena de control cada vez más eficaz. Cada revolución ha sido el esfuerzo consciente por reemplazar un grupo en el poder por otro; pero cada revolución, también, ha liberado fuerzas que han <<sobrepasado la meta>>, que han luchado por la abolición de la explotación y la dominación. La facilidad con que han sido derrotadas exige una explicación. Ni la constelación en el poder prevaleciente, ni la falta de madurez de las fuerzas productivas, ni la ausencia de conciencia de clase dan respuesta adecuada. En cada revolución parece haber un momento histórico durante el cual la lucha contra la dominación puedo haber triunfado, pero el momento pasa. Un elemento de autoderrota parece estar envuelto en esta dinámica (aparte de la validez de razones como la anticipación y la falta de igualdad de fuerzas). En este sentido, cada revolución ha sido también una revolución traicionada.
[...] Pero mientras más cercana está la posibilidad de liberar al individuo de las restricciones justificadas en otra época por la escasez y la falta de madurez, mayor es la necesidad de mantener y extremar estas restricciones para que no se disuelva el orden de dominación establecido. La civilización tiene que defenderse a sí misma del fantasma de un mundo que pueda ser libre. La sociedad no puede usar su creciente productividad para reducir la represión (porque tal cosa destruiría la jerarquía del statu quo), la productividad debe ser devuelta contra los individuos: llega a ser en sí misma un instrumento de control universal. El totalitarismo se extiende sobre la reciente civilización industrial dondequiera que los intereses de dominación prevalecen sobre la productividad, conteniendo y desviando sus potencialidades. La gente tiene que ser mantenida en un permanente estado de movilización, interna y externa. La racionalización de la dominación ha progresado hasta el punto en que amenaza con invadir sus fundamentos: por tanto, debe ser reafirmada más efectivamente que nunca. Esta vez no debe haber asesinato del padre, ni siquiera un asesinato <<simbólico>>, porque puede ser que él no encuentre sucesor.

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La investigación busca la solución de un problema <<político>>: la liberación del hombre de una condición inhumana. Schiller afirma que para resolver el problema político, <<uno debe pasar por la estética, pues aquello que conduce a la libertad es la belleza>>. El impulso del juego es el vehículo de esta liberación. El impulso no aspira a jugar <<con>> algo; más bien es el juego de la vida misma, más allá de la necesidad y la compulsión externa; es la manifestación de un existencia sin miedo y ansiedad, y, así, es la manifestación de la libertad misma. El hombre es libre sólo cuando está libre del constreñimiento, externo e interno, físico y moral, cuando no está constreñido ni por la ley ni por la necesidad. Pero tal constreñimiento es la realidad. La libertad es, así, en un sentido estricto, liberación de la realidad establecida: el hombre es libre cuando la <<realidad pierde su seriedad>> y cuando su necesidad <<llega a ser ligera>> (leicht). <<La mayor estupidez y la más grande inteligencia tienen una cierta afinidad entre sí: las dos sólo buscan lo real>>; sin embargo, tal necesidad de un apego a lo real es <<solamente el resultado de la necesidad>>. En contraste, la <<la indiferencia a la realidad>> y el interés por el mero <<espectáculo>> (el despliegue, Schein) son los pases para la liberación de la necesidad y para llegar a una <<verdadera expansión de la humanidad>>. En una civilización humana genuina, la existencia humana sería juego antes que esfuerzo y el hombre viviría en el despliegue, el fausto, antes que en la necesidad. 
Estas  ideas representan una de la posiciones más adelantadas del pensamiento. Debe entenderse que la liberación de la realidad que es descrita en ellas no es trascendental, <<interior>>, o meramente intelectual (como Schiller lo subraya explícitamente), sino que es la libertad en la realidad. La realidad que <<pierde su seriedad>> es la inhumana realidad de la necesidad y el deseo insatisfecho, y pierde su seriedad cuando la necesidad y el deseo pueden ser satisfechos son trabajo enajenado. Entonces, el hombre es libre para <<jugar>> con sus facultades y potencialidades y con las de la naturaleza, y sólo <<jugando>> con ellas es libre. Su mundo entonces es el despliegue (Schein) y su orden la belleza. Porque es la realización de la libertad, el juego es más que la constreñida realidad física y moral: <<el hombre sólo es serio con lo agradable, lo bueno, lo perfecto; pero con la belleza juega>>. Tal formulación sería un <<esteticismo>> irresponsable si el campo de juego fuera uno de ornamento, lujo y fiesta en un mundo de otro modo represivo. Pero aquí la formulación estética es concebida como un principio que gobierna toda la existencia humana y sólo puede hacerlo si llega a ser <<universal>>. La cultura estética presupone <<una revolución total en las formas de percepción y sentimiento>>, y tal revolución sólo llegará a ser posible si la civilización ha alcanzado su más alta madurez física y intelectual. Sólo cuando el <<constreñimiento de la necesidad>> sea reemplazado por el <<constreñimiento de lo superfluo>> (la abundancia) la existencia humana será impulsada a <<un libre movimiento que es en sí mismo tanto el fin como los medios>>.

