Carlos Peña (Humanidades) Lo visible y lo invisible

 Introducción

CICERÓN Y EL DESTINO DE LAS HUMANIDADES

Al interior de una aula se lee a Shakespeare o Cervantes con la reverencia de quien asiste a un acto litúrgico. En otra se los deconstruye para mostrar que son producto de una cultura eurocéntrica y patriarcal. En una sala se exhibe la copia de un clásico torso de mármol, y al lado se ejecuta una atrevida performance. En una galería se exhiben pinturas de una belleza apacible y en otra se las despoja del marco para mostrar que sin este carecen de toda aura. Un profesor enseña a sus alumnos de historia la importancia de los archivos, y otro, en cambio, subraya la importancia de saber narrar para conferir verosimilitud a un pasado, que, les explica, ya se fue para siempre. Una crítica literaria analiza un conjunto de novelas y acto seguido declara que la crítica es también una forma de literatura, para concluir que imaginar e interpretar lo que otro imagina es más o menos equivalente. El director de un museo declara que su deber es preservar las obras que le han sido confiadas, mientras otro sostiene que su deber es mezclar para que así broten nuevos significados. Un profesor de literatura enseña a leer los textos, y otro declara que estos no existen puesto que un texto, explica, es el fruto de una comunidad de lectores. Un profesor de filosofía explica que la pregunta básica es por qué hay ser y no más bien nada, otro declara que la filosofía demuestra que esta, la propia filosofía, ha muerto. Un arquitecto propone reconstruir de manera fidedigna una iglesia incendiada en una revuelta mientras otro sugiere dejarla en ruinas como vestigio de la memoria. Un bibliotecario enseña que el archivo preserva el origen de las cosas, y otro en cambio enseña que el archivo edita y crea un nuevo comienzo.

Hoy cualquier cosa, o casi, parece susceptible de ser producida como arte según se observa en la plástica —vale la pena recordar aquí un magnifico artículo de Mario Vargas Llosa comentando una exposición en Londres y que tituló «Caca de elefante»— por lo que todo también es susceptible de ser exhibido y puesto al alcance de las grandes audiencias en museos, exposiciones, la calle o internet y elevado a la categoría de obra, desde el ready made al grafiti, pasando por instalaciones enigmáticas, el video o la performance de variada índole. Todo, hasta el extremo de que es difícil distinguir entre lo místico y la mistificación. Las diversas formas en que hoy se cultivan y enseñan las humanidades parecen ser muestras de una fuerte desorientación, de una especie de confusión por la que se infiltran ideologías de las más diversas índole. Un autor, luego de constatar ese fenómeno en los estudios literarios, sugiere que ello es una muestra del extravío general de la cultura o, si se prefiere, de una crisis. Citando a José Ortega y Gasset, agrega que se trata de una deshumanización «de la investigación académica y de la crítica literaria». Todo esto, dice,

no hace sino trasladar a la escena literaria algo de la atmósfera incoherente en la que vivimos. Estamos, tanto en la literatura como en nuestra vida cotidiana, desarraigados de un mundo en el que [...] los cambios han sido tan grandes que resulta difícil recordar el pasado o imaginar el futuro. No sabemos cómo encontrar nuestro camino en él, y nos quedamos en un estado de desconcierto, desgarrados, como señaló Paul Valéry, «entre un sentimiento de inutilidad y ansiedad» [...]

¿Qué hay en las humanidades para que las acompañe, como si fuera una sombra, esa permanente sensación de crisis?

Por supuesto tal crisis tiene una versión, por llamarla así, externa. Ella consiste en un cambio en las condiciones materiales para ejercerlas, como la tendencia a administrar las universidades al modo de una empresa, la predominancia de los managers o administradores en la dirección de las instituciones académicas, la orientación cada vez más ideológica de la filantropía y el hecho de que los programas son, en buena parte, decididos por boards o consejos dominados por personas más cercanas a la administración empresarial o a las fianzas que por los cuerpos académicos. Todo ello configura una situación difícil para las humanidades que ha sido muy bien documentada. 

Pero junto a ella hay otra dimensión de la crisis, podemos llamarla interna, que es de otra índole y parece constitutiva de su quehacer.

