Rüdiger Safranski (El mal o el drama de la libertad)

El principio de la división de poderes tiene como presupuesto un desarme de las pretensiones de verdad. Lo cual puede estudiarse muy bien de Montesquieu, que por primera vez dio a este principio una amplia fundamentación filosófica. Los esfuerzos y afanes humanos nunca podrán resumirse en una única síntesis válida. Los hombres no pueden crear ningún Dios mortal y, por su propio bien, no habrían de intentarlo. En los asuntos humanos se mantiene estable la diferencia de intereses y perspectivas distintos o opuestos. Se trata, por tanto, de poner en marcha un juego regulado de estas diferencias. Quizás eso no produzca el orden simplemente <<verdadero>>, pero sí crea un orden en el que se puede vivir.

La división de poderes es una consecuencia de la imperfección humana. No sería necesaria si en el hombre hubiera una unidad de poder y bondad. Pero esta unidad se da solamente en Dios.

Lo dicho no se limita a la sociedad, sería también razonable que el individuo se aplicara a sí mismo el principio de la división de poderes. Es un ser dividido en sí, y quizás incluso desgarrado, lo cual exige que a los impulsos de la naturaleza se apongan los fundamentos de la razón. El individuo debe crear en sí un equilibrio de los diversos poderes que lo determinan. Por tanto, el principio de la división de poderes no sólo tiene validez para los cuerpos políticos, sino también para los individuos particulares.

Y según las experiencias con los mercados salvajes y las competencias ruinosas, esto rige también para la regulación de las relaciones entre mercado y política. Como ya sabemos, Marx predijo que el mercado capitalista, entregado a sus propias leyes, había de conducir necesariamente a su propio hundimiento y en definitiva a la socialización. Pero sabemos también que eso no ha sucedido, por lo menos en el sentido de un triunfo del socialismo sobre el capitalismo. En los países subdesarrollados, el socialismo ha sido una especie de rodeo hacia el capitalismo. Y en los países desarrollados era un orden impuesto por la Unión Soviética, que se derrumbó cuando llegaron a consumirse sus reservas económicas.

No obstante, el mecanismo del mercado por no haber gozado de suficiente dirección política, ha tenido consecuencias ruinosas en el siglo XX. La historia de nuestro siglo ha mostrado que los mercados pueden hundirse y desatar depresiones económicas e inquietudes sociales con secuelas catastróficas. La crisis económica mundial fue uno de los presupuestos para el ascenso del nacionalsocialismo. El mercado, por sí solo, no garantiza ninguna estabilidad. La estabilidad debe conquistarse mediante esfuerzos políticos. Las catástrofes del siglo XX nos han impartido una lección, a saber, que el poder económico ha de equilibrarse mediante el poder político. La justicia y la solidaridad no se imponen solamente con ayuda del mercado, sino como resultado de la insustituible acción política. El moderno Estado social es un producto de esta división de poderes entre economía y política.

El principio de división de poderes también tiene validez para la relación de lo público con lo privado. En ella encuentra su formulación clásica el concepto <<negativo>> de libertad: se trata de definir con exactitud el ámbito que ha de permanecer libre del influjo político y debe ser protegido frente al poder de lo económico. La formulación de los derechos del hombre y de la dignidad humana sirven a este fin. Ellos definen los límites del poder, y a la vez están abocados al poder para que puedan ser protegidos eficazmente.

División de poderes significa también reconocer que la verdad es divisible, que está dividida entre los individuos, que la única verdad indivisa no está a disposición del hombre. Por eso, con la idea de la división de poderes va unido también el principio de la tolerancia. Voltaire define la tolerancia en los siguientes términos: yo impugno tu opinión, pero lucho para que puedas expresarla.

La constitución política de la libertad <<negativa>>, de la división de poderes y de la tolerancia, basada en la economía de una concordante discordia, significa para Kant un obra de arte política, con su ayuda el individuo es forzado a ser un buen ciudadano, sin necesidad de haber sido purificado antes para ser un hombre bueno. Kant estaba tan persuadido de que este sistema es obra de la razón, que en definitiva llego a decir: <<Por duro que suene, el problema de la institución del Estado puede resolverse incluso para un pueblo de diablos (con tal de que tengan entendimiento)>>. Puede resolverse si las <<actitudes polémicas en un pueblo>> se llevan a una relación tal, que se neutralicen recíprocamente, por el hecho de que sean conducidas a <<un Estado de paz>>, supuesto en todo caso que se trate de diablos <<razonables>>. También han de seguir una conducta racional y calculable, al estilo de la que obedece al interés de la propia conservación. Sólo entonces salen las cuentas, tal como confiesa Kant.

Pero ¿qué sucederá si el mal se comporta de otra manera, si no se trata solamente de la función de una autoconservación sin miramientos, sino que la crueldad y la destrucción pueden pasar a ser un fin en sí, si el mal no pretende conseguir algo, sino que quiere la nada?

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