* Herbert Marcuse (El hombre unidimensional)
* Herbert Marcuse (La sociedad carnívora)

E.M. Cioran (Historia y utopía)

La democracia, maravilla que no tiene ya nada que ofrecer, es, a la vez, el paraíso y la tumba de un pueblo. La vida sólo tiene sentido gracias a la democracia, pero a la democracia le falta vida. Dicha inmediata, desastre inminente, inconsistencia de un régimen al que no se adhiere uno sin enredarse en un dilema torturante.

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Desde hace siglos, el apetito de poder se ha dispersado en múltiples tiranías pequeñas y grandes que han hecho estragos aquí y allá, y parecía que ha llegado el momento en que el apetito de poder deba por fin concentrarse para culminar en una sola tiranía, expresión de esta sed que ha devorado y devora el globo, término de todos nuestros sueños de poder, coronación de todas nuestras esperas y de nuestras aberraciones. El rebaño humano disperso será reunido bajo el cuidado de un pastor despiadado, especie de monstruo planetario ante el cual las naciones se postrarán en un estupor cercano al éxtasis. Una ves arrodillado el universo, un importante capítulo de la historia será clausurado. Luego empezará la dislocación del nuevo reino, y el retorno al desorden primitivo, a la vieja anarquia; los odios y los vicios ahogados resurgirán, y, con ellos, los tiranos menores de ciclos ya muertos. Después de la gran esclavitud, una esclavitud monumental. Pero al cabo de una servidumbre monumental, los que hayan sobrevivido estarán orgullosos de su vergüenza y de su miedo, y, víctimas fuera de lo común, ensalzaran su recuero.

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<<¿Y el pueblo?>>, se preguntarán. El pensador o el historiador que emplea esta palabra sin ironía se desacredita. El <<pueblo>> se sabe ya a qué está destinado: a sufrir los acontecimientos y las fantasías de los gobernantes, prestándose a designios que lo invalidan y lo abruman. Cualquier experiencia política, por <<avanzada>> que sea, se desarrolla a su expensas, se dirige contra él: el pueblo lleva el estigma de la esclavitud por decreto divino o diabólico. Es inútil apiadarse de él: su causa no tiene apelación. Naciones e imperios se forman por su complacencia en las iniquidades de las que es objeto. No hay jefe de Estado ni conquistador que no lo desprecie, pero acepta este desprecio y vive de él. Si el pueblo dejara de ser endeble o víctima, si flaqueara ante su destino, la sociedad se desvanecería , y con ella la Historia. No seamos demasiado optimistas: nada en el pueblo permite considerar una eventualidad tan hermosa. Tal como es, representa una invitación al despotismo. Soporta sus pruebas, a veces las solicita, y sólo se rebela contra ellas para ir hacia otras nuevas, más atroces que las anteriores. Siendo la revolución su único lujo, se precipita hacia ella, no tanto para obtener algunos beneficios o mejorar su surte, como para adquirir también su derecho a la insolencia, ventaja que le consuela de sus decepciones habituales, pero que pierde tan pronto como son abolidos los privilegios del desorden. Como ningún régimen le asegura su salvación, el pueblo se amolda a todos y a ninguno. Y desde el Diluvio hasta el Juicio Final, a lo único a que puede aspirar es a cumplir honestamente con su misión de vencido.