Se trata de una cris acerca de su propia identidad, relativa al asunto del que se ocupan, que las hace a ellas y a quienes las cultivan vivir en medio de una permanente duda que alcanza a su propia existencia y a la forma de ejercerlas. Este tipo de dudas y de discrepancias es la que se verifica entre un profesor que enseña el canon tradicional y otro que lo deconstruye; entre quien lleva a los alumnos a una muestra de pintura del XIX y otro que, en cambio, prefiere las performances; entre quien enseña a hacer historia investigando los archivos, y quien enseña a los estudiantes que el sentido de los hechos y su veracidad proviene más de la narración que de las fuentes primarias; entre quien piensa que las humanidades deben preservar las creaciones y otro que defiende que su tarea es curatorial, mezclarlas para hacer brotar nuevos significados. Y mientras ellos discuten acerca de la índole de sus quehacer, los observadores externos, los que enseñan las disciplinas STEM o los políticos o los burócratas, se preguntan si todo eso no será una pérdida de tiempo o de recursos o, lo que es peor, una pantomima de trabajo intelectual que esconde pura ideología, intentos por hegemonizar el favor de intereses particulares la formación de las nuevas generaciones. 

Las páginas que siguen intentan mostrar de qué se ocupan las humanidades y por qué eso de lo cual se ocupan lleva consigo esa sensación de crisis interna, esa duda acerca de sí mismas de la que se sirven algunos observadores o cultores de las disciplinas STEM para abogar por su disminución. 

Para hacerlo es, sin embargo, necesario un breve rodeo sobre el origen de lo que hoy llamamos humanidades. De esa forma podremos identificar el problema que les subyace.

El término humanidades agrupa a disciplinas como los estudios literarios, la música, la historia, las artes visuales y la filosofía. Abarca, pues, un amplio campo, que, según los tiempos, también se ha designado con la expresión ciencias morales, culturales, humanas o del espíritu. Todas esas denominaciones no solo las diferencian de las disciplinas STEM —el acrónimo para designar a las ciencias naturales, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas— sino también de las llamadas ciencias sociales —como la sociología, la ciencia política o la antropología— que se desprendieron de las humanidades a fines del XIX y en la primera parte del siglo XX. La distinción entre esos ámbitos del saber humano puede remontarse de alguna forma a la obra de Aristóteles, en la que es posible diferenciar entre las obras sobre lógica e interpretación, agrupadas en el Organon, las ciencias teóricas y productivas que se encuentran, por ejemplo, en la Física, y por último las prácticas, como queda consignado en la Política.

Peña, Carlos (Por qué importa la filosofía)

Miquel Giménez (Cómo Sánchez destruye España)

España atraviesa una crisis inédita bajo el sanchismo. La mentira se ha convertido en norma, la división en estrategia y, el futuro nacional es rehén de intereses personales y partidistas.

CULTURA

«Cuando oigo la palabra cultura, echo mano de mi pistola». Esta terrible frase, atribuida a personajes varios como Göring o Goebbels, procede de la obra de teatro, Schlageter, escrita por otro nazi, el dramaturgo Hanns Johst. Está dedicada a un «mártir» nazi, Albert Leo Schlageter, responsable de varios actos de terrorismo en la cuenca minera del Ruhr en 1913, entonces ocupada por Francia. Lo condenaron a muerte y fue ejecutado. Uno de sus camaradas, Martin Bormann, tuvo mejor suerte: de los diez años que le cayeron cumplió solamente uno y salió para llegar a ser la eminencia parda de Hitler. «Wenn ich Kultur höre... entsichere ich meinen Browning» es la frase original, mucho más descriptiva: cuando oigo hablar de cultura, le quito el seguro a mi Browning. 

Esa actitud con respeto al hecho cultural, erradicar toda manifestación artística o intelectual que no se acomode al pensamiento totalitario del régimen, es común a las dictaduras. Si comparan ustedes, por vía de ejemplo, las pinturas aceptadas por las autoridades del Tercer Reich que se exponían como máximo honor en la «Casa del Arte del Reich» con las que en la URSS de Stalin decoraban el Kremlin, los museos o los murales verán sospechosas coincidencias. El «realismo socialista» no tenía nada que envidiar a las obras nazis en cuanto a concepción, ejecución y conceptos. Ambos regímenes también tenían la misma actitud con el teatro, la literatura, cualquier obra fruto del artista. Si servía al propósito del régimen, bien; si no, se eliminaba la obra y, frecuentemente, al autor.