* E.M. Cioran (En las cimas de la desesperación)

André Gide (Montaigne) Páginas inmortales

De la falsedad

[...] Porque, en cuanto a esta nueva facultad de fingimiento y disimulo que está actualmente tan en alza, la odio a muerte, y, de todos los vicios, no encuentro ninguno que sea muestra de tanta cobardía y bajeza de corazón. Es una disposición cobarde y servil disfrazarse y enconderse bajo una máscara, y no osar hacerse ver tal como uno es. De este modo nuestros contemporáneos se educan en la perfidia: siendo adiestrados a proferir palabras falsas, no tienen escrúpulos en faltar a ellas. Un corazón noble no debe contradecir sus pensamientos; desea hacerse ver hasta en el interior. O todo es bueno en él, o al menos todo es humano.
Aristóteles estima rasgo de magnanimidad odiar y amar al descubierto, juzgar, hablar con toda franqueza y, a cambio de la verdad, no hacer caso de la aprobación o reprobación ajenas.
Apolonio decía que correspondía a los siervos mentir y a los libres decir la verdad.
Es la cualidad primera y fundamental de la virtud. Hay que amarla por sí misma. Quien dice la verdad porque está por otro lado obligado y porque le es útil, y quien no teme mentir, cuando no importa a nadie, no son suficientemente francos. Mi alma, por su complexión, rehúye la mentira y repudia aun pensarla.
Siento una vergüenza interna y un remordimiento punzante si alguna vez se me escapa, como a veces se me escapa, cuando las ocasiones me sorprenden y sacuden de improviso.
No hay que decirlo siempre todo, porque sería necedad; pero lo que se dice, tiene que ser tal como se piensa, de otro modo es maldad. No sé qué provecho esperan de fingir y disimular sin cesar, si no es el de no ser creídos aun cuando digan la verdad [...]

De los libros

No me cabe duda de que hablaré a menudo de cosas que están mejor tratadas en los maestros del oficio, y con mayor verdad. Es éste puramente el ensayo de mis facultades naturales, en modo alguno adquiridas; y quien me sorprenda en ignorancia, no hará nada contra mí, porque dificialmente responderé ante los demás de mis razonamientos, si ni siquiera respondo ante mí mismo; ni estoy satisfecho de ellos. Quien vaya en busca de ciencia, que la pesque donde se aloja: no hay nada de lo que haga menos profesional. Estas son mis ideas, mediante las cuales no intento dar a conocer las cosas, sino a mí: me serán quizá conocidas un día, o lo han sido en otro tiempo, según si el azar me ha podido llevar a lugares en que estaban esclarecidas. Pero ya no me acuerdo.
Y, si soy hombre de alguna lectura, soy hombre de nula retención [...]
Ante las dificultades, si encuentro alguna leyenda, no me quemo las cejas; las dejo ahí, después de haberlas lanzado uno dos asaltos.
Si me detuviera excesivamente, me perdería, yo y mi tiempo: porque tengo un espíritu espontáneo; lo que no veo al primer intento, lo veo menos obstinándome. No hago nada sin alegría; y la insistencia y la concentración demasiado firme ciega mi juicio, lo contraría o lo cansa. Mi vista confunde y se pierde. Hace falta que lo retire y lo vuelva a poner varias veces [...]
Si un libro me irrita, cojo otro; y sólo me dedico a él en las horas en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a apoderarse de mi.
[...] La ciencia y la verdad pueden alojarse en nosotros sin juicio, y el juicio puede estar también sin ellas; y, es más, el reconocimiento de la ignorancia es uno de los más hermosos y seguros testimonios de juicio que conozco. No tengo otro sargento de tropa para formar mis partes que el azar. A medida que mis pensamientos se presentan, los apilo; ora se presentan en tropel, pra se arrastran en fila. Quero que se vea mi paso natural y común, tan desordenado como es. Me dejo ir según me encuentre [...]

Hannah Arendt (Los hombres y el terror) y otros ensayos

Desde principios de este siglo, el aumento de la falta de significado ha ido acompañado por la pérdida del sentido común. En muchos sentidos, ello ha tenido simplemente el aspecto de un incremento de la estupidez: no sabemos de ninguna civilización anterior a la nuestra en la que las personas fuesen tan crédulas como para formarse sus hábitos de compra según la máxima de «el autobombo es la mejor recomendación», la suposición en la que se basa toda la industria publicitaria. Tampoco es probable que en ninguna época anterior a esta se hubiera podido convencer a las personas para tomarse en serio una terapia que, según dice, solo es efectiva si los pacientes pagan mucho dinero a aquellos que la suministran, a menos claro está, que existiese alguna sociedad primitiva en la que la entrega de dinero tuviera poderes mágicos.

Lo que ha sucedido con las astutas reglas del interés propio ha sucedido también, a una escala muchos mayor, en todas las esferas de la vida cotidiana que, por el simple hecho de ser cotidiana, necesitan estar reguladas por costumbres. Los fenómenos totalitarios que ya no pueden comprenderse en términos de sentido común y que desafían todas las reglas del juicio «normal», esto es, principalmente utilitario, no son más que los ejemplos más espectaculares del desmoronamiento de nuestra sabiduría común heredada. 

Desde el punto de vista del sentido común, no necesitábamos que apareciese el totalitarismo para poner de manifiesto que vivimos en un mundo desordenado, un mundo en el que ya no podemos hallar nuestro camino siguiendo las reglas de lo que había sido el sentido común. En este situación, la estupidez en el sentido kantiano se ha convertido en la enfermedad de todas las personas, por lo que ya no se la puede considerar «más allá de toda cura».

La estupidez se ha convertido en algo tan habitual como antes lo era el sentido común, y eso no significa que sea un síntoma de la sociedad de masas o que las personas «inteligentes» estén a salvo de ella. La única diferencia es que la estupidez sigue siendo felizmente ignorada por lo no intelectuales y es, en cambio, intolerablemente ofensiva entre las personas «inteligentes». Dentro de la intelligentsia, puede incluso decirse que, cuanto más inteligente resulta ser un individuo, más irritante es la estupidez que tiene en común con todos.

Casi parece de justicia histórica que Paul Valéry, la más lúcida de las mentes francesas, el bon sens en el sentido clásico, fuese el primero en darse cuenta del fracaso del sentido común en el mundo moderno, donde las ideas más comúnmente aceptadas han sido «atacadas, refutadas, sorprendidas y disociadas por los hechos» y donde somos testigos de «una especie de quiebra de la imaginación y de decadencia del entendimiento». Aún más sorprendente es el hecho de que, ya incluso en el siglo XVIII, Montesquieu estaba convencido de que únicamente las costumbres —que, siendo mores, constituyen literalmente la moralidad de una civilización— impedían un espectacular hundimiento moral y espiritual de la cultura occidental. Desde luego, no se le puede calificar de agorero: su coraje frío y sobrio apenas tiene parangón entre ninguno de los famosos pesimistas históricos del siglo XIX.

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La verdadera comprensión no se cansa del diálogo interminable y de los «círculos viciosos», porque confía en que la imaginación alcanzará a ver, siquiera fugazmente, la siempre aterradora luz de la verdad. Distinguir imaginación y fantasía y movilizar su poder no significa que la comprensión de los asuntos humanos se conviertan en «irracional». Por el contrario, la imaginación, como dijo Wordsworth, «no es más que otro nombre para [...] el más claro entendimiento, amplitud de mente y Razón, en su temperamento más exaltado».

Es solo la imaginación la que nos permite ver las cosas en su correcta perspectiva, ser los bastante fuertes para alejar a una cierta distancia lo que está demasiado cerca a fin de poder verlo y comprenderlo sin sesgos ni prejuicios, a ser lo bastante generosos como para cruzar abismos hasta poder ver y comprender aquello que está demasiado lejos de nosotros como si nos concerniese directamente. Este distanciamiento para algunas cosas y este cruce de abismos para otras formas parte del diálogo de la comprensión, para el que la experiencia directa establece un contacto demasiado próximo y el simple conocimiento edifica barreras artificiales.

Si queremos sentirnos a gusto en este planeta, incluso al precio de sentirnos a gusto en este siglo, debemos intentar participar en el interminable diálogo con la esencia del totalitarismo.

* Hannah Arendt (La última entrevista) y otras conversaciones
* Hannah Arendt (En el presente) Ensayos políticos

Julian Baggini (La queja) De los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas

Al principio de este libro he dicho que mi objetivo era hacer frente a la percepción que tenemos de la queja como algo negativo, trivial y fundamentalmente inútil con la idea de que puede ser una fuerza positiva y constructiva que surge de la misma esencia que nos hace humanos. En su forma más noble, la queja -como expresión dirigida de un rechazo o incapacidad para aceptar que las cosas no son como deberían ser- se sitúa en el centro de todas las campañas para crear un mundo mejor y más justo. Pero en su forma, la queja errónea se manifiesta en una cultura de la reivindicación que socava la ética y la sustituye por un conjunto de actitudes legalistas que minan la responsabilidad, la libertad y la compresión apropiada de las contingencias de la vida.