Era la versión a lo bruto de lo que ahora se denomina piadosamente «cultura de la cancelación», como si la proscripción de un artista pudiera ligarse con la cultura.

Ni que decir tiene que el sanchismo, hijo de los totalitarismo marxistas, se ha cebado en esa censura cultural. Pero, siendo honestos, no es cosa de ahora. Los socialistas y la izquierda en general, ha sido siempre muy inteligentes en lo que respeta a convencer a las masas acerca de quien es y quien no es artista y que debemos considerar cultura y que no. El instrumento empleado, máxime en un país como España, ha sido siempre el de la subvención con dinero público y la propaganda a través de determinados medios de comunicación ligados al PSOE y al PCE.

Algunos suplementos pretendidamente culturales de ciertos diarios han perjudicado muchísimo a la cultura. Lo que no aparecía en ellos, no existía. Me lo dijeron hace muchos años en la vicepresidencia del Gobierno cuando mandaba Felipe González: lo que no se comunica, no existe. Por tanto, lo comunicado cobra forma real, aunque sea puro humo. No es de extrañar, por lo tanto, que la lista de ese colectivo que denomino «los abajo firmantes», siempre prestos a secundar con su nombre cualquier estupidez emanada de la izquierda, encaje perfectamente con el apoyo de las instituciones gobernadas por los zurdos, léanse contratos jugosos, presencia en televisión, honores, ditirambos e incluso en ocasiones institucionales. 

¿Qué tiene todo eso que ver con la cultura? Evidentemente, nada. Es propaganda sin más. Cuando a un creador se le enjuicia por su ideario y no por lo que crea se comete el mayor de los pecados. Pero la izquierda ha sabido, insisto, explotar muy bien esa patente de corso que la derecha, siempre blanda en estos combates intelectuales, no ha querido arrebatarle.

Así, si usted dice que Neruda es una estilista de tomo y lomo que, dejando a un lado esa siniestra condición, escribió magnífico versos lo van a poner a de chupa de dómine; lo mismo que si reivindica la poesía de Ezra Pound, porque aquí sí que le sacarán la ficha política del desgraciado poeta inglés que simpatizó con el fascismo de Mussolini. Con la polémica, artificial como todo con Sánchez, del Valle de los Caídos sucede lo mismo. Las esculturas de Ávalos realizadas para ese lugar tienen una calidad y un mérito escultórico indiscutible. Pero como las encargó Franco no valen nada. Hay que carecer de criterio artístico para ningunear la Piedad, escultura enorme que preside la entrada a la cripta de la Basílica o las colosales esculturas que representan a los cuatro arcángeles. Hay que resignificarlo todo. Pero cuando se exige que se quite la escultura de Largo Caballero —horrorosa, para mi gusto—que está delante de los Nuevos Ministerios, toda la izquierda salta como un solo hombre y ponen el grito en el cielo. Bueno, o en el comité central, que para ellos es lo mismo.

Todo esto nos lleva a concluir que la cultura para esta izquierda actual, tan partidaria del feísmo y lo grotesco, no es más que un pretexto para censurar, pata silenciar, para eliminar de nuestro campo visual aquello que no surja de sus mentes enfebrecidas. Sostengo que detrás de eso existe, además de lo espurio políticamente hablando, una incapacidad cultural de comprensión del arte. Les pondré un ejemplo. Cuando la Orquesta Sinfónica de Israel decidió finalizar el boicot a Wagner imperante en el estado judío después de treinta y cinco años, se organizó la de Dios es Cristo. Fue el gran directos de dicha orquesta Zubin Mehta quién lo decidió, anunciando por sorpresa que dirigiría un concierto con fragmentos de la ópera Tristan e Isolda. El auditorio Manna de Tel Avis se llenó hasta la bandera a pesar de las protestas, alguna incluso de un par de músicos. El directos dijo: «Ustedes me conocen y no necesito demostrar mi amor por Israel. Comprendo los sentimientos de aquellos que pasaron por los campos de concentración. Pero Israel es un país democrático. Quien no quiera escuchar a Wagner puede abandonar la sala». Ni que decir tiene que la gente lo entendió y disfrutó de la música, que no del autor, diferencia que nadie parece entender en la izquierda. 

Ese es el gran problema, diferenciar entre el creador y lo creado. Y en estos tiempos en los que el concepto artístico y cultural se ha diluido en una masa de auténtica perversión de lo bello, todavía es más complicado decidir. 

Pero esto, que debería ser una elección del individuo, molesta enormemente al sanchismo que quiere que todo sea organizadamente masificado, incluso los gustos culturales. Nada puede escapar del control del estado vigente y si hay un lugar que exija una libertad total ese es el de la cultura. Por eso se intenta comprar a sus protagonistas y sepultar a quienes manifiestan oposición. 

Ahí tienen el caso de Nacho Cano, al que difícilmente se le puede negar su talento como compositor, y que ha sido víctima de una insidiosa campaña de desprestigio con la excusa de unos becarios en su obra Malinche. El motivo real es que el músico y la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso son amigos y el primero no se ha cortado un pelo en alabar en público a la que muchos consideran la auténtica líder del PP. Bien, pues por eso se lo llevaron detenido aludiendo a esas presuntas irregularidades que luego fueron negadas por los propios supuestamente afectado. 

Cano, firme, no dudó en denunciar la persecución política en su contra que en este caso dio un paso más, la detención policial. ¿Qué distancia existe entre eso y meter en un Gulag a los intelectuales contrarios? Yo se lo diré: poquísima. 

La cultura entendida como manifestación de una sociedad de un tiempo, de un sistema de valores, de una nación, en suma, está por lo tanto en grave peligro en España. Todo el rebaño de borregos amamantados por los impuestos de los españoles se permiten obras sectarias que insultan a la mayoría de los españoles que, lógicamente, no acuden a verlas ni en cines ni en teatros. 

Que se financie con sumas elevadas films que solo irán a ver un puñado de amigos en un país donde la gente pasa auténticas necesidades es de vergüenza ajena. De entrada, la cultura debe tener mecenas y el artista ha de saber buscarse la vida para convencer a posibles espónsores. Lo de la cultura subvencionada no es más que fomentar la vagancia intelectual y el servilismo disfrazado de arte. No negaré que existen proyectos en los que el Estado puede y debe intervenir, pero esa intervención debería servir solamente como acicate para que desde la iniciativa privada pudieran sumarse otros, los grandes inversores. Cuando hablemos de los medios de comunicación verán cómo hay productoras de televisión que sin el apoyo político correspondiente deberían cerrar mañana mismo. 

Duele ver postrada a la cultura española y al borrado de tantos y tantos nombres. Cuando se proscribe a Pemán, a Foxá o al enorme Josep Pla, el más odiado escritor catalán por los separatistas siendo el mejor prosista en dicha lengua del siglo XX, uno se pregunta en manos de quien estamos.

José Carlos Rodrigo Breto (Michel Houellebecq- La erosión de lo humano)

Se acabó lo que se daba (o el fin del mundo a plazos)
 
En la primera mitad del siglo XX se produce lo que denominaríamos, o concretamente lo denomina así el escritor austriaco Stefan Zweig, la destrucción de la idea de la seguridad, la llegada de una época en la que el ser humano no se siente ya a salvo de ninguna de las maneras. Si el mundo de ayer era un lugar seguro, el mundo de hoy es un sitio muy peligroso. La sensación de inseguridad es inherente a la modernidad. Se nos apodera un miedo pavoroso y no somos capaces de encontrarnos resguardados ni en el seno de nuestro principal refugio: el hogar. Cualquier amenaza externa puede alcanzarnos, cualquier desastre afectarnos cuando menos lo esperamos.

En principio, esa maldita transición de un mundo seguro a un mundo inseguro, del mundo de ayer al mundo de hoy, vino de la mano de la quiebra que significó la Gran Guerra, es decir, la Primera Guerra Mundial, y la composición geopolítica de entreguerras, la consecuencia del conflicto que alimentó, durante veintiún años, la posibilidad del siguiente estadillo: la letal Segunda Guerra Mundial. El resultado nos arrojó a un mundo que ya nunca sería el mismo de antes porque fue allí donde dejamos de ser humanos para no volver a serlo jamás. 

Porque hay que entender las dos guerras mundiales del siglo XX tal vez como una sola contienda separada por esos años de tregua, pero en donde la batalla política, diplomática, económica, social, continuó con encono: sólo era necesario retomar las armas de nuevo. Y se retomaron. 