Pero incluso a un nivel menos ambicioso, ser más sensible a la diferencia entre queja errónea y apropiada implica una infinidad de pequeñas diferencias en nuestras vida. Quejarnos de las cosas que no pueden o no deben ser cambiadas es un terrible gastos de energía. Inevitablemente, muchas de nuestras quejas, si no todas, son de ese tipo, pero siempre y cuando aceptemos que descargar nuestra bilis en estos casos no es más que una liberación catártica, o incluso una actividad placentera, no hay problema. Los problemas surgen cuando esas quejas llevan a la frustración y al estrés al no lograr advertir la inutilidad funcional de nuestras protestas.

Asimismo, resulta útil ser conscientes de la forma, y no solo del fondo, cuando nos quejamos. No hay necesidad de que las quejas nazcan de la ira, ni de que las expresamos agresivamente. El arte de la queja constructiva requiere conocer cuándo es más probable que un planteamiento sosegado vuelva a poner las cosas en su sitio, y cuándo la furia desatada es el único camino para forzar el asunto. También requiere ser específico y proporcionado respecto al objeto de nuestra queja.

Del mismo modo, resulta valioso reflexionar sobre aquello que las quejan dicen de nosotros, como individuos y generaciones, naciones y tal vez sexos: por nuestras quejas nos conocerán. La queja no es única en este sentido: en cierto modo todo lo que hacemos o decimos refleja algo más general. Pero la queja me parece especialmente reveladora e interesante, en parte porque no se la suele considerar digna de un examen serio, y en parte porque es una de las actitudes más humanas. 
Esto es lo que, en mi opinión, hace que la queja sea tan importante. Por lo tanto, buena parte de la vida tiene que ver con afrontar el salto entre cómo son las cosas y cómo deberían ser. ¿Qué grado de imperfección hemos de aceptar, y hasta qué punto tenemos que esforzarnos por que las cosas cambien? Es una pregunta a la que hacemos frente cada día, en el trabajo, con los amigos, los compañeros, nuestros cuerpos y mentes, en lo relativo a la política y la justicia social. Apenas es una distorsión afirmar que estas preguntar versan, efectivamente, acerca de si debemos quejarnos o perseverar, dirigir nuestra insatisfacción hacia los demás o asumir la responsabilidad, y de cómo poner en práctica esas decisiones.

Las estrategias generales no sustituyen al juicio prudente. Los individuos que habitualmente se guardan sus quejas para sí mismos pueden ser más difíciles de tratar que aquellos que se quejan de continuo: al menos, con estos, sabes lo que piensan. Sin embargo, pensar en la naturaleza de la queja errónea y apropiada nos proporciona el telón de fondo para elaborar juicios reflexivos.
Así pues, no crean a quienes afirman que haríamos mejor en quejarnos menos, no solo por que a menudo son individuos que tienen mucho que ganar si no se modifica el statu quo, sino también porque lo que importa no es la cantidad, sino la calidad de nuestras quejas. Volviendo a Martin Luther King, yo no diría <<Liberaos de vuestro descontento>>. En lugar de ello, he intentado transmitir la idea de que podemos canalizar ese descontento normal y saludable en una salida creativa de queja y acción positiva y constructiva que acerque el mundo a como debería ser.

Luis Goytisolo (El lago en las pupilas)