La idea del mundo perdido, mundo extraviado y que jamás regresará, la encontramos en El mundo de ayer, ensayo biográfico escrito por Stefan Zweig. Con la Primera Guerra Mundial se liquidó el Imperio austrohúngaro. El Antiguo Régimen, el sistema de los Imperios Centrales que entró en crisis, se caracterizaba por proporcionar al ciudadano una sólida idea de seguridad. Como el traje de un buen sastre, la idea de seguridad le sentaba de maravilla a un habitante del Imperio austrohúngaro, que vivía en la certeza de Calculandia, tranquilo, conocedor de los años de trabajo que le faltaban, el dinero que ganaría durante esos años, el montante y la fecha de su jubilación, incluso el volumen de sus ahorros... Era un traje cómodo, todoterreno, servía para cualquier ocasión. En Calculandia todo quedaba computado, porque como alguien dijo una vez: el Imperio austrohúngaro fue el mayor sistema de pesos y medidas del mundo, la exactitud milimétrica y estatalizada. La precisión matemática se acompañaba de la estabilidad, y la estabilidad era muy buena amiga de la seguridad. En Calculandia todo parecía catalogado, registrado, archivado, para tranquilidad de todos. Un cómodo traje de paseo. Pero iba a cambiar. Del traje a la mortaja.

De forma que, llegada la Gran Guerra, Calculandia se derrumbó; de repente, desapareció la vieja era, así, ¡zas!, como quien se arranca una tirita y sólo queda la cicatriz de bordes enrojecidos. Los paseantes de esa Europa central se quedaron perplejos, ya no podían dar sus caminatas vespertinas, leer la prensa  internacional al abrigo de un belvedere, mirar el horizonte y contemplar el vuelo de los pajaritos de la seguridad. incomprensible, pero ahora el traje era basto, rozaba en el cuello, molestaban las bocamangas, calaba la lluvia. Calculandia metamorfoseada en un anuncio de seguros de vida. Porque peligraba la vida. El problema radicaba en que los humanos, tan imprudentes, carecían de pólizas que garantizaran la preservación de las ideas de Dante y de Erasmo, unas ideas que se perdían a chorros por una hemorragia cuyo nombre era Marne, Somme o Verdún.

Luego, llegó un invitado molesto e inoportuno, como casi todos esos invitados que aparecen sin avisar: Hola, buenas, me llamo periodo de entreguerras. Él solito se encargó de liquidar cualquier posible esperanza de retorno al mundo seguro de ayer, a la Calculandia pasada. Extendió un alfombra roja que no era de terciopelo rojo, que era de sangre, y por ella caminó la Segunda Guerra Mundial con paso firme y dispuesta a ocupar las casas y las vidas de los europeos asustadizos: lo arrasó todo, y la civilización que surgió de ella (y que es la nuestra, la de ahora) ya nada tuvo que ver con la anterior. De Calculandia a Caoslandia: más indefensa, más desarraigada, completamente perdida la identidad de una Europa fantasma que jamás se recuperó. Todos ya, rematadamente inhumanos.

La crisis ontológica

Hay que admitirlo: de la mitad del siglo XX salimos como no humanos, sumidos en la crisis ontológica, es decir, en el no reconocimiento del ser humano por el ser humano como consecuencia de la barbarie. La crisis ontológica que se desarrolla tras la Segunda Guerra Mundial es una conmoción telúrica, terremoto existencial que sume en profundas simas a la filosofía, una agitación destructiva que brota en la sociedad y en el pensamiento occidental a causa del espanto y la catástrofe causados por el conflicto. La idea de «ser» entra en quiebra y afecta a la conciencia de identidad, que se cuestiona y deja en suspenso preguntas sobre quiénes somos, cuál es nuestro propósito en un mundo sin propósito y de qué forma, si es que existe alguna, al menos una, aunque sea sólo una, podemos entender la realidad después de semejante barbarie; preguntas que necesitan ser formuladas, y no digamos ya sus respuestas, en el caso de que pudiéramos responder. Ese es el problema ontológico: ¿existen ahora, tras el horror, respuestas a esas preguntas?

El asunto radica en que ya no sabemos qué somos, por tanto, es imposible responder cuestiones sobre lo que somos. La Segunda Guerra Mundial, el Holacausto, los bombardeos, las bombas atómicas, la magnitud del sufrimiento humano dejaron a la humanidad hundida en una catástrofe de sentido. No hay sentido posible, al menos un sentido tolerable. El optimismo que nos prometía la modernidad, ese risueño progreso técnico como un emoticon sonriente y esas luminarias de la razón y la civilización, se tornaron en el emoji de una caca con ojos; fue el gran apagón, motivado por esas mismas tecnologías que llegaron para optimizar la vida humana y resulta que se usaron de forma clave para la masacre. 

Al término de la guerra, intelectuales y pensadores (pensador, qué interesante término y cuánto se echa de menos) se asomaron al filoso abismo existencial y sintieron el mordisco del frío metafísico en sus circunvalaciones cerebrales: la noticia en primera plana en La Gaceta del Filósofo, con letras enormes y signos de admiración, era que ya no podía sostenerse la fe en lo racional ni en la tradición humanista. La crisis se extendió por toda la cultura general, infectó el arte, contaminó la literatura y apestó la vida cotidiana. Sí, nuestra vida cotidiana también enfermó. La crisis ontológica desplegó unas alas negras y aceitosas como el petróleo, que todo lo pringaban, rasgos propios de la nueva corriente de pensamiento pesimista.

El elemento primordial de la crisis es la percepción nítida de una profunda deshumanización: los campos de exterminio y la fabricación en masa de cadáveres (entraba por una puerta un ser humano y se manufacturaba de forma más eficiente posible para convertirlo en cadáver; es decir, se fabricaba la muerte, la muerte con todo su esfuerzo industrial) nos lleva a discutir la peculiaridad del ser humano. ¿Qué significa ser un ser humano, si es que ahora eso significa algo? ¿Qué valor otorgamos a la vida? ¿Qué significado o qué ha dejado de significar la vida? ¿Qué significa o ha dejado de significar la muerte? Vida y muerte se han convertido en términos relativos, porque después de Auschwitz ya no se puede escribir poesía, dijo Adorno, vale, de acuerdo, pero lo que de verdad ya no se puede escribir es la humanidad. Se quedó allí, agarrada, como la carne muy quemada pegada a una parrilla, a las paredes de las cámaras de gas con imprimaciones de azul de Prusia. 

La crisis ontológica dinamitó la razón y el progreso, esa razón y ese progreso en cuyas piedras angulares confió la civilización del siglos. Sin embargo, la primera mitad del siglo XX liquidó a ambos y nos dejó una desconfianza, un recelo, un rechazo ante cualquier atisbo de intelectualismo, de modernidad. En la línea de la evolución del ser humano, que se levanta sobre dos patas y adopta la postura bípeda, se ha producido una involución: ahora, el ser humano se ha sentado en el suelo y sabe que está más solo que la una. Ya no hay nada en lo que confiar, nada en lo que pensar; es otra característica de la crisis ontológica: el vacío existencial se extiende ante la incapacidad absoluta y total de respuesta del desconsuelo humano, lo que desemboca en una vidas automatizadas, insensibles, secas, resecas y sarmentosas.

Por eso dije que se nos enfermó la vida cotidiana, nuestra vida, y que la crisis ontológica no es un asunto de filósofos, intelectuales, pensadores o como se les quiera llamar. Al preguntarnos qué significa ser un humano tras medio siglo de infligir a los demás seres humanos el mayor de los sufrimientos posibles, se produce una respuesta definitiva en cómo las personas nos relacionamos desde entonces con nosotros mismos y, peor todavía, cómo nos relacionamos con los demás.

Llegamos a 1990. Ya hemos visto cómo el ser humano se ha convertido en una distopía, se ha convertido en el fracaso de todo lo que pudo y no quiso ser, y en este punto, en los últimos diez años del siglo, aparece Michel Houellebecq, que toma de la mano a ese despojo humano y pone en pie su literatura: en el francés, la distopía no es un sistema político corrupto, como Zamiatin, Huxley o Orwell, es el propio ser humano, el ser humano entendido como una distopía andante. Sólo queda sumergir esa distopía en sus novelas, de una forma paulatina, para transitar con ella en la dirección única e irreparable de lo poshumano.

La corrosión del último resto humano. Esa es la historia que  Michel Houellebecq nos cuenta en sus libros.


Maradije literario 1

Combina esta parte con las siguientes lecturas:

El aciago demiurgo de Emil Cioran.

Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell.

Comedia de Dante.

Utopía de Tomás Moro. 

El hombre sus atributos de Robert Musil.

El mundo de ayer de Stefan Zweig. 

Nosotros de Yevgueni Zamiatin.

1984 de George Orwell.

Un mundo feliz de Aldous Huxley.