Nunca he sido ideológicamente marxista ni, menos aún, comunista, al corriente como siempre he estado de las atrocidades que se han cometido en nombre de sus rigores ideológicos. Lo que he sido y sigo siendo desde el principio, es progresista, en el sentido de que considero que hay que luchar para que el bienestar social y la holgura económica acaben siendo un derecho inalienable de todo ser humano.
El gran error de Marx, suficiente para invalidar sus planteamientos ideológicos, reside en el hecho -sin duda involuntario- de que extrapoló la situación social que le tocó vivir, haciéndola extensiva al conjunto de la Historia de la humanidad. Es un hecho que la explotación del hombre por el hombre ha existido siempre. Pero eso no significa que el esclavo de la Antigüedad clásica sea equiparable al obrero de los tiempos de Marx. ¿Lo eran siquiera ese obrero decimonónico y el esclavo coetáneo de ese obrero, sujeto pasivo del tráfico establecido entre el continente africano y América? ¿Podemos honradamente equiparar un obrero de Manchester de por aquel entonces y un esclavo de Lousiana o de Cuba? ¿Y ahora? ¿Lo que era válido respecto a un obrero de Manchester sigue siéndolo para los obreros de los países industrializados del mundo actual? ¿Podemos siquiera utilizar la palabra obrero en el mismo sentido? En términos del propio Marx, el obrero de entonces no podía perder más que sus cadenas; el trabajador actual, en cambio, disfruta de un hogar provisto de toda clase de electrodomésticos, un garaje, uno o varios coches, a veces una segunda residencia, además de estudios pagados para sus hijos, sanidad pública, vacaciones en paraísos tropicales, y así siguiendo. ¿Es apropiado seguir hablando del proletariado como de un rebaño de asalariados, idénticos los unos a los otros, como puedan serlo las ovejas? ¿Lo es, incluso, seguir considerando vigente el concepto mismo de proletariado? Siguen existiendo, eso sí, ricos y pobres, algo que ha existido siempre. Cuando lo ideal -y ahí está el quid de la cuestión- sería que existieran ricos y menos ricos.

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En la Antigüedad clásica, por ejemplo, el trabajo de verdad correspondía al esclavo, un ser que se compraba y vendía como un objeto cualquiera y al que, por tanto, no se le pagaba. En la Edad Media, aparece el siervo, al que no se le compra y vende como al esclavo, pero que está adscrito a una tierra o predio de algún noble. Luego surgió el obrero, al que se le pagaba -miserablemente, como sabemos-, ya que tampoco se le compraba ni vendía. Y en lo que se refiere al mundo actual, se halla cada vez más extendido el uso del término cliente, persona que compra algo y que, para poder hacerlo, tiene que trabajar. Ser sensible a esos cambios en la realidad social es lo que yo entiendo por estar al día.
Desde este punto de vista no negaré que pueda quedar en mí alguna secuela de aquella remota y juvenil formación marxista. En mi aprecio por determinados aspectos del sistema económico chino, que tantos detractores tiene, por poner un ejemplo: su empeño en utilizar el capitalismo con vistas al bien de una sociedad teóricamente comunista, de dar pie a la aparición de millones de millonarios. Huyendo, además, del caos financiero que tanto beneficia a los especuladores y al que tanto contribuyen las cumbres de expertos. Siempre he tenido muy claro -y mi experiencia no ha hecho sino confirmarlo- que lo ideal sería un solo banquero al frente de las finanzas del mundo. Democráticamente elegido, desde luego. La única manera de poner orden, de evitar el caos.

Martha C. Nussbaum (Sin fines de lucro) Por qué la democracia necesita de las humanidades

Nuestra mente no obtiene libertad verdadera adquiriendo materiales de conocimiento ni poseyendo las ideas ajenas, sino formando sus propios criterios de juicio y produciendo sus propios pensamientos.
Rabindranath Tagore

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Sócrates sostenía que "una vida no examinada no merece ser vivida" En una democracia adepta a la retórica acalorada y escéptica frente a la argumentación, perdió su vida por su compromiso con el ideal de la mayéutica. Hoy en día, el suyo es un ejemplo central para la teoría y la práctica de la educación humanística en la tradición occidental, mientras que la India y otras culturas no occidentales han adoptado ideas semejantes en materia de educación. Se insiste en ofrecerles a todos los estudiantes de grado un conjunto de cursos de filosofía y otras materias humanísticas porque se cree que dichos cursos, tanto por el contenido como por el método pedagógico, ayudarán a que los alumnos reflexionen y argumenten por sí mismos, en lugar de someterse a la tradición y a la autoridad. 
No obstante, ese ideal socrático se encuentra en graves dificultades dentro de un mundo decidido a maximizar el crecimiento económico. Muchas personas consideran que se puede prescindir de la capacidad de pensar y argumentar por uno mismo si se busca un resultado comercializable que pueda cuantificarse.

* Martha C. Nussbaum (Los límites del patriotismo) Identidad, pertenencia y "ciudadanía mundial"

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